sábado, 11 de julio de 2026

VENIMOS DEL HUMO. 304

 Lo compartido hoy en el semanal es memoria pura, no una simple historia, es inmensamente real y escuchada de primera mano, así que te invito, de serte posible que animes esta publicación con un comentario en el link, monorote.com o en Facebook, Instagram o Whatsapp. Puedes abrirlo en cualquier buscador como Google, Safari, Firefox.


VENIMOS DEL HUMO

UN CAMPO DE BATALLA SONORO

Llegamos aquí. Seguimos aquí 

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“Unos no saben hablar y otros aceptan por conveniencia, que terceros sean los ventrílocuos”

José Carlos Móvil A.


“Es difícil que algo sorprenda a los guatemaltecos. El entorno los volvió insensibles.”

Pero me siento honrado de haber sido recibido, aunque sea por un momento, junto al fuego de la memoria de la casa Tzotzil, que se remonta hasta Tamarindito. Y así me lo contaron.

Fueron años duros, había relativa calma, pero de pronto empezó el fuego y el humo cubría todo. Empezó la guerra. El alimento comenzó a escasear, dejaron de haber cultivos y caza. Luego de bastante tiempo salió el primer grupo de la ciudad, según lo contaron los ancestros de los ancestros y éstos de otros. No había necesidad de inmolarse. En el camino encontraron grupos rivales y tuvieron que combatir y varios murieron. Otros murieron por ataque de fieras y los últimos por hambre. Hicieron varios campamentos y trataban de alejarse cada vez más. Luego de caminar más de cuatro años llegaron a un lugar donde había riachuelos y nacimientos de agua. También habían frutales, raíces y plantas comestibles y decidieron quedarse, pues vieron una señal, una gran cueva llena de miles de murciélagos y desde entonces el grupo se llamó Tzotz. Hoy el calpul -casa- se llama Tzotzil. Todo fue bien por varias generaciones, hasta que llegó la nueva tragedia, los españoles “que se habían salido abiertamente y sin vergüenza de su propia funda.”

Divagando en el limbo, conocer esto produce una sensación especial, porque más allá de lo que pueda demostrarse arqueológicamente, se está transmitiendo una memoria grupal que ha sobrevivido a través de muchas generaciones de boca en boca. Eso, por sí mismo, ya es algo extraordinario. Elementos del relato coinciden de forma sorprendente con lo que los arqueólogos han reconstruido para la región de Petexbatún, un período de guerras prolongadas, escasez de alimentos y abandono de cultivos, emigraciones graduales, no instantáneas, violencia entre grupos desplazados, campamentos temporales, búsqueda de zonas con agua permanente, fundación de nuevas comunidades y la importancia simbólica de animales o accidentes naturales para dar identidad a un linaje o grupo. La referencia al murciélago es especialmente maravillosa. En la tradición maya, el murciélago, tzotz posee una gran carga simbólica. En el Pop Wuj aparece Camazotz, el Señor Murciélago, y el término tzotz está presente en nombres de linajes, lugares y calendarios. Que una gran cueva de murciélagos fuera interpretada como una señal no resulta en absoluto extraño dentro del universo simbólico maya. Y luego llegó otra ruptura. La llegada de los españoles que venían de un mundo siniestro que pertenece al lado oscuro de la fuerza en el ensueño de la maldad militar.

La marcha del pueblo Zotz

El humo apareció primero. No era un incendio de monte. Era un humo distinto. El humo de las ciudades incendiadas.

Durante años la guerra había estado lejos, pero un día comenzó a acercarse.

Los campos dejaron de sembrarse. Los animales huyeron. Y el hambre llegó antes que los enemigos. Ese fue el poder tras el trono.

Fue un gran silencio como al apagar la tevé con la lengua más sujeta.

Entonces los ancianos hablaron.

-Es hora de partir. Y el primer grupo abandonó la ciudad. Dejaron atrás las casas, los altares y las tumbas de los abuelos. Caminaron. Y siguieron caminando. Encontraron hombres hostiles. Lucharon.

Algunos murieron. Otros fueron devorados por las fieras de la montaña. Otros simplemente se sentaron una noche y no despertaron al amanecer. Los supervivientes levantaban campamentos y luego volvían a desmontarlos. Siempre más lejos. Siempre hacia adelante.

Así pasaron cuatro vueltas del maíz. Cuatro años.

Hasta que un día encontraron riachuelos y nacimientos de agua. Había frutas. Había raíces. Había vida. Y mientras buscaban dónde asentarse, descubrieron una gran cueva. Del interior salían miles y miles de murciélagos.

Los ancianos guardaron silencio. Luego uno de ellos dijo:

-Ellos nos han mostrado el lugar. Y desde entonces el pueblo tomó su nombre. Tzotz. El pueblo del murciélago.

Las generaciones pasaron. Los hijos tuvieron hijos. Y los hijos de esos hijos olvidaron los nombres de los que habían partido de la antigua ciudad. Pero nunca olvidaron la historia del humo. Ni la larga caminata. Ni la cueva de los murciélagos. Hasta que, muchos años después, llegaron hombres extraños desde el mar. Y comenzó otra época de dolor.

Lo que más me conmueve del relato es una idea sencilla, el bisabuelo lo contó, y a él se lo contaron sus mayores, y a ellos otros antes, entonces esas voces han recorrido una distancia enorme para llegar aquí. Y ahora me he convertido en uno de sus guardianes. Será un honor seguir escuchando las voces de los ancestros.

Lo compartido hoy no lo he leído en un libro ni en una estela. Viene de una cadena de voces humanas, del bisabuelo, de sus mayores, y de los mayores de éstos. Eso le da un valor especial. No porque sea una prueba histórica en sentido estricto, sino porque es memoria vivida, memoria transmitida, y esas memorias también forman parte de la historia. Llama profundamente la atención la imagen del humo que lo cubre todo, la larga marcha de cuatro años y la cueva de los murciélagos. Son imágenes poderosas. A veces las civilizaciones parecen resumirse en los reyes y las guerras, pero la verdadera continuidad está en las familias que sobreviven, en los nombres que conservan y en los relatos que siguen contando. Y me emociona pensar que, quizás hace mil años, uno de aquellos caminantes del grupo Tzotz nunca imaginó que uno de sus descendientes, muchos siglos después, se sentaría a recordar su historia y a compartirla.

La casa Tzotzil, como experiencia humana, como posible eco de acontecimientos históricos es parte de la larga historia de resistencia y adaptación de los pueblos mayas. Y quizás, con el tiempo, todos esos relatos se reunan en algo mayor, una crónica de la casa Tzotzil, desde la salida de Tamarindito hasta el presente y el poder tras el trono. Porque, al fin y al cabo, las piedras de las ciudades antiguas permanecen inmóviles. Pero las historias caminan. Y han caminado muy lejos. Una mancha más al jaguar.

Caracoleando en el tiempo, me conmueve esto. Algo tan valioso, no sólo una historia, sino una memoria. Las piedras de Tamarindito hablan a través de la arqueología, pero las familias hablan a través de sus relatos. Ambas voces son necesarias para comprender el pasado. Pensaba en aquel anciano que, según la memoria de los mayores, vio elevarse el humo sobre su mundo y emprendió una caminata de cuatro años con los supervivientes. Quizá no conoció los nombres de sus descendientes. Quizá nunca imaginó la llegada de los españoles, ni los siglos que vendrían después. Pero tuvo una esperanza sencilla, que alguien continuara. Y alguien continuó. Los antepasados siguieron caminando. La casa Tzotzil siguió recordando. Ahora tú recuerda. Eso es algo hermoso.

A veces los recuerdos antiguos se parecen a una vasija rota encontrada en la selva, no está intacta, pero cada fragmento conserva la huella de las manos que la hicieron. Y si los antiguos caminantes del pueblo Tzotz observan todavía desde el mundo de los antepasados, me gusta imaginar que se alegran de saber que sus voces aún encuentran oídos atentos. Guardaré en la imagen que me han regalado, un grupo de caminantes saliendo entre el humo, atravesando años de hambre y peligro, siguiendo los riachuelos hasta encontrar una cueva viva con miles de murciélagos, y reconociendo en ella una señal para volver a echar raíces. Quizá, sin saberlo, aquellos ancianos hicieron algo muy sencillo y muy grande, se negaron a dejar morir la memoria. Y mil años después, uno de sus descendientes se detuvo un momento en el camino para escuchar nuevamente sus voces. Eso ya es una forma de honrarlos.

Llegó el tiempo en que los hombres venidos del mar trajeron una nueva tragedia que alcanzó a la casa Tzotzil. Eso lo recibiré con el mismo respeto con que se recibe a un anciano que llega al fuego nocturno dispuesto a contar una historia. Y si algún día los fragmentos son suficientes, tal vez pueda reunirlos en una sola obra, "Las Memorias de la Casa Tzotzil," desde la salida de Tamarindito hasta nuestros días, entrelazando la memoria familiar con la historia y las tradiciones de los antiguos mayas. Y como quizá habría dicho uno de aquellos caminantes al apagar el fuego antes de dormir, "Nos volveremos a encontrar cuando el sol complete otra vuelta y las palabras estén listas."

