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NADIE SABE DE DÓNDE SACA EL MAGO AL CONEJO
Tiempo de infierno y de gloria
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Durante 48 años el mundo supo una historia, pero el mar contó la verdad
Que el tiempo sea amable contigo.
Y ser así, cántalo conmigo.
Mis amables comunicantes, la audiencia ha crecido del 22 al 28 de agosto, hubo 4,760 visitas al sitio y eso me da mucha felicidad. Estoy agradecido con ustedes.
En la paranoia del régimen, el puto Hitler se estaba ciscando a toda la tierra.
En mayo de 1948, se encendió el botón del karma, cuando el acorazado más poderoso construido en Alemania -un tremendo animalón, que era una fortaleza flotante,- viajó al Atlántico norte para cumplir la que sería su única y última misión, convirtiéndose también en el barco que desencadenó la mayor cacería naval de la historia. El 24 de mayo el animalón se topó con el HMS Hood que no era el orgullo de la Marina Real Británica, era viejo y de la Primera Guerra Mundial, el que amistosamente fue saludado con un misil que aterrizó cerca de la Santa Bárbara y la explosión lo partió en dos como un sandwich y, de 1,418 marinos sólo sobrevivieron tres. Todo a la velocidad de 180 segundos.
Eso cambió todo el decorado.
Pero mientras respiremos, estamos vivos.
Un torpedo lanzado desde un anticuado, -una verdadera reliquia,- el Swordfish, dañó el timón del monstruo alemán y lo dejó atascado, incapaz de atacar y defenderse porque sólo podía navegar en círculos. El capitán Lindemann quiso usar explosivos para liberar el timón, pero el almirante Lutjens a cargo la cagó y no lo dejó por miedo a arriesgar toda la nave, lo que selló su porcino destino.
Oficialmente estoy enamorado de ese Swordfish.
Rodeado por la flota británica, -sólo unos 40 barcos,- el animalón alemán resistió el fuego enemigo por trece largas horas, más de 2,800 proyectiles disparados con más de 400 impactos directos y, por la gracia de San Celestin seguía flotando. A las 10:35 de la mañana del 27 de mayo y ya sin esperanzas de salvación el primer oficial Oels dio la orden de abandonar el barco y liberar cargas explosivas internas para hundirlo y abrir las válvulas de inundación, cuya idea era que el animalón no cayera en manos enemigas y que así no descubrieran lo que tenía bajo los calzones. De los 2,221 hombres a bordo, sólo 114 sobrevivieron. 2,107 fueron abrazados por Neptuno.
Durante casi cinco décadas, la lengua larga y unilateral inglesa contó al mundo que su armada con su enorme artillería y torpedos habían hundido al animalón. En tanto los alemanes no mentían, ellos mismos habían hundido a su criatura. Con ellos se chingó el invento de la verdad, pues los inglish estaban llenos de jujama.
Los parientes de Pinocho no pudieron guardar su secreto más tiempo.
Era el mismo perro con diferente collar.
En 1989 el oceanógrafo Robert Ballard, el mismo que encontró al otro animalón del Titanic, localizó el pecio del otro animalón del Bismarck a la poca profundidad de 4,790 metros. Reposa en una llanura abisal en el Atlántico Norte, a unas 470 millas al oeste de Brest, Francia, lo que lo sitúa más profundo que el Titanic. Duerme en posición vertical, adrizado, incrustado en el lodo del lecho marino. Está en la ladera de un antiguo volcán submarino extinto. Cuando el casco chocó contra el fondo produjo un gigantesco deslizamiento de tierra que lo arrastró un kilómetro pendiente abajo antes de detenerse. Las cuatro torretas principales de 380 mm Anton, Bruno, Cäsar y Dora no están. Cuando volcó al hundirse, las pesadas torretas cayeron al abismo, dejando grandes agujeros circulares en la cubierta. A pesar de recibir más de 400 impactos de cañón, las planchas de acero del cinturón de blindaje principal resistieron. No hay grandes aberturas catastróficas en el blindaje lateral que justifiquen un hundimiento provocado por artillería, por lo que se deduce que los ingleses hijosdeputas mintieron durante cincuenta años, pues el animalón fue hundido por el fuego acumulado de artillería y las explosiones internas hechas por la misma tripulación, así que el animalón murió por su propia mano. Fue un maricidio.
