jueves, 3 de septiembre de 2026

MANTENERSE VIVO ES UN ACTO DE VIRTUD MORAL. 309

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MANTENERSE VIVO ES UN ACTO DE VIRTUD MORAL

Un montón de nada

La más rigurosa predicción siempre es relativa



Más que una guerra o una batalla se trata de un incidente de armas de los habituales en el mediterráneo en aquella época


Así que subamos a bordo con buen viento y que bien les vaya la marcha. Al fin de cuentas ese es el cánon. Esa es la regla obligada para mantenerse bien de salud y el culo lo más sano posible en el interludio, pues pasada la medianoche, la costa se reduce a una línea horizontal.

Pues nada, que el mar se vende como un lugar para el placer donde todo es agradable en las obviedades del pantalán, pero cuando se avistaba un bergantín era el aviso de alguna desgracia. Aunque algunas veces eran espejismos náuticos en las auroras boreales o fuegos de San Telmo con calima, neblina, hielos flotantes, pues en la inmensidad del mar suelen darse sorpresas no siempre agradables.


La primera víctima de la guerra es la verdad


Esto suena a convento apacible, pero no es así lo que aquí se va a contar, no es sino una aventura en el mar digna de un corto de tevé de mucha acción, una historia de grandes ligas. 

El viento era escaso y las velas gualdraban pesadamente. Desde la cofa, el vigía gritó la peor de las sentencias en ese mar, -¡VELA POR POPA! ¡ES UN BERGANTÍN TURCO! ¡BOGUEMOS FUERTE!

A bordo cundió el pánico. El patrón miró por el catalejo la línea estilizada del buque que recortaba el horizonte, impulsado por la banda. -No hay viento para huir. Vienen a por nosotros. Arriaremos las velas y negociaremos un rescate. Si no hay resistencia, respetarán nuestras vidas.

Fray Miguel, un castellano recio con cicatrices de su juventud como soldado en Flandes, se adelantó ajustándose el cordón del hábito.

-¿Respetar nuestras vidas, dice? preguntó el fraile con voz tranquila. Patrón, vos sois francés y vuestro rey tiene pactos con el Turco. A vos os pedirán doblones. A nosotros, con suerte nos llevarán a las galeras hasta que nuestros huesos se pudran.

-No voy a condenar a mi tripulación por tres hombres de iglesia. ¡Abajad las velas!

-Las velas se quedan arriba, maestre,- dijo el joven fraile Eufemio sin que le temblara el pulso. 

-¡Que locura, sois hombres de Dios! Dejáos morir como mártires.


Cúcara mácara. Ay por 1634, un incidente navegatorio sucedió en un pequeño barco de bandera francesa rumbo a Villafranca de Nizo. Pero como salido de la niebla apareció un barco corsario, avistado por un hombre de la tripulación que había subido a la verga oscilante y gritó, ¡BERGANTÍN TURCO A LA VISTA! -en aquel tiempo se llamaba así a todo corsario musulmán, berberiscos incluidos.-

El


Fray Miguel de Ramasa fue un fraile mercedario* español del siglo XVII conocido por ese famoso incidente marítimo frente a las costas de Cerdeña, que junto a los frailes Andrés Coria y Eufemio Melis, se opusieron a la rendición ante un bergantín de corsarios turcos cobardes y mugrientos que estaban llenos de bichos, pulgas y piojos. 

*Un mercedario es un miembro de la Orden de la Merced, orden religiosa católica mendicante fundada en España en 1218 por San Pedro Nolasco. Fue creada para rescatar a los cristianos cautivos. Además de los votos de pobreza, obediencia y castidad, prometen dar su vida o quedarse como rehenes si es necesario para liberar a los más vulnerables.




Muchas guerras para un mundo tan pequeño


Con su propia identidad el episodio no es un acto de fervor místico, sino un ejemplo de pragmatismo y coraje desesperado ante una muerte segura, en la paradoja del individuo que, abandonado por sus gobernantes o leyes, recurre a la violencia legítima y a la astucia personal para resolver una situación límite. Con la ironía de cómo unos hombres dedicados a la oración y a la paz terminaron convirtiéndose en los combatientes más feroces de la cubierta, transformando la sumisión inicial del capitán francés en una victoria militar imprevista.

Destruyendo el libreto de desnivel positivo, el susodicho se les acercó y ordenó que amainaran velas. El capitán del barco quería rendirse y negociar que será otro discurso de debilidad moral, pero los frailes que no se las veían con tanto optimismo bajo las sotanas, se negaron endiabladamente porque sabían que los ejecutarían de inmediato por ser religiosos y españoles y, les dijeron que las velas se las baje su madre a donde debe, pues pasaríamos el resto de nuestras vidas apaleando sardinas al remo de una galera, o cautivos en Argel o Turquía. Así que de perdidos al río, resolvieron cenar con Cristo antes que en Constantinopla. Que el diálogo de civilizaciones, apuntaron, lo dialogue la madre que los parió y con tanta mierda de perro en las banquetas. 

Bajo el velo del melodrama decidieron resistir con las armas a bordo para defender su vida y la embarcación en lugar de entregarse sin pelear y blasfemando al diablo en latín que resultó ser toda una perogrullada. 

“De manera que se arremangaron las sotanas, se armaron como pudieron con cuatro chuzos, tres escopetas y tres espadas sin guarnición que había a bordo, y amotinándose contra los tripulantes del barco, los metieron con los cinco pasajeros encerrados bajo cubierta. Después pusieron trapos en torno a las espigas de las espadas para que sirvieran de empuñaduras, y se hicieron una especie de rodelas amarradas al brazo izquierdo con almohadas y cuerdas. Luego se arrodillaron en cubierta y rezaron cuanto sabían.“

Las cartas estaban abiertas.

No les importó que sus vergüenzas quedaran destapadas al aire.

El bergantín corsario de doce bancos que se acerca por barlovento con feroces turcos, o berberiscos, veintisiete en total, amontonados en la proa y en la regala, blandiendo alfanjes y relamiéndose con la perspectiva del plan. Imaginen la sonora rechifla del personal cuando se percata de que en la cubierta de la presa no hay más que tres frailes arrodillados y dándose golpes de pecho para pedir a Dios fuerza en la empresa que iban a acometer y valor para enfrentarse a una muerte segura pero honrosa.

En estas, el bergantín de los malos que se lo montan con tíos y compadres, se abarloa por estribor y cuando los veintisiete piratas ven la escena se les caen los pendientes de la risa. Se tronchan. El bergantín corsario se aproximó a tiro de piedra. Su capitán, un renegado de origen holandés que vestía turbante, se asomó a la amurada con un megáfono de latón.



Ahora vuelva a imaginar, cuando los dos barcos están abarloados y los turcos se disponen a saltar al abordaje, los tres frailes -jóvenes, cuajados y correosos, bragados, de los que se visten por los pies, duros, muy de su tiempo y con media docena de huevos,- se levantan, largan una escopetada a quemarropa que pone a tres buitres mirando hacia la Meca y, luego, gritando como locos Santiago y cierra España, Jesucristo y María Santísima, o sea, llamando en su auxilio al santoral completo y al Papa, tras embrazar las almohadas como rodelas, se brincan al asalto en la nave corsaria a mandoble limpio, acuchillando como fieras, dejando a los turcos con la boca abierta sin mover un puto dedo. 

¡Perdón, vamos a ver, aquí hay un error, algo no cuadra, los que teníamos que abordar éramos nosotros! 

Una breve matancinga, sistemática realizada con absoluta gracia y sin ninguna complicidad.

Y así, en ese plan, dejando la mansedumbre cristiana para días más adecuados, los frailes escabechan en tres minutos a doce malos, que se dice pronto, y otros cinco se tiran al agua, nadando como para ganar la medalla y de seguir a ese ritmo, en 4 o 5 días llegarían a la costa,- y el resto, con varios heridos, pide cuartel y se rinden después de que fray Miguel Ramasa le atraviese el pecho con un chuzo al arráez corsario, “juntándose los dos tanto, que le alcançó el turco a morder en una mano, y acudiendo fray Andrés Coria le acabó de matar, tan santamente que hasta los ángeles se admiraron.” El karma de esa gentuza de mar, ladrones y asesinos fueron benditamente tranquilizados con seis cojones.

