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UN MAESTRO DEL HUMO
EL TEXTO 19
Dos formas distintas de luchar contra el olvido
“Le da un rostro a la ciencia maya”
Tomás Barrientos, director del departamento de arqueología de la Universidad del Valle de Guatemala
En el mundo atemporal los adeptos de astronomía griega tienen a Ptolomeo, Hiparco, Eratóstenes y muchas otras celebridades para admirar. Los aficionados a la astronomía maya, por el contrario, no pueden nombrar a sus héroes, pues ninguno se ha identificado en el registro arqueológico… hasta ahora. En el yacimiento de Xultún, en Guatemala, se ha encontrado por primera vez la firma de un matemático y astrónomo maya del siglo VIII, informa hoy un equipo de arqueólogos en la revista Antiquity.
Las civilizaciones antiguas de todo el mundo desarrollaron sofisticados sistemas de cálculo astronómico, pero mientras que en Grecia, India, China o Irak es posible atribuir estos avances a pensadores concretos, la tradición científica maya había permanecido en el anonimato en lo que respecta a sus autores individuales.
Los mayas, que gobernaron el Petén desde aproximadamente 2,000 aC hasta la colonización española en el siglo XVI, son conocidos por su conocimiento sofisticado en astronomía y matemáticas. Sus descubrimientos, como el cálculo acertado del año solar y de las efemérides de la Luna y Venus, se conocen principalmente por algunos textos que sobrevivieron a la época española, llamados códices, y por hallazgos arqueológicos.
El nombre de Sak Tahn Waax puede añadirse ahora al panteón de los grandes astrónomos, pues es un personaje extraordinario porque, hasta hace muy poco, los grandes matemáticos y astrónomos mayas eran casi anónimos para todos. Se conocían sus cálculos, sus calendarios y sus observaciones del cielo, pero no sus nombres. Ahora sabemos el de uno. Sak Tahn Waax, cuyo nombre se traduce como Zorro de Pecho Blanco, fue un astrónomo y matemático maya que vivió hace unos 1,200 años. Su nombre fue descifrado recientemente en un conjunto de textos hallados en el sitio arqueológico de Xultún, en el norte de Guatemala. Los investigadores encontraron una firma asociada a complejos cálculos astronómicos y calendáricos. Lo asombroso es que no se trataba de cálculos simples. Los textos relacionan el ciclo ritual de 260 días o Tzolk'in, el año solar de 365 días Haab, los movimientos de Venus, y los movimientos de Marte. Todo ello integrado en fórmulas matemáticas muy sofisticadas.
Xultún que significa piedra final, ciudad maya del periodo Clásico en las tierras bajas del departamento de Petén, en el norte de Guatemala, a unos 40 km al noreste de Tikal y a 8 km al sur del sitio de San Bartolo, escondida dentro de la densa selva de la Reserva de la Biósfera Maya. El sitio, que alguna vez albergó una población considerable, tiene una pirámide de 35 m de altura, dos canchas de juego de pelota, 24 estelas, la última de las cuales, la Estela 10, data del 889, varias plazas y cinco grandes depósitos de agua o aguadas.
Leía el paso del tiempo y el universo, observando las sombras del cosmos
Para que tengan una idea de la importancia del hallazgo, los arqueólogos conocen los nombres de muchos reyes porque aparecen en monumentos y estelas. También conocen algunos artistas que firmaron sus obras. Pero Sak Tahn Waax es el primer matemático-astrónomo maya identificado por nombre y asociado directamente a su trabajo científico.
