miércoles, 22 de julio de 2026

LE TEMO AL MAR PORQUE SE PARECE TANTO A LA VIDA. 305

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LE TEMO AL MAR PORQUE SE PARECE TANTO A LA VIDA,

ACECHA

Poca gloria y mucha miseria


El personaje del semanal de hoy reúne suficientes ingredientes de una leyenda como un inmenso tesoro, un naufragio trágico, maldiciones y sucesos que desafían la lógica, e intentos desesperados de rescate y una búsqueda que duró décadas.



El océano es como los hombres, cuando calla, suele estar tramando algo


 Aunque Murphy no había nacido sino hasta cientos de años después, su ley ya estaba obrando, pues “si algo puede salir mal, saldrá mal, así que escribiendo a puras mordidas en el teclado sin que se me bajara el ánimo, aquí está puesta en escena una excepcional excepción que el tiempo no borró, más bien dejó las cosas más oscuras de como estaban, lo cubrió y lo conservó esparcidos a lo largo de la larga barrera de arrecifes y los bancos poco profundos que rodean las Islas Turcas y Caicos, donde se encuentran más de 1,000 naufragios, que son sólo una fracción de los más dos millones de barcos hundidos en los mares, con tesoros, cadáveres, bombas, cañones, armas y porquerías. Cada uno viene con una historia bajo la cubierta y es única pero similar como la tripulación y los pasajeros contemplando la muerte, mientras olas implacables arrastran su indefenso barco sobre corales que desgarran el casco a puros arañazos, en días de mala mar. Algunos logran aguantar el tiempo suficiente para capear la tormenta antes de que el barco se rompa y lleguen a la costa. Pero para muchos más, es una última bocanada de aire antes de que el mar los arrastre hacia una tumba de aguas azules y sigan llenando las profundidades de cadáveres en el revolcadero.


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Hans Zimmer - Hear Me de The Thin Red Line


Eso pasa cuando se juega en el lado hondo de la piscina


Quien no se moja no saca peces pues de vez en cuando se destaca un naufragio con una historia de ironía trascendente. Un viaje de los condenados, maldecidos por el botín que llevan. Un análisis desesperado del alma ante la amenaza de la mortalidad. Tal es el caso del galeón español construido en la Habana en 1620, Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción, -que recobra vida como el personaje de la semana,- uno de los barcos-tesoro más ricos de todos los tiempos. Era un buque grande para su época de 600 toneladas, diseñado para carga comercial y para la defensa armada. Medía 45 metros de eslora y fue construido con madera nobles. Era como un trasatlántico senil con resuello de enfermo. La nave iba superpoblada y sobrecargada. A bordo viajaban 540 personas entre tripulación y pasajeros además de una carga de incalculable valor. Nada menos que 25 toneladas de oro y plata, así como miles de monedas de Felipe IV producidas en las minas de México y Bolivia. Llevaba tres veces el peso autorizado, pero eso les importó dos ramas de algas. También llevaba un cargamento de porcelana china de la dinastía Ming, joyas, piedras preciosas y las pertenencias de la viuda de Hernán Cortés.  Además del inevitable contrabando de oro y plata que representaba, al menos, un tercio de la carga oficial. 

Aunque nadie preste atención a las señas de un náufrago, La Flota de Nueva España era la arteria que conectaba América con España para el saqueo. En julio de 1641, la Flota partió de Veracruz, México, en su viaje de vuelta a la Península Española. El convoy estaba formado por treinta naves. A la cabeza iba, el galeón San Pedro y San Pablo y, en la cola la nave del almirante espurio Juan de Villavicencio, el Nuestra Señora de la Pura y Limpia Concepción. Cuando zarpó de Veracruz, estaba en muy mal estado, ya andaba cojeando pero se pensaba que aún lograría navegar cuatro mil millas a través del océano. Mi si geló il culo.

Con el tiempo ya oxidado, tras la partida de Veracruz, el convoy hizo escala en la Habana para reparar fugas y averías, lo que llevó más tiempo de lo pensado, tanto que los cascos de los barcos, cansados de esperar, empezaron a echar raíces en el agua y, recién el 20 de septiembre La Flota de Nueva España finalmente zarpó rumbo a casa. Partieron un mes después de la fecha límite aconsejada para evitar la temporada de huracanes según el reporte del Insivumeh. Todo fue bien tras una semana de navegación, fácil superaron con éxito el canal de Bahamas. Lejos del Estrecho de Florida viraron al noreste hacia Bermudas. Pero el mar los estaba esperando pues nunca dejaba de acechar y, el 30 de septiembre la Flota fue azotada por el terrible huracán Mariela categoría 3 y la mayoría de los barcos naufragaron. Se les olvidó que hasta Dios se toma vacaciones en septiembre. Durante la feroz tormenta, el Concepción estuvo a punto de dar vuelta, quedó medio acostado y las fugas reparadas se abrieron otra vez, porque habían comprado mal calafate en Temu porque era más barato. Sus bodegas se inundaron con 3 metros de agua. A pesar de todo consiguió salvarse. Quedó desarbolado y el fuerte oleaje lo arrastró lejos de su rumbo. Cuando la tormenta amainó, cortaron el mástil principal y arrojaron varios cañones por la borda para aligerar la nave. Con esto, se logró recuperar el control, pero obviamente, el galeón no estaba en condiciones de cruzar el Atlántico. Era preciso llegar a Puerto Rico, a unas mil millas al sudeste para hacer las reparaciones necesarias. Al cambiar el curso Nuestra Señora de la Limpia y Pura Concepción cojea y soporta durante tres semanas dañada y abatida, hasta que Dios quiera, pero nadie sabe cuándo va a querer.

El 23 de octubre, el piloto Bartolomé Guillen, anuncia que se encuentran navegando al norte de Puerto Rico y ordena virar 10 grados al sur, pues el que avisa no es traidor.