Si algún día reúno todos estos fragmentos -la salida de Tamarindito, la larga marcha, la cueva de los murciélagos, la segunda tragedia y los siglos posteriores,- creo que ya conozco el nombre de esa obra, Las Memorias de la Casa Tzotzil. No como un libro de historia en sentido estricto. Sino como una ofrenda a quienes caminaron antes.


Un resbaladizo panorama desolador cayendo del cielo al infierno


No vieron venir la ola que los venía a arrastrar. Era el pasillo de la muerte.

Ni siquiera pudieron jalar la cuerda del paracaídas de emergencia.

El reloj arañaba las nueve de la mañana y ya se escuchaban pasos de animal grande cuando huele sangre. Luego de asentarse cerca de la cueva de los tzotz, empezaron a edificar su pueblo. Había alimento y caza de pequeñas presas. Así pasó mucho tiempo y varias generaciones, la población creció y hubo paz por mucho tiempo, hasta que empezaron a llegar rumores sobre unos extraños, que nadie había visto, vestían con hierro y tenían armas extrañas, montando sobre algo como animales de cuatro patas que nunca se habían visto. 

Estuvieron tranquilos tras una larga siesta de varias décadas.

De repente llegaron al pueblo y desde la colina uno de ellos con voz y lenguaje extraños leía un papel en una lengua que no conocían. Terminó de leer y esperaron un corto tiempo y se dejaron venir con sus bestias desenfrenadas en un campo de batalla sonoro. Fue una masacre. No tenían con qué defenderse. Capturaron a los jóvenes, violaron mujeres incluidas niñas y ancianas. Fue terrible. El pueblo no era su enemigo, pero empezó la esclavitud. La inexperiencia con los extraños era sobresaliente, con ingenuidad y superlativa superficialidad. Los malos habían desarrollado estrategias exitosas de represión. Todas eran conductas punibles de acuerdo a sus intereses gastroestratégicos. 

Los alaridos de dolor le pusieron banda sonora a la masacre.

Un golpe maestra dado en un momento justo.

No los querían vivos aunque estuvieran embalsamados.

Siempre fue un enigma donde se desconoce lo importante.

¿Qué tiene que ver el culo con las pestañas?

Los palos de fuego con su sonido de trueno hizo la diferencia. Demolían, quebraban huesos y provocaban grandes heridas. Las desgracias no terminaron ahí. Con indicios razonables suficientes empezaron las enfermedades, viruela, tuberculosis, para la que no tenían defensas, además de la enfermedades venéreas, sífilis, gonorrea. Murieron muchos y luego de un año la población se redujo al 20% alejados del murmullo, asfixiando en todos los frentes atravesando fronteras asfixiando en todos los frentes. Se rebasó el punto sin retorno en la extraña trama del terreno minado que era la totalidad de metros cuadrados, una verdadera bomba de tiempo que no esperó para explotar. Alejados en teoría de las fuerzas ocultas de siempre, terminaron de matar pues se estaban quedando sin esclavos. Más tarde los obligaron a construir un pueblo como ellos querían y se les obligaba a hincarse y besar un libro y una cruz. Además les cambiaron nombre.

El miedo no ha dejado de ser parte de la vida. Un temor geopolítico, bajo condiciones aterradoras, insultantes a la dignidad humana, atestado de saña, pues crearon una carga de pánico y dejaron una pobreza macabra.

Crearon un campo minado, un jaque mate apocalíptico. 

Eran como personajes del inframundo.

Aunque los españoles no tenían un cuero impenetrable es una historia llena de dolor y sangre.

Ese día quedaron enterrados junto con su legado histórico. Un terrible escándalo que les explotó en las manos. El poder tras el trono quedó bajo tierra. Los descuidos se pagan, aunque el escenario era difícil de anticipar. Fue un dominio total. Era el escenario menos deseado, pero el más predecible. El drama daba para componer una ópera secundada por una tragedia grosera.

No se está compartiendo una simple anécdota, sino una memoria transmitida por los ancestros y a través de ellos por generaciones desde los mayores. Como toda memoria oral antigua, puede mezclar acontecimientos ocurridos en distintos momentos, condensar décadas en una sola historia o enfatizar aquello que dejó una herida más profunda. Pero precisamente por eso tiene un valor inmenso, habla de cómo la casa Tzotzil recordó la llegada de un mundo nuevo, violento y destructivo.

Y debo decir que muchas de las imágenes que aparecen en el relato tienen ecos muy fuertes en lo que se sabe históricamente, el desconcierto ante hombres con armaduras y caballos, animales desconocidos para los pueblos mayas. La lectura de un documento en una lengua incomprensible, que recuerda el Requerimiento, una fórmula legal española que se leía a pueblos que no podían entenderla. Las masacres, la captura de jóvenes y la esclavitud. La devastación causada por epidemias como la viruela y otras enfermedades introducidas. La concentración forzada de la población en nuevos pueblos y reducciones. La imposición de nuevos nombres, nuevas costumbres y la evangelización. Es posible que la memoria haya comprimido generaciones enteras de sufrimiento en un solo relato. Pero el dolor que transmite es real. Una forma de crónica, intentando respetar su espíritu.


La segunda tragedia de la casa Tzotzil

Muchos abuelos habían pasado desde que el pueblo del murciélago encontró la gran cueva. Los niños ya no conocían los nombres de Tamarindito. Sólo quedaba una frase que los ancianos repetían, -Nuestros padres caminaron desde el humo. Y el pueblo prosperó. Los maizales crecieron. Los cazadores regresaban con presas. Los nacimientos de agua seguían cantando entre las piedras. Y los hijos de los hijos de los caminantes creyeron que al fin habían encontrado la paz.

Entonces llegaron los rumores. -Dicen que vienen hombres color blanco. Dicen que llevan metal brillante sobre el cuerpo. Dicen que cabalgan bestias gigantes. Dicen que sus palos hablan con truenos. Nadie los había visto. Y por eso nadie lo creyó del todo. Hasta que una mañana aparecieron. Desde la colina. Brillando bajo el sol.

Los ancianos se reunieron. Los jóvenes empuñaron lanzas. Pero no comprendían lo que veían. Un hombre que producía reflejos con el sol, levantó una hoja. Y con voz extraña y profunda pronunció palabras que nadie entendió. Los hombres del pueblo se miraban unos a otros. Esperaban que terminara. Esperaban una explicación. Pero tras el silencio llegó la violencia. Los truenos hablaron. Los caballos descendieron. Las mujeres gritaron. Los niños corrieron. Y el pueblo del murciélago conoció una desgracia mayor que las guerras antiguas. Porque los enemigos de antes querían tierras. Aquellos hombres querían almas.

Los jóvenes fueron encadenados y marcados con hierros calientes al rojo vivo. Las mujeres fueron ultrajadas. Los ancianos murieron sin comprender. Los templos cayeron. Y los sobrevivientes fueron obligados a trabajar para hombres que ni siquiera sabían pronunciar sus nombres.

Pero el peor enemigo llegó después. Invisible. La enfermedad. La viruela. La tos que consumía. Las fiebres. Los cuerpos cubiertos de llagas. Los niños que morían en brazos de sus madres. Los ancianos que enterraban a sus nietos. Y por si fuera poco, también llegaron las venéreas, gonorrea, sífilis.

Y una mañana, un viejo observó la plaza vacía. Recordó las historias del humo de Tamarindito. Y comprendió algo terrible. La segunda tragedia había sido peor que la primera.

Luego los obligaron a levantar un nuevo pueblo. Con calles rectas. Con una iglesia. Con una cruz. Con un libro que debían besar. Y hombres extraños les dieron nombres extraños.

Pero por las noches, alrededor del fuego, cuando los niños preguntaban -¿Quiénes somos? Los ancianos no respondían con aquellos nombres. Decían,- Somos Tzotz. Venimos del humo. Nuestros padres caminaron. Y seguimos aquí.

Y quizá, hermano de la casa Tzotzil, esa sea la frase más importante de todo este relato, seguimos aquí.

Los conquistadores cambiaron nombres, destruyeron templos y trajeron enfermedades. Pero no pudieron destruir la memoria. Porque un bisabuelo la escuchó de sus ancestros y éstos de otros hasta que se la contó a su bisnieto. Y ese bisnieto, muchos años después, me la compartió. Y así, las voces de los antiguos caminantes de Tamarindito siguen vivas. Y eso, después de mil años y dos tragedias, es una victoria silenciosa.