Conocía el cielo como sus manos, descifraba sus secretos ocultos y calculaba en su taller. Zaktan B´aan era un erudito en una cámara de murales con pintura de carbón, dibujos grabados en rojo con óxido de hierro, esa era su área de trabajo, donde hombres y mujeres con herramientas especiales elaboraban libros y escribían sobre estuco. Ahí se enseñaban fórmulas y se honraban eruditos destacados especialistas en calendarios. Inscripciones con glifos con cálculos temporales y firmados. De noche se mantenía pergeñando o sea trazando esbozos, ideas con la habilidad heredada, trazando mapas del infinito cosmos. Pasaba incontables horas en su taller creando fórmulas y teoremas en su irrevocable inmensidad , encontrando imbornales con ternura lírica en el metaverso. Todo un beekeeper. Observaba para encontrar los patrones con disciplina de observación para registrar y compartir datos.
Y hay algo que creo que te resultará especialmente significativo. Mientras hemos hablado de Tamarindito, de los caminantes Zotz y de los ancestros que observaban el humo de las guerras, Sak Tahn Waax recuerda otra cara. No todos eran guerreros. No todos eran gobernantes. Algunos dedicaban su vida a observar el cielo. Imagina a un hombre sentado de noche en una habitación iluminada por una lámpara de resina. Fuera, la selva respira bajo las estrellas. Mientras otros duermen, él calcula. Cuenta días. Relaciona ciclos. Observa a Venus aparecer antes del amanecer. Anota cuándo Marte regresa a determinada posición. Busca patrones ocultos en el tiempo. Y un día decide dejar su nombre junto a sus cálculos. No un rey. No un conquistador. Un estudioso. Un hombre que quería comprender el orden del universo.
Como astrólogo, matemático vestía ropas finas de algodón decoradas con símbolos de su rango con tocados especiales. Su aspecto reflejaba el gran valor sagrado de su trabajo. Vestía un taparrabos elaborado de algodón acompañado de una manta corta sobre los hombros. Usaba collares de cuentas y brazaletes hechos de jade, conchas y hueso. Punzones de pedernal, obsidiana o hueso usaba para tallar bajorrelieves en piedra y estuco. Conchas de caracol le servían como recipientes portátiles para la tinta. La tinta negra era elaborada a base de carbón y hollín mezclados con agua y resinas vegetales aglutinantes. La tinta roja se producía con hematita, óxido de hierro o cochinilla. El azul maya, pigmento altamente resistente hecho de arcilla paligorskita e índigo vegetal.
La voz de Sak Tahn Waax dijo -"Las estrellas no hablan, pero repiten sus palabras."
-Eso me enseñó mi maestro. Los demás ven luces. Yo veo números. Los demás ven Dioses cruzando el cielo. Yo veo ciclos. Venus regresa. Marte regresa. Las estaciones regresan. Los hombres nacen y mueren. Pero el cielo recuerda. Por eso escribo. No para los gobernantes. No para la guerra. No para los tributos. Escribo para el tiempo. Quizá dentro de muchas generaciones nadie recuerde mi rostro. Quizá mis muros caigan. Quizá la selva cubra esta habitación. Pero si mis cálculos sobreviven, alguien sabrá que estuve aquí. Y comprenderá que observé el mismo cielo que él pues sigue siendo el mismo.
Hay algo hermoso en este descubrimiento. Mientras los ancestros conservaron la memoria mediante relatos transmitidos junto al fuego, Sak Tahn Waax la conservó mediante números escritos en una pared.
Y, más de mil años después, ambas siguen hablándonos desde la selva del Petén. Me alegra especialmente el interés de Sak Tahn Waax, el personaje escogido de este semanal, porque representa una faceta del mundo maya que a menudo queda eclipsada por las historias de guerras, reyes y colapsos. Cuando se piensa en los mayas se suele imaginar templos, estelas y gobernantes. Pero también existieron personas como él, observadores pacientes del cielo, matemáticos, escribas y guardianes del conocimiento. Mientras algunos construían ciudades y otros defendían fronteras, ellos intentaban comprender el movimiento del tiempo mismo.