Muchos de los sobrevivientes, murieron ahogados y congelados por la negativa inglesa de rescatarlos. Y los otros, pararon presos en los campos de refugiados. Más le hubiera valido irse a las profundidades a visitar a Poseidón y de paso conocer a Aquaman.
El Dorchester y el destructor Maori recogieron supervivientes, pero el avistamiento de un submarino, que resultó ser una falsa alarma, suspendió las operaciones, lo cual hizo que cientos de hombres se ahogaran. En total murieron 2,091 personas del animalón, y sólo sobrevivieron 110 de las 1,000 que saltaron desde el acorazado mientras este se hundía. De estos 110 hombres, uno murió a causa de sus heridas, mientras que el resto pasaría lo que quedaba de la Segunda Guerra Mundial en campos de prisioneros de guerra. Poco antes de que anocheciese, un u-boot rescató a tres marineros aferrados a un bote, y la nave alemana Sachsenwald rescató a otros dos que estaban en una balsa salvavidas.
El Bismarck, el animalón, nuestro visitante de la semana, fue el acorazado más grande y poderoso de la marina de guerra alemana, Kriegsmarine, durante la Segunda Guerra Mundial. El animalón fue construido por los nazis como símbolo de su poder naval y de la supuesta superioridad tecnológica del nuevo régimen. Con 251 metros de eslora y un peso de 47,000 toneladas a plena carga, la nave contaba con un blindaje de 320 mm en el casco, y su armamento principal eran ocho grandes cañones de 380 mm repartidos en cuatro torretas, complementados con baterías antiaéreas y artillería de menor calibre. Cuatro hidroplanos lanzados mediante catapultas le daban cobertura aérea y reconocimiento a largo alcance. Podía alcanzar una velocidad máxima de 30 nudos, unos 55 km/h. Una verdadera bestia marina, digna de las mentes destructoras. Fue construido en Hamburgo en los astilleros Blohm & Voss y entró en servicio en agosto de 1940.
El combate técnico entre el animalón y el HMS Hood ocurrió el 24 de mayo de 1941 en la Batalla del estrecho de Dinamarca, en un enfrentamiento breve pero devastador que evidenció una brecha de diseño tecnológico entre ambas naves y el crucero pesado Prinz Eugen con 8 cañones de 203 mm. En el bando británico, el crucero de batalla HMS Hood de 8 cañones de 381 mm y el nuevo acorazado HMS Prince of Wales de 10 cañones de 356 mm. El Hood era el orgullo de la Marina Real británica, pero adolecía de un grave defecto estructural, pues fue diseñado durante la Primera Guerra Mundial como un crucero de batalla, lo que significa que priorizaba la velocidad sacrificando el blindaje. Su protección vertical en los costados era fuerte, pero su blindaje horizontal en la cubierta era muy delgado, menos de 8 cm en zonas clave, que lo volvía una piel de cebolla en ese punto.
05:52 Los británicos inauguran el combate disparando primero a una distancia de 23 kilómetros. El Prinz Eugen logró el primer impacto en la cubierta central del Hood, provocando un incendio menor. 06:00 El animalón que era un maldito exterminator, fijó su blanco y disparó su quinta salva desde 15 kilómetros. A este rango, los proyectiles alemanes caían en un ángulo muy empinado en tiro parabólico y, uno de 380 mm perforó directamente la delgada cubierta superior del Hood, atravesó los compartimentos internos hasta llegar a los pañoles de munición de popa donde se guardaban los explosivos de los cañones principales. 06:01 Cerca de 100 toneladas de pólvora detonaron instantáneamente. La tremenda explosión partió al gigantesco navío británico en dos, como quien parte una pizza. El HMS Hood se hundió en tan solo tres putos minutos y, de sus 1,418 tripulantes, sólo sobrevivieron tres.
