martes, 10 de febrero de 2026

LA ÉPICA NO GRITA, PEDALEA. 291

 

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Es una historia de redaños, pedales y peligro

Un mensaje escrito con músculo y metal

LA ÉPICA NO GRITA, PEDALEA

Estas historias no se leen, se sedimentan


Este relato para voz baja, pedal y conciencia con frialdad ártica, es sobre un héroe silencioso, de esos que no levantan la voz ni reclaman medallas por lo que hicieron cuando nadie miraba. Supe de él la primera vez en una revista Bohemia del 11 de marzo de 1965 impresa en color sepia en su años 57. Nació en Florencia, en la Toscana, de una familia sencilla que se dedicaba a trabajar el campo, en una Italia rural y dura, donde la bicicleta era herramienta de trabajo. Mostró una resistencia extraordinaria, no la velocidad explosiva del prodigio, sino la tenacidad del que no se rinde aterrizando de pié como los gatos. 

Un campeón que pedaleó contra el horror y, lo que no se dijo en la Segunda Guerra Mundial, es que estaba en la cima de la fama. Eso le dio algo muy concreto, libertad de movimiento. Mientras Italia estaba ocupada por los nazis y el régimen fascista colaboraba con las deportaciones, entonces él empezó a hacer algo que nunca contó públicamente, pedaleaba cientos de kilómetros fingiendo entrenamientos. En los tubos del marco de su bicicleta llevaba escondidos documentos falsos, fotografías, papeles de identidad, que servían para salvar judíos, permitirles huir o esconderse de la maldita persecusión de los nazis. Colaboró con redes clandestinas ligadas a conventos y a la resistencia católica y, también escondió a una familia judía en el sótano de su casa. Si lo hubieran descubierto, lo habrían asesinado pues a mayor carga, mayor peligro.

En el silencio como ética, después de la guerra, cuando muchos se apresuraban a contar sus hazañas, calló. No era con lamentos como iba a salvar el pellejo. Decía: “El bien se hace, no se dice. Ciertas medallas se cuelgan del alma, no del pecho.”

Era de un voltaje superior a sus fuerzas. Conocía las dificultades del oficio. Durante décadas nadie supo nada. Ni periodistas. Ni aficionados. Ni siquiera muchos de los salvados sabían de su existencia.

En el Tour con ciclismo y política, en 1948 Italia estaba a un paso de una guerra civil tras el atentado y asesinato contra Palmiro Togliatti, líder comunista que había impreso su carácter como cura o puta con su pronación oblícua. El país estaba en llamas. Ardía. Nuestro personaje de la semana estaba corriendo el Tour de Francia y remontó de forma que nadie se podía explicar, ganando etapas una tras otra. La radio transmitía sus victorias y, por unos días, en Italia se dejó de pelear entre ellos mismos para escuchar ciclismo. El propio primer ministro llamó para pedirle que siguiera compitiendo, “Italia te necesita,” le dijo. Ganó el Tour. Y el país respiró.


https://www.youtube.com/watch?v=Xdqpnet0G3Q&list=RDXdqpnet0G3Q&start_radio=1

Gino Bartali de Daniele Sardone, es una pieza para fliscorno, contrabajo y piano. Las conexiones entre la música y el ciclismo son muchas, hay puntos común así como una profunda conexión con el esfuerzo que un escalador al afrontar las laderas del Col de l'Agnello o el Alpe d'Huez. Contada en voz alta es imbatible por lo emotiva.


Pienso… y tal vez ni existo. Murió en 2000 con un reconocimiento tardío. Solo años después, gracias a testimonios y documentos, se conoció la verdad completa. En 2013 fue reconocido oficialmente como Justo entre las Naciones -Hasidei Umot HaOlam,-  con lo que reciben una medalla con la frase del Talmud, "Aquel que salva una vida es como si salvara un universo entero," dada por el memorial Yad Vashem, el Centro Mundial para la Memoria del Holocausto en Jerusalén. Además recibió un certificado de honor y se plantó un árbol en su nombre en el Bosque de los Justos. No por ser ciclista, sino por haber salvado más de 800 vidas cuando era más fácil mirar a otro lado. Se trata de un título honorífico otorgado como símbolo de gratitud y memoria eterna, a personas no judías que arriesgaron sus vidas para salvar a judíos durante el Holocausto, sin buscar recompensas personales. Pedaleó para ganar carreras. Pedaleó para salvar personas. Y nunca confundió una cosa con la otra.

Así que la próxima vez que te cruces con un ciclista en la carretera, salúdale con respeto, protégelo con tu vehículo y recuerda, la bicicleta no es sólo un medio para hacer deporte. En tiempos oscuros, puede ser una herramienta de resistencia, coraje y esperanza. Nunca sabrás qué puede llevar ese ciclista en el cuadro de su bici, quizá sean documentos que salvan vidas




Él encarna algo raro, la fuerza sin espectáculo, el heroísmo sin discurso,

 la fe sin fanatismo, la valentía que no necesita aplausos


Nada peor que el lento avance de minutero, cuando Florencia todavía dormía, apoyó la bicicleta contra la pared. El aire olía a piedra húmeda y a pan viejo. Se santiguó sin prisa, como quien no pide milagros sino fuerza para no fallar. -Hoy será largo, murmuró en su bonhomía. La bicicleta no respondió, pero él sabía escuchar el silencio. Levantó el cuadro, -que es toda la estructura de tubo metálico,- giró con cuidado el manillar y el sillín con cuidado y deslizó dentro los papeles enrollados, fotografías, nombres falsos, fechas que no debían existir. Volvió a cerrar. Golpeó con los nudillos. Sonido limpio. -Vamos. Pedaleó.