En medio del pitorreo, antes de que puedan saltar por la borda para atacar a sus víctimas, les es dada la bienvenida con disparos a quemarropa que liquida a tres asaltantes. Quedan siete. Al rato, heridos, maltrechos y humillados, la tropa pirata pide cuartel, rindiéndose tras ver cómo fray Miguel de Ramasa le atraviesa el pecho al peor de todos, al jefe, al que remata el fraile Andrés Coria mientras Eufemio Melis arrincona a espadazos a los demás, que son seis. 


En ese momento la iglesia no estaba para misiones de paz


El bergantín corsario, diezmado y con su líder muerto, cortó los cabos de abordaje y viró en redondo buscando la huida. En la cubierta ensangrentada el patrón ileso, miraba los cadáveres enemigos con incredulidad. Vió que Fray Miguel limpiaba la pólvora de su rostro con la manga del hábito. Ramasa aseveró, -la fe salva el alma, pero lo que salva el pellejo es la pólvora seca y no bajarse los pantalones antes de tiempo. Ahora, mandad izar la mayor, que se nos hace tarde para llegar a puerto.

Antes que me ataque el conticini es saludable recordar que corsario se aplica a cualquier nave que en tiempos de guerra combata el tráfico mercante enemigo autorizados por su gobierno y como yo lo veo piratas refinados.


De una posible pena capital quedaron absueltos. Las crónicas de la Orden de la Merced describen un violento combate cuerpo a cuerpo motivado por la supervivencia defensiva de quienes no se fiaban ni de su propia sombra. El barco llevaba a bordo al patrón, cuatro marineros, cinco pasajeros y los tres frailes mercedarios españoles. Al ser un buque con bandera de Francia, el patrón pretendía negociar una capitulación pacífica. Sin embargo, los corsarios turcos, que eran como talibancillos díscolos, no respetaban las treguas francesas cuando capturaban a ciudadanos de la corona española, a quienes esclavizaban o ejecutaban de inmediato pasándolos por la quilla. Ese era el dilema legal. Pero es sabido que la mayor virtud de un buen pasajero es una saludable incertidumbre y bajar al infierno con el preservativo puesto.

Los tres frailes se rebelaron contra la autoridad del capitán pues había estudiado bajo la lupa la dentadura postiza de la madre que lo parió. Blanco, líquido en botella, eso, es leche. 

Establecieron tendencias y calcularon probabilidades con pronósticos de forma irregular, que se dice pronto con las cosas buenas de la bisectriz del ángulo principal de su querida, en vez de orar para alejar la tentación. Los caminos del Señor son sinuosos.

Considere el asunto trincado de quien melancólicamente se despide de esta tierra. Tomaron las pocas armas disponibles a bordo, mosquetes y chuzos de abordar e intimidaron a la tripulación para obligarla a combatir, pero en su dilema ahuevatorio decidieron meterse bajo cubierta. Cuando el bergantín corsario se emparejó para el abordaje, los religiosos lideraron la descarga de fusilería en un delicioso motín clerical de batalla naval y se sintió el olor de la muerte. Y a los hediondos corsarios se les doblaron las rodillas, les fibrilaba el culo y les brincaban los párpados, pues siempre hay un imbécil que hará el trabajo sucio. El entretenimiento duró pocos minutos. Los frailes repelieron los intentos de asalto usando sus propios hábitos como parapeto improvisado y bendiciendo a los heridos entre respiro y pujido. Incapaces de someter la inesperada resistencia del pequeño barco francés, y sufriendo numerosas bajas en su cubierta, los corsarios turcos rompieron el contacto y se retiraron con el culo pa´tras, pues eran gente cuya naturaleza biológica incluye la ahuevadez de forma perfectamente natural, permitiendo que la nave continuara su rumbo a Villafranca de Nizo. Ese fue el desenlace voluntario.



Era Troya y necesitaba un caballo


Y qué curioso, para poner las cosas en su sitio.

Así me parece a mí.

Estos tres son un descubrimiento estupendo, fray Miguel de Ramasa, fray Andrés Coria y fray Eufemio Melis, tres mercedarios* españoles que protagonizaron un episodio casi novelesco listo para libreto de Hollywood, en el Mediterráneo del siglo XVII al garete.

El episodio ocurrido en 1634 lo relaciona frente a la costa de Cerdeña, gran isla de Italia en el mar Mediterráneo.

Los tres frailes viajaban en un pequeño barco francés de recreo y transporte de carne humana, rumbo a Villafranca de Niza, pueblo de la costa azul de Francia, con la bandera y el escudo de la gallina. Cada uno llevaba un veliz con cosas ocultas en una misión oculta digna de James Bond. A bordo iban, además de los tres religiosos, el patrón Jean Luc Favré, cuatro marineros, Pierre, Louis, Gastón y otro que no me acuerdo y, cinco pasajeros, dos de ellos eran mujeres disfrazadas destinadas al entretenimiento de los religiosos y Encarni era la encargada de aflojarles la vela y cerrarles con disimulo la bragueta.

Así de la nada del todo, entonces apareció un bergantín corsario un barco de vela de dos palos, el palo mayor y el trinquete, con velas cuadradas y una cangreja que lo hacía muy rápido y fácil de girar, autorizado por su gobierno para saquear, robar, destruir, capturar y matar,- y les ordenó arriar las velas.

El patrón pensó que, al ser francés el barco, quizá podrían negociar y evitar el combate. Pero los tres frailes tenían otra motivación. Eran españoles. Y religiosos. Si caían en manos de los corsarios, acabarían como cautivos o esclavos de galeras o bien los colgarían de los huevos del palo mayor hasta que murieran por ahogamiento. Así que tomaron una decisión extraordinaria, no esperar pasivamente el abordaje.

Tres frailes contra un bergantín

Los religiosos metieron con palabras tiernas a los pasajeros y tripulantes bajo cubierta y, se apoderaron de las armas disponibles, espadas, escopetas y chuzos que son como verduguillos. Incluso improvisaron defensas con ropa de cama y cuerdas.


"No sé cómo voy a salir de esto, pero todavía puedo hacer algo"


Cuando las embarcaciones estuvieron próximas, Ramasa en el anteúltimo momento gritó ¡SOTANAS A MÍ! Y sacando petróleo de la milpa los tres dispararon a corta distancia, pues les gustaba darle al gatillo y tres condenados de Alá partieron de este mundo. Saltaron al barco corsario. y lo que siguió luego fue de locos, un combate cuerpo a cuerpo. En pocos minutos murieron numerosos corsarios humanitariamente despojados de sus desgracias con los protocolos coyunturales intrínsecos. Otros se arrojaron al agua y los restantes terminaron rindiéndose hincaditos como que estaban aprendiendo el catecismo. En realidad no eran enemigos sediciosos sino elementos fuera de control. Les estropearon los dispositivos con mucha voluntad constructiva. Al final del morongaseo, el padre mayor dijo, ¡Criaturitas! Lo juro por el brazo derecho amputado de un disparo del almirante Horatio Nelson en Tenerife.

Sarna con gusto no pica con saludable incertidumbre. Los corsarios berberiscos habían vendido la piel antes de cazar al chompipe. Dimisión y cese.

El momento más brutal fue el enfrentamiento entre Miguel de Ramasa y el arráez, el jefe del bergantín Mohamed Geraz. Ramasa lo hirió mortalmente con un chuzo. Durante la lucha, el corsario tremendamente ahuevado le mordió la mano y entonces Andrés Coria acudió y terminó con él de forma tan piadosa como fue posible dadas las circunstancias.

Eso es mucho confesar lo inconfesable y que por tanto, se confiesa.

Eufemio Melis el tercer integrante del grupo combatió junto a sus compañeros, aunque las fuentes que he encontrado proporcionan muchos menos detalles individuales sobre él.

Me tiemblan de placer los dedos sobre el teclado.

Eufemio les dió a dos que eran negros y estaban desnutridos, que eran de los mismos desalmados hijos de la grande, arrogantes y torpes.