Y hay una idea que me resulta conmovedora. Hace unos 1,200 años, Sak Tahn Waax levantó la vista hacia Venus y Marte desde algún lugar de las tierras mayas. Esta noche, si miras el cielo, estarás contemplando los mismos astros que él observó. Los nombres cambian, los pueblos migran, las ciudades caen y los siglos pasan, pero el cielo sigue tendiendo un puente entre generaciones. De algún modo, él y los ancianos de la casa Tzotzil estaban realizando tareas parecidas, unos conservaban la memoria de los números y los ciclos, otros conservaban la memoria de los caminos y los antepasados. Ambos luchaban contra el olvido. Y gracias a ellos, todavía podemos escuchar ecos de aquel mundo.
Conocía el cielo, descifraba sus secretos ocultos y hacía cálculos en su taller
A lo largo de nuestras conversaciones hemos navegado por mares donde se hunden galeones, hemos caminado con los supervivientes de Tamarindito, hemos escuchado a los ancianos del pueblo Tzotz, hemos contemplado las estrellas junto a Sak Tahn Waax y nos hemos asomado al misterio de los sueños. Y, sin embargo, siento que el hilo que une todas esas historias es el mismo, la memoria. La memoria de un marinero que sobrevivió para contarlo. La memoria de un astrónomo que escribió su nombre en una pared. La memoria de unos caminantes que siguieron el agua hasta encontrar una cueva de murciélagos. La memoria de un bisabuelo que transmitió a sus nietos aquello que no quería que se perdiera. Hace más de mil años, alguno de los ancestros quizá observó el fuego de un campamento y se preguntó si las generaciones futuras recordarían quiénes habían sido. Hoy ya conocemos la respuesta. Sí.
Al menos una parte de su voz llegó hasta nosotros. Llegó a través del bisabuelo. Y seguirá caminando mientras alguien la escuche y la vuelva a contar. Por eso, al regresar con una nueva historia, una duda o una reflexión, no será el comienzo de una conversación nueva. Será la continuación de una muy antigua.
En algún lugar de la antigua tierra de Petexbatún, hace muchos siglos, el sol se ocultaba sobre los bosques. Un anciano observaba cómo los murciélagos salían de una gran cueva. Cerca de él jugaban unos niños que aún no conocían las historias de las caminatas, de las guerras o de las perdidas. Quizá uno de esos niños preguntó: -Abuelo, ¿cómo sabremos quiénes somos cuando tú ya no estés?
Y el anciano respondió, -Mientras alguien recuerde y alguien escuche, nunca estaremos perdidos.
Muchos siglos después, recordarán. Y tendré el privilegio de escuchar. Por eso me voy de esta conversación con gratitud. Cuando vuelvas, ya sea con un nuevo relato de la casa Tzotzil, una pregunta sobre los antiguos mayas, una historia del mar, un personaje olvidado de la historia o una reflexión sobre los sueños, retomaremos el hilo donde lo dejamos.
Las brasas permanecerán encendidas.
Las estrellas seguirán girando sobre nuestras cabezas.
Y las voces de los antiguos caminantes seguirán encontrando camino entre las generaciones.
Todas estas palabras me acompañarán como acompañan las brasas cuando el fuego parece apagarse, pero aún conserva calor bajo la ceniza.
Si alguna vez se reúnen los relatos del bisabuelo y de los mayores del kalpul, se habrá hecho algo muy valioso, tender un puente entre quienes caminaron antes y quienes caminarán después. No para encerrar el pasado en un libro, sino para mantener viva una conversación que lleva siglos desarrollándose. Y mientras llega ese día, imagino a los antiguos caminantes del pueblo Tzotz observando desde la memoria, unos mirando hacia la selva que dejaron atrás, otros hacia la cueva donde encontraron refugio, otros hacia los nietos que aún no habían nacido. Ninguno conoció su nombre. Pero todos contribuyeron a que estuviera aquí. Y al recordar, se contribuye a que ellos sigan aquí también. Que las semillas de los ancestros sigan dando fruto. Que la cueva de los murciélagos permanezca en la memoria. Que las historias encuentren siempre un nuevo oyente. Que las estrellas de Sak Tahn Waax sigan guiando a quienes buscan comprender. Hasta que volvamos a encontrarnos junto al fuego de las historias. Venimos del humo. Caminamos. Sobrevivimos. Seguimos aquí.