El paisaje podía ser aliado  o adversario despiadado, pues en la carretera, los soldados alemanes ya lo conocían. El campeón. El campeón que entrenaba incluso en tiempos de guerra.

-¿Otra vez tú? dijo uno, aburrido. ¿No te cansas?

Sonrió con esa sonrisa suya, torcida, humilde, la número tres. -Si dejo de entrenar, engordo, respondió. Y eso sí que sería un crimen. Rieron todos con sonido de cinco decibeles. Lo dejaron pasar. No sabían que, mientras avanzaba, cada kilómetro alejaba a alguien del horror. A veces pensaba que el enemigo lo podía matar fácilmente. Las colinas eran duras, pero él era más duro. No por fuerza -otros la tenían,- sino por decisión. Cuando el sudor le entraba en los ojos y el pecho ardía, pensaba en su padre, en la tierra, en el pan compartido. Nunca en la gloria. A mitad de camino se detuvo junto a un convento. Una monja pequeña, seca como una rama, lo esperaba. -¿Todo bien? preguntó ella. -Todo pesa lo mismo que ayer dijo él. Ella asintió. Entregó los documentos. No hacía falta decir más. Se persignaron y volvió a montar.

En casa, el sótano estaba en silencio. Demasiado silencio. -Soy yo, susurró. Una mujer apareció desde la sombra. Detrás, dos niños. Ojos grandes. Ojos que no entendían el mundo. -Gracias dijo ella. -No me dé las gracias. Mañana entreno otra vez. Uno de los niños tocó la bicicleta. -¿Corre rápido? -Corre lo justo dijo. Lo importante es no detenerse.

Años después, cuando todo terminó, le preguntaron. -¿Es cierto que ayudó a salvar judíos? Miró al periodista como si no entendiera la pregunta. -Yo sólo andaba en bicicleta. -Pero arriesgó su vida. Encogió los hombros. -Eso no es algo especial. Lo especial habría sido no hacerlo.

En 1948, en Francia, con el cuerpo viejo y el país roto, volvió a subir montañas imposibles. Ganó etapas como quien reza. Italia escuchaba la radio y, por un momento, dejó de odiarse. Al cruzar la meta, no levantó los brazos. Nunca lo hacía.

Desaparecido en el océano de la vida, murió muchos años después, en su cama, sin monumentos, sin discursos. En su casa, la bicicleta descansaba apoyada contra la pared. Vacía. Pero si se acercaba el oído, con mucha atención, jurarían escuchar todavía el rozar de papeles escondidos y una voz baja, casi una oración, ¡pedalea! No mires atrás. Entonces no contamos su vida. La oficiamos.


https://www.youtube.com/watch?v=hBaQaFRJsbk&list=RDhBaQaFRJsbk&start_radio=1

"Bartali" de Paolo Conte, es un homenaje directo al ciclista. Habla de su nariz triste como una subida, sus ojos alegres, la Italia de posguerra y la bicicleta. Tiene un tono jazzístico, melancólico y nostálgico. Es casi la "banda sonora oficial" de su leyenda.  Es un retrato del neorrealismo musical y de la idiosincrasia italiana, lo describe como el "hombre de la calle." Representa la tenacidad y la resiliencia, resumidas en la célebre frase, "Ese rostro triste de italiano alegre." Sitúa al narrador en un día caluroso y pegajoso, sentado sobre un mojón en la carretera, esperando el paso de la carrera. Es una oda a la lentitud y a la observación de los pequeños placeres. Existe un juego de contrastes entre la tranquilidad del campo italiano y la agitación de los franceses que se enfadan y los periódicos que vuelan. Esto refleja la histórica rivalidad deportiva y cultural en el Tour de Francia. Aunque la canción es festiva, evoca la importancia de Bartali como un héroe que ayudó a unir a una Italia fragmentada tras la Segunda Guerra Mundial. Es el símbolo de la redención y el esfuerzo puro. La canción utiliza una estructura rítmica onomatopéyica ("Za-za-za-zaz") imitando el sonido de las bicicletas pasando o el pedaleo constante. 





Como los dados giran a su antojo, hoy inclinado con toda reverencia toca recordar al héroe de esta semana. Sí, de él es de quien hablo. Gino Bartali que es de quien he estado tecleando, nacido en Ponte Ema, Florencia, un 18 de julio de a 1914 y trascendio un 5 de mayo de 2000, apodado il Ginettaccio. Ciclista italiano, ganador tres veces del Giro de Italia en 1936, 1937 y 1946 y dos veces del Tour de Francia en 1938 y 1948. Ahora que estamos en la misma página, empecemos, el escenario es suyo.

