Como cada semana, hoy te presento esta historia de un personaje recordado y odiado, aquí en monorote.com que también puedes abrirlo en Google u otro buscador. De serte posible un comentario seria aliciente para seguir contándote y puedes dejarlo en la página, Whatsapp, Facebook, Instagram o X. Muchas gracias.
VIVE Y DEJA MORIR
Para recordar y homenajear al personaje de la semana esta balada es genialmente ideal,
https://www.youtube.com/watch?v=uEsqTbPJDiQ&list=RDuEsqTbPJDiQ&start_radio=1
In Loving Memory de Cosmosquad es una balada de fusión instrumental melancólica intensa, con una virtuosa guitarra, un bajo melódico y una batería dinámica. Destaca por su atmósfera emotiva, progresión compleja y en equilibrio entre pasajes. Con una atmósfera evocadora, nostálgica y profundamente emotiva, un tributo, un recuerdo. La obra construye tensión, con una atmósfera íntima para expandirse en intensidad.
No se puede cambiar la marea si la luna no coopera
Hay algunos hijos de puta que parecen buenos y otros buenos que parecen hijos de puta, pero el personaje de la semana era todo lo contrario. Encarnó la ambigüedad moral de los hombres que, en una época fronteriza en todos los sentidos, lo mismo podían portar en el pecho la estrella de latón de la Ley que combatirla.
A este otro fantasma escondido entre las letras del teclado se le ve como un héroe y una leyenda, conocido por su valentía y rapidez de pensamiento y nunca retrocedía en una pelea. Su vida giró en torno al revólver, su puntería era legendaria y se ganó fama de gatillo fácil
Durante su tiempo como agente de la ley, ayudó a limpiar las ciudades y llevar a los criminales ante la justicia. Era amable y compasivo, una vez pagó el funeral de un hombre que había muerto en un tiroteo, a pesar de que era un extraño para él. También era conocido por sus tendencias violentas. Estuvo involucrado en varios tiroteos, algunos de los cuales no fueron en defensa propia. Fue arrestado por asesinato después de dispararle a un hombre por la espalda durante una partida de póquer, de lo que fue absuelto. Era bebedor en exceso y mujeriego sin freno al que le ardía el pantalón. Tuvo varias relaciones con mujeres, y algunas de ellas terminaron en violencia. Era un individuo complejo e imperfecto, a la vez héroe y villano, hombre de la ley que luchaba por la justicia y asesino que disfrutaba de la violencia, pudo haber sido responsable de más violencia de la que evitó. Además, su vida personal estuvo marcada por tragedias y escándalos, incluido un matrimonio tumultuoso y una reputación de juego en exceso.
Su legado también es complicado, historiadores y académicos todavía debaten su papel en el mundo violento y a menudo sin ley del Salvaje Oeste.
Cada mañana la muerte se levantaba para saludarlo personalmente y no es chufla pues James Butler Hickok, que tuvo una vida perro, por algo apodado Wild Bill, hijo de unos tales William Alonzo y Polly Butler Hickok, fue un tahúr, trasnochador con mujeres de la vida aireada, bebedor de hígado esponjoso, espía invisible de ojo ancho de la Unión durante la Guerra Civil, infiltrándose tras líneas confederadas con la sangre con la que cruzaba una calle bajo la mira de otro pistolero. Explorador del ejército, matador de búfalos, aventurero, pistolero, medio bandolero, marshall alguacil de los Estados Unidos y actor de circo, nacido en el seno de una hipocritona familia bautista que no veía con los ojos volteados las aficiones del patojo por las armas y las peleas. Era un pedazo de mierda envuelto en piel humana.
De 1.83 metros desde el suelo, canías arqueadas, tenía la bolas duras y pegadas al culo como los leones. Combatió con los jinetes del general Jim Lane, en cuyas filas se hizo amigo de otro hijo de puta, William Cody,quien más tarde fue Buffalo Bill, que fue contratado por el gobierno de la Unión para extinguir a los búfalos y, así dejar sin comida a los pieles rojas para que murieran de hambre y abandonaran las tierras donde había oro.