El comandante del Concepción, Don Juan de Villavicencio, -con su tufo a cebollas rancias,- piensa que Guillen está borracho, pues según él no habían navegado tan lejos hacia el este.  Creía que estaban al norte, no de Puerto Rico, sino de los Abrojos -literalmente abre los ojos,- una zona peligrosa de bancos de arena y arrecifes a unos ochenta kilómetros al norte de La Española. Guillen y Villavicencio se agarraron a trompadas y se produjo un motín a bordo. El piloto tuvo la última palabra y ordenó cambiar el rumbo. En un gesto payasísticamente dramático, el Capitán Villavicencio pidió una bacinica con agua y, a la vista de la tripulación y los pasajeros, se lavó las manos de toda responsabilidad, haciéndola de Pilato como que era territorio femenino. Mejor le hubiera sido lavarse el culo. Siguió una semana de clima tranquilo. Pero, el 30 de octubre, el viento se levantó del noreste y la velocidad del galeón aumentó. A las ocho de la noche, el barco se estremeció y golpeó violentamente contra unos arrecifes sumergidos.



“Sólo los imbéciles no le temen al mar”

Jacinto Antón


¿Dónde estaban? ¿Al norte de Puerto Rico o al norte de los Abrojos? De este a oeste, las discrepancias cubrían un rango de 350 millas y de norte a sur más de cien. ¡Estaban más perdidos que los hijos de la Llorona!

De manera urgente el capitán ordenó fabricar balsas con la madera del buque, donde echaron manos hasta de las matronas de pechugas flamantes. Pero, otro motín se produjo y los oficiales se obstinaron en reflotar la nave. El daño inicial no era demasiado, pero en los intentos por liberar el barco los corales abrieron varios boquetes más en el casco, pues se lo trataron de llevar de cabestro. Su situación ahora sí estaba jodida. La nave estaba atascada. No les quedaba más remedio que abandonarla. El primero en hacerlo fue el propio Villavicencio con su aliento de cangrejo y sus bucles de serafín, junto a otras 32 personas distinguidas y oficiales. ¿Por qué será que las ratas son las primeras en abandonar el barco? Usaron la lancha larga y se dirigieron al sur. Otro impactante caso de oficiales y caballeros primero al estilo Titanic. Lo único que cambia es el precio por el que venderán a su madre.


Cuando se confía en el poder es cuando se cae


Frente a los escombros, los pasajeros en un manantial de lágrimas atrasadas y la tripulación comenzaron desesperadamente a arrancar los tablones del armazón del buque para improvisar balsas. Finalmente, el Concepción asentado entre dos aristas de coral acabó partiéndose por su popa a 15 metros de profundidad. En un intento por salvar el oro y la plata, los últimos treinta hombres en abandonar el barco arrojaron parte de la carga sobre el arrecife para que pudiera ser localizada.

Cuando la lancha llegó a tierra. Reconocieron exactamente dónde estaban, Puerto Plata, en la costa norte de La Española, muy lejos de Puerto Rico. Ocho balsas precarias siguieron el rumbo de la lancha. A cinco de ellas nunca se las volvió a ver. Otro grupo de 120 personas distinguidas partió en dos balsas mucho mejor construidas y más fuertes que el resto, lo que les permitió llegar a tierra firme, pero al recalar y, en desagradable bienvenida, fueron capturados por piratas ingleses. El capitán pirata les preguntó dónde habían naufragado y los españoles no tuvieron más remedio que revelar el lugar y respondiendo que en los arrecifes al norte de Anegada. 

-¡Borrachos!, Rió él, No fue en Anegada. Estaban en los Abrojos. Pura teoría conspirativa. 

El Concepción había naufragado a 75 millas al norte de La Española la actual República Dominicana. Los piratas no les hicieron daño. Simplemente los despojaron de sus ropas finas y de sus adornos personales. Más tarde fueron en busca del botín, pero irónicamente, el mar también les dió su merecido pues naufragaron y no sé qué pasó con ellos.

De los 540 pasajeros y tripulación sólo 180 lograron sobrevivir. Muchos hombres cayeron por la borda, murieron por agotamiento o degustados por nobles los tiburones. Tan sólo 360 murieron.

La extraordinaria carga de oro y plata del Concepción hizo que de inmediato surgiera el proyecto de rescatar el tesoro hundido. El propio Villavicencio trató de organizar varias expediciones, pero la burocracia, los temporales, los piratas franceses, así como los rascapuertas, patanes y ladrones, se lo impidieron afortunadamente. Además, la ubicación no estaba muy clara, la peligrosa masa de coral en la que había zozobrado el barco tenía casi 65 kilómetros de longitud, y en algunos lugares más de uno y medio de ancho. Ante las dificultades, el capitán se dio por vencido.

El miedo aprendió a respirar despacio


Como cuando la cocinera sabe cuando ya está el caldo como para vivir las perversidades de la incertidumbre, el 21 de abril de 1640 el Concepción sin contradicciones mortales zarpó de la Bahía de Cádiz, España, como Capitana o buque insignia de La Flota de Nueva España, un convoy de 21 barcos con destino a Veracruz, México. En los meses anteriores, el Concepción había sido reacondicionado con nuevos mástiles, velas, anclas, espacio en cubierta y 36 cañones de bronce. Transformaron el barco en una nao  o sea un gran barco mercante a un formidable galeón que transportaba 540 pasajeros entre nobles, sirvientes, buscadores de fortuna, frailes, putas y burócratas. Muchas mujeres de alquiler. Una tripulación de locos que hacía felices a las mujeres y que no les pagaba con dinero porque iban patrocinadas por unas criadillas eclesiásticas. Nadie perderá el sueño para quererlas, pues era un placer humano estar con ellas como amantes de tragedia. Eran putitas de verano que mariposeaban por los puertos. Eran bellas, pobres y cariñosas. Parecía un delirio de vigilia de iglesia evangélica. Los polizones venidos de todos los puntos terrestres también subieron al barco mediante altos sobornos, tratando de permanecer invisibles como enviados de la vida eterna, una muchedumbre de apátridas y vividores eran una cáfila de desleales montoneros. Todo en un estado humano similar a la levitación. También a bordo había cientos de animales encerrados, barriles de vino para mantener el brazo caliente y cajas de suministros, todo para fortificar y expandir los asentamientos amancebados en las tierras colonizadas de las Américas.