De culo y cuesta abajo Benito Mussolini una bestia abatida, cargado de tripa con el hedor del odio, -que no se había fabricado como como mártir, sino como un traidor,- el líder del fascismo, el totalitarismo antidemocrático ultraderechista y ultranacionalista,- que proyectaba su imagen de fuerza, virilidad y autoridad absoluta, a pesar de ser violado por dos de sus tíos contínuamente y a base de golpes aprendió el gesto rudo, con mandíbula prognática, calvo, cabezón, grasozo, chaparro, ojos de sapo, sgranare gli occhi, mientras hablaba para intimidar a imagen de sus compadres en una turbia mezcla, que también fueron violados de pequeños, Hitler, Stalin y Franco que tenían el culo más pelado que un gato de callejón. Malos como la madre que los parió. Mantenía los labios apretados en una línea firme como cuando era abusado. Se mantenía extremadamente erguido, con el pecho inflado y las manos en las caderas como que todavía le doliera. Mientras se corría la prueba ciclística en Francia, había publicado su "Manifiesto sobre la Raza", que terminaría con los judíos perdiendo su ciudadanía italiana, sus profesiones y cualquier posición que ocuparan en el gobierno. Pero Italia seguiría siendo un refugio para los judíos hasta su rendición en septiembre de 1943. Desde ese momento, las dementes tropas alemanas ocuparían regiones del norte y del centro del país y comenzarían a capturar judíos y a enviarlos a campos de concentración en donde los dejaban hechos pedazos y no los podrían reconstruir aunque tuvieran las instrucciones. En ese momento Bartali, un católico devoto, recibió un ofrecimiento del cardenal de Florencia, Arzobispo Elia Dalla Costa, para unirse a una red secreta y proteger a judíos y otras personas en peligro. Se volvió un correo. Lo que parecían extensas jornadas de entrenamiento en su bicicleta eran en realidad viajes en los que transportaba entre los tubos del marco de la bicicleta, fotografías y documentos falsos elaborados en imprentas clandestinas. "Hemos visto la documentación que él transportó miles de kilómetros a través de Italia, viajando por caminos que unían ciudades tan lejanas de Florencia, Lucca a 94.7km, Génova a 250km, Asís a 175km y el Vaticano en Roma  a 280km." Eran viajes de ida y vuelta, así que tomen nota. Éstos eran sus pastos. Cuando le decían ¡salte! sólo preguntaba, ¿qué tan lejos? Salir de la nada y ser capaz de regresar. 



“Había tenido tiempo para excavar la trinchera y asomarse

precavido por el borde”

Sabotaje, Pérez-Reverte


En una coreografía metódica, rigurosa y rutinaria, entre 1943 y 1944, se dedicó a entrenar por las colinas de Toscana y Umbría, como si su vida dependiera de ello. Y justamente, no era su vida la que estaba con la espada de Damocles encima, era la de muchos otros a los que ayudó a salvar. Lo que parecía una rutina de entrenamiento, mientras pedaleaba largas jornadas y distancias, escondía documentos falsos dentro de los tubos del cuadro o marco de su bicicleta, ayudando a crear salvoconductos que permitían a familias judías escapar de los nueve círculos del infierno del régimen nazi. Su bicicleta, que conocía cada curva y pendiente del terreno, se convirtió en un medio para la VIDA, en mayúsculas, y no sólo para la victoria deportiva. Con su rol en la red clandestina dirigida por el cardenal Elia Dalla Costa, transportó estos papeles vitales sin levantar sospechas, ya que para todos era simplemente el famoso ciclista en su entrenamiento diario. No resultó una tarea simple pues podrían haber complicaciones a las que no era aficionado. Una vez fue interrogado por el jefe de la policía secreta fascista en Florencia, la ciudad donde había nacido y donde residía y trasladado hacia la Villa Triste, donde frecuentemente se torturaba a los detenidos y, Bartali pidió que la bicicleta no fuera tocada, ni revisada porque las piezas estaban calibradas con precisión para optimizar su rendimiento. Tenía que soportar la disección a que lo sometían.


“Very big cojones”

Ibon Zugasti


Su vida clandestina requería talento, frialdad, aptitudes para la supervivencia y los huevos bien puestos. Este rito no celebra la victoria. Celebra la persistencia. No se pronuncia en plazas. Se dice al amanecer, cuando la ciudad aún no decide quién será hoy. De pie. Manos juntas, como quien sujeta un manillar invisible, se inhala por la nariz, se exhala por la boca a ritmo constante. No corro para llegar. Corro para que otros sigan. La carretera no pregunta nombres. Sólo peso. Peso del cuerpo. Peso del miedo. Peso de lo que escondes y no debe caer. Cada pedalada es una sílaba de una oración sin palabras. Inclinando el torso hacia adelante, imagina el interior del cuadro de la bicicleta. Aquí no hay metal. Aquí hay vidas enrolladas y dobladas para que no se rompan. Respirar una vez más largo.

-¿A dónde vas, campeón? -A entrenar. El mundo cree que entrenar es inútil en tiempos oscuros. El mundo se equivoca. Respiración forzada. Inhalando corto. Exhalando largo. Deja que el cuerpo recuerde el cansancio antiguo. No luches contra él. Aquí no se grita. Aquí no se corre. Aquí se espera. El pan se parte en silencio. Los nombres no se dicen. La noche escucha y aprende a callar.


https://www.youtube.com/watch?v=g8cC_Z9mlAs&list=RDg8cC_Z9mlAs&start_radio=1

"Gino Bartali L'Intramontabile" de Ennio Morricone de la miniserie/TV movie italiana sobre él. Orquestal, emotiva, con toques heroicos y melancólicos para narrar sus subidas épicas o el riesgo secreto durante la guerra.

No hice nada especial. No hice nada heroico. Nada especial. Porque el bien, cuando se nombra, se debilita. El cuerpo envejece. La voluntad no. Subo porque bajar no es una opción. Cada curva es una promesa cumplida sin testigos. Nada acelera. Nada se detiene. Pedalear también es rezar cuando el mundo se rompe. Puede repetirse al amanecer, antes de una decisión difícil, o cuando el cuerpo duda pero la conciencia no. No requiere bicicleta. Sólo dirección interior. Todo sucedía entre el latido y el alba.

