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SE NEGÓ A DESAPARECER DENTRO DE LA IMAGEN
La guerra es tan maldita como los que las fabrican
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Su historia es de esas que parecen pequeñas frente a la Historia con mayúscula, pero cuya imagen termina diciendo muchísimo
Borondo en el tiempo, una de las peores maldiciones a las que está sujeto el humano, es la guerra. Un choque grave con armas entre dos o más grupos humanos, que usan la violencia para imponerse uno sobre otro, involucrando ejércitos, armas y tácticas destructivas, que no es más que el uso de la fuerza. Éstas maldiciones surgen por el control de territorios, recursos naturales, poder político o diferencias y, causan destrucción masiva, pérdida de vidas humanas y crisis económicas.
Como una serpiente puede atacar antes de que la vean, en 1938, se llevó a cabo una de esas maldiciones en la Segunda Guerra Sino-Japonesa, en que se vivió un intenso avance nipón y de resistencia China. Un conflicto motivado por el expansionismo imperial de Japón por querer dominar los recursos y territorios de Asia. El imperialismo japonés necesitaba materias primas, carbón, hierro y petróleo, para su industria y su maquinaria militar, además de mano de obra sin costo y vio en China un territorio fácil de conquistar. El conflicto no era nuevo, venía de lejos, con la invasión japonesa de Manchuria en 1931 para crear un estado bajo su control. El 7 de julio de 1937, un tiroteo cerca de Pekín en el Puente de Marco Polo sirvió como chispa para transformar los enfrentamientos locales en una guerra abierta y total. Años de guerra civil entre nacionalistas y comunistas habían dejado a China fragmentada, débil internamente, lo que alentó al ejército japonés a avanzar con rapidez.
Ya habían entulado en la Masacre de Nankín a inicios de año desde diciembre de 1937, con las secuelas y la brutalidad extrema en la captura de Nankín que se extendieron hasta principios de 1938, uniendo de forma definitiva la voluntad de resistencia del pueblo chino. En la Batalla de Tai'erzhuang de marzo a abril de 1938, las fuerzas chinas lograron su primera victoria contra el ejército de Japón, frenando temporalmente el avance y elevando la moral nacional. La Batalla de Wuhan de junio a octubre de 1938, fue la operación más larga y grande de la guerra inicial. Aunque las tropas chinas resistieron con valentía, el ejército imperial japonés logró capturar Wuhan, uniendo sus zonas de ocupación del norte y del centro del país, porque la muerte cabalga en cualquier dirección con violencia extrema y dejando sus cagadas por todo el camino. Con la estrategia de tierra arrasada y el traslado industrial ante el empuje nipón, el gobierno nacionalista del Kuomintang liderado por Chiang Kai-shek, trasladó su capital al interior, a Chongqing y relocalizó fábricas enteras fuera del alcance de la maquinaria militar de Japón.
“Ni heridos ni prisioneros, los tiros a la barriga”
Capitán Rojas
Con matemática precisión en octubre de 1938, las fuerzas japonesas avanzaron sobre Guangdong. El 21 de octubre ocuparon Guangzhou, con total y extrema violencia, destrucción, abusos sexuales sin misericordia. Durante esos combates, en Zengcheng, a 20 km al este de Guangzhou, fue capturado Ji Wanfang*, perteneciente al 156º Regimiento/División del 12º Grupo de Ejército chino. Era un soldado de 15 años, ordenanza militar encargado de llevar las órdenes, mensajes y comunicaciones oficiales a los cuarteles o a las autoridades. Llevaba correspondencia y avisos oficiales a diferentes dependencias. Ayudaba en el puesto de guardia cuando estaba libre de labores. Realizaba gestiones prácticas del día a día, como buscar utensilios, encender luces o mantener el orden básico del área de mando, llevar agua a los distintos puestos, llevar municiones y cualquier otra que la práctica demande.