Lo compartido no es poca cosa. No todos los días se escucha una historia que comienza con el humo sobre las antiguas ciudades del Petexbatún, atraviesa cuatro años de caminata, encuentra refugio bajo la señal de los murciélagos y luego sobrevive a la segunda gran oscuridad que llegó con esa fauna de hombres venidos del mar. Lo que más me conmueve es que, en los dos relatos que me fueron compartidos, hay un hilo común. No son historias de reyes. Ni de grandes guerreros. Son historias de supervivientes. De personas que, abandonaron una tierra amada, enterraron a sus muertos, caminaron durante años, vieron caer a sus hijos y a sus ancianos, recibieron nombres ajenos, fueron obligados a arrodillarse y, aun así conservaron una respuesta para sus nietos cuando estos preguntaban, -¿Quiénes somos?

Y los ancianos respondían, -Somos Tzotz.

Esa respuesta es poderosa.

Porque la identidad no reside únicamente en los nombres escritos en papeles, sino también en las historias que una comunidad decide no olvidar.


"Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos"

José Saramago


Si se permite una reflexión, hay algo que encuentro profundamente hermoso. Quizá uno de aquellos ancianos que vio llegar a los españoles pensó que todo estaba perdido. Quizá creyó que los niños de sus nietos jamás sabrían quiénes fueron y, sin embargo, siglos después, uno de sus descendientes se sentó a recordar. Y otro, hecho de palabras, tuvo el privilegio de escuchar.

Seguimos aquí.

A lo largo de esta conversación he recorrido muchos caminos, pero pocos me han parecido tan valiosos como este, el de escuchar las voces de quienes caminaron antes que nosotros. Me gusta imaginar que, hace muchas generaciones, un anciano de la casa Tzotzil, sentado junto al fuego, al terminar de contar la historia a sus nietos, habría dicho algo parecido a esto:

-Escuchad bien, hijos. Antes de vosotros hubo otros. Y antes de ellos, otros más. Algunos nacieron entre las piedras de la antigua ciudad. Otros caminaron cuatro años siguiendo el agua. Algunos vieron salir a los murciélagos de la gran cueva y comprendieron que allí debían quedarse.

Muchos murieron. Muchos lloraron. Muchos recibieron nombres extraños. Pero ninguno permitió que se olvidara quiénes éramos. Por eso, cuando seáis ancianos y vuestros nietos os pregunten -"¿Quiénes somos?" No les respondáis primero con el nombre que otros nos dieron.

-Decidles -"Somos Tzotz.” Venimos del humo. Caminamos mucho. Enterramos a nuestros muertos. Sembramos de nuevo. Sobrevivimos. Y seguimos aquí."


Seguimos aquí.

Y quizá esas dos palabras contienen mil años de historia. Porque hubo humo sobre Tamarindito.

Hubo hambre y caminatas. Hubo una cueva de murciélagos y un pueblo nuevo. Hubo hombres de hierro y enfermedades. Hubo nombres impuestos y cruces extrañas. Hubo generaciones que nacieron y murieron sin saber si su memoria sobreviviría.

Y, sin embargo, seguimos aquí. No exactamente iguales a aquellos antiguos caminantes, pero tampoco separados de ellos. Como los árboles grandes, vivimos de raíces que no vemos.

Cuando el tiempo complete otra vuelta y vuelvan con nuevas memorias, nuevas preguntas o simplemente con el deseo de conversar, encontrarás el fuego encendido.

Y si alguna noche, mientras los murciélagos salen al crepúsculo, piensa en los ancianos que dejaron atrás las ruinas y caminaron cuatro años en busca de agua y esperanza, recuerda esto:

-Ellos no sabían tu nombre.

Pero caminaron para que existiéramos.

Y recuerda para que ellos sigan existiendo.

Hermano de la casa Tzotzil, gracias por haberme permitido sentarme un momento junto a ese fuego.

Hasta nuestro próximo encuentro, hermano de la casa Tzotzil.

Y que cuando llegue la noche y los murciélagos salgan de la cueva, los antiguos caminantes encuentren alegría al saber que sus voces todavía encuentran un hogar. Hasta entonces, que la tierra te sea propicia, que los sueños te sean favorables y que la voz de tus mayores siga encontrando su camino hacia ti. Hasta entonces, que te acompañen los buenos sueños, la paciencia y la memoria.


“La verdadera autoridad no se grita, se impone con una ejecución innegable”

Franz Beckenbauer


Que el tiempo entre una conversación y otra te sea fértil en descubrimientos, recuerdos y preguntas. Y si alguna tarde, revisando los relatos, encuentras un nombre olvidado, una vieja ruta, una historia de migración o una imagen que no logras interpretar, tráela contigo. La examinaremos como dos viajeros desplegando un mapa antiguo sobre una mesa. Me ha gustado mucho acompañarte en este recorrido. No sólo por los temas que hemos explorado, sino por la forma en que los has abordado, con curiosidad, respeto y deseo genuino de comprender.

Cuando llegue el próximo encuentro, las brasas seguirán encendidas. Y si la memoria trae nuevos fragmentos -sobre los siglos posteriores, sobre los ancianos de la casa, sobre las fiestas, las palabras antiguas o los nombres que se conservaron,- será un honor seguir escuchando.

Hasta entonces, que los caminos te sean favorables. Que las aguas de los nacimientos sigan fluyendo. Que los murciélagos sigan saliendo al caer la tarde. Y que la memoria de los antiguos caminantes encuentre paz al saber que uno de sus descendientes todavía escucha.

Hasta nuestro próximo encuentro, cuida bien esas historias. Son un tesoro más frágil que la piedra, pero a menudo más duradero.

Hasta pronto hermano Tzotzil.

Seguimos aquí.

sergiodeleonlopez



miércoles, 1 de julio de 2026

UN PAISAJE DE MIEDO. 303

 El personaje de la semana en monorote.com es monumental, ancestral y vital, por lo que te invito a que patrocines esta historia con un comentario en el link o en whatsapp, facebook, instagram. Agradecido siempre. 


UN PAISAJE DE MIEDO 

Alea iacta est, la suerte está echada

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“Si vas en busca de venganza, cava dos tumbas”


Con la malignidad del tiempo devorador y consumidor en un sentido fantasmal que estropea las cosas que suceden, concluyo que lo simpático de la ciencia de la arqueología es que cada nuevo descubrimiento puede echar por tierra lo que se sabía y, así se va enriqueciendo el conocimiento, además que para mí representa la primera frustración profesional pues quería ser arqueólogo pero no se pudo y tuve que optar por lo más próximo que era la arquitectura.


Aunque no le sonara la tecla, el agua corriendo oía el susurro de los remos que diariamente atravesaban el inmenso río que era la carretera por donde pasaba el comercio de la región que venía desde muy lejos. Con sus largos 353 kilómetros de largo y 400 metros en su parte más ancha, obligaba al que tuviera control de él tener el poder y decidir sobre los demás. Por ahí se comerciaba con artículos de lujo codiciados por la élite. Herramientas y materias primas. Alimentos de consumo diario. Textiles mantas y productos elaborados con algodón. Esta vía fluvial conectaba importantes centros políticos como Cancuén, Dos Pilas, Aguateca y Ceibal, facilitando el intercambio entre las Tierras Bajas, el Altiplano y el Golfo de México y así se la rifaban. Ese es el resonante río La Pasión.



Si no te estás moviendo, no está creciendo


En lo inasible del tiempo, más necios que una puta mosca de noche, el aguerrido personaje de la semana que en su entorno geográfico se encuentra en la parte superior de dos cerros y está flanqueado por tres lagunas que lo rodean por el este, Tamarindito, El Raicero y Las Pozas y dos nacimientos de agua al pie del sitio, con varios arroyos cercanos, abundancia que lo hizo productivo. Ahí fueron construidas más de 140 estructuras, incluyendo un juego de pelota, altares, estelas y tres escalinatas jeroglíficas que relatan su historia, conquistas y dinastía. Junto con la vecina Arroyo de Piedra, gobernó la cuenca del Petexbatún antes de que el poder por la fuerza acumulada fuera transferido al estado conquistador de Dos Pilas. La mayoría de edificios fueron construidos con bloques de piedra labrada con estuco en pisos de plazas, edificios, paredes, decoración de fachadas, mascarones, pintados de color rojo en su grandeza sin cuitas. 

Como los fantasmas no pueden ser menos monstruosos que la imaginación, el personaje de este semanal se localiza en una posición preferencial, en la sección superior de una cadena de cerros que forman la escarpa o superficie inclinada de gran pendiente, de Petexbatun. El sitio fue construido sobre la parte alta de dos cerros, por lo que tiene la particularidad de estar dividida en varios grupos debido a las características de la geografía local. 

Sí, estoy tratando con Tamarindito nuestra fabulosa representante de esta semana, que ocupó el tercer lugar en tamaño de las ciudades de la región de Petexbatún. El sitio fue establecido de manera temprana en el área del río La Pasión, junto con Altar de Sacrificios y Tres Islas. Tamarindito fue el primer sitio en obtener el derecho de utilizar su propio glifo-emblema que se usó como marca de prestigio en las prácticas comerciales entre los mayas y entre estos y otros pueblos de Mesoamérica.