Entre la línea divisoria de la desilusión y la nostalgia, los pasajeros más privilegiados se alojaron en la superestructura lujosamente decorada o “cubiertas de popa” en la popa, que se elevaba cuatro pisos sobre la cubierta principal. Entre ellos se encontraba el finito nuevo virrey de México y tres obispos trans que trajeron consigo reliquias religiosas, entre ellas una espina de la corona de Jesucristo y el dedo medio cortado de San Andrés, un trozo de la bandera de los templarios, la uña del dedo chiquito del pié izquierdo de San Pedro, así como un pedazo del prepucio santo del niño Jesús. Como protección adicional, una magnífica estatua de la Virgen María, -a la que no le importan las cosas de los humanos,- la patrona del barco, estaba fijada con pernos a la cubierta de popa para que todos la vieran, más apreciada por lo que rompe que por lo que concede quebrada en la inminencia de los llantos.

En el oscuro mundo de las olas, la flota se mantuvo muy unida durante la travesía y en alerta por si aparecían corsarios o piratas que de vez en cuando aparecían amenazadores en el horizonte. El 24 de junio, todos los barcos llegaron al puerto de Veracruz, un pueblo sofocante, cálido y húmedo en la costa mexicana y la puerta de entrada a lo que los recién llegados llamaron Nueva España. Poco después de su llegada, el comandante de la flota, conocido como Capitana General, murió de fiebre amarilla y gonorrea. Esto elevó al almirante Juan de Campos -cultivado y adoctrinado en los menesteres del tumbe, desarrollando estrategias de represión preventiva,- a nuevo Capitán General en el buque insignia Concepción. La mezcla también ascendió a Don Juan de Villavicencio -desorientado y macilento de cabello ralo, enjuto y pálido,- al rango de Vicealmirante o Almiranta en el galeón más pequeño San Pedro y San Pablo. Villavicencio con sólo 37 años ya era un veterano experimentado en muchas travesías del Atlántico y, de Campos por el contrario era más un hombre de negocios en tierra, que un marinero.



Se enamoran de los relámpagos pero se olvidan de los rayos


Con un silencio clínico y sin saberlo la muerte les andaba machucando los cayos y los barcos permanecieron anclados durante un año a la espera de la llegada de recuas de mulas y barcos que transportaban toneladas de plata extraídas por nativos americanos y africanos esclavizados en México y Petosi hoy Bolivia, junto con lingotes de oro. Todo con más sombras que el alumbrado público. También esperaron a que llegara otra caravana por tierra desde Acapulco, esta vez transportando jade, sedas, especias, frágiles vasijas de porcelana y otros lujos de China traídos a través del Pacífico por la flota de Manila.

Cuando llegaban los valiosos cargamentos, los comerciantes regateadores cambiaban los suministros de España por la plata y otros objetos de valor que se cargaban en el Concepción y el San Pedro y San Pablo para el viaje de regreso a España. Sólo el Concepción  recogió al menos 140 toneladas de plata, llenándola hasta la borda, con la línea del plimsoll debajo del agua. 

Ningún galeón con tesoros había regresado a España en 1640, lo que provocó una gran ansiedad entre los armadores, los comerciantes y por supuesto la vividora Corona española que dependía de los saqueos en el nuevo mundo para seguir enriqueciéndose. El rey español Felipe IV, en particular, necesitaba desesperadamente su quinto real, la quinta parte del tesoro para pagar a sus ejércitos y mantener las guerras con los holandeses y los franceses e invertirlo en lujos y putas. Pero a medida que las arcas se vaciaron y el tiempo pasó, las quiebras acechaban para todos, porque no es quien domina, sino quien termina.

Justo antes de partir de Veracruz para hacer escala en La Habana, de Campos cambió la Capitana de la flota del Concepción al San Pedro y San Pablo, por el serio deterioro de su estado debido a los gusanos y ladillas de barco que lo carcomían, iba empeorado mientras estaba anclado durante un año en cálidas aguas tropicales. Un daño masivo. Villavicencio, ahora al mando del Concepción, señaló enérgicamente que el barco necesitaría ser reparado en La Habana antes de poder regresar a través del Atlántico. Al hacer el cambio, el conspiranoico de Campos -cuya inexperiencia era sobresaliente,- también tomó la fatídica decisión de transferir al piloto senior sin experiencia, Bartolomé Guillén, al Concepción. En muerte avisada los muertos son gratis.

Transcurridos el tiempo con más sombras que luces, la flota zarpó hacia La Habana a finales de julio. El Concepción, tenía fugas en las junturas y hacía aguas de a poco quebrado con la inminencia de los sollozos y deambulaba por un territorio marino más lerdo que un gusano marino, tardó 35 largos días en llegar a la bulliciosa capital de Cuba el 27 de agosto de 1641, habiendo tragado suficiente agua, en una ciudad fragorosa de traficantes de paso, las calles llenas de puteros, cada casa una cantina y un refugio de prófugos. Esa fecha colocó a los barcos a una semana completa después del 20 de agosto, el último día que los capitanes españoles consideraron seguro salir de La Habana para evitar a los putos huracanes imprevistos que atacan a traición como japoneses. Los barcos permanecieron en puerto otros 17 días para recibir más pasajeros y llenarlos hasta la cofia y permitir a Villavicencio sellar las costuras de su barco. Pero todavía no creía que las reparaciones fueran suficientes para un viaje seguro. Solicitó a de Campos una nueva demora, pero fue en vano pues de Campos, muy consciente de la urgente dependencia de la corona del tesoro, quiso ponerse en marcha y no toleró más aplazamientos. La cosa planteaba un verdadero desastre en el calor alucinante.