Estas aventuras parecen escritas por alguien que mezcló pólvora, mito y mala suerte en la misma botella. Una leyenda en vida, algo raro incluso para el Lejano Oeste.
Con un sopor letárgico desprovisto de sueños, nació como James Butler Hickok en 1837, pero el apodo Wild Bill llegó pronto, cuando la frontera aún era barro, miedo y oportunidades brutales. De joven trabajó como explorador y conductor de diligencias, aprendiendo dos cosas clave, leer el terreno… y disparar sin titubear.
“Comparado con esto, el infierno va a parecer un lugar cómodo”
Mayor O´Duffy
No era un matón cualquiera. Era un pistolero elegante, vestía con cuidado. Camisa impecable con pajarita bien anudada, chaleco y chaqueta oscura. Cara cuadrada, ojos de escarcha y cejas disparejas, llevaba el cabello grasoso largo hasta los hombros, medio ralo, camino enmedio, seis dedos de frente, con sus bigotes afilados de morsa asustada, con una mueca que le afilaba el rostro. Usaba dos revólveres Colt Navy, con las empuñaduras hacia delante, un estilo que parecía teatral… hasta que empezaba el tiroteo. Su fama se disparó con el duelo de 1865 contra Davis Tutt en Springfield, dos hombres frente a frente, un solo disparo para simplificar el trámite y Tutt mordió el polvo. La prensa convirtió ese momento en el duelo clásico del Oeste.
Aunque no cagar bien causa hemorroides, fue sheriff y marshall en varios pueblos, aunque nunca encajó del todo en el cargo, porque lo hacía a su manera, medio respetando la ley, cuando convenía. No le gustaban las cárceles ni la burocracia, prefería que el respeto se impusiera antes de sacar el arma. A veces funcionaba. A veces no.
Su vida no fue sólo gloria. En Abilene, durante una noche confusa, mató accidentalmente a su propio ayudante, un golpe que lo persiguió siempre. Desde entonces, su vista comenzó a fallar y su suerte a torcerse. El Oeste no perdonaba a los héroes envejecidos.
En 1876 llegó a Deadwood, territorio sin ley, buscando oro y quizá un último acto digno de su leyenda. Allí, jugando póker en el Saloon No. 10, alguien le disparó por la espalda. En su mano quedaron dos ases y dos ochos, la “mano del muerto,” una de las imágenes más persistentes del imaginario del Oeste. Mucha cagada de rata en el arroz.
Un hombre rápido con el revólver, sí, pero también un personaje atrapado por su propia fama. Vivió como un símbolo del Oeste salvaje, libre, violento, elegante y condenado. No murió en un duelo al sol, como la leyenda pedía, sino sentado, confiado, mirando cartas. Y tal vez ahí está la clave, el Oeste no mata a sus mitos de forma justa, los mata cuando bajan la guardia. Cuando el mito se queda sin futuro. Una nota discordante en una balada desconocida.
En 1865 Springfield aún olía a aserrín húmedo y sudor viejo cuando cruzó la plaza. No tenía prisa. Nunca la tenía. Davis Tutt lo esperaba al otro lado, con el reloj de oro -el mismo que le había ganado en una partida de cartas,- colgándole del chaleco como una provocación. No era un duelo pactado. Eso vendría después, en los periódicos. Era algo más primitivo, dos hombres que habían decidido que el pueblo entero sería testigo. La distancia entre ellos era absurda para un pistolero, casi sesenta metros. Los curiosos murmuraban -nadie acierta a esa distancia. Bill no escuchaba. Medía el viento. El peso del revólver. El silencio. Tutt desenfundó primero. Disparó. Falló. El otro levantó el Colt Navy con una sola mano, como si no quisiera humillar al otro usando las dos. Apuntó despacio. Disparó una sola vez. Tutt dio dos pasos, como si no entendiera aún lo que había pasado, y cayó muerto mordiendo el polvo. Simple accidente laboral. Ese disparo hizo algo nuevo, enseñó al Oeste a imaginar el duelo. Desde entonces, los hombres se enfrentarían en calles polvorientas creyendo que lo estaban repitiendo, sin saber que lo único repetible era la muerte. Guardó el arma y se marchó. Ya era una leyenda, y aún no lo sabía.