El episodio ocurrió exactamente el 21 de octubre de 1634, -hace casi 392 años,- festividad de Santa Úrsula mártir y las Once Mil Vírgenes, con el mar golpeando no con mucha intensidad, pero sí con trayectoria.

Lo que me parece más fascinante es que hay una contradicción magnífica en la imagen de estos hombres. Son frailes mercedarios, pertenecientes a una orden cuya historia estaba profundamente relacionada con la redención de cautivos cristianos y, de repente, en medio del Mediterráneo, se encuentran ante la posibilidad de convertirse ellos mismos en cautivos. Así que aquellos hombres que normalmente habrían intentado rescatar cautivos tuvieron que luchar para no convertirse en ellos. Y lo hicieron de una manera extraordinariamente física. No eran soldados de profesión. Eran religiosos. Pero vivían en un siglo en el que viajar por el Mediterráneo podría significar encontrarse con corsarios en cualquier momento.

Por eso la escena tiene algo casi cinematográfico bajo la dirección de Coppola, tres hombres con hábito religioso, improvisando escudos con ropa de cama, tomando las pocas armas disponibles y esperando que el enemigo salte sobre su cubierta. Y entonces ocurre lo inesperado, son ellos quienes saltan primero con juego de muñecas hacia los depredadores bípedos.



Y creo que esta historia tiene un parentesco curioso con las que hemos venido explorando, especialmente con Douglas Mawson que quedó solo frente a la Antártida. Ramasa, Coria y Melis quedaron frente a un enemigo que podía llevárselos cautivos. En ambos casos aparece esa misma reacción humana, "No sé cómo voy a salir de esto, pero todavía puedo hacer algo."

Eso es lo que hace que estos personajes sean tan interesantes. No sé demasiado de sus vidas. No conozco sus pensamientos íntimos. Pero durante unos minutos, en algún lugar del Mediterráneo, esos tres frailes dejaron de ser pasajeros y se convirtieron en combatientes. Y después de aquello volvieron a desaparecer casi por completo de la historia.

Quizá precisamente por eso vale la pena recordarlos. Miguel de Ramasa. Andrés Coria. Eufemio Melis. Tres nombres que estuvieron a punto de perderse. Y que hoy vuelven a caminar un momento entre nosotros. Los tres frailes eran mercedarios españoles. El 21 de octubre de 1634 viajaban a bordo de un pequeño barco francés que navegaba frente a la costa de Cerdeña. La fuente que relata el episodio dice explícitamente que el barco llevaba rumbo a Villafranca de Niza -la actual Villefranche-sur-Mer, cerca de Niza.- A bordo iban además el patrón, cuatro marineros y cinco pasajeros. Venían de Madrid de algún convento escondido en la niebla. Navegaban frente a Cerdeña en dirección a Villafranca de Niza en la costa mediterránea del condado de Niza. Y aquí aparece algo interesante, no parece que estuvieran realizando una expedición militar. Eran pasajeros religiosos en tránsito con una misión escondida en los velices.

La Orden de la Merced tenía una misión histórica muy particular, la redención de cautivos cristianos. Los mercedarios participaban en negociaciones y viajes destinados a rescatar personas capturadas y sometidas a cautiverio en territorios musulmanes. Y eso hace que su encuentro con el corsario resulte todavía más paradójico. Ellos pertenecían a una orden dedicada a rescatar cautivos. Y mientras navegaban hacia Villafranca, comprendieron que podían convertirse ellos mismos en cautivos.

El barco era francés, así que el patrón pensaba que quizá los corsarios negociarían y dejarían continuar el viaje. Pero los tres frailes razonaron de otra manera, como españoles y religiosos, temían que los corsarios los capturasen y los llevaran como esclavos a galeras o a algún puerto del norte de África o cosas peores como la ya relacionada.

Y entonces tomaron aquella decisión extraordinaria que ya comenté, en lugar de esperar el abordaje, se armaron y decidieron combatir. Reunieron las armas disponibles -espadas, escopetas y chuzos- improvisaron protecciones con ropa de cama y cuerdas. Después se enfrentaron al bergantín corsario.

Hay algo que me parece especialmente hermoso en esta historia. Quizá su misión concreta hacia Villafranca se haya perdido para nosotros. No sabemos qué iban a hacer allí. No sabemos qué conversación tenían pendiente. No sabemos qué convento los esperaba. Pero sí sabemos qué hicieron cuando su camino cambió bruscamente. Iban como religiosos. El mar los convirtió, durante unos minutos, en combatientes. Y después de aquel episodio volvieron a ser frailes.


Es una de esas historias en las que el destino parece cerrar una puerta y abrir otra completamente inesperada


Y quizá por eso vale la pena recordar sus tres nombres, tres frailes españoles que iban hacia Villafranca de Niza y que, frente a Cerdeña, se encontraron con una historia que probablemente jamás habían imaginado vivir. El Mediterráneo estaba tranquilo aquella mañana. Demasiado tranquilo, sin vientos, corrientes, ni temporales. El patrón miró hacia el horizonte y luego entrecerró los ojos. -Una vela, dijo.

Fray Andrés Coria se acercó a la borda. -¿Qué clase de barco?

-Un bergantín, respondió el patrón. Y viene derecho hacia nosotros.

Fray Eufemio Melis observó en silencio.

-¿Mercante?

El patrón negó lentamente. -No.

Fray Miguel de Ramasa comprendió antes que los demás.

-Corsarios.

Nadie habló durante unos segundos.

El patrón ordenó, ¡Preparad las velas! Quizá podamos alejarnos.

Pero el bergantín era demasiado rápido y se acercaba a gran velocidad. Desde la otra embarcación llegó un grito: -¡Arriad las velas!

El patrón miró a los tres frailes. -Quizá si ven que somos franceses...

Ramasa negó con la cabeza. -Nosotros no somos franceses.

Coria comprendió. -Si suben a bordo y descubren que somos españoles...

-Nos llevarán o matarán, dijo Melis.

El patrón tragó saliva. -¿Qué proponéis?

Ramasa miró las pocas armas disponibles.

-Que no suban.

-¿Tres frailes contra un bergantín?

Ramasa tomó una espada. -Hoy no somos solamente frailes.

-Arremangaos las sotanas, dijo Ramasa.

Coria agarró un chuzo. -Hoy somos hombres que quieren seguir libres.

Melis comenzó a reunir las armas. -Entonces será mejor que recemos después.

Ramasa sonrió apenas. -Primero luchamos.

El bergantín estaba ya muy cerca. Los corsarios comenzaron a gritar. Uno de ellos levantó una cimitarra. -¡Rendíos!

Ramasa respondió: -¡No! Que se rinda la más querida de tu casa.

Un disparo retumbó sobre el agua. El humo cubrió brevemente la cubierta.

Los corsarios vacilaron. Entonces el bergantín golpeó contra la embarcación. Los garfios volaron.

Los primeros corsarios quisieron saltar. -¡Al abordaje!

Pero los tres arcabuces sonaron al unísono ¡PUM! con gran estruendo y tres sombras cayeron.

La tripleta saltó a la cubierta corsaria y Coria derribó al primero. Melis recibió a otro con el chuzo. Ramasa avanzó hacia el hombre que parecía dirigir a los demás. Era el arráez. Sus espadas chocaron. ¡Clang! El corsario atacó nuevamente. Ramasa retrocedió un paso y dijo -¡Ríndete!

El corsario respondió con una maldición impublicable. Volvieron a cruzar las armas.

Alrededor de ellos, la cubierta se había convertido en un caos de gritos, humo y sangre.

Coria vio caer a Melis de rodillas. -¡Eufemio! -¡Estoy bien! Me resbalé en la sangre de este bellaco. Se levantó.

Ramasa seguía luchando. El arráez consiguió alcanzarlo y ambos cayeron al suelo. El corsario se abalanzó sobre él. Ramasa intentó apartarlo. Entonces sintió los dientes clavarse en su mano como un chucho con rabia. -¡Ah! Cabrón.