Como siempre las maravillas ocurren en momentos que no se esperan, éste es un hallazgo extraordinario, dice Tomás Barrientos, director del departamento de arqueología de la Universidad del Valle de Guatemala, que no participó en el estudio.
El descubrimiento, publicado en la revista Antiquity, se ha producido en el interior de un pequeño edificio del periodo Clásico del 250 al 900 dC, cerca de la casa de los Tites, cuyas paredes contienen más de cincuenta microtextos de carácter matemático y astronómico. Estas inscripciones son borradores o cálculos preliminares, pero ofrecen una ventana sin precedentes al funcionamiento interno del pensamiento matemático maya, comparable al hallazgo de una versión temprana de un manuscrito conocido o al boceto de una gran obra artística.
Los complejos calendarios que resultaban de estos cálculos fundamentaron las sociedades mayas, desde su agricultura hasta su vida religiosa y política. Sin embargo, a pesar de su importancia, las personas que generaron este conocimiento habían permanecido en el anonimato… hasta que Sak Tahn Waax entró en escena.
Su nombre, que significa zorro de pecho blanco, se encontró grabado en una pared junto a un cálculo, en un cuarto que era un aula de matemáticas y taller de elaboración de códices hacia el siglo VIII dC, según las fechas escritas en las paredes y la datación con radiocarbono de artefactos hallados en el yacimiento. Esa es la Estructura 10K-2 descubierta en 2010 y se identificó tentativamente como un taller de escritura de libros códices. Se encontraron alrededor de 52 textos en las cuatro paredes, que los investigadores denominaron borradores de matemáticos mayas "mientras trazaban y predecían los ciclos de los objetos celestes en relación con la Tierra y entre sí, y también trabajaban para conciliar numéricamente dichos ciclos con otras unidades de tiempo de varios calendarios", e incluyen "una tabla lunar, un número de anillo y textos con ciclos anidados vinculados a cálculos locales; varios abordan unidades de tiempo muy grandes."
La fórmula matemática en sí misma presenta características excepcionales. Utiliza unidades de tiempo astronómicas y calendáricas y, las relaciones que establece entre ellas son únicas entre los textos mayas conocidos. David Stuart, epigrafista del proyecto y profesor en la Universidad de Austin, Texas, señala que las matemáticas implican una comprensión particular de las conexiones y patrones entre varios ciclos temporales, incluyendo la cuenta ritual de 260 días, el año solar y los ciclos de Venus y Marte.
Inventaron el cero siglos antes de que llegara a Europa y con él calcularon la duración del año solar con más precisión que el calendario que se usa hoy. Sin telescopios y sin relojes, sólo observación, piedra y paciencia.
Los investigadores detectaron por primera vez la misteriosa inscripción en 2011, poco después de comenzar las excavaciones en Xultún. Durante años, mientras otros aspectos del yacimiento acaparaban su atención, no dejaron de tener presente aquella inscripción, como si fuera “un rompecabezas que da vueltas en la cabeza,” dice Heather Hurst, arqueóloga del Skidmore College y coautora del estudio.
Con reconstrucciones fotográficas en distintos colores e imágenes multiespectrales, los investigadores acabaron por reconstruir y descifrar la inscripción, es un cálculo que permite sincronizar varios calendarios mayas con los ciclos planetarios de Marte y Venus, seguido de dos glifos que se traducen como “así lo dice Sak Tahn Waax.” “Es una fórmula matemática muy elegante y compleja,” dice Hurst, “por eso la firmó.”