Macho parado no gana flete


La ansiedad de de Campos por zarpar también estaba impulsada por un motivo más egoísta. Se suponía que a la Flota de Nueva España se uniría otra flota, La Flota Terra Firma, en su camino hacia el norte desde Cartagena a La Habana con su propio tesoro de metales preciosos y joyas. Pero la Capitana General de esa flota tenía el mismo rango que la de Campos y tenía una consideración mucho mayor por atacar con éxito un asentamiento inglés en lo que hoy es Nassau. Si las flotas viajaban juntas, de Campos tendría que compartir la gloria de entregar el tesoro a la corona con una Capitana General mucho más popular y consumada. Su ego y sus celos sellarían el destino del Concepción y de todos los barcos de su flotilla. Siempre el chingado ego traicionando.

Durmiendo despacio para no cansarse ya entrada la temporada de huracanes, la Flota de Nueva España finalmente partió de La Habana el 13 de septiembre, en dirección noreste hacia el Estrecho de Florida para tomar la Corriente del Golfo y cruzar el Atlántico. Pero menos de un día después, el Concepción sufrió una grave fuga que puso al barco en riesgo de hundirse, habiéndolo notado el pinche de cocina, pues las ratas estaban saliendo de las bodegas a la cubierta. Villavicencio señaló con una linterna que su barco debía regresar a puerto. Eso requirió que todos los demás barcos también dieran media vuelta para que el Concepción  no navegara solo y corriera el riesgo de ser atacado por piratas. De regreso a La Habana, Villavicencio descargó el galeón con su enorme tesoro y cientos de pasajeros para aligerar el barco y llevarlo por encima de la línea de flotación para tapar las fugas. La flota zarpó de nuevo el 20 de septiembre, un mes después de la fecha definitiva fijada para el regreso de las flotas a España.

A ocho días de la costa de Florida, azotó el gran huracán Mariela categoría 3. Durante dos días, fuertes vientos y olas azotaron los barcos de la flota y casi volcaron al pesado Concepción. El mástil se rompió, el agua entró por las portillas y los cañones fueron arrojados por la borda. Los sacerdotes dirigieron a los aterrorizados pasajeros y a la tripulación en una inútil oración que como siempre no sirvió para nada y, tomaron confesiones de todos para aligerar la sobrecarga de los pecados en el barco. Todos buscaban ansiosamente alguna señal de indulto, pero la tormenta seguía azotando. En algún momento, la estatua de la Virgen María muy encabronada de tanto sexo se soltó de sus amarras, se subió las naguas, se tiró al agua y desapareció en el agitado océano porque no soportó los pecados. El impacto de perder al santo patrón del barco provocó una profunda desesperación de que el fin estuviera verdaderamente cerca, pues ya veían el tridente de Poseidón picándoles el culo. Cuando la tormenta amainó, los marineros hicieron funcionar las bombas manuales las 24 horas del día para sacar el agua. Cortaron el mástil y colocaron velas improvisadas en los palos restantes para tratar de ganar algo de control del barco. Los daños en el timón, otra de las maldiciones a bordo, ya demasiado pequeño para el tamaño del barco con el que no lograban reaccionar rápido, -como el Titanic,- dificultaron el gobierno del mismo. La tripulación divisó a lo lejos algunos barcos de la flota, entre ellos el buque insignia San Pedro y San Pablo, igual de golpeado que el Concepción. Pero todos desaparecieron de la vista después de un día.

Utilizando un astrolabio, el piloto Guillén intentó determinar la latitud del barco. El instrumento de navegación funcionaba tomando medidas desde la altura del sol o de la estrella polar sobre el horizonte. Sus cálculos mostraron que el barco podría estar en algún lugar cerca de San Agustín, al norte de las Bahamas o tal vez cerca de las Bermudas o por ahí en algún lado. El cronómetro para determinar la longitud aún no se había inventado, por lo que no sabían a qué distancia al este se encontraban de Florida. Villavicencio decidió que la mejor esperanza del Concepción era intentar llegar a San Juan, Puerto Rico, que se encontraba por ahí al sur. Durante semanas, el barco averiado navegó pesadamente en dirección sureste. En el camino, las condiciones insalubres contaminaron el menguante suministro de alimentos y agua que no habían sido arrastrados por la borda y comenzaron a enfermar a la gente.

Aproximadamente a 22º de latitud N, al este de Gran Turca, Guillén afirmó que Puerto Rico debía estar hacia el sur. Llamó a Villavicencio a fijar el rumbo en consecuencia. Pero Villavicencio, que claramente no confiaba en las capacidades del piloto, respondió que Puerto Rico estaba más al este. Se desató una polémica entre los dos oficiales hasta que el práctico invocó su derecho, según la normativa marítima española, de anular al capitán cuando surjan disputas de navegación. Un frustrado Villavicencio, conocedor de las reglas, ordenó que le trajeran una jofaina de plata con agua. Frente a la cansada tripulación y a los hoscos pasajeros reunidos en la cubierta principal del barco en dificultades, literal y simbólicamente se lavó las manos de responsabilidad. El destino del barco quedó entonces en manos del piloto Guillén.



En aguas tranquilas, la noche del 31 de octubre, víspera del Día de Todos los Santos, les fue hecho el santo milagro, el casco del Concepción rozó un arrecife y se detuvo. El barco se había quedado atrapado entre dos gigantescas cabezas de coral con forma de hongos que surgían del fondo marino, llamados abrojos, aparecían como rocas planas justo encima del agua durante la marea baja. Algunas eran del tamaño de una sala de estar, otras tan grandes como un campo de fútbol que se extendía por kilómetros. Los nuevos cálculos de Guillén sitúan al barco a unas 20 millas  o sea 32 kilómetros al norte de la isla Anagada en las Islas Vírgenes y al este de Puerto Rico. De hecho, las nuevas afirmaciones del piloto estaban tremendamente fuera de lugar. El barco naufragó en lo que hoy es el Banco de la Plata, 85 millas  o sea 136 km al norte de la República Dominicana y 100 millas, 160 km al sureste de Gran Turca.