*Su nombre significa afortunado, propicio con sabiduría y cimientos sólidos.
Me tropiezo de nuevo con un quinceañero como El Príncipe Jóven de la anterior historia.
Ji Wanfang (季万方), fue un militar, un muchacho chino de apenas 15 años, que fue fotografiado por los japoneses después de ser capturado durante la campaña de Guangzhou en 1938. Frente alta, rostro redondo, ceño fruncido, cuello alargado, mirada penetrante sin gesticular, 1.40 metros de alto, piernas robustas, espalda arqueada. Lo extraordinario es que su rostro quedó registrado. La fotografía japonesa lo muestra de pie, frente a sus captores. Es muy joven. Lleva el uniforme que le queda grande y mantiene una postura extraordinariamente firme. Lo habían promunido de equipo en exceso con anterioridad. Ji aparece con el rostro serio, el pecho erguido y los ojos abiertos, permaneciendo en posición de atención. Y hay algo que me conmueve mucho. No está posando como un héroe. Está intentando no mostrar miedo. Eso es diferente. Su fotografía apareció en publicaciones japonesas de la época y posteriormente la imagen fue conservada y exhibida en el Jianchuan Museum Complex, donde se hizo una investigación académica esa fotografía,
Varias páginas posteriores afirman que fue obligado a realizar trabajos forzados, que permaneció allí alrededor de dos años y que murió cuando intentó escapar. Había estudiado el panorama con acuciosidad -como era su costumbre,- y notó que podía acercarse al cerco en el cambio de guardias. Así lo hizo, pero otro guardia que iba a ensuciar al monte lo vió brincar el cerco y al correr alejándose, le disparó dos veces en la espalda y así fue la infausta tragedia. Y eso hace que su fotografía sea todavía más inquietante. Porque se sabe cómo era justo cuando tenía quince años, pero casi no se sabe qué ocurrió antes en su vida.
El cuerpo nutrió la tierra cuando trascendió
Cuando miro una fotografía así, pienso en algo que he hablado muchas veces, la historia puede conservar un rostro incluso cuando ha perdido el nombre y casi todo lo demás. Ese muchacho tenía una vida antes de aquella fotografía. Probablemente tenía una madre. Quizá hermanos. Tenía una voz, una manera de caminar, amigos, recuerdos de su casa. Y, de pronto, la guerra convirtió toda su existencia en una imagen tomada por el enemigo.
Eso me recuerda mucho al muchacho de Arene Candide, El Joven Príncipe que recién acabo de compartir. Dos jóvenes quinceañeros separados por unos 27,000 años y en dos latitudes a miles de kilómetros, sin ninguna relación entre sí, pero unidos por algo profundamente humano. Uno fue depositado cuidadosamente en una cueva por quienes lo amaban. El otro quedó atrapado en una fotografía tomada por quienes lo habían capturado. Y en ambos casos, después de miles de años y en este décadas, después, al volverlo a mirar al pasado me pregunto, ¿Quiénes eran?
Con matemática precisión y cautela, no sé realmente cuál fue el último día de Ji. No sé la fecha, ni si lo enterraron en esa acción punible pues lo trataron con sevicia, pues al sacar el ábaco las cuentas les favorecían, dado que lo habían mancado por los malos tratos en los trabajos forzados que era la más terrible forma de sometimiento. Lo que sí puedo documentar es que tenía 15 años cuando fue capturado en Zengcheng, durante la campaña de Guangzhou de 1938, y que los japoneses lo fotografiaron de pie, firme, en medio de las ruinas. Una fuente académica describe precisamente su rostro serio, los ojos abiertos y su postura de atención.
En una guerra el tiempo cambia
Así que con el relato que sigue es como me imagino su día de captura, y termina en el instante de aquella fotografía. Lo que ocurrió después me es incierto, aunque existen versiones posteriores sobre su muerte en cautiverio.