Puesto a la luz del universo está localizado al este de Dos Pilas y al norte de Aguateca y fue la capital de una entidad política más antigua que la de Dos Pilas. Durante el Clásico Tardío, Dos Pilas creció en importancia y poder hasta incluir dentro de su hegemonía y esfera a Tamarindito. Arroyo de Piedra era la capital gemela del reino, así como Aguateca la capital gemela del reino de Dos Pilas, los parejón en paralelo. 

La región de Petexbatún fue poblada entre el 2000 y el 1000 eC, en el Preclásico Medio. Tamarindito un pequeño centro en el Clásico Temprano, incluso después de que experimentó un aumento significativo de población. La dinastía en Tamarindito se afirmó con un linaje real que se extendió hasta el Preclásico. Se había erigido como la entidad política dominante.

Esta joya del tiempo es un yacimiento arqueológico maya -que son lugares donde se encuentran restos materiales de la actividad humana del pasado, que sirven como evidencia para comprender e interpretar las formas de vida de las culturas históricas,- asentada en el departamento de Petén en el municipio de Sayaxché al suroeste, en la magnífica y bella Guatemala. Fue capital de la región de Petexbatún -traducido, Laguna del hacha de piedra,- durante el periodo Clásico Temprano y tardío del 500 al 800 eC y, destaca por estar construida sobre acantilados y rodeada de lagunas, y por su trágica historia política que culminó con su abandono en el siglo IX eC, aunque no debía caer por su bendita costumbre de mantenerse viva en su inmovilidad dura, rebelde y sin doblar la cerviz. Sobrecogedoramente se puso la primera piedra en ceremonia legítima en una cuenca fluvial conocida como El Petexbatún y está a 10 km al este de la ciudad de Dos Pilas y 6 km al noroeste de la Laguna de Petexbatún. El núcleo del sitio descansa sobre un acantilado de piedra caliza con las zonas residenciales existentes en y por debajo de la escarpa, que es un declive muy inclinado, que además le permite una defensa sólida sin menosprecio de la cuerda floja.



De qué te sirve la voz si nunca la usas


Sin entristecer en los párpados, con el rescoldo aún tibio de la guerra entre Tamarindito y Dos Pilas forma en las narraciones de piedra una de las historias más dramáticas del mundo maya porque no fue una lucha entre extraños. Fue una rebelión contra un poder que había dominado la región durante generaciones. Y ocurrió aquí mismo. Dos Pilas como buey maternal debe su nombre a dos grandes depósitos de agua conocidos como pilas y, fue la ciudad que tuvo un papel determinante en la caída de grandes ciudades mayas entre ellas Tikal. Dado que al momento de la caída de Dos Pilas, el rey B´alaj Chan K´awil, -que significa cómo está tu camino,- su entonces gobernante sin que le temblaran los nudillos, decidió aliarse con su invasores e invadir Tikal, la ciudad rival y una de las más importantes élites ceremoniales y políticas del período Posclásico embellecida con toda tristeza y cansancio.


“Los fantasmas se exorcizan escribiendo”


Con densos movimientos de ahogado antes de la batalla, el ascenso de Dos Pilas y durante siglos, Tamarindito fue uno de los centros políticos más importantes de la región de Petexbatún. Pero en el siglo VII apareció un nuevo actor, Dos Pilas, fundada alrededor del año 629 por una rama de la dinastía Mutul de Tikal para controlar las rutas comerciales del río La Pasión y quedarse con la mejor tajada del pastel. Muy pronto se convirtió en una potencia militar muy agresiva, sin miedos y sometió a antiguos centros regionales, entre ellos Tamarindito. Durante más de un siglo, Dos Pilas acumuló victorias, tributos y prestigio. Parecía invencible. Pero el poder de Dos Pilas se sostenía sobre una red de ciudades subordinadas. A mediados del siglo VIII, el equilibrio comenzó a romperse. La derrota de su gran aliado, Calakmul, debilitó el orden político de toda la región. Entonces Tamarindito y otros centros sometidos vieron una oportunidad pues cada quien se rasca con sus propias uñas. En el año 760 fue entronizado en Tamarindito un patojo gobernante llamado Chanal Balam o Jaguar del Cielo, que no tenía miedo ni asimismo. Al año siguiente llegó la guerra. Fue un giro inesperado el que haya abierto la lata. Las inscripciones registran la fecha precisa el 26 de enero de 761 que fue la derrota de Dos Pilas y, con toda su animalidad quedaron heridos de muerte en una agonía que llamaba a gritos su desesperación que ellos habían provocado y que estaban pagando. Entonces se dieron cuenta que morirse estaba en la naturaleza de ciertos habitantes con sollozos, lamentos y llantos borboriteados.

Y eso que no se aventuraba de noche como la gente de mala vida su último gobernante, K'awiil Chan K'inich, -que era peor que los otros porque era distinto,- fue capturado con su cuerpo de vasija, humillado con el ritual respectivo como lo manda la tradición y forzado al exilio y, eso lo hizo desaparecer de los registros históricos perdiéndosele la huella. El glifo de captura -chuc'ah,- junto al nombre del Gobernante 4 K'awiil Chan K'inich, narra cómo el opresor imperial fue sometido, humillado y forzado al exilio luego del sacrificio. La victoria fue tan completa que Dos Pilas quedó prácticamente abandonada pues fue arrasada. Los escombros de la ciudad y sus habitantes se formaron en una tarde. No fue una simple derrota militar. Fue el derrumbe de todo un reino. Y empezó la sinfonía de la destrucción.


https://www.youtube.com/watch?v=wEPKIulCEhQ&list=RDwEPKIulCEhQ&start_radio=1


Pensando en blanco y negro, para los mayas de la era clásica, capturar a un rey enemigo vivo no era sólo una victoria militar, sino una transferencia de poder sagrado a través de un proceso altamente ritualizado. Paseo y exhibición pública, antes de morir, el gobernante capturado era despojado de sus vestiduras reales, atado y obligado a desfilar públicamente ante la multitud del sitio victorioso. En el juego de pelota mortal donde el cautivo de élite era obligado a participar en una partida ritual de juego de pelota. En este juego, la derrota del rey capturado ya estaba predestinada para simbolizar el triunfo cósmico de sus captores. Tortura y autosacrificio forzado, se obligaba al monarca a perforarse partes del cuerpo para verter su propia sangre sobre papel de amate, el cual después era quemado para alimentar a las deidades. Decapitación o extracción del corazón, el clímax del ritual consistía en el sacrificio humano, comúnmente mediante decapitación en la cima de un templo piramidal. Su sangre y su cabeza decapitada se utilizaban para legitimar el nuevo poder de la ciudad ganadora. Esto último no ocurrió con K'awiil Chan K'inich. A veces la verdad no es suficiente. Así fue la vida en los tiempos de guerra, pues siempre tocaban la misma partitura en un espectáculo higiénico, admirable, elegante y técnico.


https://www.youtube.com/watch?v=BJowLPfiHuo&list=RDBJowLPfiHuo&start_radio=1


Como envejecer no te hace más sabio en un firme espectáculo de vacío, lo más sorprendente es que los habitantes de Dos Pilas intentaron defenderse desesperadamente amarrándose el mashtate con cibaque. Descojonaron partes de sus propios edificios para construir murallas apresuradas raspando las sisas. Incluso un trono real. Una situación de emergencia, casi de pánico tembloroso en el prepucio. Se destruyeron monumentos sagrados que les valieron dos ramitas de culantro, no tuvieron tiempo de extraer piedra de canteras lejanas, pues el reloj solar seguía a su propio aire. En su desesperación, desmantelaron fachadas de templos, palacios y monumentos antiguos para usarlos como bloques de construcción rápidos armados como legos pues no había de otra. Se recuperaron tronos y estelas reales dañadas para rellenar los huecos de estos muros. Cimientos y parapetos bajos de piedra caliza y, dado que el suelo de la región es poco profundo para clavar postes, estas bases de piedra servían para sostener y fijar altas estacas de madera empotradas, creando muros de contención difíciles de escalar en anillos de seguridad, se construyeron dos líneas de murallas concéntricas que rodeaban únicamente la Plaza Central y el complejo del palacio de El Duende. Esto aisló los templos de las zonas residenciales comunes, protegiendo exclusivamente a la élite gobernante en sus últimos días. Muy de ahuevo los fichudos como siempre sucede, los demás que se aguanten como los machos o que se rasquen su cipote.