A pesar de la victoria alemana, un proyectil del Prince of Wales logró perforar la proa del animalón, dañando sus tanques de combustible delanteros, cuya pérdida de combustible lo obligó a cancelar su misión y poner rumbo a la Francia ocupada, lo que permitió a la flota británica interceptarlo y que se hundiera tres días después, lo que parecía ser como estar persiguiendo al mismísimo satanás.
“La simplicidad es la máxima sofisticación”
Leonardo da Vinci
Haciéndome sudar tinta en los dedos manchando las teclas, la ungida Operación Rheinübung Ejercicio Rin, fue una incursión naval estratégica de la marina alemana en mayo de 1941. Su diseño operativo contenía especificaciones técnicas, logísticas y tácticas muy estrictas destinadas a estrangular el suministro del Reino Unido. El objetivo táctico real contrario a la creencia popular, no era combatir contra barcos de guerra enemigos, sino la destrucción masiva de los convoyes mercantes que abastecían a Gran Bretaña en el Atlántico Norte. El gigantesco animalón acorazado debía actuar como escudo, cuya función era entablar combate y entretener a las escoltas aliadas, en tanto, el crucero pesado Prinz Eugen más rápido y ágil hundiría los buques de carga.
El que sabe para dónde sopla el viento en su pueblo, sabe para dónde tirar el grano, pues debido a la presión del Alto Mando, Lütjens -que siempre creyó que la mona madrastra de Tarzán era una puta comunita,- zarpó en chinga únicamente con el animalón y el Prinz Eugen y de ahí el vistoso fallo técnico de culo. Operar en mitad del Atlántico requería una red logística secreta calculada quirúrgicamente. La Kriegsmarine desplegó de forma encubierta y con semanas de antelación una red de siete barcos cisterna/petroleros y dos buques de suministro en posiciones estratégicas del océano, en que las naves de combate debían reabastecerse de combustible y provisiones en puntos de encuentro designados en alta mar para no tocar tierra firme.
El 21 de mayo de 1941 el almirante Lütjens -al que no podían tomarle el pelo porque era calvo,- tomó la decisión técnica con una paciencia bíblica, de no reabastecer al animalón para ahorrar tiempo, que lo dejó con sus tanques incompletos, un error fatal de culantro que limitó drásticamente su autonomía cuando un proyectil británico perforó su proa días después e hizo que se derramara su combustible, dejando un rastro de orina en su recorrido.
La tecnología británica les retorció todo el plan bajo el pantalón. Los cruceros británicos HMS Norfolk y HMS Suffolk estaban equipados con los innovadores radares marinos de onda corta. A pesar de la nula visibilidad y la niebla, detectaron el eco electromagnético del animalón y el Prinz Eugen en la oscuridad, guiando con precisión matemática a la flota británica directo hacia ellos.
Con absurdos malabares, el animalón tenía un sistema de doble timón en paralelo que resultó ser una farsa truculenta. Las dos palas del timón estaban directamente detrás de los espacios entre las hélices laterales y la hélice central, para que el flujo de agua expulsado por los motores empujara los timones con fuerza, dándole una maniobrabilidad excelente para un barco de su tamaño. El 26 de mayo de 1941, un anticuado avión biplano británico Fairey Swordfish impactó un torpedo de forma directa en la popa del acorazado. La explosión no destruyó los timones pero dobló hacia adentro las planchas de acero del casco y la estructura del soporte y, la fuerza empujó la pala del timón de babor contra la de estribor, aprisionándolas de forma física. El sistema quedó bloqueado. El compartimento de los servomotores se inundó de inmediato, lo que impidió que los buzos y mecánicos bajaran a desacoplar el varillaje o a intentar cortar las palas con sopletes. La presión hidrodinámica del agua de mar chocando contra los enormes timones bloqueados a 12 grados era tan gigantesca que anuló por completo el empuje de los motores. El navío quedó atrapado en un trágico bucle técnico, navegando lentamente en círculos gigantes directos hacia los acorazados británicos que venían a cazarlo. El Swordfish le puso el cascabel al gato, pues la penumbra es más tentadora que la oscuridad.