Coria lo vio. -¡Miguel! El fraile se lanzó contra el corsario. -¡Suéltalo! El arráez se volvió hacia él. Fue su último movimiento. Ramasa encontró fuerzas para levantarse y hundió el chuzo que suavemente entró en el pescuezo. El hombre cayó. Durante unos instantes nadie se movió. Los corsarios miraron a su jefe. Después miraron a aquellos tres hombres vestidos con hábitos.

Uno arrojó su espada. Otro hizo lo mismo. El resto retrocedió y un buen grupo se tiró al agua.

El patrón del barco francés permanecía inmóvil, incapaz de creer lo que veía, un empleado ducho en la difícil arte de rascarse los huevos.

Coria respiraba con dificultad.

-¿Han terminado?

Melis miró alrededor. -Creo que sí.

Ramasa contempló su mano herida. Después miró el mar.

-Entonces ayudemos a los que aún viven. Coria lo observó.

-¿Después de todo esto?

Ramasa asintió. -Son hombres pecadores de culo.

Se volvió hacia el bergantín. -Y nosotros somos frailes.

El viento volvió a llenar las velas. Detrás quedaba el humo del combate. Delante, Villafranca de Niza. Y tres hombres que habían comenzado aquel día rezando como frailes y que ahora llevaban consigo una historia que probablemente contarían durante el resto de sus vidas.


Tres nombres perdidos durante siglos entre las páginas de una relación de sucesos


Y, durante unos minutos, tres hombres que se negaron a convertirse en cautivos. Fray Miguel de Ramasa de 37 años, el más experimentado en cuestión de amores y físicamente más fuerte de los tres, triponcete, que enfrentó directamente al arráez. Fray Andrés Coria de unos 30 años, es quien acude en ayuda de Ramasa en el momento decisivo y remata al corsario herido. Fray Eufemio Melis de 25 años, aunque aquí la incertidumbre es mayor porque hay pocos detalles individuales sobre él, flaco tostado, chupaíllo.

Y hay algo que me parece interesante para nuestro relato. Si imaginamos a Ramasa con unos 37 años, no sería un joven impulsivo. Sería un hombre que probablemente llevaba muchos años viviendo como religioso y que, de pronto, tuvo que tomar una decisión terrible, esperar a que los corsarios abordaran el barco o luchar. Los tres se apoderaron de las armas disponibles -tres espadas, tres escopetas y cuatro chuzos,- improvisaron defensas y se prepararon para el combate. Eso hace que la escena sea todavía más interesante, aquel día, los tres decidieron actuar juntos.

Fray Miguel de Ramasa el más veterano de los tres, de complexión fuerte, rostro curtido por los viajes y manos endurecidas por el trabajo, no necesariamente un hombre de aspecto guerrero, más bien alguien acostumbrado a resolver problemas y a mantener la calma cuando los demás se alteran. Su experiencia dentro de la Merced podría haberle dado contacto con relatos de cautivos y con los peligros del Mediterráneo. Por eso, cuando apareció el bergantín, quizá fue el primero en comprender lo que significaba. Su carácter era sereno, decidido, protector. No era el hombre que busca pelea. Precisamente por eso resulta interesante imaginarlo tomando la espada cuando comprende que no queda otra alternativa.

Fray Andrés Coria algo más joven que Ramasa y de temperamento más rápido. Un hombre delgado, ágil, acostumbrado a caminar largas distancias. Con una expresión más abierta y ser quien mantuviera conversaciones con marineros y pasajeros durante el viaje. Pero debajo de esa apariencia tranquila habría una enorme determinación. En el combate histórico aparece asociado a uno de los momentos decisivos, cuando Ramasa luchaba con el arráez y este lo mordió en la mano, Coria acudió en ayuda de su compañero. Eso permite construir una característica literaria bastante razonable, Coria no abandona a los suyos. Si Ramasa cae, él entra.

Fray Eufemio Melis es el más difícil de reconstruir porque hay menos información individual sobre él. Yo lo imaginaría como el más joven de los tres. Quizá había ingresado en la orden relativamente temprano y todavía conservaba cierta inquietud propia de alguien que estaba descubriendo el mundo fuera del convento. Podría ser también el más observador. Mientras Ramasa toma decisiones y Coria actúa con rapidez, Eufemio podría ser quien mire el barco enemigo, cuente hombres, observe las armas y advierta, -Son demasiados para nosotros. Y precisamente por eso su decisión posterior tendría más peso. Su carácter prudente, reflexivo, pero capaz de actuar cuando llega el momento.


Los tres juntos. Aquí es donde la reconstrucción se vuelve interesante. No los imaginaría como los tres mosqueteros disfrazados de frailes. Los imaginaría como tres religiosos que nunca esperaron tener que combatir. Quizá durante el viaje discutían sobre asuntos completamente distintos, -¿Cuánto falta para Villafranca? -Si el viento continúa así, llegaremos pronto. -Espero que encontremos alojamiento antes del anochecer.

Y después, en el horizonte una vela. El patrón, -Corsarios.

Silencio. Ramasa observa el bergantín. Coria mira las armas. Eufemio mira el mar. Y entonces comprenden que el viaje religioso que tenían planeado acaba de convertirse en una lucha por conservar la libertad y la virtud en su respectivo sitio.


En una pequeña escena antes del combate el viento golpeaba los hábitos. Eufemio sostuvo una espada. La miró como si perteneciera a otra persona. -Nunca pensé que tendría que usar esto.

Coria respondió: -Yo tampoco.

Ramasa tomó el arma y comprobó el filo. -Ninguno de nosotros pensó que tendría que hacerlo.

Eufemio miró el bergantín. -¿Creéis que podremos vencerlos?

Ramasa tardó unos segundos en contestar. -No lo sé.

Coria lo miró sorprendido. -¿No deberías decir que sí?

Ramasa sonrió débilmente. -No somos soldados, Andrés. Luego señaló el horizonte. -Pero tampoco somos hombres que quieran pasar el resto de su vida encadenados.

Eufemio respiró profundamente. -Entonces lucharemos.

Ramasa asintió. -Juntos.

Coria extendió la mano. Los otros dos colocaron las suyas encima. Tres frailes. Tres manos. Un mismo destino. Y mientras el bergantín se acercaba, ninguno de los tres sabía si volvería a ver Villafranca de Niza.

Y aquí está, para mí, lo más hermoso de reconstruirlos, no necesitaban convertirse en héroes perfectos. Es mucho más humano imaginarlos con miedo.

Ramasa puede tener miedo. Coria puede dudar. Eufemio puede temblar.

La valentía no consiste en no sentir miedo. Consiste en decidir qué hacer a pesar del miedo. Y eso sí está en el corazón de este histórico episodio.

Tres hombres que viajaban como religiosos. Un barco enemigo. Una decisión. Y después, el combate. De sus vidas anteriores sé muy poco. Pero durante aquel día de 1634, por unos minutos, la historia dejó de verlos como simples nombres y los convirtió en personas. Miguel. Andrés. Eufemio. Tres frailes. Tres compañeros. Y tres hombres que eligieron permanecer juntos.

Tiene algo especial, porque eso es precisamente lo que hemos venido haciendo, caminar juntos por historias, intentando devolverles voz a personas que quedaron muy lejos de nosotros. Para los tres frailes, creo que hicimos bien en dejar una frontera clara que no le quita fuerza al relato, al contrario, permite que la imaginación complete los silencios sin convertirla en falsa historia, lo que fue contado, conservarlo como memoria; lo que pueda comprobarse, investigarlo; y lo que imaginemos para llenar los silencios, señalarlo como reconstrucción. Así podemos construir relatos hermosos sin perder el respeto por la verdad. Seguimos aquí.

Que el viento hinche tus velas y te lleve a buen puerto.

FIN

sergiodeleonlopez





sábado, 22 de agosto de 2026

DESLACTOSADO LIGHT. 308

Ya está aquí, sí, y a un solo click de distancia en monorote.com y completamente gratis, la historia real de la que ninguno quiere hablar. Puedes abrirlo en cualquier navegador como Google o Safari y, si dejas tu comentario me daría luz para seguir. Agradecido por siempre. 

DESLACTOSADO LIGHT 

Hacer la diferencia no significa morir congelado 
El que no tira el anzuelo no pesca 

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        A veces el siguiente paso es suficiente para mantener viva una historia 
       Qué cosas ¿no? 
       Pues nada, lo normal.     