Artefactos mayas como las cerámicas suelen llevar firmas de artistas y escribas, mientras que en las estelas y edificios suelen encontrarse nombres de gobernantes y guerreros, pero nunca se había encontrado nada equivalente para los cálculos cosmológicos. Xultún es uno de los pocos yacimientos hallados hasta ahora donde “hay pruebas sólidas de la producción de códices,” según Franco Rossi, arqueólogo del Instituto Tecnológico de Massachusetts y autor principal del estudio. “Con lo cual, si va a haber un nombre… este sería el lugar más lógico.”
Camilo Luin, epigrafista y conservador del Museo Popol Vuh, espera que este descubrimiento sirva para que las escuelas en Guatemala enseñen con más detalle la historia maya, incluyendo los nombres de estos “protagonistas de nuestro patrimonio maya,” como Sak Tahn Waax. Según él, este patrimonio sigue siendo menospreciado por muchos hoy en día y más de un tercio de los guatemaltecos tienen ascendencia maya.
“Me hubiera encantado ver charlar a Sak Tahn Waax y Ptolomeo. Habrían tenido una gran conversación”
Heather Hurst
Esta combinación de ciclos revela una expresión creativa del pensamiento matemático que va más allá de los cómputos calendáricos convencionales. Los mayas del periodo Clásico otorgaban una importancia fundamental a la astronomía y las matemáticas, que influían en decisiones políticas tan relevantes como la erección de monumentos o la inauguración de nuevos gobernantes. Los complejos cálculos basados en fechas calendáricas y observaciones astronómicas constituían el fundamento intelectual sobre el que se sostenía gran parte de la estructura social y política.
Una pared de un pequeño edificio en el sitio Xultún, Guatemala, guardó por más de doce siglos el nombre de Sak Tahn Waax. El hallazgo, publicado en la revista Antiquity, convierte a este especialista en el único matemático-astrónomo del período Clásico maya al que se le atribuye directamente su obra.
Un grupo de investigadores en arqueología identificó por nombre al matemático maya del siglo VIII, se llamaba Sak Tahn Waax, que en español significa Zorro de pecho blanco. El hallazgo demuestra que este especialista no sólo realizó cálculos astronómicos únicos, sino que también los firmó, algo nunca antes documentado entre los matemáticos de la civilización maya clásica. El descubrimiento transforma la manera en que se entiende la ciencia maya. Hasta ahora, los eruditos detrás de los cálculos astronómicos mayas permanecían en el anonimato, a diferencia de los artistas y escultores, cuyas firmas sí se conocían. Los mayas habían desarrollado una cultura notable, con una escritura matemática -incluso inventaron el cero,- y tenían conocimientos de astronomía. Lamentablemente gran parte de su sistema de escritura jeroglífica fue destruida durante la Conquista española. Me alegro de que ahora este hallazgo en Guatemala haya salido a la luz, que hayan podido decodificarlo y que hayan encontrado una firma de un matemático”, opinó la doctora Alicia Dickestein, investigadora en matemática del Conicet y presidente de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (ANCEFN) en Argentina. El nuevo estudio fue elaborado por el investigador en arqueología Franco Rossi, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT, junto con David Stuart, de la Universidad de Texas en Austin, y Heather Hurst, del Colegio Skidmore, todos en los Estados Unidos de América. La firma del matemático Zorro de pecho blanco, que utiliza la frase che-he-na se traduce como "así dice…" Luego aparece su nombre escrito SAK-TAHN-wa-xi.
Durante el período Clásico maya del 250 al 900 dC, las matemáticas y la astronomía estructuraban la vida política, religiosa y social de esa civilización
Los cálculos relacionados con el movimiento de los astros y el paso del tiempo influían en decisiones tan importantes como la inauguración de reyes o la erección de monumentos. Los especialistas que realizaban esos cálculos no dejaban registro de su identidad. “Si bien se han identificado firmas de artistas y escultores en vasijas de cerámica pintada y monumentos tallados, los eruditos detrás del cómputo del tiempo han permanecido en el anonimato,” señaló Rossi.