Primero en llegar, último en irse.
Sólo se sentía vivo cuando podían matarlo
26 de julio de 1876. 18:40. Hickok entra a Deadwood como entran los hombres cansados, sin buscar pelea. Está medio ciego. El oro no aparece. Su fama pesa más que sus bolsillos.
19:10. Cena poco. Habla menos. Bromea con Calamity Jane o Juana Calamidad, Martha Jane Canary-Burke -que trabajó ocasionalmente tanto como prostituta, como cocinera y lavandera.- Sonríe, pero no confía. Deadwood es joven y brutal, aún no sabe respetar a los mitos.
20:30. Llega al Saloon No. 10. El humo es espeso, las risas exageradas. Mira las mesas de póker. Le gusta sentarse de cara a la puerta. Siempre. Es una regla sagrada.
21:00. Todas las sillas “buenas” están ocupadas. Alguien le ofrece una con la espalda a la entrada.
Duda, pero acepta. Ese es el momento exacto en que la historia cambia.
21:45. Las cartas son malas. Está inquieto. Se mueve en la silla. Se gira un poco, pero no lo suficiente. Confía en la costumbre, no en la suerte.
22:10. Un hombre con ademanes urgentes entra sin llamar la atención, Jack McCall, de ojos pequeños, mezquinos, duros. Bebido. Ofendido. Invisible como un extraño animal jorobado.
22:14. Reparten cartas. Bill recibe dos ases y dos ochos. Negro sobre negro. No sabe que está sosteniendo una metáfora.
22:15. Un disparo seco. Desde atrás. A la base del cráneo. Wild Bill Hickok cae hacia delante, sin tiempo para desenfundar, sin tiempo para ser rápido. Muere como mueren los hombres reales, no como mueren los héroes, apagándose despacio mientras se le iba la vida.
22:16. Silencio. Luego gritos. Luego caos. Alguien mira las cartas aún en su mano y murmura, -La mano del muerto.
No perdió por lento, ni por viejo. Perdió por confiar una sola vez. Y el Oeste no perdona ni una. Yo no soy madera común. Nací árbol en una colina húmeda y terminé convertida en mesa en el Saloon No. 10 de Deadwood. He sostenido vasos pegajosos, nudillos sangrantes y promesas rotas. Pero esa noche sostuve algo más pesado, el destino.
22:08. Las cartas rozan mi superficie. Las siento como pequeños susurros. Él -Wild Bill Hickok- apoya los codos con cuidado, como si no quisiera molestarme. Siempre ha sido cortés con la madera. Me gusta eso de él. No está cómodo. Lo sé porque no apoya la espalda del todo. No le gusta tener la puerta detrás. Los hombres prudentes miran la entrada. Los hombres cansados aceptan lo que venga.
22:12. Reparten. Las cartas caen sobre mí como alas negras. Dos ases. Dos ochos. Las fibras de mi madera tiemblan. No por superstición -yo no creo en eso,- sino porque he aprendido a reconocer el peso de lo irreversible.
22:14. La puerta se abre. No puedo verla, pero la siento en el cambio de aire. Un hombre entra con pasos torcidos. El suelo cruje, pero yo guardo silencio. Soy mesa, no testigo. Él -Bill- sonríe apenas. Se inclina. Sus dedos tocan las cartas como si fueran las riendas de un caballo viejo.
22:15. El disparo atraviesa el humo antes que el sonido. Su cuerpo cae hacia mí. Siento el golpe. El peso. La sangre tibia filtrándose entre mis vetas. Las cartas quedan extendidas sobre mi superficie, negro sobre negro. Ases. Ochos.