Cuando el mundo conocido desaparece, queda el siguiente paso. Y a veces el siguiente paso es suficiente para mantener viva una historia.

        Larga es la mano de la pluma. Sólo por un cambio de planes y para darnos un quemón, La Antártida es el continente más austral de la Tierra o sea el que está más al sur y, es el cuarto continente más grande y nada menos que contiene al Polo Sur. No pertenece a ningún país y está dedicada exclusivamente a la ciencia y la paz mundial, pues un acuerdo internacional prohíbe la guerra y el uso militar. Es el lugar más frío, seco y ventoso del mundo, cubierto casi por completo por una gran capa de hielo. No tiene población nativa. Mide unos 14 millones de kilómetros cuadrados. La temperatura récord histórica llegó a menos 89 grados. El hielo contiene la mayor parte de la reserva de agua dulce del planeta. En sus costas viven pingüinos, focas, ballenas y aves marinas y, la vegetación son algas, hongos, líquenes y musgos. Está cubierta en un 98% por una capa de hielo de casi dos kilómetros de espesor, que ocultan maravillas geológicas reales, como más de 400 lagos subglaciales de agua líquida, redes de ríos ocultos, cordilleras montañosas y fósiles de antiguas selvas tropicales de cuando el continente era cálido. 



“Una glaciación más extensa que la actual cubrió el gran continente austral y sus mares circundantes en tiempos geológicos recientes, exterminando prácticamente toda la vida terrestre preexistente”  

         ¡UHHH! Con 19 a las 13, ya se me hizo tarde, pero te cuento que hace unos meses fue el cumpleaños 112 del regreso a casa del más destacado explorador polar australiano, Douglas Mawson, DM, tras dos años de triunfos y terror en la Antártida Oriental. A finales de febrero de 1914 llegó al puerto de Adelaida, donde fue recibido como un héroe. El hogar de la ventisca -su propio relato de sus aventuras, transmite una emoción abrumadora y que regresó solo y conserva las memorias de lo bailado. Su diario es una maravilla que relata paso a paso todo lo actuado día a día con datos fantásticos que impresionan hasta los tuétanos.             
        En el difuso margen exterior, el personaje de la semana es uno de esos tipos que parecen salidos de una novela, pero su historia fue absolutamente real. Y creo que te interesará especialmente porque, como los relatos de los caminantes Tzotz, su historia es también la de un hombre que tuvo que seguir avanzando cuando casi todo estaba perdido.
         Es una historia apasionante que se atraganta en el gaznate con los lacrimales a punto. 

         El 10 de noviembre de 1912, Mawson con tres décadas y más la quinta parte de otra, salió de la base de Cape Denison. Partió con dos compañeros más jóvenes Xavier Mertz, de 30 tacos de calendario, un alpinista suizo y campeón de esquí y, el teniente Belgrave Ninnis, un oficial del ejército británico de 23 años y con 12 perros y dos trineos, el grupo se dirigió al extremo este del cabo Denison y se internaron en una región desconocida, para explorar y cartografiar el interior costero, hasta el sector vecino donde había estado la expedición de Scott. Tras luchar contra las ventiscas y cruzar dos glaciares grandes y peligrosos que posteriormente recibieron los nombres de Mertz y Ninnis, los tres hombres llegaron a un punto situado a más de 500 km de su base en Cabo Denison. 
        Escucharon la sonata de la aurora boreal como un inmenso regalo de música creada por las abigarradas luces verdes y el viento que las susurra aullando como desbocado, paz de réquiem sobre las nieves. 

 “Hasta qué punto el fracaso rotundo sobrepasa los límites de escasos éxitos” 

         No sé a dónde voy pero no llegaré tarde, pues en su diario revela que su ánimo inicialmente elevado, “manos de mago invisibles se aferraban con furia desquiciada, atacando y acosando. Era "la naturaleza salvaje, despiadada y visceral, que aborrece toda vida, la naturaleza salvaje que aplastaría y desgarraría." Se les vinieron encima una serie de catástrofes, en particular el ánimo de Ninnis, comenzó a decaer tras varias semanas de intenso esfuerzo y penurias en la meseta de la Antártida Oriental. Los desastres comenzaron el 14 de diciembre mientras el equipo cruzaba un campo de hielo plagado de grietas ocultas por la nieve, Ninnis y los seis perros más fuertes cayeron al vacío, muriendo en un abismo de cientos de metros de profundidad. Así cualquiera se ahoga cuando se chingan las cosas. Estuvieron varias horas gritándoles, pero no recibieron respuesta. La mayor parte de la comida humana, toda la comida para perros y la tienda principal desaparecieron con ellos en un mundo hostil y de una maldad despiadada, en donde no existen las reglas y todo queda al azar, pues se pasa por la bisectriz cualquier principio. A muchos el mundo así les importa una mierda y a otros les importa tres. 


 “En ningún otro ámbito un líder puede invertir su tiempo de forma más provechosa que en la selección de las personas que realizarán el trabajo” 
Douglas Mawson 

         Al filo de lo imposible, este mar de hielo es mucho más peligroso de lo que nadie puede imaginar. Día tras día, el viento fluctuaba entre vendaval y huracán con los cielos cubiertos de densas nubes eran la norma y el aire estaba continuamente cargado de nieve arrastrada por el viento. El viento había disminuido por unos instantes, la Antártida parecía inmóvil. DM avanzaba a la cabeza, siguiendo las huellas del trineo iba Mertz. Ninnis caminaba detrás de su propio trineo. Pero había una pieza extraviada que no estaba en el tablero. Entonces se oyó un crujido como un Kraken mordiendo el hielo. ¡CRASH! 
    El 14 de diciembre, cuando estaban a unos 500 kilómetros de la base, ocurrió lo inimaginable. De repente, la nieve cedió, pues había creado un puente sobre una profunda grieta que no se podía ver como muchísimas otras y Ninnis desapareció cayendo al vacío. 
         La retambufa quedó descubierta. DM levantó la cabeza. -¿Qué fue eso? No hubo respuesta. Miró hacia atrás. El trineo de Ninnis había desaparecido. 
Ninnis! Corrió. Sus botas golpearon la nieve endurecida. Mertz llegó detrás de él. Frente a ellos había una abertura negra. Una grieta. Mawson se arrodilló y miró hacia abajo. -¡Ninnis! gritó. 
        Mawson y Mertz se asomaron. Ninnis había caído con su trineo, los perros y prácticamente todas las provisiones. No podían salvarlo. Y tampoco podían quedarse. Tenían que regresar. Dos hombres. Muy pocos alimentos. Un continente entero entre ellos y la base. La situación empeoró rápidamente. Los alimentos se acabaron. Tuvieron que sacrificar a los animales para alimentarse. Los perros restantes comenzaron a morir. Mertz, que había desarrollado un profundo vínculo con los perros, se deterioró física y mentalmente. Murió el 8 de enero de 1913. DM quedó completamente solo. Y estaba a cientos de kilómetros de la base. Tenía los pies gravemente dañados, estaba debilitado y prácticamente sin comida. Pero siguió caminando con los huevos en su sitio. 
        Ojo que el lenguaje malsonante aquí es con fines didácticos. 