La tripulación le hizo yemas e intentó remolcar el Concepción lejos de las cabezas de coral utilizando una lancha que de alguna manera había sobrevivido intacta. Casi lo logran, pero las olas que lo querían en el fondo hicieron que volviera a hundirse. La proa del barco se abrió como romper un coco y comenzó a sumergirse lentamente para despedirse. La popa con su superestructura lujosamente decorada se elevó sobre la superficie, mientras alrededor de 450 supervivientes desesperados se apiñaban en el espacio restante. Villavicencio ordenó construir balsas que los llevaran a Anagada, que también creía que era la isla más cercana, a pesar de su desprecio por el piloto. Pero la creencia generalizada de que allí vivían caníbales que se comían los genitales de sus apresados para tener virilidad, provocó algunas dudas, incluso cuando las opciones se estaban agotando rápidamente.

No marcharían muy bien las cosas a bordo, cuando el piloto, sin haber cumplido la orden y picada la hora por la última ampolleta de su cuarto, dejó a su vez la guardia al contramaestre y pilotín, concepto práctico, atendiendo a aquello de que en asuntos de navegación, "Contramaestre y Pilotín uno valen," pero que, en realidad, obedecía a otra causa, la de que el capitán en lugar de levantarse a las doce, no se recordó hasta la una y media, en que el último de los nombrados lo llamó. Cuando subió sobre el alcázar, preguntó lo que los capitanes, a corto intervalo, cuando está por avistarse tierra, -¿Cuándo dio la sonda? Recibiendo por contestación la que pueda dar un inexperto y mal oficial sorprendido en falta, que el que le había entregado la guardia no había sondado, omitiendo, como claro queda expuesto, el decir por qué no lo había hecho él en su defecto.

En tal estado, el capitán, que tal vez se sintiera tolerante por no haber acudido a su puesto a la hora en que se le llamó, disimuló la falta del pilotín y la suya propia, mostrándose confiado y bondadoso, ordenando que antes de preparar la sondaleza y amurar el trinquete -venda en los ojos de los buques a vela,- se diese de beber a la gente.

¡Cara le resultó aquella brutalidad! En esos instantes, la tierra, parapetada en las tinieblas, preparaba a sólo dos cables de distancia la sorpresa. Avistada de improviso, se abandonó la sonda y maniobra del trinquete para tratar de derribar. Pero ya era tarde. El temor de tripulantes y pasajeros, que se lo traían ceñido al cuerpo desde que se sabían cerca, se trocó en consternación general al producirse la varada. A partir de entonces, se hizo todo lo que la experiencia aconseja para casos tales, aferrar el paño, sondar, arriar luego una lancha y a tender un ancla por la popa llamando el buque a mayor agua, maniobra esta última que se hizo "con alguna fatiga por el susto y aflicción en que se hallaba la tripulación."

Con trastorno de déficit de naturaleza y para mal de sus desdichas de cosa que no podían dejar de ocurrir, la decimoséptima marejada trastornó el navío y arrancaba la caparazón en cada ola que lo golpeaba. Aligerado el buque y con todos los tripulantes y pasajeros repartidos se intentó la zafada, la que en verdad se produjo con la ayuda más callada y poderosa dé la marea. Pero con la zafada, vino lo otro, la mayor entrada del agua a bordo al punto que, a pesar del trabajo de las cuatro bombas, no se conseguía hacer disminuir el nivel de nueve pies que se mantenía en las bodegas. Puesto el buzo en funciones, comprobó un desgarrón de las tablas de quilla, no restando en consecuencia, más recurso que embicar la nave, preparándole su mortaja, a fin de asegurar las vidas, como también el bastimento con ánimo por entonces de morir en tierra -cosa esta última que se hace con o sin él cuando el último tramo de la ampolleta de la vida cambia de cono,- corriendo el riesgo de que jamás hubiese noticias de ellos.

Durante días derivó herida sobre el mar. Los marineros intentaban achicar agua. Los oficiales trataban de mantener el orden. Las olas seguían atacando. Al final, el 11 de noviembre de 1641, el galeón se hundió. Lo más extraordinario vino después. España conocía la ubicación aproximada del naufragio y organizó expediciones para recuperar la carga. Sin embargo, los arrecifes, las corrientes y la tecnología de la época dificultaron la tarea. Durante décadas, el tesoro permaneció en el fondo del mar. La Concepción se convirtió en un fantasma. Todo el mundo sabía que existía. Nadie podía encontrarla.



Y mientras la Concepción se inclina lentamente hacia su destino, el tesoro más valioso deja de ser la plata. Pasa a ser el amanecer que quizá ya no verá. -Nunca he vuelto a confiar en el mar. Y eso que le debo la vida. O quizá precisamente por eso.

-Me llamo Juan de Morales, marinero de la Concepción, y ya soy un hombre viejo. Mis nietos me piden que les cuente la historia del tesoro perdido. Siempre esperan oír hablar de plata, de cofres y de joyas. Pero cuando cierro los ojos, no veo plata. Veo agua. Veo oscuridad. Y escucho madera quebrándose.

-Partimos de Veracruz con las bodegas tan llenas que el barco navegaba más hundido de lo debido. Había plata acuñada, lingotes, mercancías, baúles de comerciantes. mucho contrabando y pertenencias de pasajeros. El imperio entero parecía viajar con nosotros. Los oficiales sonreían. Los mercaderes hacían cuentas. Los pasajeros soñaban con España. Y nosotros, los marineros, soñábamos con llegar vivos. El mar estuvo tranquilo durante días. Demasiado tranquilo. Los viejos marinos desconfiamos de esas calmas.