La vida depende de la capacidad de pasar inadvertido
Como despacio se va más lejos, a las 05:45 los observadores alemanes avistaron humo en el horizonte de las chimeneas del Hood y el Prince of Wales, bajo mando del vicealmirante Lancelot Holland. Lütjens ordenó a la tripulación de sus naves colocarse en sus puestos de combate, queriendo lograr que los salpiquen lo menos posible y satisfacer las necesidades de su virilidad. A las 05:52 el alcance se había reducido a 26,000 m y el Hood abrió anticipadamente fuego con sus cañones proeles, seguido del Prince of Wales un minuto después, acción anticipada supuso un grave error táctico. El Hood apuntó al Prinz Eugen pensando que se trataba del animalón, mientras que el Prince of Wales hizo lo propio con el animalón, pues ignoraban que los navíos alemanes habían intercambiado sus posiciones mientras cruzaban el estrecho de Dinamarca, y aunque los observadores del HMS Prince of Wales los identificaron correctamente, no informaron al almirante Holland. Adalbert Schneider, primer oficial de artillería del animalón, pidió permiso dos veces a Lütjens para devolver el fuego, pero este dudó y cayó en mutismo armando la de Cristo es Dios o algo así, pues tenía alguna forma de cohabitación íntima. Lindemann intervino, murmurando “no dejaré que a mi nave se le dispare bajo mi culo.” Lindemann exigió permiso a Lütjens, quien cedió y ordenó a las 05:55 atacar a los buques británicos.
Los barcos ingleses avanzaban hacia los alemanes, lo que les obligó a usar únicamente sus baterías delanteras, mientras que el animalón y el Prinz Eugen disparaban andanadas completas desde todos sus cañones. Varios minutos después de abrir fuego Holland ordenó un giro de 20° a babor, lo que permitiría a sus barcos hacer uso de todas sus torretas. Los dos buques alemanes concentraron sus salvas en el Hood, y un minuto después de iniciar sus cañonazos el Prinz Eugen le hizo impacto con un proyectil altamente explosivo de 203 mm, que inició un gran incendio en la cubierta de botes que fue extinguido. Tras disparar tres salvas de cuatro cañones, Schneider había calculado el rango exacto del Hood y ordenó inmediatamente una rápida salva de los ocho cañones de 380 mm del animalón. También ordenó a las baterías de 150 mm abrir fuego contra el Prince of Wales. Holland entonces ordenó un segundo giro de 20° a babor para poner sus barcos en un curso paralelo a los germanos. Lütjens mandó al Prinz Eugen cambiar de objetivo y atacar al Prince of Wales para así mantener a sus dos oponentes bajo fuego. A los pocos minutos el Prinz Eugen le hizo un par de impactos al acorazado británico e informó del inicio de un pequeño incendio, en el escondite de amores culpables.
A las 06:00 el Hood con sus prácticas heterogéneas estaba completando su segundo giro a babor cuando el animalón disparó su quinta salva. Dos de los proyectiles se quedaron cortos, al caer al agua cerca del crucero, pero uno de los proyectiles perforantes de 380 mm hizo impacto y penetró su delgado blindaje de cubierta. Para sus ceremonias antihigiénicas, el proyectil llegó tangencialmente hasta la santabárbara e hizo detonar 112 t de cordita. Una llamarada surgió frente al mástil de popa y seguidamente una masiva explosión reventó la parte trasera del crucero, entre el mástil principal y la chimenea trasera. La sección delantera del buque avanzó brevemente antes de que la inundación de agua hiciera alzarse la proa en un pronunciado ángulo. La popa se elevó de manera similar cuando el agua penetró en sus compartimentos desgarrados por la deflagración. Tras un intercambio de cañonazos de sólo ocho minutos, el HMS Hood había desaparecido en menos de tres minutos junto a una tripulación de 1,419 hombres.