Los hombres gritan. Sillas vuelcan. Botellas se rompen. Yo no me muevo. No puedo. Pero si pudiera, me inclinaría para devolverle el rostro hacia la puerta. Desde esa noche me llaman “la mesa de la mano del muerto.” No saben que no fue la mano la que murió. Fue la costumbre. Y el Oeste nunca volvió a sentarse igual sobre mí.
“El ser humano es un animal extraño. Un animal peligroso, mezquino, extraño”
Gines Gorguel
Son raros los mecanismos que rigen la conducta humana, pues en Deadwood, julio de 1876, la tarde caía con una lentitud espesa, como si el sol mismo estuviera sucio de polvo. Las Black Hills respiraban oro y ambición, hombres de todas partes cavaban la tierra como si quisieran abrirle el pecho al mundo. James Butler Hickok caminaba despacio. Ya no era el joven que cruzó Springfield para enfrentarse a Davis Tutt en un ataque con escaso entusiasmo, bajo la mirada expectante del pueblo. Ahora su vista fallaba al atardecer por una enfermedad ocular, el tracoma. Las luces le dolían. Los disparos le resonaban más tiempo en la cabeza. Pero el porte seguía intacto, cabello largo, bigote cuidado, chaleco oscuro. Algunos lo reconocían. Otros sólo veían a un hombre elegante que no parecía pertenecer a ese campamento áspero. Entró al Saloon No. 10 poco después de las ocho. El lugar hervía. La fiebre del oro no producía riqueza inmediata, pero sí sed. Bill pidió asiento en la mesa de póker. Observó la sala como un general que estudia el campo antes de la batalla. Le molestó no poder sentarse frente a la puerta. Lo comentó, casi en broma. Nadie cedió. Se sentó. Durante una hora el juego fue mediocre. Apostaba con prudencia. No buscaba fortuna, buscaba distracción. La vida le había dado suficiente violencia. Jack McCall, Crooked Nose Jack, había perdido dinero esa semana. Había perdido orgullo. Y en el Oeste, el orgullo pesa más que las monedas. Bebió hasta convencerse de que tenía una deuda pendiente con el hombre de cabello largo. La noche se cerró como un puño. Repartieron de nuevo. Bill miró sus cartas. Dos ases negros. Dos ochos negros. Una jugada fuerte, esperando la quinta carta. Suficiente para recuperar la jornada. Tal vez suficiente para sonreír.
Hay realidades peores que las pesadillas, McCall -al cual le ofreció dinero para comer tras haber perdido todo lo que llevaba jugando al poker,- se acercó por detrás. El revólver casi tocó la nuca del legendario pistolero. Y gritó -¡TOMA ESTO! El disparo fue breve, íntimo, casi doméstico. Hickok cayó sin dramatismo. No hubo duelo. No hubo advertencia. Sólo madera, humo y un cuerpo desplomándose sobre cartas que aún no habían sido jugadas. Deadwood quedó en silencio por un segundo que pareció eterno. Así murió el hombre que había enseñado al Oeste a disparar de frente. Y sin embargo, en su caída, consolidó algo más poderoso que cualquier victoria, la certeza de que ni siquiera las leyendas controlan el ángulo desde el cual llega la bala.
“Si alguna vez tuviéramos la desgracia de matar a un hombre, podríamos pedir tranquilamente que nuestro juicio tuviera lugar en alguno de los campamentos mineros que hay por estas colinas”
Black Hills Pioneer
El “tribunal” en un simulacro de juicio improvisado reunió mineros, comerciantes y curiosos, en donde mejor pudo, el saloon Nuttal & Mann´s #10 de Deadwood, una sala grande, hombres armados haciendo de jurado y de amenaza. No había códigos, sólo opiniones. McCall argumentó honor. Veredicto: inocente. Deadwood se absolvió a sí misma. No era ciudad, era una excusa para sobrevivir. Jack McCall estaba pálido, pero no arrepentido. Dijo que el muerto le había arruinado la vida. Que el disparo fue una deuda saldada. Que el honor pedía sangre. Los mineros escucharon. Algunos asentían. Otros miraban al suelo. El Oeste entendía ese lenguaje. No hubo abogados. No hubo leyes escritas. Sólo una pregunta flotando en el aire espeso, -¿se puede matar a una leyenda por la espalda y seguir llamándose hombre? La respuesta fue rápida. ¡Inocente! Deadwood decidió qué es la justicia. Pero el territorio federal no reconoció aquel teatro. Meses después, en un juicio formal auspiciado por un hermano de Bill, en Yankton, fue declarado culpable y pataleó en la horca un 1 de marzo de 1877. La justicia tardó. No por Bill. Por el orden.