-El océano es como ciertos hombres, cuando calla demasiado tiempo, suele estar preparando algo.

La noche del desastre yo estaba de guardia. Recuerdo haber oído primero un sonido extraño. No un trueno. No una ola. Algo peor. El ruido de una montaña desgarrando el vientre de un barco. El arrecife.

-El golpe me lanzó contra la borda. Los hombres cayeron unos sobre otros. Alguien gritó: -¡Agua en la bodega! Y entonces todos comprendimos. La Concepción estaba herida. Durante días luchamos. Achicamos agua. Arrojamos carga al mar. Trabajamos hasta que las manos sangraron. Rezamos. Prometimos cambiar nuestras vidas si sobrevivíamos. Promesas que los hombres hacen cuando sienten la muerte respirándoles en la nuca. Cada amanecer parecía una victoria. Cada anochecer parecía una sentencia. Recuerdo bajar a la bodega una última vez. Las lámparas apenas iluminaban la oscuridad. Los cofres seguían ahí. Montañas de riqueza. La fortuna de reyes y comerciantes. Miles de monedas. Miles. Tomé una. Una moneda de plata brillante. La observé. Pensé en los hombres que habían trabajado las minas. Pensé en las largas caravanas. Pensé en los funcionarios que la habían contado. Pensé en los mercaderes que la esperaban. Y entonces una ola atravesó el casco. La lámpara se apagó. La moneda cayó al agua. Fue en ese instante cuando comprendí. La plata iba a quedarse. Nosotros no. La noche del hundimiento fue un infierno. La cubierta se inclinó. Los mástiles gemían. Los pasajeros gritaban. Los sacerdotes rezaban. Algunos hombres lloraban llamando a sus madres. Otros maldecían. Otros simplemente guardaban silencio. Yo me aferré a un pedazo de madera. No porque fuera valiente, sino porque no quería morir. Cuando la Concepción desapareció bajo las olas, el sonido fue extraño. No fue un rugido. Fue casi un suspiro.

Como si el mar hubiera estado esperando pacientemente durante años para reclamarla.

-Luego llegó el silencio. Floté durante horas. Quizá durante un día. No lo sé. El tiempo deja de existir cuando uno espera la muerte. A mi alrededor había restos. Tablas. Barriles. Hombres. Algunos vivos. Muchos no. Recuerdo mirar el horizonte al amanecer. El sol apareció lentamente. Hermoso como suele ser. Indiferente. Y sentí una alegría inmensa. No porque hubiera sido rescatado. Todavía no. Sino porque seguía viendo la luz. Muchos años después escuché historias, que encontraron parte del tesoro. Que recuperaron monedas. Que hombres ricos se hicieron más ricos. Me alegro por ellos. De verdad.

Pero cuando la gente me pregunta por el tesoro de la Concepción, siempre respondo lo mismo. El tesoro no era la plata. El tesoro era el hombre que volvió a abrazar a su esposa. El niño que volvió a ver a su padre. La madre que dejó de esperar noticias. La mañana que yo creí perdida y que, sin embargo, llegó. Porque en el fondo del mar quedaron los cofres. Las monedas. Los lingotes. Las joyas. Y allí siguen. Pero yo regresé. Y después de tantos años sigo pensando que hice el mejor trato de mi vida.


Mientras se preparaban para evacuar los restos del naufragio, Villavicencio y otros oficiales centraron su atención en la mejor manera de proteger el tesoro. Para nuestros oídos del siglo XXI, esta consideración en medio de un gran sufrimiento y un peligro inminente para la vida resulta una hijeputez inquietante. En el siglo XVII, sin embargo, asegurar el tesoro para la Corona tenía la misma prioridad, pues en ello les iba el pescuezo en su pobreza de espíritu.

Las daifas administradas por Lázara Oyarzabal de tetas de vaca triste que bien pudieron alimentar a toda la tripulación, menuda y maciza color panela con ojos de perra brava, inteligente y de pésimo carácter, pero de entrañas tiernas, apretó el culito y la pechuga bíblica preocupándose por sus chicas y, entró aterrorizada pero pisando fuerte como era su bendecida costumbre sin reparos. Lázara era conocida por levantar a los muertos con el solo roce de los pezones de sus tetas eclesiásticas. Más eficaz que compasiva. A los trece años su madre la vendió a un mercader que la desgarraba y luego la abandonó en la calle, sin dinero, con hambre, con dolor, así que ingresó  al burdel Los Romances, aunque la declararon demasiado usada para los gustos de los montadores. Era puta aunque ya no se le notaba. Así que convenció a niñas bonitas para afiliarse y montar su propia organización vendiendo carnes en los puertos, haciendo amor sedentario de ocasión sin sedimentos, en ese lugar de grandes pasiones. Con el corazón apretado por la nostalgia, escuchando el ruido torrencial que entraba por las claraboyas, ella aulló por salvar a las doctas que habían hecho lánguidos amores de sobremesa, con el sosiego del amor del purgatorio.



El Concepción no conservaba impactos de algún combate sin gloria que nunca tuvo


En la tímida solemnidad nocturna, en medio de una tormenta de truenos y relámpagos, la tercera noche después del encallamiento, estallaron peleas que acabaron con la vida de varias personas pasadas finamente a cuchillo con ojo quirúrgico. Villavicencio -usurpando un honor que no merecía con un oficio que no sabía hacer, sigiloso e imprevisible,- intentó detener la violencia asegurándoles que todos bajarían del barco y que él sería el último en partir. Promesas de político en campaña. Pero no tenía ninguna autoridad, estaba derrumbado, reemplazó por el pánico por la anarquía. En ese momento, Villavicencio -falso y rapaz, capaz de hacerse enterrar por la beneficencia en la fosa común y, que de morirse no hubiera estorbado a nadie,- junto a 31 oficiales y nobles tímidos de solemnidad subieron a gritos a la lancha restante para escapar. Es un misterio cómo llegó Villavicencio a estar en la lancha. Más tarde afirmaría que intentó permanecer en el barco, pero que uno de sus oficiales lo empujó al agua, donde lo arrastraron inconsciente, lo cual ni su propia madre lo creía pues había perdido la pasión por los hombres.