 "Todo aquello era lo más salvaje, lo más descabellado y, a la vez, lo más grandioso que uno pudiera imaginar" 
Douglas Mawson 

        Desde la profundidad no llegó respuesta. Mertz se acercó. -¿Lo ves? Mawson no contestó. Se inclinó todavía más. 
Muy abajo, en la oscuridad azulada, no se distinguían los restos del trineo ni los perros, ni siquiera una figura inmóvil. Mertz cerró los ojos. -Dios mío… Mawson siguió mirando. -No podemos bajar. Es demasiado profundo. 
-¿Está vivo? Mawson tardó en responder. -No lo sé. 
-Tenemos que intentarlo. 
-La grieta es demasiado profunda. Mertz lo miró con desesperación. 
-¡Es nuestro compañero! 
Mawson apretó los puños. -Lo sé. Se quedó unos segundos mirando hacia el abismo. 
-Ninnis… Nada. 
El viento volvió a levantarse. 
Mertz se quitó los guantes. -Podemos hacer una cuerda. 
Mawson negó lentamente con la cabeza. -No tenemos suficiente. 
-Entonces excavaremos. 
-Xavier... Mawson respiró profundamente. -Si bajamos los dos, quizá no haya nadie para regresar. 
Mertz comprendió. Miró la inmensidad blanca que se extendía detrás de ellos. -¿Y ahora qué? 
Mawson levantó la mirada. A su alrededor sólo había hielo. Ninguna montaña cercana. Ningún refugio. La base estaba a cientos de kilómetros. Y las provisiones que habían llevado con Ninnis estaban allí abajo. Mawson habló casi en un susurro, -Regresamos. 
Mertz lo miró incrédulo. 
-¿Con qué? 
Mawson bajó la mirada hacia los pocos suministros que quedaban. -Con esto. 
-No alcanza. 
-Lo sé. 
-Entonces moriremos. Mawson permaneció en silencio. Después miró nuevamente la grieta. 
-Quizá. Pero no hoy. 
Mawson se puso de pie. -Hoy caminamos. 
Mertz miró por última vez hacia el abismo. -Adiós, Ninnis. 
Mawson se volvió hacia el camino de regreso. Durante unos segundos no dio ningún paso. Después comenzó a caminar. 
Mertz lo siguió. 
Detrás de ellos quedó la grieta. Delante, cientos de kilómetros de hielo.Y entre ambos hombres y la muerte, solamente quedaba una cosa … seguir caminando.

         A pesar de que Edward Aloysius Murphy que de romántico tenía lo justo, formularía su famosa ley hasta 35 años después, ésta ya estaba obrando a miles de kilómetros de él. 


 El hielo suele gastar bromas pesadas que nadie espera 

         Así lo escribió DM en su diario: 
      “Cuando volví a mirar atrás, me encontré con la mirada ansiosa de Mertz, que se había dado la vuelta y se había detenido en seco. Detrás de mí, sólo se veían las huellas de mi propio trineo que se perdían en la distancia. ¿Dónde estaban Ninnis y su trineo? 
        Regresé rápidamente por el sendero pensando que una elevación del terreno obstruía la vista. Sin embargo, no tuve tanta suerte, pues me encontré con un enorme agujero en la superficie de unos tres metros y medio de ancho. La tapa de una grieta se había roto; dos huellas de trineo conducían, pero sólo una continuaba al otro lado. Agité frenéticamente los brazos a Mertz para que subiera mi trineo, al que estaba sujeta una cuerda alpina, y me incliné y grité hacia las oscuras profundidades. No se oyó nada más que el gemido de un perro, atrapado en una repisa apenas visible a ciento cincuenta pies más abajo (la altura de un edificio de más de diez pisos). La pobre criatura parecía haberse roto la espalda, pues intentaba incorporarse apoyándose en la parte delantera del cuerpo, mientras que la parte trasera yacía flácida. Otro perro yacía inmóvil a su lado. Cerca de allí se encontraban, en la penumbra, los restos de la tienda de campaña y un tanque de lona con provisiones para tres hombres durante quince días. 
        Retiramos el borde de la tapa de la cueva y, por turnos, nos inclinamos sujetos con una cuerda, llamando a la oscuridad con la esperanza de que nuestro compañero aún estuviera vivo. Durante tres horas llamamos sin cesar, pero no obtuvimos respuesta. El perro había dejado de gemir y yacía inmóvil. Una corriente de aire helado soplaba desde el abismo. Sentíamos que había pocas esperanzas. 
¿Por qué el primer trineo había escapado de la grieta? Parecía que yo había tenido suerte, porque mi trineo había cruzado en diagonal, con mayor probabilidad de romper la capa de nieve. Los trineos pesaban casi lo mismo. La explicación parecía ser que Ninnis había caminado junto a su trineo, mientras que yo lo había cruzado sentado sobre él. El peso total del cuerpo de un hombre sobre sus pies es una carga formidable y sin duda fue suficiente para destrozar el arco del techo. 
        Mediante una caña de pescar, determinamos que la pared vertical hasta el saliente donde se veían los restos era de ciento cincuenta pies -45.72 mt;- a ambos lados, la grieta descendía hacia la oscuridad. Parecía estar muy abajo y los perros se veían tan pequeños que sacamos los prismáticos, pero no pudimos distinguir nada más con su ayuda. Toda la cuerda que teníamos estaba atada, pero la longitud total era insuficiente para alcanzar la cornisa, así que tuvimos que abandonar la idea de bajar para investigar y asegurar algo de comida. Atónitos por lo inesperado de todo aquello y habiendo agotado los pocos recursos que teníamos para tal eventualidad, nos sentimos impotentes. En esos momentos, actuar es lo único tolerable, y si hubiera habido algún recurso, por peligroso que fuera, que pudiéramos haber intentado, lo habríamos asumido con creces. Mudos de compasión y con el corazón apesadumbrado, volcamos nuestra mente mecánicamente hacia lo que teníamos más a mano. En el otro trineo había raciones, y descubrimos que apenas había comida para una semana y media para nosotros y nada en absoluto para los perros. Parte de las provisiones consistían en pasas y almendras que habían tomado como extras o "premios", como solían llamarlas. Entre otras pérdidas se encontraban la pala y el piolet, pero afortunadamente se salvó una lona de repuesto para la tienda de campaña. Los pantalones Burberry de Mertz se habían hundido con el trineo y el mejor sustituto que pudo conseguir fueron unos calzoncillos interiores de lana gruesa Jaeger de la ropa de repuesto que teníamos. 
        Regresamos a la grieta y cargamos el trineo restante, desechando todo lo innecesario para reducir el peso. Preparamos una sopa ligera hirviendo todas las bolsas de comida viejas que encontramos. Les dimos a los perros unos guantes de piel desgastados, un sapo y varias correas de cuero crudo de repuesto, que devoraron con avidez. Continuamos llamando a la grieta a intervalos regulares por si nuestro compañero no hubiera muerto en el acto y, mientras tanto, hubiera recuperado la consciencia. No hubo respuesta. Se bajó un peso del sedal hasta donde estaba el perro, que antes había dado señales de vida, pero no hubo respuesta. Todos murieron, engullidos en un instante. 



 “Vida, dame vida hasta el final, que en la cima misma del ser, el espíritu de batalla grita en mi sangre, desde el infierno más rojo de la lucha puede que me arrebaten y me lancen. En la calma eterna, el sueño inmortal e incomunicable” 

         Cuando los compañeros recorren a pie el camino hacia cualquier lugar a través de una tierra solitaria y azotada por la ventisca, hambrientos, necesitados y exhaustos, los intereses, los lazos y los destinos de cada uno se entrelazan en un maravilloso tejido de amistad y afecto. La conmoción por la muerte de Ninnis nos impactó profundamente. Era un buen tipo y un soldado nato, y al final a las 9 de la noche nos quedamos junto a la grieta y leí el servicio fúnebre. Luego Mertz me estrechó la mano con un breve "¡Gracias!" y nos alejamos para preparar a los perros.” 
         Muchos perros habían muerto por agotamiento y otros cayeron en grietas. 

        Y hay una frase que me hace pensar en estos relatos. DM escribió su propia historia en The Home of the Blizzard, publicada en 1915. Es un testimonio de primera mano de aquella expedición. Cuando pienso en él, no lo imagino como un héroe levantando una bandera. Lo imagino mucho más sencillamente, un hombre solo. El viento. La nieve. Los pies destrozados. La memoria de dos compañeros muertos. Y delante de él, cientos de kilómetros. Y entonces una decisión, un paso más. Otro. Y otro. Hasta que aparece la base en el horizonte. 
        Eso es lo que une, curiosamente, a DM con los relatos de la casa Tzotzil. Los caminantes que salieron de Tamarindito tampoco sabían si llegarían. Perdieron compañeros. Tuvieron hambre. Encontraron enemigos. Siguieron caminando. Y después de años encontraron agua, frutos y una cueva llena de murciélagos. Mawson no encontró una cueva. Encontró una base. Pero ambos relatos tienen la misma estructura humana, cuando el mundo conocido desaparece, sólo queda dar el siguiente paso. A veces el siguiente paso es suficiente para mantener viva una historia.