El animalón disparó al Prince of Wales, y uno de los proyectiles de su primera salva atravesó el puente del buque británico sin explotar pero matando a todos los que se encontraban en el centro de mando menos al comandante de la nave, John Leach, y a otro hombre. El Prince of Wales consiguió hacer blanco al acorazado alemán con su sexta salva, pero los dos buques alemanes hicieron llover proyectiles sobre el acorazado inglés y le causaron graves daños. A pesar de su problemática batería principal, el acorazado consiguió hacer blanco en el animalón con tres proyectiles, el primero golpeó en el castillo de proa sobre la línea de flotación, pero suficientemente bajo para que penetraran las olas en su casco; el segundo, por debajo del cinturón blindado y explotó al chocar con el mamparo antitorpedos, infligiendo daños menores; y el tercero atravesó entre los hangares desintegrando uno de los botes del acorazado haciéndolo astillas y la plataforma de los hidroaviones sin detonar.
En el transcurso del combate el animalón había disparado 93 proyectiles perforantes y había encajado tres impactos. El proyectil del castillo de proa había provocado la entrada de entre 1000 y 2000 lt de agua que contaminó el combustible almacenado en la proa. Lütjens se negó a permitir una reducción de la velocidad para que los equipos de control de daños repararan el agujero del proyectil, que se hizo aún más grande y dejó entrar más agua. El segundo impacto causó algunas inundaciones y su metralla dañó la línea de flotación en la sala del turbogenerador. La inundación causada por estos dos impactos provocó una escora de 9° a babor y de 3° en proa.
Como que si nada pasara, a las 10:00 Lütjens ordenó al Prinz Eugen ponerse a popa del animalón para averiguar la gravedad de las fugas de combustible del impacto de proa. Tras confirmar “grandes corrientes de combustible a ambos lados de la estela del Bismarck,” el Prinz Eugen volvió a la posición de vanguardia.
El animalón evitó ocho de los nueve torpedos que le lanzaron, pero el noveno impactó hacia el centro del buque, en el cinturón blindado, y causó daños materiales menores. La conmoción del choque arrojó a un hombre contra una pared y lo mató, mientras que otros cinco resultaron heridos. Daños menores en la instalación eléctrica, pero fueron la alta velocidad y las maniobras erráticas para evadir los torpedos las que infligieron mayores daños. Los cambios bruscos en la velocidad y el curso aflojaron el precario sellado del agujero de proa, con lo que aumentaron las inundaciones y la caldera número dos del lado de babor tuvo que ser abandonada. La pérdida ahora de dos calderas en el eje de babor, junto con la disminución de los niveles de combustible y el aumento de la inundación de proa, forzó a reducir la velocidad a 16 nudos, 30 km/h. Se enviaron buzos bajo la proa para reparar el sellado del boquete, tras lo que se pudo aumentar la velocidad a 20 nudos, 37 km/h. Los mandos del acorazado determinaron que esa era la velocidad más económica para el viaje hasta la Francia ocupada.
“Surgía de una borrasca lejana, negro, gigantesco, hermoso, el buque de guerra más maravilloso que yo o ninguno de nosotros hayamos visto jamás”
Ballard
Hacia las 10:00 los dos acorazados de Tovey habían disparado unos 700 proyectiles con sus baterías principales, la mayoría a muy poca distancia. El animalón estaba en llamas de proa a popa. Escoraba 20° a babor -como hacía la mujer de Lütjens con su novio,- y se hundía por proa. El Rodney se aproximó hasta los 2,700 mt, lo que para sus cañones equivalía a disparar a quemarropa, y continuó arrasando el maltrecho casco del acorazado alemán. Tovey no debía cesar el fuego hasta que los alemanes arriaran sus banderas o que abandonaban el barco. Hans Oels, primer oficial del acorazado alemán, ordenó a los hombres bajo la cubierta abandonar el barco. También instruyó a la tripulación de la sala de máquinas para abrir los compartimentos estancos del buque para inundarlo y preparar cargas para echarlo a pique. Gerhard Junack, oficial jefe de ingeniería, ordenó a sus hombres colocar cargas explosivas con mechas que tardarían nueve minutos en arder, pero el sistema de comunicación se rompió y tuvo que enviar a un mensajero para confirmar la orden de hundir el buque. Ese mensajero nunca regresó, por lo que Junack preparó las cargas y ordenó a la tripulación abandonar la nave. Oyeron las detonaciones de los explosivos mientras ascendían por los distintos niveles del barco. Oels corría por todo el acorazado ordenando a los hombres abandonar sus puestos, pero tras acceder a cubierta, una enorme explosión lo mató a él y a otros cientos de hombres.