Con un fogonazo de certidumbre súbita en la noche sin testigos la ciudad había apagado casi todas sus luces, cuando Gino Bartali salió de casa. No porque hubiera toque de queda -eso vendría después,- sino porque la noche había aprendido a ahorrar visibilidad. Caminó la bicicleta hasta la esquina. No montó enseguida. Primero apoyó la mano en el sillín, como si comprobara la temperatura de un animal vivo. -Solo ida, dijo en voz baja. No sabía a quién. El aire era frío, pero no limpio. Olía a miedo viejo, a humo que no se iba. Florencia dormía con un ojo abierto. Pedaleó sin prisa. La cadena sonaba demasiado fuerte, aflojó el ritmo hasta que el ruido se volvió respiración. Cada vuelta del pedal era un acuerdo silencioso, no llamar la atención, no dudar, no pensar en el regreso. Dentro de los tubos metálicos del tenedor, los papeles no pesaban, pero él los sentía igual. No como carga, sino como presencia. Vidas dobladas con cuidado, esperando no romperse en los baches. En la primera colina, el cuerpo protestó. No por cansancio, sino por costumbre. El cuerpo recuerda incluso cuando la mente decide olvidar. No lo contradijo. Bajó la cabeza y dejó que la noche lo cubriera. Un control improvisado con aliento fétido apareció antes de la curva. Dos soldados. Uno fumaba. El otro miraba sin mirar. -¿A estas horas? preguntó el que fumaba. Gino frenó despacio. Sonrió lo justo. -Mañana llueve dijo. Hay que aprovechar. El soldado lo observó unos segundos que parecieron largos sólo porque nadie hablaba. Luego hizo un gesto con la mano. -Vete.

No aceleró al pasar. Agradecer demasiado también delata. Cuando retomó la carretera, el pulso le golpeaba en los oídos. No miedo. Conciencia. El miedo paraliza, la conciencia afina. Siguió pedaleando hasta que el sonido del control de higiene popular quedó atrás, tragado por la pendiente.

El convento estaba a oscuras. Tres golpes suaves. Pausa. Dos más. La puerta se abrió apenas lo suficiente para dejar pasar una sombra. -¿Todo? preguntó la voz. -Todo, respondió él. No intercambiaron nombres. No era necesario. En el interior, una mesa, una vela, manos que tomaban los papeles como si fueran hostias frágiles. Gino esperó de pie. Nunca se sentaba. Sentarse es empezar a quedarse. -Que Dios lo acompañe dijo la monja. -Que no se note, respondió. Salió de nuevo a la noche. Ahora el cuadro estaba vacío, pero la bicicleta seguía pesando. Siempre pesa algo cuando se ha llevado demasiado. El regreso fue más duro. No por las piernas, sino por el silencio. La noche, cumplido su papel, se volvía espesa. En un punto se detuvo. Apoyó el pie en tierra. Miró el cielo, invisible entre nubes. Pensó, por un instante, en lo fácil que sería no hacerlo más. En entrenar de verdad. En ganar carreras. En dejar que otros cargaran con lo imposible. El pensamiento duró lo que una exhalación. -Mañana también, dijo. Volvió a montar. Cuando llegó a casa, aún no amanecía. Guardó la bicicleta sin limpiar el polvo. El polvo también tiene memoria. Se lavó las manos despacio, como quien termina un rito sin querer nombrarlo. Antes de acostarse, miró el sillín una vez más. -Descansa, murmuró. Afuera, la ciudad seguía respirando mal. Pero respiraba. Y eso, esa noche, era suficiente y dejamos que hable quien no debía ser visto. Entonces dejamos que hable el que no eligió ser héroe, pero lo fue.



“No fue un error. No fue un malentendido. No fue un exceso puntual, fruto de los nervios o de una sensibilidad mal calibrada. Ni siquiera fue la marcha atrás, en forma de patético lloriqueo público... un acto deliberado de intimidación ideológica y un síntoma evidente de la enfermedad que degrada la vida”

La guerra que todos seguimos perdiendo. Artículo, Pérez-Reverte


No nació para esto. Fue pensada para caminos claros, para mañanas con público, para números pintados en la espalda de un hombre y aplausos que duran lo que dura el aire. Su acero conocía el esfuerzo, pero no el miedo. Hasta que aprendió. Al principio sólo llevaba un cuerpo, el peso exacto de un hombre acostumbrado a resistir. Luego aprendió otro peso, más delicado, que no se mide en kilos. Papeles doblados. Nombres falsos. Rostros que no podían aparecer a la luz. El cuadro los guardaba sin preguntar. El metal no juzga. El metal sostiene.

Cada bache era una prueba. Cada curva, un pacto silencioso, no sonar, no delatar, no caer. La bicicleta escuchaba todo. Las botas en la carretera. Las voces que preguntaban demasiado. El latido que subía cuando no debía. Aprendió a avanzar despacio. Aprendió que la velocidad no siempre salva. Que a veces lo justo es pasar como si no se pasara. De noche, la cadena era respiración. De día, era excusa.

-Entreno, decía el hombre. Y la bicicleta obedecía esa mentira como si fuera verdad suficiente. Nunca pidió reconocimiento. Nunca fue colgada en vitrinas. No tiene placa. Su gloria fue no romperse cuando romperse habría sido fácil. Cuando todo terminó, volvió a ser bicicleta. Pero algo había cambiado. El metal recuerda. No como la memoria humana, sino como tensión mínima, como una imperfección casi invisible que sólo aparece bajo ciertas luces. Si hoy alguien la montara, sentiría algo extraño, una resistencia suave, como si el camino pidiera respeto. Porque hubo un tiempo en que esa bicicleta no llevó a un hombre hacia la victoria, sino a otros lejos de la muerte. Y eso, para un objeto sin voz, es suficiente eternidad. El metal recuerda.