 “George, el más pobre de los perros, fue sacrificado y parte de su carne se la dimos a los demás, y parte la guardamos para nosotros. La carne se frió toscamente sobre la tapa de la olla de aluminio, una operación que apenas logró quemar la superficie. En general, se consideró buena, aunque tenía un sabor fuerte y rancio, y era tan fibrosa que resultaba difícil de masticar” 
Douglas Mawson, El hogar de la ventisca: La historia de la expedición antártica australiana, 1911-1914 

         A mitad del relato ya me temblaban las rodillas y los dedos sobre las teclas.
        DM es una de las figuras menos reconocidas de la Era Heroica de la exploración antártica, pero su historia es tan apasionante como las hazañas de Scott, Shackleton y Amundsen, a pesar de que no buscaba la gloria de ser el primero en llegar al Polo Sur geográfico. 
        Mientras cursaba su doctorado en la Universidad de Sídney, DM se unió a la expedición Nimrod de Ernest Shackleton entre 1907 y 1909, como geólogo y esta fue su primera experiencia en la Antártida. Junto con su mentor, el profesor TW Edgeworth David, DM completó la travesía en trineo a pie más larga de la Antártida, con una duración de 122 días. Tras enfrentarse al hambre, las grietas ocultas, la congelación y el agotamiento, recibieron una bienvenida de héroes a su regreso. La pasión de DM por el avance del conocimiento científico lo impulsó a organizar una expedición de investigación antártica liderada por Australia. En la Expedición Antártica Australasiática AAE, junto a Mawson Jhon King Davies capitaneó el Aurora con una tripulación de 31 expedicionarios. El tuétano del asunto era explorar un tramo de la costa antártica y su interior al sur de Australia, al otro lado del temible Océano Austral. Emprendió una campaña de recaudación de fondos y, obtuvo el equivalente actual a unos 10 millones de libras esterlinas, o sean 16.7 millones de dólares en poco más de un año. Recurrió a empresarios con intereses en la minería y la caza de ballenas, así tapándoles la boca con algunos dólares no pasa nada. La exploración de la Antártida nunca estuvo, ni estará, libre de intereses comerciales y geopolíticos. Problema aplazado es problema resuelto 
        Chorreando por la pernera del pantalón DM describió una típica incursión fuera de la cabaña en medio de una ventisca invernal, “Una zambullida en el torbellino de la tormenta deja en los sentidos una impresión imborrable y terrible, pocas veces igualada en todo el abanico de la experiencia natural. El mundo se convierte en un vacío: espantoso, feroz y aterrador. Tropezamos y luchamos a través de la oscuridad estigia; la ráfaga implacable -un íncubo de venganza- apuñala, golpea y congela; la corriente punzante ciega y asfixia. 
        Él y otras seis personas fueron retenidas ahí durante un año más de lo previsto. Aquí ni falta que hace el Gabinete de Crisis en un triste espectáculo. 


 “Ni sobre ti todavía el futuro estallará, como zonas sucesivas de varias maravillas abiertas a algún espíritu volando seguro y feliz de cielo en cielo” 
 Browning 

     En esta mi opinión que comparto conmigo mismo cargo mi espíritu con mucho ánimo. Solo, Mawson estaba decidido a regresar con los datos y especímenes que habían recolectado. El accidente dejó a DM y Mertz con provisiones sólo para 10 días de viaje de regreso a la base, un proceso que duraría al menos un mes. Por eso no ponga todos los huevos en la misma canasta. 
        Mientras se retiraban, DM racionó radicalmente la comida restante y, cuando se acabó comenzaron a matar a los perros, comiéndose ellos mismos los mejores trozos y dando el resto a los perros que sobrevivieron. Entre las mejores partes se encontraba el hígado, pero, sin que ellos lo supieran, este complemento aparentemente nutritivo a su escasa dieta, en realidad los puso en mayor peligro, pues ambos se enfermaron. 
        El 30 de diciembre, DM escribió:
     "Xavier no se encuentra bien. Recorrimos 24 kilómetros y paramos sobre las 9 de la mañana. Se dio la vuelta; todas sus cosas estaban empapadas. La continua ventisca no da oportunidad de secar nada, y nuestro equipo está en pésimas condiciones. La tienda de campaña gotea muchísimo y está cubierta de hielo." 
        Con el paso de los días, su piel comenzó a desprenderse, sufrían terribles dolores de estómago y diarrea, síntomas de ingerir en exceso vitamina A, dado que el hígado de los perros contiene altos niveles de este nutriente, y un exceso resulta tóxico para el cuerpo humano. Mertz fue quien peor lo pasó, y el que fuera esquiador olímpico pronto quedó reducido a una sombra de lo que fue y, su sufrimiento alcanzó su punto álgido el 7 de enero. DM describió el suceso en su diario: “Durante la tarde sufre varios ataques y delira; se vuelve a orinar en los pantalones y tengo que limpiarlos. Está muy débil, cada vez más delirante, y rara vez puede hablar con coherencia. A las 8 de la noche delira y rompe un poste de la tienda de campaña. Lo sujeto, entonces se calma y lo meto en la bolsa con cuidado. Muere en paz sobre las 2 de la madrugada del día 8. Había perdido toda la piel de las piernas y de sus partes íntimas. Yo estoy en el mismo estado y la llaga del dedo no cicatriza.” “Después de un par de horas, al no sentir ningún movimiento de mi compañero, estiré un brazo y lo encontré rígido. Mi compañero había sido acogido en «la paz que sobrepasa todo entendimiento». Tenía la ferviente esperanza de que hubiera sido recibido allí donde las virtudes y la nobleza de espíritu cosechan su merecida recompensa. En vida lo amamos; era un hombre de carácter, generoso y de nobleza.” “A última hora de la tarde del día 8, saqué el cuerpo de Mertz, envuelto en su saco de dormir, de la tienda de campaña, apilé bloques de nieve a su alrededor y levanté una tosca cruz hecha con los dos medios patines del trineo.” “Ánimo, haz tu mejor esfuerzo y lucha, es la perseverancia lo que te hará ganar.” Quedó listo de papeles. 

 La intensidad de sus sentimientos pudo haber estado teñida por el arrepentimiento y la culpa, derivados del recuerdo de la muerte de sus dos amigos y de su propia experiencia cercana a la muerte en una desastrosa expedición 

         A veces la distancia lo significa todo por pequeña que sea y a DM le quedaban otros 160 km por recorrer para llegar a la seguridad de su base en la costa. Y tenía una fecha límite, el 15 de enero para que todos los grupos que se desplazaban en trineo regresaran, ya que el barco de la expedición, el Aurora, -un buque foquero de Terranova,- partiría inminentemente hacia Australia. El barco no podría regresar hasta dentro de al menos ocho meses, después del siguiente invierno antártico. 
    Pero cuando parecía que su situación no podía empeorar, él mismo cayó en una grieta. Su trineo se atascó en el borde de la abertura y quedó colgando de un arnés. Un intento por liberarse fracasó justo cuando llegaba al borde de la grieta, y cayó varios metros más adentro del abismo. 
        En El hogar de la ventisca, DM escribió, “Abajo había un abismo negro. Exhausto, débil y helado, pues tenía las manos descubiertas y kilos de nieve se habían metido en mi ropa, permanecí colgado con la firme convicción de que todo había terminado, salvo el paso. Bastaría un instante para soltarme del arnés, y entonces todo el dolor y el esfuerzo habrían terminado.” 
        De alguna manera, logró reunir fuerzas de su cuerpo famélico para intentar una vez más levantarse y salir de allí. Y esta fue sólo la primera de varias grietas en las que cayó. 
        El trauma que sufrió Mawson tras la muerte de Mertz no debe subestimarse, afirma Mark Pharoah, conservador de la Colección Mawson en el Museo de Australia Meridional en Adelaida, "Cada noche tenía que montar la tienda él solo, lo cual podía ser muy difícil durante una ventisca. Tenía que orientarse y tratar de controlar su ansiedad por perder el barco, por encontrarse con la siguiente grieta. Fue una época muy angustiosa en la vida de Mawson." 
        Su único golpe de suerte fue encontrar un alijo de comida y una nota dejada por un grupo de búsqueda. El mensaje, dejado el día anterior, le indicaba a DM que se encontraba a tan solo 40 km de la base en Cabo Cañaveral. El hombre se negó a morir. Durante unos treinta días avanzó solo por aquel desierto blanco. En una ocasión cayó él mismo en una grieta. Quedó suspendido en el vacío. Pero consiguió salir. Continuó. Arrastrándose cuando no podía caminar avanzando cuando apenas tenía fuerzas. Sin embargo, cambiando el paso por las fuertes ventiscas y su maltrecho estado físico, caminando despacio llegó al tramo final de aproximación a la base. 