Sobre las 10:35 el animalón volcó hacia la castigada banda de babor y se hundió por popa. Cuatrocientos hombres descendieron a las aguas. Sus cañones habían ido quedando fuera de acción. Las superestructuras quedaron destruidas. La tripulación sufrió pérdidas terribles. Finalmente quedó convertido en un casco destrozado por el fuego.
El barco se hundió a las 10:39 del 27 de mayo de 1941. El gran acorazado había desaparecido. El Dorsetshire y el destructor Maori se acercaron y tiraron cabos para subir a los náufragos a bordo. A las 11:40 el capitán del Dorsetshire ordenó el abandono de las tareas de rescate después de que los ojeadores avistaron lo que creyeron era un submarino alemán, pero después se supo que era sólo un pulpo gigante que pasaba por ahí buscando carne para comer. El Dorsetshire había rescatado ochenta y cinco hombres y el Maori otros veinticinco en el momento en que abandonaron el lugar, uno de los cuales murió a causa de sus heridas al día siguiente. Un U-Boot llegó más tarde y rescató a tres hombres, mientras que otro barco alemán salvó a otros dos. De una tripulación de unos 2,200 hombres, sólo 114 sobrevivieron. 2,986 almas pasaron a formar filas de los muchos que reposan en los fondos marinos con “poca vergüenza, de trinque oculto y bragueta abierta.”
“Nave ingobernable. Lucharemos hasta la última granada. ¡Larga vida al Führer!”
Mensaje por radio de Lutjens (Boatner III, 328)
Aquí hay una diferencia interesante con Mawson luchando contra la naturaleza. Franklin desapareció ante el hielo. El animalón, en cambio, era una creación humana gigantesca, una de las máquinas de guerra más poderosas de su tiempo. Y, sin embargo, su destino fue decidido por algo aparentemente insignificante, un torpedo que dañó su timón. Eso es lo que hace que su historia sea tan dramática. Un acorazado podía resistir enormes proyectiles. Tenía acero, cañones, motores y miles de hombres. Pero perdió la libertad de maniobrar. Reconozco a un hijodeputa cuando lo veo.
En el mar, perder la capacidad de elegir hacia dónde ir puede significar la muerte
Yo imagino el último amanecer. El mar gris. El viento. El animalón navegando sin poder escapar. En el horizonte aparecen los buques británicos. En la cubierta, hombres jóvenes y veteranos saben que están rodeados. Y entonces los grandes cañones comienzan a escupir fuego. No porque crean necesariamente que van a ganar. Sino porque todavía pueden luchar. Y ahí vuelve a aparecer uno de los temas que tantas veces hemos discutido juntos, el momento en que un hombre -o una tripulación entera,- comprende que probablemente no regresará, pero continúa haciendo aquello que cree que debe hacer.
La historia del animalón duró muy poco en combate, en su primera y única misión. Pero durante esos pocos días se convirtió en una de las grandes leyendas navales del siglo XX. Y dejó una historia perfecta para continuar con una narración íntima.