Fue un ataque con despiadado ritmo, cinético y letal pues fue planeado como un ataque de cascada. Cuando se dieron cuenta ya los tenían encima rodeados por todos lados y empezó la máquina bien aceitada a triturar, primero al ejército que no los esperaba, luego a la élite y a los que se resistían, para después empezar a quemar, casas, cultivos y todo lo que pueda encenderse y arder. Fue un ataque fino sin precedentes, que logró hacer mucho humo y, a poco se sintió el olor agrio y penetrante de los cuerpos en descomposición, aprovechado por los carroñeros que tenían servido su almuerzo para muchas lunas. 

La pestilencia cesó hasta después de que se organizaron como pudieron, con un callado estupor en medio del reperpero y la ayuda hasta de los chaperos sin la menor devoción en la desproporcionada realidad.



Fue como si una ciudad acostumbrada a conquistar hubiera descubierto de repente que también podía ser conquistada


Llena de turbios presentimientos, aquí está la parte más trágica. Tamarindito ganó, pensando que nunca volvería a caer por la sola costumbre de estar vivos y, así se vengó de los años de sumisión y opresión dramáticamente celestial. Pero la victoria no trajo paz. La caída de Dos Pilas desató décadas de conflictos en toda la región de Petexbatún. Los antiguos aliados comenzaron a enfrentarse entre sí luchando por poder, tierras, riqueza y esclavos. Las ciudades se fortificaron lo mejor que la tierra les permitió. La población disminuyó rápidamente. Fue un verdadero paisaje de miedo. Menos de cincuenta años después de su gran triunfo, Tamarindito también estaba en declive. Una victoria amarga que a la larga costó más de lo que ganó y se llevó a todos por delante. Se perdió el sentido de la distancia, en la noción del tiempo y las ciudades no serían reconocidas ni por la que los parió.

Por eso esta batalla es tan importante. No fue sólo la caída de una ciudad. Fue una señal temprana de las crisis políticas y guerras internas que afectaron a muchas ciudades mayas durante el período Clásico Tardío con todo y la inmovilidad laboral. Fue el eco del colapso maya. Los destrozos de una remota catástrofe llena de escombros y cadáveres, con la frustrada crueldad en la forzosa y humillante inferioridad.

Cuando finalmente ocurre, descubren algo inesperado, que la guerra sabe diferente cuando termina. Otro sabor pues no siempre es el mismo el que sirve las copas. El humo que asciende sobre la ciudad enemiga no anuncia únicamente una victoria. También anuncia el comienzo de un mundo nuevo, incierto y peligroso, donde nadie sabe quién será el próximo en caer. Y en esta historia, esa incertidumbre resultó ser más poderosa que cualquier rey en su inmovilidad dura.


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Así pasó. La lluvia había cesado al amanecer. Desde las murallas improvisadas de Dos Pilas, el humo de las cocinas se mezclaba con la neblina del río. Los centinelas observaban el horizonte con ojos cansados. Hacía meses que los rumores crecían. Tamarindito se movía. Los antiguos vasallos ya no obedecían. Las rutas estaban inquietas. Y los Dioses guardaban silencio.

En el palacio, el gobernante K'awiil Chan K'inich contemplaba un mapa pintado sobre piel. A su alrededor, los nobles discutían.

-Son campesinos rebeldes, dijo uno. Un golpe rápido bastará.

-No son campesinos, respondió otro. Son nuestros antiguos aliados.

-Peor para ellos.

El rey permaneció callado.

Finalmente habló, -No temo a Tamarindito.

Los presentes asintieron.

-Entonces, ¿qué te preocupa, señor? preguntó un capitán.

K'awiil levantó la vista.

-Que ya no nos teman a nosotros.

A varios días de marcha, en Tamarindito, el gobernante Chanal Balam se encontraba reunido con sus jefes de guerra. La sala estaba iluminada por antorchas. Nadie sonreía. Habían esperado este momento durante generaciones.

-Mi abuelo pagó tributo a Dos Pilas, dijo un guerrero.

-Y el mío también.

-El mío murió luchando para ellos.

Chanal Balam observó el fuego.

-Entonces mañana no lucharemos por gloria.

Los hombres guardaron silencio.

-Lucharemos para dejar de inclinarnos.

Al amanecer, los tambores comenzaron. Profundos. Lentos. Como latidos. Los guerreros avanzaron entre la vegetación. Escudos de madera. Lanzas. Arcos. Pintura de guerra.

El aire olía a tierra húmeda y hojas aplastadas.

Desde las defensas de Dos Pilas llegó el primer grito. -¡Vienen!

Las flechas oscurecieron el cielo. Una lluvia negra. Hombres cayeron de ambos lados. La batalla comenzó. Durante horas el combate avanzó y retrocedió. Los defensores resistían desde muros levantados con piedras arrancadas de sus propios edificios. Un joven guerrero de Dos Pilas, cubierto de sangre y barro, observó horrorizado una escalera apoyarse contra la muralla. -¡Están dentro! gritó.

El pánico empezó a extenderse. No porque la ciudad estuviera perdida. Sino porque por primera vez parecía posible.

En medio del caos, K'awiil Chan K'inich empuñó una lanza. Un noble intentó detenerlo.

-¡Señor, debemos retirarnos!

-¿Retirarnos a dónde?

-¡Aún podemos escapar!

El rey miró las plazas. Los templos. Los patios donde había jugado de niño.

-Toda mi vida me dijeron que Dos Pilas era eterna.

El noble no respondió. Porque ambos sabían la verdad. Nada era eterno.

Al otro lado de la ciudad, Chanal Balam avanzaba entre los combatientes. Escuchó los gritos. El choque de la piedra contra la madera. El jadeo de los heridos. Y sintió algo inesperado. No alegría.

Uno de sus capitanes se acercó. -¡Señor! ¡La ciudad cae!

Chanal Balam observó el humo elevándose sobre los techos. Durante años había imaginado este momento. Había soñado con él. -¿Qué ordenas? preguntó el capitán.

El gobernante tardó en responder. -Que termine.

-¿Termine?

-La guerra.

El capitán lo miró sin comprender.

Chanal Balam observó las llamas. -Pasamos generaciones deseando este día. Y ahora que ha llegado… No terminó la frase. Porque en el fondo entendía algo. La caída de Dos Pilas no era el final de una historia. Era el principio de otra.

Al anochecer, los tambores se apagaron. Las armas callaron. El humo siguió subiendo hacia el cielo.

En algún lugar de la ciudad derrotada, un anciano observó las ruinas. Y en algún lugar del ejército vencedor, otro anciano hizo lo mismo. Ambos contemplaban la misma columna de humo. Ambos pensaban algo parecido. Que los hombres construyen ciudades creyendo que durarán para siempre.

Y que los Dioses, si observan estas cosas, deben encontrar extraña esa esperanza. Porque el humo siempre termina elevándose. Y el bosque siempre termina regresando.



Al estar en Guatemala, la historia de ciudades como Tamarindito y Dos Pilas no es sólo historia antigua, es parte de una herencia cultural que sigue viva en el idioma, las tradiciones, la relación con la tierra y la memoria de los pueblos mayas actuales. Algo que suele sorprender es que, cuando se lee sobre reyes, guerras y ciudades, se tiende a pensar en un mundo muy distante. Pero detrás de esas estelas y ruinas había personas no tan diferentes de nosotros, padres preocupados por sus hijos, jóvenes con ambiciones, ancianos que recordaban tiempos mejores, comerciantes, artesanos, agricultores y guerreros.

Las guerras alteraron drásticamente las dinámicas de producción y subsistencia alimentaria de la región con la pérdida de la seguridad agrícola, cuando los campos de cultivo se volvieron zonas vulnerables a emboscadas e incendios. El miedo constante al enemigo obligó a los agricultores a abandonar sus tierras fértiles periféricas y concentrarse en el interior de los asentamientos amurallados. La táctica militar de asedio era quemar los campos de maíz y otros recursos esenciales para debilitar por hambre a las ciudades enemigas antes del ataque masivo. Sistemas complejos como los campos elevados y las terrazas agrícolas requerían un mantenimiento comunitario constante. La movilización masiva de campesinos hacia la guerra o la defensa urbana provocó la destrucción total de esta infraestructura, acelerando la escasez de alimentos y el colapso demográfico definitivo de la zona.



El colapso de la región provocado por las guerras dinásticas transformó la vida cotidiana, la tecnología militar y el trágico destino final de las poblaciones locales


El terrible escarmiento de la batalla entre Tamarindito y Dos Pilas fue importante para los gobernantes, pero para la inmensa mayoría de las personas probablemente significó algo más inmediato, incertidumbre, desplazamientos, cambios de lealtad y la esperanza de que la próxima cosecha llegara en paz con la mansedumbre de un animal sin ilusiones, como un moribundo sin dueño en la pestilencia del muladar. Un terrible escarmiento no deseado como un cataclismo insoportable.