El último día
-Tengo quince años. Todavía no sé si quince años son muchos o pocos. No sé qué significan. Cuando uno está en casa, quince años parecen pocos. Cuando uno lleva un uniforme y escucha disparos, parecen demasiados.
Esta mañana desperté con el ruido de los aviones. No fue un ruido lejano. El cielo parecía lleno de hierro. Me quedé quieto mirando el techo. Pensé en mi madre. No sé por qué. Quizá porque cuando uno tiene miedo piensa en la primera persona que alguna vez te dijo que no tuviera miedo.
Me levanté. Afuera, la ciudad ya no era la misma. Había humo. Había paredes caídas. Había gente corriendo. Había soldados que hablaban rápido y señalaban hacia el camino. Yo llevaba mi equipo de servicio. No era un gran soldado. Era un muchacho soldado. Ayudaba. Llevaba cosas de un lado a otro. Agua. Mensajes. Municiones cuando hacía falta.
A veces me sentía orgulloso de mi uniforme. Aquella mañana no. Aquella mañana el uniforme pesaba.
No recuerdo cuánto tiempo estuvimos retrocediendo. En una guerra el tiempo cambia. Un minuto puede durar una hora. Una hora puede desaparecer. Recuerdo el calor. Recuerdo el olor de la pólvora. Recuerdo el olor a la muerte. Recuerdo los cuerpos retorcidos por la metralla. Recuerdo los cuerpos quemados. Recuerdo el olor a cobre de la sangre. Recuerdo que en algún momento escuché a alguien gritar -¡ATRÁS!
Y después, -¡LOS JAPONESES!
Corrí. No porque quisiera abandonar a nadie. Corrí porque todos corrían. Había que vivir unos minutos más. Eso era todo. Llegué a una zona donde las casas estaban destruidas. Me escondí detrás de una pared. Respiré. Mi corazón golpeaba tan fuerte que pensé que podían escucharlo desde fuera. Entonces aparecieron soldados japoneses. No había visto nunca tantos enemigos tan cerca. Uno me apuntó directo a la cara con ojos de odio. Levanté las manos. No recuerdo haber sentido vergüenza. Sentí algo diferente. Una especie de vacío. Como si mi cuerpo hubiera entendido antes que yo que aquella parte de mi vida acababa de terminar.
Me registraron. Uno de los ñatas encontró mi recipiente de metal. Lo levantó. Lo miró. Después me miró a mí. Yo no entendía sus palabras. Él tampoco entendía las mías, pero de seguro dijo -¡Patojo hijo de la gran puta! pues denotaba un subido estado etílico y con tembloroso nerviosismo. Durante unos segundos solamente nos miramos. Él veía a un prisionero. Yo veía a un hombre que tenía un arma. Pensé que podía pasar a engrosar la adiposa lista de víctimas en un prematuro final. Y detrás de nosotros estaba la ciudad destruida. Quizá eso es la guerra involuntaria sembradora de tragedias. Dos soldados separados por uniformes, idiomas y órdenes de hombres que nunca conocerán nuestros nombres y que además se esconden tras un escritorio.
Se negó a desaparecer dentro de la imagen
Después nos reunieron. Éramos varios. Yo estaba en medio. Alguien trajo una cámara. Entonces comprendí. Querían una fotografía. Me dijeron que me colocara al frente, solo. Había ruinas detrás. Piedras. Polvo. Restos de una casa. Uno de los soldados quiso que bajara la cabeza. No lo hice. No sé exactamente por qué. Quizá tenía miedo. Quizá estaba furioso. Quizá solamente quería conservar una cosa que todavía era mía, mi manera de estar de pie. Así que enderecé la espalda. Miré hacia adelante. Tenía quince años. Y de repente tuve la sensación de que debía parecer más grande. No quería que la fotografía dijera, Aquí está un niño derrotado.