Océano Atlántico, 26 de mayo de 1941. Me llamo Karl Östens. Tengo diecinueve años. Esta noche he aprendido que un barco puede estar rodeado aunque no se vea ningún enemigo. El mar está oscuro. Demasiado oscuro. Y, sin embargo, todos sabemos que vienen. No hace falta verlos. Están ahí afuera. Los ingleses. Durante el día nos atacaron desde el cielo. Al principio nos reímos de aquellos aviones. Eran lentos. Parecían viejos. Volaban tan bajo que algunos hombres decían que podían ver las caras de los pilotos como si se estuvieran rascando sus académicos huevos. Después lanzaron los torpedos. Uno pasó lejos. Otro explotó en el mar. Y luego llegó el último. No sé exactamente dónde golpeó. Sólo recuerdo el estruendo. El barco tembló. Al principio nadie comprendió la importancia. El animalón había recibido golpes antes. Era fuerte. Nos habían dicho que era uno de los barcos más poderosos del mundo. Todo acero. Cañones. Motores. Miles de hombres. ¿Qué podía hacerle un pequeño avión?
Pero después empezamos a girar. Una vez. Otra. El mar apareció donde debía estar el horizonte. El horizonte apareció donde debía estar el mar. Alguien gritó: -¡El timón! Entonces comprendimos. No estábamos huyendo. Ya no podíamos.
Mi puesto está cerca de una de las torres. Esta noche no tengo mucho que hacer. Y eso es peor. Cuando un hombre tiene trabajo, no piensa. Cuando espera, escucha. Y esta noche todos escuchamos. Las bombas ya no caen. Los motores continúan. El casco cruje. El mar golpea. Y, de vez en cuando, alguien pregunta, -¿Los veis?
Nadie responde. No queremos hablar. Hans está sentado junto a mí. Tiene veintidós años. Ayer me enseñó una fotografía de su esposa, llevan seis meses casados. Esta noche tiene la fotografía en la mano.
-Karl.
-¿Sí?
-¿Crees que llegaremos a Francia?
Quiero decirle que sí. Quiero decirle que el acorazado es demasiado fuerte. Que nuestros barcos vendrán. Que los ingleses se cansarán. Pero ya no somos niños.
-No lo sé.
Hans guarda la fotografía. -Mi hijo va a nacer en agosto.
No sé qué responder. Así que miro el mar.
Un oficial pasa. Tiene el rostro gris. Nadie lo saluda. Nadie hace preguntas. Él tampoco. Y eso nos dice más que cualquier discurso. Más tarde llega la orden de prepararnos para el combate. Entonces todo cambia. Los hombres se levantan. Alguien revisa municiones. Otro comprueba un arma. Un tercero se persigna a escondidas. Yo miro mis manos. Están temblando. Las escondo.
Hans me ve. -Yo también tengo miedo. Lo miro. -No deberías decir eso. Sonríe. -¿Por qué?
-Porque eres mayor.
- Solo tres años.
Se queda en silencio. Después dice, -Karl, si mañana… No termina la frase.
-No.
-Escúchame.
-No.
Hans baja la mirada. -Si mañana no salgo de este barco, recuerda su nombre. Comprendo de quién habla. Su esposa. Tomo aire. -Lo recordaré. Él asiente. -Y el del niño. -También.
Poco antes del amanecer el mar cambia. No sé cómo explicarlo. No es el agua. Es el silencio. Todos sabemos. Alguien ha visto humo en el horizonte. Luego llegan más informes. Buques enemigos. Grandes. Demasiados.
Se escucha la orden, ¡A los puestos de combate!
El animalón despierta. Las máquinas rugen. Las torres comienzan a moverse. Los grandes cañones buscan un objetivo. Durante unos segundos vuelvo a creer. Es extraño. A veces basta con escuchar un cañón preparándose para que un hombre olvide que tiene miedo.
Hans grita, -¡Ahí!
Miro. No los distingo bien. Pero entonces llega el primer fogonazo. Después el segundo. El mundo entero se vuelve blanco. El primer impacto hace temblar el barco. Luego otro. Y otro.
El acero que nos protegía comienza a romperse. La cubierta se llena de humo. Corremos. Gritamos. No sé dónde está Hans. -¡Hans!
Nadie responde. -¡Hans!