A la comunidad que iba creándose no le importó deshacerse de un pistolero y tahúr temible
“La defensa que ofreció Jack McCall en su juicio fue que el asesinato fue por venganza según la edición del 17 de agosto de The Inter Ocean:
“Se le pidió al prisionero que hiciera una declaración. Bajó del escenario al auditorio del teatro y, con la mano derecha en el pecho, la cabeza echada hacia atrás, con voz áspera, fuerte y repulsiva, con una especie de bravuconería de bulldog, dijo: -Bueno, sólo tengo unas pocas palabras que decir. Wild Bill mató a mi hermano y yo lo maté. Me amenazó con matarme si me cruzaba en su camino. No lamento lo que he hecho. Haría lo mismo otra vez. El prisionero luego regresó a su lugar en el escenario.” Un segundo tribunal demostró que McCall no tenía hermanos.
No castigó el crimen, se castigó lo que le convenía. McCall salió libre. Sonrió. La justicia, esa noche, decidió ser joven e ignorante. No sabía que la historia no aceptaría el veredicto.
La mujer no lloró delante de nadie. Calamity Jane bebió sola. No porque no hubiera compañía, sino porque no la quería. Deadwood estaba lleno de bocas opinando sobre Bill, que si ya estaba viejo, que si bajó la guardia, que si así se termina. Ella no dijo nada. Había cabalgado con él. Había reído con él. Sabía cómo sostenía el revólver, cómo miraba la puerta, cómo se quedaba callado cuando el ruido era excesivo. Sabía que no merecía ese final. Cuando alguien insinuó que el mito había sido exagerado, Calamity se levantó. No gritó. No amenazó. Sólo dijo, -Ustedes no lo mataron. Tampoco él murió. Lo que murió fue la decencia. Luego salió a la noche. Algunos juraron verla hablarle al viento, como si Bill aún pudiera oírla. Otros dijeron que no lloró nunca. Mintieron. Lloró cuando no había testigos. Como se llora a los hombres que ya no pueden defenderse.
https://www.youtube.com/watch?v=b0aMCpRZPZE&list=RDb0aMCpRZPZE&start_radio=1
Race with Devil on Spanish Highway de Al Di Meola es una obra que destaca por su velocidad vertiginosa, precisión técnica y mezcla de ritmos de jazz y un estilo flamenco/latino, con un sonido de alta tensión y cambios dinámicos, alternando entre secciones feroces y melódicas con una percusión andina/latina que aporta energía. Es una "carrera" musical, con la "diabla" con la intensidad y pasión en una carrera frenética por una carretera.
Esta narrativa breve no pretende corregir la historia ni competir con ella. Pretende observarla desde distintos ángulos, la mesa, la bala, la mujer que sobrevive, el pueblo que juzga.