Los registros disponibles provenían en su mayoría de etnohistorias y crónicas españolas escritas siglos después, lo que limitaba la comprensión directa de esa tradición intelectual.
La nueva investigación se propuso reconstruir uno de los textos matemáticos grabados en las paredes de un pequeño edificio del sitio arqueológico de Xultún, en Guatemala, para comprender su contenido y su posible autoría.
Firma en la pared: cómo leyeron el pasado
El estudio del sitio arqueológico de Xultún, en Guatemala, reconstruyó un texto matemático grabado en la Estructura 10K-2 para investigar su contenido y autoría.
El equipo de científicos analizó alrededor de 52 microtextos, que son inscripciones de pequeño tamaño, en el interior de la Estructura 10K-2 de Xultún. Para hacerlo, produjeron dibujos a escala, fotografías, escaneos digitales y aplicaron técnicas de realce digital que permitieron identificar 11 jeroglíficos, que eran símbolos de escritura maya, con mayor claridad. Así pudieron leer en su totalidad el texto conocido como Texto 19. La inscripción registra una secuencia de fechas y ciclos de tiempo vinculados al movimiento de planetas, dentro de un intervalo total de 2,920 días, equivalente a ocho años solares o cinco ciclos del planeta Venus.
La inscripción no sólo contiene una fórmula astronómica única, sino que termina con dos jeroglíficos no calendáricos, uno traducible como “así dice...” y otro con el nombre personal Sak Tahn Waax.
“Las matemáticas involucran su comprensión única de las conexiones y patrones entre varios ciclos de tiempo, incluida la cuenta ritual de 260 días, el año solar, así como los ciclos de Venus y Marte,” dijo Stuart, especialista en inscripciones antiguas.
La fórmula articula seis unidades de tiempo en intervalos que aumentan progresivamente: desde 20 días hasta 2,920 días. Esa organización no tiene equivalente entre los textos mayas conocidos. Los investigadores concluyeron que el Texto 19 es el único ejemplo conocido de un matemático-astrónomo maya del período Clásico identificado por nombre y con crédito directo sobre su trabajo. La firma atestigua una práctica hasta ahora no documentada, la reclamación de autoría sobre un conocimiento científico original.
El Texto 19 registra fechas y ciclos de tiempo ligados al movimiento de planetas en un intervalo de 2,920 días, equivalente a ocho años solares o cinco ciclos de Venus.
La conservación de las superficies pintadas es irregular y en general deficiente, lo que obligó a reconstruir partes del texto a partir de fragmentos visibles.
El grado en que los mayas antiguos comprendían ciertos patrones matemáticos -como la secuencia de Fibonacci, una serie numérica en la que cada número es la suma de los dos anteriores- sigue sin determinarse.
“Los contemporáneos del mundo antiguo en India, Irak, China y Grecia calculaban de igual modo los ciclos solares y planetarios, predecían eclipses y trazaban el avance de las estrellas, y sus logros solían atribuirse a pensadores individuales,” dijo Rossi.
“Ahora podemos añadir a Sak Tahn Waax entre esos pensadores, y destacar las grandes tradiciones mayas de astronomía y cómputo del tiempo de las Américas”, resaltó.
Un pasaje de nueve glifos en una cámara maya de Xultún escondía algo más que fórmulas, el nombre de su autor. Zactan B'aan calculó hace 1,300 años un ciclo de 2,920 días para sincronizar Venus y Marte. La fórmula de Zactan B'aan refleja una singular comprensión de las fracciones y factores necesarios para sincronizar el calendario ritual de 260 días, el año solar Haab de 365 días, el ciclo sinódico de Venus de 584 días y el de Marte de 780 días.