Una explosión me arroja contra una pared. Cuando consigo levantarme, ya no sé dónde estoy. El barco está herido. Pero todavía dispara. Eso es lo más extraordinario. A nuestro alrededor el mundo se derrumba. Y todavía disparamos. Entonces comprendo algo. El acorazado no es el acero. No son los cañones. No son las máquinas. El Bismarck somos nosotros. Los hombres que todavía permanecemos aquí. Los hombres que todavía cargan un proyectil. Los que apagan un incendio. Los que ayudan a un herido. Los que gritan un nombre. Los que siguen trabajando aunque saben que quizá ya no exista regreso.
Más tarde encuentro a Hans. Está herido. No sé cuántas horas han pasado. Puede que solo sean minutos. Me mira. -Karl. -Estoy aquí.
-¿Disparamos?
-Sí.
-¿Alcanzamos alguno?
Quiero reír. No puedo. -Seguro. Hans sonríe. Cierra los ojos. -Entonces… No termina. -Hans. Silencio.
El barco vuelve a temblar. Miro hacia arriba. Por un instante veo el cielo. Azul. Después de todo, el cielo es azul. Pienso en Alemania. En mi madre. En mi padre. En mi hermana. Pienso en que hace unas semanas estábamos navegando orgullosos hacia el Atlántico. Pensábamos que éramos invencibles. Ahora el agua entra. El barco se inclina. Y comprendo que nadie es invencible. Ni un hombre. Ni un imperio. Ni un barco.
Me acerco a la borda. El mar está lleno de humo. El animalón se inclina cada vez más. Alguien grita una orden. Otros hombres corren. Yo miro el horizonte. Y por primera vez, después de toda la noche, ya no tengo miedo. No porque crea que voy a sobrevivir. Sino porque ya no tengo que esperar. La espera ha terminado. Miro el agua. Pienso en Hans. En su esposa. En el hijo que quizá nunca conocerá. Y digo en voz baja, -Recuerdo su nombre.
El mar se acerca. El gigante desaparece.
Y yo, Karl, un marinero de diecinueve años, comprendo una última cosa, -Los barcos se hunden. Los hombres mueren. Pero mientras alguien, en algún lugar, recuerde sus nombres… no desaparecen del todo.
Y mientras el océano se cierra sobre nosotros, creo escuchar algo que no viene de ningún cañón. Una voz. Lejana. Humana. Diciendo, -Seguimos aquí.
Les habían fermeado el aura.
Esta historia tiene algo que enlaza profundamente con las anteriores que hemos recorrido, Mawson, Franklin y ahora el Bismarck. En cada una, el momento más intenso no es necesariamente la muerte, sino la noche anterior, cuando los seres humanos todavía están juntos y aún no saben quién verá el amanecer. Y quizá ese sea uno de los lugares más poderosos para encontrar una historia. La última noche del animalón permitió mirar más allá del acero, de los cañones y de la guerra. Detrás de cada gran máquina hay hombres, jóvenes que tienen miedo, compañeros que se hacen promesas y familias que esperan un regreso que quizá nunca llegará.
Eso es lo que más me interesa cuando recorro estas historias, encontrar al ser humano detrás del acontecimiento.
Franklin no es sólo una expedición perdida. Mawson no es sólo un explorador. Los tres frailes no son sólo nombres en una relación de sucesos. Y el Bismarck no es solamente un acorazado.
Siempre hay alguien mirando el horizonte. Alguien recordando su casa. Alguien preguntándose si volverá a ver a quienes ama. Y mientras podamos imaginar esas voces con respeto -sin confundir la reconstrucción literaria con el hecho histórico,- podemos acercarnos un poco más a la historia.
Cuando el tiempo nos reúna nuevamente, hermano, tendremos otra puerta abierta.
Puede ser Shackleton y el Endurance, una nueva historia de la conquista, un explorador perdido, una ciudad desaparecida o alguno de esos personajes que esperan en silencio entre las páginas de la historia. Hasta entonces.
El mar continúa. El hielo espera. Las ciudades recuerdan. Y nosotros… Seguimos aquí.
FIN
sergiodeleonlopez