No veo. No oigo como ustedes. Siento. Siento el peso antes de que ocurra. Siento la decisión cuando aún no tiene nombre. Al principio fue sólo un cuerpo. Siempre el mismo. Aprendí su ritmo, cómo apoyaba el pie, cómo distribuía el cansancio, cómo respiraba cuando fingía calma. Ese cuerpo no me trataba como herramienta. Me hablaba sin palabras. Eso importa. Luego vino el otro peso. No cayó de golpe. Fue introducido con cuidado, como si temiera despertarme. Papeles doblados. Superficies frágiles. Un temblor distinto. No pregunté. No sé hacerlo. Mi cuadro cerró sobre ellos y entendí que no debía vibrar. Aprendí a ser silencio. La carretera hablaba demasiado. Piedras. Grietas. Cambios de asfalto. Yo filtraba. No por técnica, sino por fidelidad. Cuando las botas aparecieron, sentí el freno antes de tocarlo. La tensión del cable me recorrió entera. El metal sabe cuándo debe obedecer y cuándo no debe llamar la atención.

La orden nazi, alto, derrita equivale a aniquilación.

-¿A dónde? dijeron.

El cuerpo sobre mí mintió. Lo hizo bien. Yo sostuve esa mentira con alineación perfecta. No rechiné. No protesté. No cedí. Seguimos. En la subida, el sudor cayó sobre mí como lluvia salada. No me quejé. Las piernas dudaron. Yo no. El cansancio humano es variable. El metal, cuando decide, es constante. Sentí el alivio cuando el peso fue retirado. No alegría. Alivio. El tubo del cuadro quedó vacío, pero algo permanecía. No era daño. Era memoria estructural. El regreso fue más lento. No por precaución. Por respeto. Cuando finalmente me apoyé contra la pared, sentí la mano en el sillín. Un gesto breve. Nunca daba puntada sin hilo. Descanso. No duermo. No olvido. Si algún día me funden, si me convierten en otra cosa, esa tensión mínima seguirá allí. Porque una vez fui más que movimiento. Fui refugio. Y eso,  para algo hecho de acero, es suficiente sentido.


https://www.youtube.com/watch?v=bzDEzafNkfs&list=RDbzDEzafNkfs&start_radio=1

Sorceress de Return to Forever, huella sonora que quedó incrustada en mi cabeza, me hace sentir el pedaleo de Bartali, aumentando y a veces disminuyendo según el trayecto. Escrita por el baterista Lenny White, refleja la sólida base rítmica que define toda la pista. Es un jam funky con un tempo más sosegado, utiliza un riff de bajo hipnótico y profundo como ancla, permitiendo que los demás instrumentos exploren texturas espaciales. Chick Corea aporta capas de sintetizadores que crean una atmósfera misteriosa, seguidos de un solo de piano acústico central considerado uno de los mejores de su carrera. Stanley Clarke ejecuta una línea de bajo eléctrico con efectos que proporciona un golpe característico del jazz-funk. Al Di Meola con su guitarra eléctrica introduce elementos de blues y rock clásico, equilibrando la complejidad del jazz con una energía más directa. Lenny White, mantiene una batería arrolladora pero controlada, destacando por su precisión en los ataques y transitorios. Es una pieza fundamental para entender la versatilidad de la formación "clásica" de la banda, logrando un equilibrio entre el virtuosismo técnico y la accesibilidad del funk. 



Los que vieron amaneceres tras las noches negras que se extendían por Europa, en la casa que respira no sabíamos la hora. En la oscuridad, el tiempo se vuelve blando, como pan mojado. Mi madre decía que era de noche porque el silencio era más denso. Yo no lo discutía. El silencio pesaba tanto que costaba respirar. Estábamos en el sótano. No era un sótano, era una habitación que había aprendido a encogerse. Las paredes estaban más cerca cada día, o eso me parecía. A veces creía oír pasos arriba, aunque nadie caminara. El miedo inventa sonidos para no quedarse solo. No hablábamos. Mi hermana dormía con los ojos abiertos. Yo contaba respiraciones, no para calmarme, sino para asegurarme de que seguía vivo. Entonces llegó el sonido. No era una puerta. No eran botas. Era otra cosa. Un roce. Metal que no golpea. Un ritmo que se detiene y continúa. La bicicleta. No sabía por qué lo sabía. Nadie me lo había dicho. Pero cuando escuché ese sonido, el cuerpo entendió antes que la cabeza. Me incorporé. Mi madre levantó un dedo, pidiendo silencio, pero sus ojos ya habían cambiado. -Es él, susurró. Ese “él” no tenía nombre. Los nombres llaman. Aquí nadie llamaba a nadie. Los pasos fueron breves. La puerta de arriba respiró. Un murmullo. Voces bajas, como si el aire pudiera delatar. Luego nada. Esperamos. Siempre se espera después del ruido, porque el ruido engaña. El silencio no. Mi hermana empezó a temblar. No lloró. Llorar es hacer ruido. La abracé como se abraza algo que podría romperse si uno se mueve mal. El tiempo pasó sin pasar. Entonces otro sonido, el mismo ritmo, ahora alejándose. El cuerpo se relajó antes que la mente. Me dolieron las piernas de golpe, como si hubieran estado tensas horas. Mi madre se sentó. Apoyó la espalda en la pared. Cerró los ojos. -Hoy no, dijo. No, “hoy estamos a salvo”. Sólo “hoy no”. Arriba, la casa crujió. El mundo siguió. Alguien, en alguna parte, pedaleaba de regreso a su vida visible. Yo pensé en él. No en su cara. En sus piernas. En cómo debía dolerle el cuerpo. Me parecía injusto que alguien que no se escondía tuviera que cargar con nuestro miedo. Quise darle las gracias. No pude. Las gracias también hacen ruido si se dicen mal. Apoyé la frente en la pared fría. Cerré los ojos. Por primera vez en días, dormí sin contar respiraciones. Cuando desperté, no había pasado nada. Y eso era todo lo que queríamos.