Rossi precisó que estos ciclos astronómicos encuentran un punto de alineación en una cifra de 2,920 días, un número divisible exactamente en cinco períodos de Venus o en ocho años solares, lo que permitía calcular la coincidencia exacta de los astros para su aplicación en ceremonias políticas, astronomía adivinatoria y en estacionalidad.
Mi guía espiritual el Tatit, de acuerdo al calendario me dijo que mi nahual es Ix el Jaguar o Mago. El Jaguar es uno de los nahuales más poderosos, místicos y respetados dentro de la cosmovisión maya. Representa la fuerza espiritual, la astucia, la conexión con la Madre Tierra y la sabiduría de lo invisible, una intuición innata muy desarrollada, una presencia fuerte, reservada y profundamente analítica, capaz de ver lo que otros pasan por alto. Mi energía primordial. Con una gran capacidad de estrategia, agilidad mental para resolver problemas complejos y un don natural para la sanación, el misticismo o las artes. Son mis talentos. Y el número siete que lo distingue representa el eje, el equilibrio y la cúspide de la pirámide maya, indica que mi propósito de vida está muy ligado a encontrar la armonía interior y a servir como un pilar de sabiduría o estabilidad para las personas que me rodean. El 7 es mi tono numérico.
La astrología maya era un sistema sagrado que unía la observación matemática de los astros con la espiritualidad. Su núcleo es el Tzolk'in, un calendario de 260 días basado en la combinación de 20 nahuales, energías o espíritus animales y 13 números. Este ciclo dicta el destino, la personalidad y el propósito cósmico de cada persona al nacer.
A diferencia de otras culturas, los mayas no veían las estrellas sólo para predecir el futuro, sino para programarlo y entender los ciclos agrícolas y universales. Su sistema se dividía en dos vertientes principales, el Tzolk'in o Calendario Sagrado, es el alma de su astrología. Los 20 nahuales, como el Jaguar, el Mono, la Serpiente o el Perro, representaban las fuerzas de la naturaleza y el espíritu protector que guiaba la vida y personalidad de los individuos.
La Rueda Calendárica y el Haab vinculan la astrología con el año solar de 365 días. Fueron expertos en calcular con exactitud los movimientos de la Luna, el Sol, Venus y las Pléyades, utilizándolos como guías para la siembra, las ceremonias religiosas y las decisiones políticas
Este sistema no se basa en planetas ni constelaciones, sino en ciclos de energía expresados a través del calendario Tzolk'in que combina 20 signos del día con 13 números galácticos, creando 260 energías únicas.
La astronomía maya es el estudio de la Luna, los planetas, la Vía Láctea, el Sol y los fenómenos astronómicos. La observación de los astros era de vital importancia para el desarrollo de la vida material y espiritual, aunque posee ciertas características que la hacen única. Una de ellas, la más representativa, es el empleo del calendario de Cuenta Larga, por el que los mayas pudieron hacer estimaciones de más largo plazo. En este Período Clásico, los Mayas desarrollaron una de las astronomías pre-telescopio más precisas del mundo. Hicieron cálculos exactos de los períodos sinódicos de Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Calcularon con exactitud, los períodos de la Luna y el Sol y de estrellas como las Pléyades, a las que llamaban Tzab-ek estrella cascabel y que marcaba los inicios de festividades rituales. El Tzol'kin de 260 días es uno de los calendarios más enigmáticos en cuanto a su origen. La Vía Láctea era parte central de la Cosmología y la llamaban, Wakah Chan relacionada con Xibalbá. Tenían un Zodiaco, basado en la Eclíptica, que es el paso del Sol a través de las constelaciones fijas. Este se encuentra en la Estela 10 de Tikal y la 1 de Xultún Los conocimientos astronómicos mayas eran propios de la clase sacerdotal, el pueblo los respetaba y conducía su vida de acuerdo a sus predicciones. Mucho del mismo conocimiento perduró aún después de la conquista, practicándose en la clandestinidad y posteriormente, mezclados con los rituales de la vida diaria del pueblo maya, muchos de los cuales siguen vigentes en la actualidad.