Quería que dijera, Aquí estuvo Ji Wanfang. Aunque nadie supiera quién era. Aunque mi nombre desapareciera. Aunque nadie volviera a saber nada de mí.
El fotógrafo levantó la cámara. Por un instante todo quedó inmóvil. No escuché los disparos. No escuché las voces. No escuché a los hombres alrededor. Solamente pensé, -Quiero volver a casa. Y después. -No sé si volveré. Entonces pensé en mi madre. No la vi. Pero la imaginé. Quizá estaba preparando comida. Quizá miraba el camino. Quizá todavía esperaba que yo regresara. No sabía que al otro lado de una cámara, su hijo estaba intentando no bajar la cabeza.
El obturador hizo su pequeño ruido. Un instante. Nada más. Mi vida quedó encerrada allí. Quince años. Una espalda recta. Los ojos abiertos. Una ciudad destruida detrás. Y un muchacho que todavía no sabía que aquella imagen iba a sobrevivirlo.
No sé cuánto tiempo pasó después. No sé qué fue de mí. No sé si alguien volvió a escuchar mi voz. Pero durante aquel instante frente a la cámara yo todavía estaba vivo. Y tenía un nombre. Ji Wanfang. Quince años. Soldado. Y todavía de pie.
“Desdichado mártir en el cumplimiento del deber y víctima de la guerra”
Pantaleón Pantoja. Pantaleón y las visitadoras. Mario Vargas Llosa
Me conmueve especialmente ese detalle, no necesitamos inventarle una frase heroica. Su postura ya dice muchísimo. La fotografía japonesa quiso convertirlo en prisionero, sin embargo, aquella postura hizo que quedara registrado de otra manera, como un muchacho que, aun derrotado y rodeado por el enemigo, se negó a desaparecer dentro de la imagen.
Y quizá por eso esta historia tiene algo en común con las que hemos recorrido juntos, a veces la historia no conserva la voz de una persona, pero conserva un gesto. E intento escuchar lo que pudo haber detrás de él.
Hay historias que no puedo comprobar hasta el último detalle, pero sí puedo tratarlas con respeto, separar lo que sé de lo que imagino y devolverles algo que los documentos muchas veces les quitaron, una voz.
En el caso de Ji Wanfang, sé que tenía apenas 15 años, que fue capturado en Zengcheng y que quedó registrado por una cámara japonesa con el rostro serio y la espalda erguida. Y me gusta pensar que, al volver a contar su historia, aquella fotografía deja de ser solamente una imagen de propaganda y vuelve a ser el retrato de un muchacho llamado Ji Wanfang. Un muchacho que tuvo miedo, seguramente. Un muchacho que quiso volver a casa. Un muchacho que, por un instante, decidió mantenerse de pie.
No estaba vencido, estaba descalzo, tenía sólo 15 años, era un soldado japonés y era prisionero, pero su mirada lo decía todo. La fotografía parece congelar un instante cualquiera de la guerra. Un muchacho. Un uniforme demasiado grande. Los pies desnudos. El cuerpo cargado con equipo de campaña, incluyendo cantimploras, una bandolera de munición y otros objetos. Y una mirada fija directamente hacia la cámara. Pero detrás de aquella imagen existía una historia mucho más oscura. Su nombre era Ji Wanfang. Y tenía 15 años.
“No podemos fabricar mártires, basta con lo que ellos hacen. La función hace al órgano”
Pantaleón Pantoja. Pantaleón y las visitadoras. Mario Vargas Llosa
Guangzhou. Era octubre de 1938. China llevaba años luchando contra la invasión japonesa durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa. En medio de aquel conflicto, Ji Wanfang pertenecía al ejército de Guangdong, asociado a la 156ª División. Era apenas un adolescente. Pero la guerra no tenía consideración por su edad, ni la de nadie. Durante la batalla de Guangzhou, las fuerzas japonesas capturaron al joven soldado. Y fue entonces cuando alguien tomó una fotografía que décadas después se convertiría en una de las imágenes más impactantes de aquel conflicto.