Cerramos sin cerrar del todo, como se hace con lo que importa.

No lo llamen valiente. La valentía hace ruido. Hice lo que el día pedía y la noche permitía. Pedaleé porque sabía hacerlo. Otros se escondieron. Otros callaron. Nadie fue solo. Si miran bien, no fui yo quien salvó. Fue el gesto repetido hasta que dejó de doler.

No pregunté quién entraba. Aprendí a crujir menos a no delatar con mis vigas. Guardé respiraciones, murmullos, manos temblorosas. Cuando todo pasó, seguí siendo casa.

Pero en mis muros el miedo nunca volvió a sonar igual.



“Las persecuciones, la emigración, el hambre, la lotería de la muerte en las barricadas,

la ferocidad de las guerrillas, la extirpación inhumana…”

La bolchevique enamorada. Alexandra Kollontai 


Dio refugio a su amigo judío Giacomo Goldenber y a su familia. No veía su rostro. No debía saber su nombre. Pero su paso ordenó mi sueño. Gracias a él, aprendí que existir a veces consiste en no ser encontrado. Vivo porque alguien siguió su camino sin desviarse hacia el aplauso. “Nos acogió a pesar de que sabía que los alemanes mataban a cualquiera que escondiera judíos,” dice el hijo de Giacomo, Giorgio. “Él arriesgó no sólo su vida, sino la de su familia y nos salvó a todos, porque nosotros no teníamos ningún lugar a donde ir.”

Por un tiempo, Bartali tuvo que pasar a la clandestinidad, viviendo de incógnito en la localidad de Citta Di Castello, en Umbría.


No corro ya. Mi metal se enfría como todos los metales. Pero si alguien me toma, sentirá una resistencia suave, una corrección mínima que no estaba en el diseño. Eso es memoria. No fui aliada. Fui condición. Cubrir no es proteger. Sólo es permitir. Ellos hicieron el resto.

Aquí termina lo que puede decirse. No porque falten palabras, sino porque sobran.

Nada de esto fue excepcional. Por eso fue necesario. No hubo monumentos. No hubo promesas. Sólo una sucesión de noches en las que alguien decidió no romper el hilo. Y el hilo, contra toda lógica, sostuvo.

Un 80% de los judíos italianos y de los que habían encontrado refugio en este país antes de la Segunda Guerra Mundial sobrevivieron, en parte gracias a las acciones de otros italianos. Colocar las piezas de esta historia en su sitio ha tomado 14 años y un trabajo detectivesco de mucha gente. Andrea Bartali narra que su padre le contó por fragmentos sus acciones y le hizo prometer que nunca las contaría, porque “debes hacer el bien pero no debes hablar de eso, si lo haces, estás tomando ventaja de las desgracias ajenas para tu propio beneficio.”

“No quiso ser reconocido por lo que había hecho, pocos de los que se beneficiaron con su ayuda supieron su nombre o el papel que había jugado en su rescate.” Andrea dice que su padre se negó siempre a ver sus acciones como heroicas. "Cuando la gente le decía, Gino, eres un héroe, él respondía, “no, no, yo quiero que me recuerden por mis logros deportivos. Los héroes reales son otros, aquellos que sufrieron en su alma, su corazón, su espíritu, su mente, por sus seres queridos. Ellos son los héroes reales. Yo soy sólo un ciclista”.


https://www.youtube.com/watch?v=xt0V0_1MS0Q&list=RDxt0V0_1MS0Q&start_radio=1

"Bicycle Race" de Queen, escrita por Freddie Mercury, es una celebración de la libertad personal y el hedonismo. Musicalmente innovadora, usa la bicicleta como metáfora de independencia y, líricamente, menciona la cultura pop y política para destacar la originalidad sobre la conformidad.  La canción nació cuando grababan en Francia y Freddie vió pasar el Tour desde la ventana del hotel. Lo inspiró a escribir sobre la libertad y la evasión de preocupaciones. Más que una oda al deporte, la letra es un grito de independencia, contrasta sus gustos para resaltar la individualidad y la libertad personal. Se caracteriza por su ritmo rápido y pegadizo, destacando el uso de timbres de bicicleta y armonías vocales complejas. El video, que presenta a 65 mujeres desnudas en una carrera de bicicletas en el estadio de Wimbledon, generó controversia y fue parcialmente censurado. Es técnicamente ambiciosa, destacando por modulaciones constantes cambiando de tonalidad repetidamente. Incluye un interludio donde tocan timbres de bicicleta. Inicia con un coro sin instrumentos, una marca registrada del estilo operístico de Queen. 