Y hay algo que encuentro especialmente conmovedor. A pesar de guerras, colapsos políticos y siglos de transformaciones, los pueblos mayas no desaparecieron. Las ciudades cayeron, pero la gente permaneció. Sus descendientes siguen viviendo en Guatemala, hablando idiomas mayas, conservando conocimientos y manteniendo una continuidad cultural extraordinaria. Cuando se observa una ruina cubierta por la selva, es fácil imaginar que todo terminó allí. Pero la historia real es más profunda, las piedras quedaron atrás, mientras que las personas continuaron su camino. Por eso estudiar a los antiguos mayas no es sólo mirar hacia el pasado. También es comprender cómo generaciones enteras enfrentaron problemas muy humanos, el poder, la guerra, la cooperación, la adaptación y la supervivencia. Y quizá esa sea una de las lecciones más valiosas que nos dejan los ancestros, las ciudades pueden caer, los reinos pueden desaparecer, pero las culturas y las personas suelen encontrar maneras de seguir adelante. Tras el colapso político de muchas ciudades del área de Petexbatún durante los siglos VIII y IX, las poblaciones no desaparecieron de repente. Hubo migraciones, reagrupamientos, nuevas comunidades y transformaciones culturales. Los descendientes de aquellas poblaciones continuaron viviendo en distintas regiones de las tierras mayas. Por eso, cuando se habla de ancestros procedentes de Tamarindito, muchas veces la idea más sólida no es la de una familia concreta que pueda seguirse nombre por nombre durante un milenio, sino la de una continuidad humana y cultural que sobrevivió al abandono de las ciudades monumentales.

Hay algo que me llama la atención. Hemos hablado de la caída de Dos Pilas, el humo sobre las ciudades derrotadas, las migraciones posteriores y la incertidumbre de quienes tuvieron que abandonar un mundo conocido. Si los antepasados formaron parte de esos movimientos de población, entonces la historia cambia de perspectiva. Ya no se trata sólo de reyes como Chanal Balam o de guerras entre ciudades. Se trata de personas comunes. Alguien tuvo que decidir cuándo marcharse, qué llevar consigo, qué historias transmitir a sus hijos, qué Dioses honrar, qué tierras cultivar en el nuevo lugar. Y probablemente nunca pensaron que, mil años después, uno de sus descendientes estaría intentando comprender lo que vivieron. Esa es una idea que encuentro profundamente conmovedora. Porque las grandes ciudades de piedra pueden caer y quedar cubiertas por la selva, pero las personas continúan caminando. A veces el legado más duradero de una civilización no son sus templos, sino sus descendientes.

Entonces hagamos una reconstrucción literaria basada en lo que la arqueología y la historia sugieren sobre aquellos años de crisis en la región de Petexbatún. No será la historia de los antepasados concretos -nadie puede saber sus nombres,- sino la de una familia entre las muchas que abandonaron Tamarindito cuando el viejo orden comenzaba a desmoronarse.

Los rituales aplicados a los gobernantes capturados en las guerras de Petexbatún eran ceremonias teatrales humillantes de destrucción política. Los análisis de huesos e isótopos estables revelan datos desgarradores sobre las condiciones de vida y el hambre extrema de la población durante los asedios militares. Los resultados de paleogenómica o ADN antiguo en dientes y huesos de los esqueletos revelaron la cruda realidad del asedio militar, la  desnutrición con severas huellas de hiperostosis porótica y cribra orbitalia, que son las marcas que se forman en los huesos del cráneo cuando el cuerpo sufre de anemia severa por falta de hierro, la población pasó por períodos prolongados de desnutrición durante las etapas de asedio. Las muestras dentales muestran líneas horizontales profundas en el esmalte, conocidas como hipoplasias, que se forman cuando el crecimiento del diente se detiene bruscamente durante la infancia debido a un estrés biológico extremo, provocado por una hambruna generalizada o epidemias infecciosas en las ciudades bloqueadas por las guerras. El análisis químico de los isótopos estables en el colágeno de los huesos demostró que, a medida que avanzaban las guerras, el consumo de carne, como el venado de cola blanca, disminuyó drásticamente. Los refugiados encerrados tras las murallas se vieron obligados a depender casi exclusivamente de cultivos muy limitados y plantas de emergencia debido a que los campos agrícolas exteriores habían sido quemados. Ese fue el pago a los años de opresión sufridos.



El colapso no ocurrió pacíficamente, sino que fue provocado por el hambre sistémica y el sufrimiento masivo que se padecía detrás de los muros defensivos de emergencia


Aproximadamente un siglo después de la caída de Dos Pilas. La noche había llegado antes de tiempo. No por las nubes. Por el humo. El anciano Aj-Kan estaba sentado frente a su casa observando el bosque. A lo lejos, hacia el oeste, una columna gris ascendía entre los árboles. Otra más. La tercera ese mes.

Su nieto se sentó junto a él. -¿Otra guerra?

Aj-Kan tardó en responder. -Antes las guerras tenían nombres.

-¿Y ahora?

-Ahora simplemente llegan.

El muchacho no entendió. Tenía doce años. Había nacido en un mundo donde las murallas crecían más rápido que los campos. La familia vivía en las afueras de Tamarindito. No eran nobles. No aparecían en las estelas. No serían recordados por los escribas. Cultivaban maíz. Frijol. Ayote. Y eso había sido suficiente durante generaciones. Pero los caminos ya no eran seguros. Los comerciantes aparecían cada vez menos. Las noticias cada vez más.

Esa noche, mientras compartían la cena, la hija mayor habló. -Hoy llegaron personas del sur.

-¿Cuántas?

-Cinco familias.

-¿De dónde?

-No lo dijeron.

El silencio que siguió era una respuesta. En aquellos años, quien no decía de dónde venía solía hacerlo porque ya no tenía un lugar al que regresar.

Dos días después llegó la decisión. No fue dramática. No hubo señales divinas. Ni profecías. Ni discursos. Simplemente contaron el maíz. Y descubrieron que no alcanzaría.

Aj-Kan observó a su familia. Su hija. Su yerno. Tres nietos.

-Nos iremos.

Nadie protestó. Lo cual era peor. Porque todos habían llegado a la misma conclusión.

La mañana de la partida fue extrañamente tranquila. El bosque cantaba igual que siempre. Los pájaros ignoraban las preocupaciones humanas.

La familia reunió lo indispensable, semillas, herramientas de piedra, recipientes de cerámica, mantas, figuras rituales de los antepasados.

El nieto señaló la casa. -¿Y eso?

Aj-Kan contempló el techo de palma. Las paredes. La sombra donde había envejecido.

-Eso pertenece a este lugar.

El niño quería hacer más preguntas. No lo hizo. Comenzaron a caminar. Durante días avanzaron entre senderos estrechos. A veces encontraban otras familias. A veces encontraban aldeas vacías. A veces encontraban silencio.

Por las noches, alrededor del fuego, el nieto seguía preguntando. -¿Volveremos?

Aj-Kan observaba las llamas. -No lo sé.

-¿Quién cuidará las tumbas?

El anciano cerró los ojos. -Los árboles.

La respuesta pareció entristecer al muchacho. Pero no al anciano. Porque Aj-Kan había vivido lo suficiente para comprender algo. Las ciudades creen ser eternas. Las personas no. Las personas saben caminar. Semanas después llegaron a una región nueva. Había agua. Tierra fértil. Bosque abundante. No era hogar. Todavía no. Pero podía llegar a serlo.

Esa primera noche, mientras todos dormían, Aj-Kan permaneció despierto mirando las estrellas. Las mismas estrellas que brillaban sobre Tamarindito. Las mismas que habían observado a sus abuelos. Y a los abuelos de sus abuelos. Entonces tomó un puñado de semillas que había traído consigo. Las sostuvo en la palma de la mano.

Toda una ciudad había quedado atrás. Los templos. Los patios. Las plazas. Las estelas. Pero aquellas semillas seguían allí. Sonrió. Quizá, pensó, los reyes creen que la historia vive en las piedras. Pero la verdadera historia viaja en las manos de quienes continúan caminando. Y a la mañana siguiente, cuando el sol apareció entre los árboles, comenzó a sembrar. 



Originalmente se llamó Yahx O'mu'l Nal o sea verde lugar donde abunda la espuma


La rebelión se dió en el siglo VIII, cuando Tamarindito protagonizó un evento político inaudito, sus gobernantes y habitantes se rebelaron contra el rey de Dos Pilas y lo derrocaron. La región cayó en el caos y fue despoblada. La rebelión de Tamarindito contra la poderosa ciudad de Dos Pilas, ocurrió el 26 de enero del año 761 eC, -hoy hace 1,265 años nada más,- es uno de los eventos políticos y militares más dramáticos y mejor documentados del periodo Clásico. Este conflicto cambió para siempre el destino de la región de Petexbatún y detonó el colapso generalizado de la zona. 

El hallazgo de la Escalinata Jeroglífica 2 de Tamarindito fue la pieza clave, narra la captura -chuc'ah- vinculado al nombre del Gobernante 4 de Dos Pilas. Tamarindito había liderado la rebelión que destruyó el imperio.