Lo que luego siguió fué también lo obligado, tratar de salvar la gente incluidas las mariposas de la noche y los víveres necesarios. Echaron abajo los palos de la Concepción, haciendo una jangada o sea una balsa con troncos amarrados con los masteleros, vergas -perchas o palos horizontales que van sujetos de forma perpendicular a los mástiles,- respetos -repuestos o equipos de seguridad y mantenimiento de reserva-  y botalones -palo o percha móvil que se extiende hacia el exterior,- en la que embarcó gran parte de pasajeros y tripulantes y se cargó la lancha de bizcochos y armas, recelosos de que hubiera caníbales en tierra, pero hubieron de regresar por el mal estado de la playa, "lo que nos hubiera totalmente inhabilitado y reducido acabar nuestros días entre bárbaros en un miserable estado."


Los jugadores cambian, el juego no


Con un poder de seducción devastadora y virilidad de semental, luego de algunas tentativas y trabajos que sería de excesiva prolijidad relatar, una de las cuales fué que la jangada estuvo a punto de deshacerse contra las rocas por la fuerte corriente y después de una noche, que para los que no habían podido desembarcar no fue de angustiosa zozobra y para los de tierra de no menores sufrimientos, pues la pasaron mojados y llenos de miseria sin poder sosegar así por el mucho frío temerosos de que de repente fuesen asaltados. Llegó la luz del nuevo día y con él se reinició el desembarco. Ciento noventa y siete náufragos, con escasos recursos, tomaron así posesión efectiva de la parte de costa, contando para reunirse con el mundo civilizado con la sola ayuda de una lancha. El buque cuyos restos tenían ante su vista y los bosques a sus espaldas les darían los elementos suficientes para la construcción de una nueva nave destinada a poner en lugar seguro a cerca de doscientos hombres. ¡Empresa digna de un astillero!


“Los corsarios eran particulares que, sujetos a reglas internacionales, saqueaban por cuenta de un rey a los enemigos de éste”

Arturo Pérez-Reverte. Un pirata de verdad. Artículo


Hay una escena que soñé y que ahora me viene a la mente sobre la Concepción, y es la que dió origen a este semanal. Es de noche. El barco cruje. El agua ya llega a las cubiertas inferiores. Un marinero anónimo, Benancio Urías nacido en Sevilla, apoya una mano sobre un barril mientras escucha el rugido del arrecife. A pocos metros, en las bodegas, descansan toneladas de plata. La riqueza de un imperio. La fortuna de mercaderes. El tributo de ciudades enteras. Y, sin embargo, en ese instante, nada de eso importa. Porque Benancio comprende algo que todos los marinos han comprendido alguna vez, que el mar no sabe cuánto vale un tesoro. No distingue entre un rey y un grumete. Entre una moneda de plata y una piedra. Entre un galeón cargado de riquezas y una pequeña canoa. Sólo existe la oscuridad, el viento y el agua entrando por el casco.


“Al mismo modo de los hombres, esos singulares individuos flotantes se mueven en un elemento inestable, sometidos a sutiles y poderosas influencias, y prefieren ver sus méritos apreciados antes que sus defectos descubiertos”

Arturo Pérez-Reverte. De nombres y barcos. Artículo


En un vicio que no se sacia con nada, los cientos que aún estaban a bordo arrancaron tablas para terminar una docena de maltrechas balsas amarradas burdamente. En grupos caóticos, partieron hacia el mar y la mayoría se dirigió hacia el sur. Algunas de las balsas se hundieron tan bajo en el agua que los tiburones nadaron hacia ellas reclamando su almuerzo gratuito concedido desde las alturas y se alimentaron penosamente de las personas que colgaban de las tablas, pues navegaron en el mar apacible de los inocentes. Después de cuatro días, las balsas que no se hundieron llegaron a la costa norte de lo que hoy es República Dominicana, como ocurrió con la lancha que transportaba a Villavicencio, porque los mierdas siempre gozan con suerte. Incluso después de llegar a tierra, la terrible experiencia de los supervivientes estaba lejos de terminar. Todavía tenían que caminar por la jungla o tramos de playa vacía con poca comida o agua para encontrar ayuda.

En un monólogo de una sola tecla, unos 30 supervivientes se arriesgaron y permanecieron en el Concepción con la esperanza de ser rescatados. Mientras el barco continuaba desintegrándose, descargaron tanta plata como pudieron y la apilaron en la parte superior plana de una cabeza de coral que podría servir como marcador para los rescatistas. La pila era tan alta que podían caminar sobre lo que se convirtió esencialmente en una plataforma sobre el agua durante la marea alta. La ironía no se pierde. Los lingotes de plata extraídos y refinados brutal y forzosamente por los esclavizados para pagar las interminables guerras europeas y hacer fortunas fabulosas para los comerciantes y armadores perdieron su valor previsto. En cambio, adquirieron un valor transformador mucho mayor como losas que evitaron la muerte para un día más. Cuando el Concepción  se partió por completo, ellos también escaparon en una balsa. De los últimos 30 que abandonaron los restos del naufragio, sólo uno, un pielroja americano, vivió para contar la historia. Había transitado por donde el tiempo se había olvidado de pasar.

De los 540 pasajeros y tripulantes del Concepción, sobrevivieron 180. El piloto Guillén logró aterrizar, pero sabiendo el probable destino de un largo encarcelamiento o ejecución que le esperaba, desapareció y nunca más se supo de él afortunadamente. Los funcionarios españoles se enteraron por primera vez del naufragio cuando Villavicencio y los supervivientes de la lancha llegaron a Santo Domingo hambrientos y harapientos. Habían caminado 272 kilómetros sobre terreno montañoso guiados por los lugareños. Les seguirían más supervivientes. Los funcionarios españoles les preguntaron sobre la ubicación de los restos del naufragio para iniciar una búsqueda y recuperar la plata. Pero nadie pudo precisar el lugar. Rápidamente se corrió la voz entre piratas y oportunistas, y durante años recorrieron el arrecife en busca de señales del naufragio y la oportunidad de hacerse ricos más allá de sus sueños. Pero ninguno de ellos lo encontró.