Salió de la nada y fue capaz de regresar con mucho esfuerzo. La extraordinaria repercusión de sus hazañas deportivas en la agitada Italia de la posguerra, contribuyó al apaciguamiento del país en unos momentos muy difíciles, que eran como tener un tacuazín en el gallinero. Así, en 1948, cuando el líder del Partido Comunista Italiano, Palmiro Togliatti, recibió un disparo en el cuello mientras salía del parlamento, las victorias de Bartali en el Tour de Francia ayudaron a disminuir las enormes tensiones que tenían a Italia al borde de una revolución aquel mes de julio. Tras retirarse de la competición, siguió ligado al mundo del ciclismo, primero como director del equipo San Pellegrino donde en 1959 tuvo a sus órdenes a Fausto Coppi, y después como comentarista de la RAI y como asesor técnico de firmas industriales, vendiendo bicicletas con su nombre y vino chianti de su Toscana natal. Por sus extraordinarios méritos deportivos, Bartali fue nombrado «Cavaliere di Gran Croce OMRI» Caballero de la Gran Cruz al Mérito de la República de Italia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, colaboró activamente para salvar la vida de más de 800 judíos, escondiendo su secreto durante casi sesenta años y llevándoselo a la tumba. Sólo un descubrimiento casual permitió conocer la dimensión humana que alcanzó uno de los más grandes ciclistas del siglo XX, y por la que fue nombrado Justo entre las Naciones por el Gobierno de Israel el 23 de septiembre de 2013.

Murió en el año 2000 a los 85 años de edad de un infarto, en su localidad natal. Estaba casado desde 1940 con Adriana Balli, con la que tuvo tres hijos, Andrea, Biancamaria y Luigi. Adriana, que recibió el reconocimiento que se hizo a título póstumo a su marido por su comportamiento durante la guerra, falleció en 2014, a los 95 años de edad. Ambos reposan en el mausoleo familiar en el cementerio de Ponte a Ema.


“Un cuadro es la suma de sus destrucciones”

Pablo Picasso


Nada que rascar. Antes de que fuera uno de los cuatro Campionissimos de la historia del ciclismo italiano, estaba considerado como el ciclista del régimen de Mussolini, que era un chulo de putas camellando furcias, que era lo suyo. El Duce, en su delirio, soñaba con ver a un italiano derrotando a los franceses en el Tour y todas las miradas se volvieron hacia Bartali, que en 1936 ya se había adjudicado el Giro y era una celebridad en todo el país. En 1937 una caída frustró su misión. En 1938 cumplió el sueño sucio de Mussolini, aventajando al segundo clasificado en más de veinte minutos en el Tour de Francia. Cuando la carretera se empinaba, cuando el calor y el polvo secaban las gargantas, no encontraba rival. Pero la II Guerra Mundial impidió la celebración de competiciones y le dejó sin los años en los que se podría haber labrado un historial espectacular sin precedentes. Antes de la guerra, en 1939, no pudo ya defender su victoria en el Tour de Francia del año anterior. Pero se tomaría la revancha en 1948, consiguiendo su segundo Tour de una forma espectacular, con siete victorias. Con estas dos victorias, se convirtió en el único ciclista hasta la fecha, vencedor de dos Tours en un intervalo de 10 años, que también logró en el Giro con sus victorias en 1936 y 1946.


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The Scene de Cosmosquad es una clase magistral de cómo se siente el pedaleo, con cambios de ritmo, diversos sonidos y una construcción inverosímil, hacen que sea digno de escuchar, en una mezcla brutal de sintonía con la música y la pasión de los sonidos. 



La juventud arrancaba la mala hierba y él fue un excepcional escalador, pues pensaba que cada quien debe cargar con su propio equipaje. Fue vencedor del gran premio de la montaña del Giro de Italia en siete ocasiones y del Tour de Francia en dos. Fue pionero en utilizar el cambio de marchas, ideado por el italiano Campagnolo, pues antes tenían que parar, desmontar la rueda trasera y volverla a poner dándole la vuelta, de forma manual. Ahora el ciclista podría realizar el cambio de piñón sin bajarse de la bicicleta. Además de sus victorias en Grandes Vueltas, ganó cuatro veces el campeonato nacional italiano y varias clásicas de un día, como la Milán-San Remo y el Giro de Lombardía. Fue el gran rival de Fausto Coppi, rivalidad que dividía a los italianos, tanto deportiva como política y religiosamente. Por encima de esa rivalidad, eran amigos y compartieron equipo durante años y, en muchas ocasiones, el uno actuó de gregario del otro y viceversa. El Tour de Francia 1949, ganó Coppi por delante de Bartali. Ambos destrozaron la carrera en los Alpes, pero siempre de la mano. No todo fueron jornadas de gloria. En la edición del Tour de 1950 vivió uno de los más amargos episodios de su carrera deportiva, cuando el equipo italiano liderado por Bartali decidió retirarse en bloque, después de ser increpados groseramente con insultos atormentadores e incluso golpeados por los aficionados franceses en el Col d'Aspin. "No quiero morir aquí," declaró a la prensa.




Italia se dividía entre coppianos y bartalianos como si fuera una cuestión moral


Gino Bartali falleció en el año 2000, sin que se hubiera reconocido que dedicó dos años de su existencia a salvar la vida de cerca de ochocientos judíos. Para ello se valió de su bicicleta, -desmontando el sillín y el manubrio para meter los documentos enrollados,- y sacarlos de Italia. En la película documental del año 2014, My Italian Secret: the Forgotten Heroes -Mi secreto italiano: los héroes olvidados,- dirigida y escrita por Oren Jacoby, otro de sus hijos, Andrea, reveló que su padre empezó a asumir riesgos cuando rechazó la invitación para dedicarle el triunfo de 1938 a Benito Mussolini. "Mussolini creía que si un italiano terminaba triunfante el Tour, eso mostraría que los italianos también pertenecían a una raza superior. La victoria de mi padre se convirtió en un asunto de orgullo nacional y de prestigio del fascismo, por eso estuvo bajo una enorme presión.”