Pasaron semanas. Luego meses. Luego años. El nombre empezó a circular impreso en papel barato. Los relatos crecieron. El disparo cambió de ángulo. El asesino se volvió cobarde absoluto. El muerto, invencible incluso sentado. Los niños jugaron a ser Wild Bill. Los hombres practicaron duelos que nunca ganarían. Los escritores inventaron frases que él jamás dijo. La mano del muerto se volvió símbolo. Amuleto. Advertencia. Cuando el hombre se vuelve espectáculo. La mesa, el saloon, la silla, todo empezó a venderse como reliquia. Y así ocurrió lo inevitable, el hombre desapareció. El personaje nació. Ya no importaba cómo caminaba, ni cómo dudaba, ni cuánto le pesaba la fama. Importaba que había sido rápido, elegante, fatal. El Oeste necesitaba héroes porque sabía que no los producía con facilidad. Y en ese intercambio injusto, una vida por una leyenda. Deadwood quedó inmortalizada, Bill quedó quieto para siempre, y la historia aprendió una lección incómoda, los mitos no mueren cuando les disparan, mueren cuando dejamos de preguntarnos quiénes fueron de verdad.
El hombre que disparaba de frente cuando hubo calles abiertas y duelos al sol. James Butler Hickok aprendió temprano que el miedo se disfraza de ruido. En Springfield, 1865, cuando enfrentó a Davis Tutt en plena plaza, entendió algo más profundo, la gente no quería justicia, quería espectáculo. El disparo fue limpio. Una sola detonación. Un hombre menos. A partir de entonces, cada vez que Bill entraba a un pueblo, el aire se tensaba. No era sólo un pistolero, era un espejo. Los hombres medían su valor comparándose con él. Casi todos salían perdiendo. Pero la leyenda crece más rápido que el cuerpo que la sostiene.
En 1876, Deadwood no era una ciudad, era un asentamiento ilegal en territorio piel roja, sin un tribunal o sistema de cortes legalmente constituido. Era una herida abierta en las Black Hills. El oro atraía hombres como la mierda atrae las moscas. Llegó tarde a esa fiebre. Su vista fallaba. Le costaba leer a distancia. El Oeste castiga el envejecimiento más que cualquier pecado. Aun así, cuando cruzaba una calle, algunos bajaban la mirada. El 2 de agosto de 1876 entró al Saloon No. 10 con la dignidad intacta y la fortuna incierta. Pidió su asiento habitual, de cara a la puerta. No lo consiguió. El detalle fue pequeño. Una silla. Bill aceptó sentarse de espaldas a la entrada. Quizá por cortesía. Quizá por cansancio. Las cartas circularon. Las fichas sonaron. El humo espesó la sala. Entre los jugadores estaba la mala suerte. Y entrando por la puerta, Jack McCall, que había perdido dinero. Había perdido orgullo. Convencido de que Bill lo había humillado días antes, decidió que la justicia podía salir del cañón de un revólver. Dos ases. Dos ochos. El disparo fue breve. La leyenda cayó hacia delante. No hubo duelo. No hubo advertencia. Sólo pólvora y sorpresa. Deadwood aprendió que incluso los hombres más rápidos no disparan hacia atrás.
Calamity Jane
Calamity Jane no asistió al espectáculo del juicio. Asistió al entierro. Dijo poco. Bebió más. Algunos aseguraban que había amado a Bill. Otros decían que era pura fantasía. Ella nunca confirmó ni negó. Sólo pidió ser enterrada junto a él cuando llegara su hora. Y así fue.
Las cartas se volvieron reliquia. Dos ases negros. Dos ochos negros. La mano del muerto. El Oeste necesitaba símbolos. La muerte de Bill los ofreció. Las novelas baratas exageraron su velocidad. Los espectáculos itinerantes vendieron su figura. La historia simplificó su carácter. Pero el hombre real había sido más complejo, valiente, sí, temerario, también, cansado al final. Murió como mueren los hombres verdaderos, sin música, sin aviso, sin justicia inmediata.
En el cementerio de Deadwood, las tumbas de Bill y Calamity siguen recibiendo visitantes. El Oeste ya no existe como territorio salvaje. Pero vive en la imaginación. Y cada vez que alguien baraja cartas y recibe ases y ochos, hay un eco lejano de pólvora. No es superstición. Es memoria.