En 1687, 46 años después, William Phips capitán de la marina mercante de Nueva Inglaterra se encontró con un viejo superviviente del Concepción, quien le reveló la posición del pecio a cambio de una parte del botín. Phips consiguió financiamiento de la nobleza inglesa, de un sindicato de inversores de Londres y el respaldo del rey Jaime II y se aventuró en dos barcos, El James and Mary, capitaneado por él, y el Henry, al mando de su amigo el capitán Francis Rogers. Con ellos se dirigió a La Española y, para engañar a las autoridades y que nadie interfiriera en su verdadera misión, permaneció en puerto con el James and Mary como si se dedicara al comercio, mientras Rogers iba en busca del pecio en el otro navío. Los dos barcos pasaron 59 días en el lugar del naufragio. Rogers, llevaba en el Henry a unos indios caribes buscadores de perlas que con ayuda de nativos esclavizados que eran capaces de sumergirse a más de 15 metros de profundidad y durar hasta 5 minutos. La tarea no fue fácil, pero pudieron localizar los restos. Estos esclavos eran 60 hábiles en buceo libre que sacaron varias toneladas de metales preciosos del fondo del mar. Sin estos buzos de Bermudas, Jamaica, Barbados y República Dominicana, Phips no habría recuperado mucho, si es que hubiera recuperado algo. Los europeos en ese momento no tenían ninguna de las capacidades acuáticas, como cinco minutos de contener la respiración bajo el agua necesarios para tal operación. Cuando zarparon para Inglaterra llevaban casi 30 toneladas de monedas, barras y planchas de plata, más de once kilos de oro en lingotes y varios sacos con piedras preciosas. Habían rescatado alrededor del 13 % de la carga y no podían recoger más debido a la falta de provisiones, al mal tiempo y a la presencia de piratas franceses.

El botín le hizo a Phips una gran fortuna y consiguió que el rey lo nombrara caballero, quien también lo nombró gobernador de la colonia de Massachusetts. Curiosamente, durante su mandato como gobernador, creó un tribunal especial en 1692 para manejar los infames juicios de brujas de Salem. Aunque Phips y Rogers sabían que aún quedaba mucho del tesoro en el Concepción, aquella fue su última expedición. A partir de entonces, el navío cayó en el olvido durante casi tres siglos hasta que en 1960 Jacques Cousteau intentó localizarlo pero no le fue bien a mi maestro y no pudo encontrarlo, aunque él se lo merecía.



¿Es un sacrilegio rescatar y comercializar tesoros como estos? 


Finalmente, el cazatesoros americano, Burt Webber, encontró la pista del galeón español. Webber que había fracasado en la búsqueda de otros galeones conoció en El Archivo de Indias de Sevilla, a un estudioso del Concepción que había encontrado el diario de Phips. El documento no indicaba la posición del pecio, pero sí en el diario de Rogers, el marino que dirigió el rescate a bordo del Henry, pero su rastro se había perdido. Hasta que, en abril de 1978, Webber recibió una carta de Peter Earle, profesor de Economía y aficionado a la historia naval, donde le propone escribir un libro sobre el Concepción y al final anota, “Dicho sea de paso, tengo el cuaderno de bitácora de Francis Rogers, no me interesa la búsqueda del tesoro sino la historia. ¿Le interesa a usted?”  El capitán describía la posición del pecio con todo lujo de detalles. Burt Webber organizó el rescate usando magnetómetros y equipo de buceo para encontrar lo que Phips se perdió. Acordó con las autoridades dominicanas entregar las piezas de valor histórico y llevarse el cincuenta por ciento de lo rescatado. El 30 de noviembre de 1968 después de meses de exploración, Webber y sus buzos encontraron el Concepción. Recuperaron cerca de 60,000 monedas, joyas, cadenas de oro, instrumentos de navegación y objetos curiosos como un baúl con doble fondo donde se escondían monedas de contrabando, encontró oro y plata valorados en 13 millones de dólares. La operación fue un éxito económico, pero un desastre para la arqueología marítima. Webber no había seguido ningún tipo de metodología, ni registro científico y destrozó el yacimiento.

Los gobiernos todavía permiten la recuperación de tesoros en sus costas, pero bajo pautas estrictas y observación directa. Como reflejo de los tiempos modernos, los arrecifes del Banco de Plata donde el Concepción tuvo un final sombrío y espantoso son ahora Patrimonio Cultural Subacuático de la ONU, Patrimonio de la Humanidad y están protegidos de una mayor explotación.

Quienes estaban a bordo del Concepción hicieron una conexión entre su destino y la carga que llevaban, mientras buscaban limpiar sus almas mientras el huracán azotaba. Pero parece poco probable, ya que no se encontró ningúna alma. Lo que sí se sabe es que cuando el galeón moribundo chocó contra el arrecife y el juego terminó, Villavicencio y los funcionarios se preocuparon por cómo salvar el tesoro, no por cómo llegó a existir, ni mucho menos por los tripulantes. Ese arraigado espíritu de avaricia seguiría dando forma a la conquista de América durante los siguientes 250 años.

Trozos de esa plata contaminada todavía yacen esparcidos en la arena e incrustados en coral alrededor de los restos del naufragio del Concepción, a sólo tres horas en barco desde las Islas Turcas y Caicos. En el silencio de las profundidades, resuenan como conmovedores recordatorios de una historia desgarradora que persiste justo debajo de la superficie y que nunca permanece en el pasado.

FIN

sergiodeleonlopez






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