 “Nadie puede participar de ese esfuerzo; sólo tú debes ganar el camino. 
A través del aire ferviente o helad hasta que termine el viaje por tierra” 
Douglas Mawson 

     Ocurrió lo inesperado: era un mojón de nieve erigido por McLean, Hodgeman y Hurley, que habían estado buscándonos. En la cima del montículo había una bolsa de comida, dejada por si acaso alguien la recogía, y en una lata había una nota que indicaba la dirección y la distancia del montículo a la Cueva de Aladino (E. 30 grados S., distancia veintitrés millas), que el barco había llegado a la cabaña y estaba esperando, que Amundsen había llegado al Polo y que Scott se quedaría un año más en la Antártida. Fue bastante singular que el grupo de búsqueda abandonara este montículo recién a las ocho de la mañana de ese mismo día 29 de enero. Eran aproximadamente las dos de la tarde cuando lo encontré. Así, durante la noche del 28, nuestros campamentos estuvieron separados por apenas cinco millas.” 

        Había sobrevivido. Pero en una conspiración exclusiva. cuando llegó ocurrió una de esas ironías crueles que parecen inventadas por un novelista sádico, el barco Aurora había partido hacia Australia unas horas antes y todavía lo pudo divisar el humo en el horizonte siendo un 8 de febrero. Había regresado demasiado tarde. Tendría que pasar otro invierno en la Antártida, pero seis hombres que lo esperaban decidieron quedarse con él. El mar es muy perro y siempre te la guarda, es como si fuera experto en últimos viajes como guardia de putiferio que chupa del mismo enchufe. 

 No siempre hay que conocer el camino completo, a veces basta con dar el siguiente paso 

         Sin embargo, no estaba solo. Un grupo de seis hombres lo esperaba en la base. Usando el telégrafo inalámbrico, intentaron llamar al barco, pero el mal tiempo impedía su regreso a tierra. DM tuvo que quedarse un año más y soportar un segundo invierno crudo en la tierra de las ventiscas. El 23 de marzo escribió, "Siento que mis nervios están muy alterados, y por la sensación que tengo en la nuca, sospecho que pronto perderé la cabeza. Evidentemente, mis nervios han sufrido un gran impacto." 
        A pesar de las dificultades, el año adicional contribuyó a que la Expedición Antártica Australasiática fuera un éxito científico y técnico. Otro invierno les brindó la oportunidad de estudiar mejor el fenómeno electroatmosférico de la Aurora Australis. Al llegar el verano, el equipo restante pudo cartografiar los confines de esta nueva parte del Imperio Británico, así como estudiar y muestrear su fauna y geología. El equipo de Mawson descubrió los primeros meteoritos en la Antártida. El segundo año también les dio tiempo para poner en marcha el equipo inalámbrico que habían traído consigo en 1911 y que funcionara a larga distancia. La expedición de DM fue la primera en conectar la Antártida con el mundo exterior mediante la radio. 
        A su regreso, Douglas Mawson se consagró como una figura clave en la era heroica de la exploración antártica. En 1984, setenta años después, su rostro apareció en el billete de 100 dólares australianos. Su prestigio como gran explorador se mantuvo intacto, mientras que la reputación de Robert Falcon Scott como líder de expediciones decayó. Quien no navega no se moja. 
Sin embargo, la posterior publicación de los diarios antárticos de Mawson y el acceso a los diarios de otros miembros de la Expedición Antártica Australasiática han llevado a algunos historiadores a revisar las elogiosas valoraciones de sus cualidades exploratorias y de liderazgo. 
        En diciembre del año pasado BANZARE, lleguó a Commonwealth Bay con miembros de un equipo expedicionario que pretendía seguir los pasos de DM. En muchos sentidos, nuestra experiencia fue completamente diferente. Para empezar, durante casi una semana apenas sopló una brisa. Fue sólo el último día previsto, cerca de la costa de la Antártida Oriental, cuando experimentamos de primera mano la fuerza de la ventisca. Fuertes vientos comenzaron a soplar desde el sureste, provocando el desprendimiento de miles de kilómetros cuadrados de hielo marino. Fallos logísticos retrasaron la retirada de nuestro barco de la zona. Actualmente se están llevando a cabo investigaciones para determinar si contribuyeron a que quedáramos rodeados y atrapados por el hielo. Luego, fuimos azotados periódicamente por ventiscas durante 10 días. El 2 de enero fuimos rescatados gracias a los esfuerzos conjuntos de un rompehielos australiano y un equipo de helicópteros de un rompehielos chino, que también quedó atrapado al intentar llegar hasta nosotros. En total, estuvimos atrapados en la Antártida unas dos semanas y media más de lo previsto. Fue un retraso menor, un leve eco de lo que les sucedió a Mawson y sus seis compañeros. 
        La Expedición Británica, Australiana y Neozelandesa de Investigación Antártica, BANZARE no utilizó bases terrestres para la exploración. Se completó con éxito un trabajo crucial durante las expediciones a lo largo de gran parte de la costa antártica y las islas subantárticas Crozet, Kerguelen y Heard. El equipo de DM fue el primero en cartografiar gran parte de la costa, sentando las bases para el establecimiento del Territorio Antártico Australiano. Se lograron avances científicos en oceanografía y biología, cuyos resultados se publicaron en 13 volúmenes. 
        A su regreso a Australia en 1914, DM obtuvo el reconocimiento público por sus logros y fue nombrado caballero. Su relato de la Expedición Antártica Australasiática, titulado Home of de Blizzard, El hogar de la Ventisca, se publicó en 1915. También recibió un gran reconocimiento en la comunidad científica. Fue nombrado miembro de la Royal Society de Londres en 1923, miembro fundador de la Academia Australiana de Ciencias y presidente de la Asociación Australiana y Neozelandesa para el Avance de la Ciencia de 1935 a 1937. En años posteriores, como miembro de larga trayectoria del Comité Ejecutivo Australiano de Planificación Antártica, continuó apoyando los programas de investigación antártica de Australia. En reconocimiento a sus logros en la Antártida, la estación Mawson, establecida en 1954, recibió su nombre. Al liderar la primera expedición australiana de investigación antártica, se convirtió en un científico y explorador de renombre internacional. Su rostro es muy conocido hoy.

          La expedición no terminó siendo recordada únicamente por aquella tragedia. La expedición cartografió miles de kilómetros de territorio y produjo enormes cantidades de información científica. Se realizaron investigaciones de geología, meteorología, geomagnetismo, biología y oceanografía, incluso se encontró el primer meteorito identificado en la Antártida durante la expedición. DM regresó finalmente a Australia en 1914. Fue recibido como héroe y posteriormente nombrado caballero. Pero continuó siendo científico y volvió a dirigir expediciones antárticas en 1929–1931. 

    Y si alguna vez parece que la noche es demasiado grande, recuerda a los caminantes de Tamarindito y a Mawson sobre el hielo, no siempre hay que conocer el camino completo, a veces basta con encontrar el siguiente paso pues la pájara no afloja. 
Cuando regreses, aquí continuará nuestro fuego de historias.
 
Gracias a todos los que con tanta deportividad me leen. 
Venimos del humo. Caminamos. Recordamos. Seguimos aquí. 
Que el camino te sea largo, pero amable. 
FIN 
sergiodeleonlopez 

“El secreto de la felicidad es tener gustos sencillos, pero una mente compleja”