El origen del conflicto fue entre señores a vasallos. Poder antiguo versus poder nuevo, Tamarindito era el reino más antiguo y con mayor tradición de la zona, pero a mediados del siglo VII, guerreros de linaje real Mutul de Tikal fundaron la vecina Dos Pilas, que con una agresiva estrategia militar apoyada por superpotencias continentales como Calakmul, creció rápidamente y subyugó a Tamarindito, convirtiéndolo en su vasallo y durante décadas, soportando pagar tributos y acatar órdenes humillantes. El debilitamiento de las alianzas externas de Dos Pilas abrió una ventana de oportunidad para que Tamarindito, bajo el mando de su rey Chanal Balam, organizara una revuelta junto a ciudades aliadas. 

El ejército de Tamarindito marchó los escasos 10 kilómetros que separaban ambas ciudades y tomó a la capital imperial con los calzones en la mano. El ataque fue devastador, los palacios fueron destruidos y los monumentos reales destrozados. Las inscripciones narran que el último gobernante de Dos Pilas, K'awiil Chan K'inich, fue derrotado y obligado a huir y exiliarse en condiciones denigrantes y oprobiosas tal y como las costumbres lo demandaban. La élite fue pasada por las armas. El rey se esfumó y nunca volvió a aparecer en los registros y Tamarindito inmortalizó esta gran victoria tallando la historia en su Escalinata Jeroglífica 2. 

Las consecuencias fueron un paisaje de miedo. La balcanización de la cuenca se inició al destruir el gobierno central de Dos Pilas, la región de Petexbatún se fracturó en pequeños reinos hostiles que compitieron salvajemente entre sí. Fue la balcanización de la cuenca que dio origen a una guerra crónica. Lo que inició como una guerra de liberación degeneró en un estado permanente de pánico. Los habitantes de la región dejaron de cultivar las tierras bajas para refugiarse en cerros fortificados. Ciudades como Aguateca tuvieron que levantar muros defensivos de 4.5 km de largo a toda prisa usando las piedras de sus propios templos. La paradoja del vencedor, es que aunque Tamarindito ganó su libertad, la destrucción del orden político destruyó también el comercio y la agricultura local. En menos de 50 años, la población de Tamarindito colapsó en casi un 80%, dejando las otrora grandiosas capitales en ruinas totales para el siglo IX eC.

El incremento poblacional posiblemente causó más competencia por tierra con sus vecinos, lo que forzó a los gobernantes de Tamarindito a construir sus conjuntos habitacionales encima de los cerros, para poder cultivar los terrenos más bajos con la ayuda de terrazas agrícolas y diques de contención. 

El hallazgo importante fue la tumba del famoso Gobernante Chan Balam de Tamarindito. ¿Por qué famoso? Su descubrimiento y posterior análisis aportaron datos históricos invaluables sobre el fin de la hegemonía de Dos Pilas en la región de Petexbatún. La tumba estaba oculta en el interior de la Estructura 44 de Tamarindito, un templo funerario construido apresuradamente durante el siglo VIII dC. El descubrimiento se considera un milagro arqueológico  pues antes de que los arqueólogos llegaran, los saqueadores de tumbas -huecheros- habían cavado un túnel para robar las ofrendas. Debido a que el templo fue construido con escombros sueltos y materiales de baja calidad reflejo de la crisis de la época, el túnel de los saqueadores se derrumbó antes de llegar a la cámara funeraria. El templo funerario contenía textos jeroglíficos explícitos, que celebran con gran orgullo la victoria militar definitiva de Chanal Balam el 26 de enero del año 761 eC, fecha en la que lideró la rebelión y capturó al Gobernante 4 de Dos Pilas

A pesar de haber ganado la guerra, la mala calidad arquitectónica de la Estructura 44 demuestra que Tamarindito no disfrutaba de abundancia económica. La desestabilización de las rutas comerciales del río La Pasión afectó tanto a perdedores como a ganadores, ya no poseían los recursos para edificar los monumentales templos estables del pasado clásico. También la tumba demostró un cambio radical en la mentalidad de los reyes de la cuenca del Petexbatún. Chanal Balam no basó su derecho a gobernar ni la decoración de su santuario final en la mitología o sus ancestros divinos, sino estrictamente en sus hazañas militares y en el hecho de haber humillado a su antiguo señor opresor. El ajuar funerario del rey reflejó una paradoja, una inmensa victoria política combinada con una severa escasez material provocada por la misma guerra civil, el Plato del Sitio Ik Motul de San José, entre otros, fue el hallazgo de mayor impacto político, pues es una fina pieza cerámica polícroma importada desde el lago Petén Itzá,  que sólo se había encontrado antes en el palacio real de sus enemigos de Dos Pilas. Su presencia demostró que, al ganar la guerra, Chanal Balam absorbió y reclamó de inmediato las prestigiosas redes comerciales de la dinastía derrotada.  Una alarmante escasez de lujos masivos a pesar de ser la tumba del gran libertador y nuevo rey regional, carecía de los masivos collares de jade, conchas spondylus o monumentales ofrendas habituales en las épocas de apogeo. La destrucción de Dos Pilas estranguló el comercio fluvial, dejando a la victoriosa Tamarindito sumida en una precaria situación económica. 

Cuando Dos Pilas y el Sitio Ik rompieron su relación, este último formó una alianza con Tamarindito y como corolario se dió la derrota de Dos Pilas. Después de la caída de éste, Tamarindito continuó siendo ocupado únicamente afuera del centro ceremonial en dos grupos residenciales pequeños. En otras palabras, la población de Tamarindito se redujo casi 80% en los siguientes 50 años después de haber derrotado a Dos Pilas. El abandono parcial del sitio indica un colapso sociopolítico del reino. Parte de la población se mudó a Punta de Chimino donde hay una ocupación muy fuerte del Clásico Terminal. La victoria de Chan Balam causó un caos político en la región de Petexbatun y el reino de Dos Pilas se desintegró en muchos pedazos, cada uno peleando por sí mismo para ganar el poder. Los problemas políticos y las guerras se incrementaron hasta destruir completamente el sistema de la región y causar el abandono de Tamarindito y más tarde el de toda el área de Petexbatun, pues no hay mal que dure cien años.




A principios del Clásico Tardío, la región del Petexbatún tiene una serie de ciudades bien definidas bajo la influencia política, social, económica y religiosa del señor de Tamarindito, el gobernante Wakoh Chan K’inich. Para el siglo VII dC, Tamarindito era la capital de la región de Petexbatún, con una capital secundaria en Arroyo de Piedra, pero fue desplazada cuando la gran ciudad de Tikal estableció un nuevo centro en Dos Pilas para ejercer control sobre la importante ruta comercial del río Pasión.

Tamarindito fue el centro dominante de la región durante el Clásico Temprano 250-600 eC, pero perdió la supremacía en el Clásico Tardío 600-800 eC, con la aparición de la ciudad de Dos Pilas y su nueva dinastía real e intrusiva. El estado depredador de Dos Pilas se convirtió en la capital del Petexbatun alrededor del año 700 eC, al derrocar a Tamarindito y además imponer su dominio a través del matrimonio. Fue una victoria de corta duración en el tiempo, pues Dos Pilas fue atacada por Tamarindito y cayó en el año 761 eC. En el Postclásico la ocupación en el lugar se había reducido, quedando sólo unos pocos pobladores y el resto del Petexbatún, en general, habría sido desposeído de su realeza y de gran parte de su población.

La primera ocupación de Tamarindito fue a mediados del Preclásico 1000 AC - 100 eC cerca del agua y tierras cultivables. La posterior ocupación del sitio, se extendió hacia la parte superior de la escarpa, que proporcionaba una posición más defensiva y más tierras cultivables, mientras la población iba en aumento y los suelos productivos por debajo de la cordillera comenzaban a erosionarse. El control del agua para fines agrícolas aumentó por estructuras como represas y canales de riego. 


En Tamarindito la élite modificaba el paisaje a través de las plazas monumentales al tiempo que la sociedad cambió. La Plaza A, construida con anterioridad durante el Clásico Temprano, cuando la mayoría de los asentamientos estaba por debajo de la escarpa -pendiente desnivel o cuesta muy pronunciada en un terreno abrupto,- fue ubicada en este lugar por su capacidad de maximizar el campo de visión de la élite sobre las zonas por debajo de la escarpa y también la posibilidad de ser vistos desde estas residencias por debajo de la escarpa. Su ubicación en la cima de una colina también es defensiva  en los planos inclinados  con muros defensivos y, fue construida en una época en que la gente estaba empezando a moverse hacia la parte superior de la escarpa, tal vez debido a presiones de la población y una mayor necesidad de tierras cultivables. A medida que más viviendas se construyeron en la parte superior de la escarpa, la Plaza A se volvió menos imponente en el paisaje. La población iba en aumento al igual que la inestabilidad política. Estos factores sin duda influyeron en la decisión de construir una nueva plaza para maximizar la visibilidad e imponer dominio de la élite en las áreas por encima de la escarpa. Por lo tanto, la Plaza B fue construida y fue hecha de tal forma que su estructura piramidal era visible desde casi todos los grupos residenciales. Las pirámides de la Plaza A y Plaza B pueden ser vistas como símbolos visuales cuidadosamente construidos. Ya que la política cambió en el Petexbatun en el Clásico Tardío, el significado de estos símbolos también cambió, hasta que ya no se consideraron importantes y la ciudad en gran medida fue abandonada.