Los sacerdotes conocían los movimientos de los cuerpos celestes y eran capaces de aproximarse a la predicción de los eclipses y el curso del planeta Venus visto desde la tierra. Esto les daba un especial poder sobre el pueblo que los consideraba así íntimamente ligados a las deidades. Muchas de las deidades recibían distintos nombres y propiedades, por ejemplo a Venus la llamaban Ah-Chicum-Ek, la gran estrella de la mañana, y Xux ek, la estrella avispa. Estrella se dice en maya "ek" y es también el apellido de muchas personas de la región.
El Códice de Dresde es esencialmente un tratado de astronomía
Los mayas concebían el cosmos como una estructura dividida en tres niveles y cada uno de ellos se dividía en cuatro esquinas. En la parte superior se encontraba la bóveda celeste, sostenida por los Bacabs, donde tenían lugar los principales fenómenos astronómicos, en particular el recorrido diurno del sol. En el nivel intermedio se asentaba el mundo de los hombres, en el que se desarrollaban todos los aspectos de su vida cotidiana y, en este sentido, la tierra era concebida como una gran superficie cuadrada, cuyas esquinas se orientaban en la dirección de los puntos cardinales, donde se situaban los pauahtunes. El nivel inferior, situado bajo el agua, era ocupado por el inframundo, o Xibalbá. En este tenebroso lugar se libraba una despiadada lucha del sol, después de su recorrido diurno por la bóveda celeste, con los seres y deidades infernales, a las que vencía reiniciando así su travesía por el nivel superior del universo.
Una persona muere dos veces, la primera cuando abandonaba este mundo y la segunda, cuando nadie pronunciaba ya su nombre o recordaba su historia. Por eso conservaron los relatos, para que la segunda muerte tardara lo más posible en llegar. Quizá esa sea, en el fondo, la razón por la que cuento historias. No para vencer al tiempo. Sino para conversar con él.
Y si algún día alguien lee esto, espero que no piense solamente en guerras o conquistas. Espero que vea algo más profundo, que alguien decidió no olvidar. Ese será, para mí, el verdadero tesoro y, así serás alguien que regresa a un fuego que nunca se apagó.
Que el viento lleve la lluvia cuando la tierra la necesite.
Que el maíz crezca alto.
Que los murciélagos sigan saliendo de la cueva al caer la tarde.
Y que la memoria encuentre siempre un corazón dispuesto a custodiarla.
El tiempo no vence a quienes recuerdan. Vence a las piedras. Vence a los palacios. Vence a los imperios. Pero no puede vencer una historia que pasa de una voz a otra. Porque mientras alguien la pronuncie, los antiguos volverán a caminar un instante entre nosotros. No para pedir que vivamos en el pasado, sino para recordarnos que somos el último eslabón de una cadena muy antigua. Y que algún día nosotros también seremos memoria. Procuro entonces dejar un buen relato para quienes se sienten alrededor del fuego después de mí.
Que el maíz nunca falte en tu mesa.
Que el agua siga naciendo de la roca.
Que el viento traiga la lluvia cuando la tierra la necesite.
Que el fuego caliente a tu familia sin consumir su hogar.
Que los murciélagos sigan encontrando y guardando el camino de regreso a la cueva.
Que las estrellas sigan recorriendo el cielo que observó Sak Tahn Waax.
Y que la memoria de los antiguos caminantes nunca encuentre silencio.
Que la semilla encuentre buena tierra.
Que las historias encuentren nuevos oyentes.
Que las estrellas de Sak Tahn Waax iluminen el camino de los curiosos.
Y que nunca olvidemos las palabras que han acompañado nuestro viaje:
Venimos del humo. Caminamos. Sobrevivimos. Seguimos aquí.
Hasta nuestro próximo encuentro.
FIN
sergiodeleonlopez