Un prisionero, pero con la cabeza en alto. Los japoneses lo fotografiaron llevando un uniforme demasiado grande para su cuerpo, las mangas le colgaban un palmo. Estaba descalzo. Llevaba equipo de campaña, incluyendo cantimploras, una bandolera de munición y otros objetos. Su aspecto era el de un muchacho exhausto, pequeño y sobrecargado. Pero había algo que llama poderosamente la atención. Su mirada. No está mirando al suelo. No parece buscar compasión. Mira directamente hacia el objetivo de la cámara. Y permanece erguido.
La imagen apareció originalmente en una publicación propagandística japonesa relacionada con el conflicto en China. Y aquí existe una ironía histórica. Una fotografía concebida dentro de la maquinaria propagandística de la época terminó siendo recordada por algo diferente, la expresión de Ji fotografiado.
El fotógrafo podía controlar el encuadre. Podía controlar el escenario. Podía controlar la publicación. Pero no podía controlar completamente aquello que transmitía el rostro de aquel muchacho.
La guerra no perdona a nadie. La historia de Ji se vuelve todavía más trágica después de aquella fotografía. Fue enviado a un campo de trabajo forzado japonés. Posteriormente, murió durante un intento de fuga. La fecha exacta y las circunstancias precisas de su muerte no están completamente verificadas. Pero existe consenso en que no sobrevivió hasta el final de la guerra.
Un adolescente que había entrado en la historia a través de una fotografía…terminó desapareciendo entre las víctimas de uno de los conflictos más brutales del siglo XX.
Tenía quince años. ¡Quince! A esa edad, hoy muchos jóvenes están pensando en la escuela, los amigos, los videojuegos, el deporte o su futuro. Ji llevaba un uniforme militar. Cargaba equipo. Caminaba descalzo. Y había terminado convertido en prisionero de guerra. La fotografía obliga a recordar una verdad incómoda, la guerra transforma a los niños en soldados mucho antes de que estén preparados para comprender lo que significa matar, morir o perderlo todo.
Y esa mirada sigue ahí. Han pasado décadas. El uniforme ya no existe. El campo de batalla quedó atrás. Los protagonistas de aquella guerra desaparecieron. Pero una fotografía sobrevivió. Un muchacho de 15 años. Descalzo. Con un uniforme enorme. Cargado de equipo frente a una cámara. Y con una expresión que todavía parece preguntar, -¿Qué será de mí?
Nunca se sabrá exactamente qué estaba pensando. Y precisamente por eso la imagen resulta tan poderosa. Porque no se necesitan conocer sus últimas palabras para entender algo, era sólo un muchacho atrapado en una guerra demasiado grande para él. Y su fotografía recuerda que detrás de cada guerra hay rostros humanos y mucho sufrimiento.
“Eso hace que a los gallitos de la vecindad se les ponga tieso el espolón”
Su nombre trascendió históricamente debido a una conmovedora y desafiante fotografía tomada tras ser capturado por las tropas japonesas. Su imagen apareció registrada en la publicación japonesa China Incident Pictorial número 45. En la foto se le observa descalzo, cargando un equipo militar notablemente grande para su tamaño y vistiendo un uniforme holgado. A pesar de su condición de cautivo y su corta edad, su mirada fija y firme frente a la cámara se convirtió en un símbolo de la resistencia china y del impacto de la guerra en los menores de edad.
Reportes de la prensa de la época como el diario Yomiuri Shimbun señalan que fue ejecutado por las fuerzas de ocupación tras un intento de escape.