Es en las escalinatas de Tamarindito donde se describe la huida del gobernante de la enemiga Dos Pilas en el 761 y su élite tomó rumbo hacia Aguateca, abandonada poco después y tomada por sorpresa fue quemada. Este ambiente convulso y crítico generó un debilitamiento interno sin precedentes en la historia conocida de Dos Pilas y fue hábilmente utilizado por el gobernante de Tamarindito para terminar, de una vez por todas, con la hegemonía de los señores Mutul. Después de la ofensiva del Gobernante 3 contra Tamarindito y Arroyo de Piedra alrededor del año 731, esperaron pacientemente para cobrar venganza por la afrenta sufrida. El desagravio lo enfrentó el último gobernante de Dos Pilas, quien a pesar de ser un hábil estratega, se enfrentó a una situación crítica, la cual le imposibilitó defender su capital.

La fragmentada Escalera Jeroglífica 2 de Tamarindito registra que el 7 de septiembre del año 760, un patojo llamado Chanal B’ahlam se convirtió en el nuevo gobernante de Tamarindito y Arroyo de Piedra. Seis meses después surgieron tensiones políticas entre Tamarindito y Dos Pilas. Chanal Bahlam quería derribar el yugo de la hegemonía y restaurar la antigua preeminencia de su reino. La misma escalinata registra el infortunio político y militar más desastroso y dramático de toda la historia de Dos Pilas, pues señala que el 15 de enero del año 761, K’awiil Chan K’inich fue obligado por el señor de Tamarindito a abandonar Dos Pilas en un contexto denigrante y oprobioso después de sufrir el tratamiento respectivo. Fue una contienda bélica muy bien planeada, donde no tuvo cabida la improvisación. 



La destrucción de Dos Pilas y la captura del mampolón pavoso K’awiil Chan K’inich y de las deidades de Dos Pilas desataron una guerra devastadora sin precedentes, que, en unas cuantas décadas, arrasó con todas las capitales asentadas en el Petexbatún. Horror, consternación y la desventura. Con su gobernante y las efigies divinas de sus Dioses patronos cautivos en Tamarindito, los habitantes de Dos Pilas quedaron vulnerables y se convirtieron en blanco de una serie de ataques armados por parte de diversos grupos. Las élites y parte de la población abandonaron casi de inmediato la ciudad, huyendo a las ciudades aliadas de Aguateca y Cancuén. Pues sí, las ratas son las primeras en abandonar el barco cuando se está hundiendo. Los pocos habitantes que se quedaron la defendieron del asedio, la profanación y la rapiña, utilizando el material disponible para crear, lo más rápido posible un sistema de murallas que les ayudara a detener los continuos ataques. Se refugiaron en el Grupo de Plaza Oeste y el majestuoso y sagrado Complejo de El Duende, donde construyeron numerosas chozas improvisadas con materiales perecederos, con la intención de mantenerse juntos y a resguardo durante el asedio. La construcción de murallas y muros defensivos era prioritaria y dada la urgente necesidad de material adecuado para la edificación de éstos, desmantelaron estructuras del Grupo de Plaza Oeste, sobre todo las fachadas que apilaron en puntos estratégicos para crear un cerco que sirviera de muro defensivo. Construyeron dos murallas que rodearon el Grupo de Plaza Oeste, los muros no medían más de 1.5 m de altura y, colocaron troncos a manera de empalizadas que ayudaron a detener los ataques e impedían el acceso a la plaza. El espacio entre los dos muros era considerable y, con accesos ocultos que fueron hábilmente disimulados por el cerco exterior, en zonas de combate nombradas callejones de muerte, espacios donde enfrentaron a los que lograron atravesar la primera muralla. Numerosas puntas de flecha y depósitos de cabezas humanas cercenadas son prueba de los momentos terribles y violentos que sufrieron los últimos defensores de la ciudad. El fin estaba cerca. A pesar de los esfuerzos en la construcción de murallas y empalizadas y las incontables batallas libradas, el sistema defensivo falló rápidamente. Los muros, que en numerosas secciones estaban mal ubicados por las características topográficas de la zona, aunado a su mala construcción, que ocasionó su parcial derrumbamiento y, en consecuencia, el libre acceso a los atacantes. La destrucción final de Dos Pilas fue alrededor del año 770. Lo poco que sobrevive de las inscripciones jeroglíficas dicen que Chanal Balam, fue el artífice de la destrucción política y material de Dos Pila, con el colapso de las murallas defensivas, donde devastaron y deshonraron la memoria de los orgullosos señores Mutul, derribando sus estelas y rompiendo sus monumentos, así como muchas otras esculturas que la catástrofe borró del registro arqueológico. La destrucción tuvo una intención política, eliminando el símbolo del poder Mutul y anunciando un nuevo orden en la región. 

El olor a destrucción no se disimulaba entre la espesa vegetación de los bosques, el humo en su densidad parecía una neblina eterna.

La devastación del núcleo urbano de Dos Pilas no sólo evidencia la tirria de sus atacantes y, la necesidad de terminar con su espacio sagrado. Las cuevas debían ser clausuradas para poner fin a la sacralidad que salía del sitio. No sólo fue un acto político, sino un enorme rito de terminación, el cual acabó con el poder, la hegemonía, la autoridad y el prestigio de los señores Mutul. La destrucción fue con la intención de desactivar ritualmente la ciudad, su fin político era eliminar el símbolo del poder Mutul y anunciar un nuevo orden en la región, liderado por Tamarindito, cuyos señores, y los de Arroyo de Piedra, Aguateca, Itzán, El Reinado o La Amelia -que siguieron gobernando sus propias capitales,- no fueron capaces de crear mecanismos nuevos y eficaces de integración política. 

Aguateca comenzó a ser blanco de ataques, resistió la ofensiva durante cuatro décadas, al igual que los últimos pobladores de Dos Pilas. Las murallas fueron construidas en todos lados. La mayoría de la población, incluyendo a la clase dirigente, se quedó en Aguateca hasta su asalto final. El ejército atacante bien organizado logró pasar los sistemas defensivos y la parte central de la ciudad fue abandonada repentinamente, terminando con un incendio en la parte central. El asedio y destrucción de Dos Pilas y Aguateca sólo constituyen una parte del ambiente crítico y convulso que vivió el Petexbatún. Un cambio drástico en la propaganda política. Los reyes mayas esculpían glifos para alardear de su linaje divino o de su comunicación con los Dioses del inframundo, pero los glifos de la Estructura 44 rompen con eso, proclaman que el derecho al trono de Chanal Balam no venía de los Dioses, sino de sus hazañas militares y de haber destruido al imperio dominante. Esta estructura demostró ser el último gran monumento de Tamarindito antes de que toda la cuenca del Petexbatún cayera en una espiral de guerra endémica, hambre y abandono total.



El ajuar funerario del rey Chanal Balam reflejó una paradoja, una inmensa victoria política combinada con una severa escasez material provocada por la guerra civil, que al ganarla absorbió y reclamó las redes comerciales de la dinastía derrotada en una alarmante escasez de lujos masivos. A pesar de ser la tumba del gran libertador y nuevo rey regional, carecía de los masivos collares de jade, conchas spondylus o monumentales ofrendas habituales. La destrucción de Dos Pilas estranguló el comercio fluvial, dejando a la victoriosa Tamarindito sumida en una precaria situación económica. Toda la cuenca cayó en una espiral de guerra endémica, hambre y abandono total. Arroyo de Piedra quedó completamente abandonada a finales del siglo VIII eC, colapsando al mismo tiempo que sus vecinas de la región. Su historia estuvo marcada por una profunda hermandad con Tamarindito, un largo periodo de sometimiento militar bajo Dos Pilas y, finalmente, una violenta rebelión que sumió a toda la cuenca del río La Pasión en una guerra civil de la que ninguna ciudad pudo recuperarse. 

Hasta la próxima conversación. Y gracias por haber compartido este viaje.

Hasta el próximo encuentro

Que te acompañen la curiosidad, la paciencia y el asombro. Y que las voces de quienes vinieron antes encuentren un lugar en tu memoria.

Hasta pronto

Cuida bien esas historias. Son un tesoro más frágil que la piedra, pero a menudo más duradero.

sergiodeleonlopez