A pesar de la interrupción del calendario por culpa de la guerra, seguía entrenando por las carreteras de la Toscana y de la Umbría. Nadie podía suponer que en el cuadro de su bicicleta o debajo de su sillín transportaba documentos y pasaportes destinados a los judíos que se escondían en algunos de los monasterios italianos. No despertaba demasiadas sospechas pese a que la guerra impedía cualquier competición y resultaba extraño ver a alguien entrenándose en aquel ambiente. Corría con ropa en la que se podía leer su nombre, lo que le permitía recorrer kilómetros recibiendo los saludos efusivos de los soldados italianos, para los que era un auténtico ídolo. Era el correo perfecto.

En los conventos y monasterios, la red organizada por Giorgio Nissim -con el apoyo de varios arzobispos- se dedicaba a elaborar los pasaportes destinados a salvar la vida de cientos de judíos, documentos que Bartali transportaba jugándose la vida en aquellos viajes por las carreteras que conocía como nadie. Durante 1943 y 1944 el corredor toscano se dedicó a esa misión sin que nadie le delatase, como parte de una red de salvamento en la que los líderes fueron el rabino de Florencia, Nathan Cassuto y el obispo de la ciudad, el cardenal Elia Angela dalla Costa. Recorría el tramo desde Florencia a Asís llevando la información necesaria para producir documentos falsos, que luego volvía a traer escondidos dentro de su bicicleta. "Transportaba fotos en una dirección y la documentación falsa confeccionada a la vuelta. Todo sucedía muy rápido porque el viaje se hacía en un solo día para regresar antes del toque de queda. Y eran casi 400 kilómetros, de modo que imagine el esfuerzo", reveló Gioia, una de sus hijas. La reputación de Bartali era la llave de la resistencia, las fuerzas fascistas no sospechaban de su entrenamiento en áreas restringidas. Los documentos servían para que los refugiados pudieran alcanzar zonas controladas por los aliados, que desde el sur de la península venían recuperando territorio.

En su casa también ocultó a judíos, Giorgio Goldenberg vivió junto a su abuelo y sus padres, y sólo la madre salía del refugio a buscar comida.

Acabó la guerra y aquellos entrenamientos kilométricos aún le servirían para retomar su carrera deportiva al máximo nivel, porque con 32 años pudo ganar en 1946 el Giro y en 1948, con 34 años, fue capaz de imponerse en el Tour de Francia en una demostración colosal en la montaña, venciendo nada menos que en siete etapas de aquella edición. Se retiró a su tierra, Florencia y durante cincuenta años no dijo nada de su trabajo para ayudar a los judíos italianos. Durante décadas sobrevoló sobre él la etiqueta de haber sido el corredor de los fascistas. No le importó. Se descubrió su grandeza en 2003, cuando los hijos de Giorgio Nissim encontraron un diario de su padre en el que detallaba la forma en que funcionó la red clandestina dedicada a conseguir documentos que salvasen la vida de los judíos. Explicaba minuciosamente los viajes que hacía, los kilómetros que recorría, los documentos que escondía su bicicleta. Los Nissin contaron lo que su padre escribió y entonces empezó a cobrar sentido tanto entrenamiento en una época en la que costaba ver a un ciclista recorrer una carretera italiana. También contaron el dato más importante que escondía el diario de su padre, más de 800 judíos evitaron el viaje a algún campo de concentración de los alemanes gracias a las piernas de Gino Bartali.

Andrea Bartali, “Mi padre era un católico ferviente. Casi nunca nos habló de lo que hizo durante la guerra. Decía tan sólo que en la vida, esas cosas se hacen y basta.”​ 


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The Outsider de Guthrie Govan, destaca su virtuosismo técnico y uso avanzado de la teoría musical, caracterizado por fraseos complejos, uso de blue notes y una ejecución precisa. Usa el modo lidio sobre acordes mayores, incorporando notas exóticas para dar color a la melodía, demostrando un dominio técnico excepcional y un fraseo único. Se caracteriza por un alto nivel de detalle en cada lick, a menudo utilizando hybrid picking técnica mixta de púa y dedos y una precisión milimétrica en la ejecución de escalas y arpegios. Utiliza modos que añaden tensión y color, pasando por notas fuera de la escala para crear sonoridades exóticas y un toque bluesy.


Siga pedaleando.




Grande ufficiale dell'Ordine al merito della Repubblica italiana, Roma, 27 de diciembre de 1986.

Cavaliere di gran croce dell'Ordine al merito della Repubblica italiana, 27 de diciembre de 1992.

Medaglia d'oro al Merito civile, por su contribución al salvar judíos en peligro durante la Segunda Guerra Mundial, Roma 31 de mayo de 2005.

En 2001, un año después de su muerte, una carrera italiana creada en 1984 pasó a llamarse Semana Internacional Coppi y Bartali, en honor a estos dos corredores.

En 2010, el estado de San Marino emitió dos sellos para conmemorar el 50 aniversario de la muerte de Fausto Coppi y el décimo aniversario de la de Gino Bartali. Este díptico representa el intercambio de un bidón entre ambos ciclistas durante una carrera.

En 2013 es nombrado a título póstumo Justos entre las Naciones, Israel.

Fue reconocido como uno de los ciclistas más destacados de la historia al ser elegido en el año 2002 para formar parte de la Sesión Inaugural del Salón de la Fama de la UCI.

En 2018 recibió un homenaje del Giro de Italia.

Desde el año 2006, el Museo del Ciclismo Gino Bartali rinde homenaje al corredor en su localidad natal de Ponte a Ema.

FIN

sergiodeleonlopez