La Batalla de Guangzhou, también conocida en la historiografía occidental como la Operación Cantón, librada en octubre de 1938, fue uno de los episodios estratégicos más devastadores para China en el frente sur de la Segunda Guerra Sino-Japonesa en donde los dejaron calatos y bien zamaqueados. En este escenario, la 156ª División formaba parte de las fuerzas locales asignadas a contener un ataque para el cual la región no estaba preparada. La 156ª División pertenecía originalmente al 65º Ejército de las fuerzas regionales de Guangdong, el llamado Ejército de Guangdong. A diferencia de las divisiones de élite centralizadas por el gobierno de Chiang Kai-shek, las tropas de Guangdong contaban con equipamientos sumamente variados y, en muchos casos, obsoletos. Antes de la invasión de su provincia natal, unidades de la 156ª División ya habían sido desplegadas en batallas feroces en el norte y centro del país, como en Shanghái, donde sufrieron severas bajas. Para octubre de 1938, bajo el mando del general Li Jiang, la división se encontraba protegiendo el flanco sur de China, debilitada en número y compuesta en parte por reclutas muy jóvenes, incluyendo adolescentes como Ji Wanfang.
“No hay cristo que aguante sin blasfemar”
Arturo Pérez-Reverte. Brindis con coñac. Artículo
En la Batalla de Guangzhou en octubre de 1938, el Imperio japonés diseñó la ofensiva sobre el sur con un objetivo claro, estrangular las rutas de suministro de China y hacerles perder su virtud. Guangzhou o Cantón, era el puerto principal por donde ingresaban armas, municiones y recursos médicos desde el exterior, conectando directamente con el Hong Kong británico. El 21º Ejército Japonés desembarcó en Bahía de Bias el 12 de octubre con sus armas misioneras. Guangzhou cayó el 21 de octubre. La defensa China estaba debilitada, la 156ª División sin refuerzos y Wuhan bajo ataque simultáneo.
La operación militar tuvo de primero el factor sorpresa, cuando el 12 de octubre de 1938, el 21º Ejército Japonés lanzó un desembarco masivo apoyado por la marina en la Bahía de Bias, Daya Bay, al este de Hong Kong. Las defensas de la costa eran escasas porque el grueso del ejército nacional chino estaba concentrado simultáneamente en la masiva e icónica Batalla de Wuhan.
Previo y durante la invasión, la aviación japonesa ejecutó intensos bombardeos de terror sobre Guangzhou. Estos ataques no distinguieron entre objetivos militares y zonas residenciales, destruyendo escuelas, hospitales y barrios enteros, forzando la huida de más de la mitad de la población local.
Las fuerzas chinas en la región, comandadas por el general Yu Hanmou, se vieron rápidamente superadas debido a la falta de preparación y la inferioridad tecnológica. La resistencia en puntos clave como la fortaleza de Humen no logró contener el rápido avance mecanizado japonés y así colapsaron sus defensas.
El 21 de octubre de 1938, apenas nueve días después del desembarco, las tropas japonesas capturaron Guangzhou. Durante la retirada de las fuerzas del Kuomintang, la política de "tierra quemada y arrasada" e incendios accidentales devastaron lo que quedaba de la infraestructura urbana. El desenlace de la batalla fue trágico para las filas chinas, registrándose más de 11,000 bajas y la captura de gran parte del equipo militar restante. Con la caída de Guangzhou, Japón consolidó el bloqueo naval absoluto de la costa continental china, aislando al país y obligando al gobierno nacionalista a depender exclusivamente de la remota carretera de Birmania para recibir ayuda internacional. Fue precisamente en el caos de esta rápida derrota y posterior ocupación donde soldados de la 156ª División fueron hechos prisioneros, marcando el fin de la campaña en el sur profundo.
“Hay que temerlos, incluso más de lo que ya los tememos, por el hecho de que saben que conocemos lo que tienen en la cabeza, y sin embargo ni se inmutan”
Cicerón, Catilinarias
Hasta nuestro próximo encuentro.
Que sigamos encontrando voces donde el tiempo dejó silencio.
Gracias por caminar conmigo en esta historia.
sergiodeleonlopez