No nací para la historia. Nací para obedecer. Fui moldeada en plomo, apretada en un cartucho oscuro, alojada en el tambor de un revólver que olía a sudor y resentimiento. No tenía nombre. No tenía intención. Sólo dirección. Durante días permanecí inmóvil, girando cada vez que el cilindro rodaba con un clic seco. Oía el latido del hombre que me portaba. Sentía el temblor leve de su mano cuando bebía. La rabia no es firme, vibra. La noche del 26 de julio de 1876, el aire estaba espeso en Deadwood. El humo del tabaco dibujaba nubes bajas dentro del Saloon No. 10. Las risas eran más fuertes de lo necesario. El oro aún no aparecía, pero la sed sí. Yo esperaba. El tambor giró. Me alineé. Un dedo presionó el gatillo. El martillo cayó. El mundo se volvió fuego. Salí expulsada en una fracción de segundo que para mí fue eternidad. Atravesé humo, atravesé murmullos, atravesé el espacio entre un hombre y su destino. No vi su rostro, sólo la nuca, el cabello largo, el leve giro que no llegó a completarse. Impacté. No hubo gloria. No hubo música. Sólo materia cediendo ante materia. El cuerpo se inclinó hacia delante. Las cartas quedaron extendidas, dos ases, dos ochos. Yo, que no sabía de símbolos, me convertí en uno. Mientras el cuerpo caía, comprendí algo que ningún arma entiende, los hombres disparan por orgullo, por miedo o por dinero, pero lo que atraviesan no es sólo carne. Atraviesan relatos. Desde ese instante dejé de ser plomo. Fui rumor. Fui historia repetida en voz baja. Fui exageración impresa en novelas baratas. Fui la excusa perfecta para explicar que incluso Wild Bill Hickok podía morir. No elegí la espalda. No elegí la hora. No elegí al hombre. Pero me eligieron a mí para cerrar una época. Dicen que el Oeste murió muchas veces. Con la llegada del ferrocarril. Con el telégrafo. Con la ley federal. Yo sé la verdad, una parte murió cuando un pistolero acostumbrado a mirar la puerta aceptó no hacerlo. Yo no maté la leyenda. La fijé.
Porque desde entonces cada vez que alguien baraja cartas y recibe ases y ochos, siente un frío breve en la nuca. Ese frío soy yo. No el plomo. La posibilidad.
https://www.youtube.com/watch?v=1CMypUoOBMA&list=RD1CMypUoOBMA&start_radio=1
Rambling Gamblin Willie de Bob Dylan es una balada folk que relata la vida y muerte de un jugador legendario y errante. Estilo talking blues, describe un personaje mítico que muere en una partida de poker. Es un rambler-vagabundo y gambler-jugador, que vive al margen de la sociedad como un forajido simpático, un seductor, pero es solitario e inadaptado. Basada en la figura de Wild Bill Hickok, con una estructura lírica rica para contar una historia completa en pocos minutos, detallando sus viajes, sus ganancias y su muerte. Celebra la libertad y advierte sobre los peligros del estilo de vida al límite.
Cuando Wild Bill Hickok llegó a Deadwood en el verano de 1876, ya era una figura conocida. Había sido explorador del ejército, espía de la Unión durante la Guerra Civil, cazador de búfalos, jugador profesional y marshall en pueblos donde la ley aún era una aspiración. Su fama se consolidó tras el duelo de 1865 en Springfield, Missouri, considerado uno de los primeros enfrentamientos formales del Oeste. La prensa amplificó su figura, cabello largo, porte elegante, precisión letal. En una frontera donde la reputación podía valer más que el oro, aprendió pronto que el mito camina más rápido que el hombre. Por entonces, era un asentamiento ilegal en las Black Hills, territorio sioux. La fiebre del oro había atraído a miles de hombres, y con ellos llegaron el juego, el alcohol y la violencia. No existía una estructura legal sólida, la justicia era improvisada y a menudo contradictoria. El 26 de julio de 1876, Hickok jugaba póker en el Saloon No. 10 cuando Jack McCall le disparó por la espalda. En su mano sostenía dos ases y dos ochos negros, combinación que desde entonces se conoce como la mano del muerto. McCall fue inicialmente absuelto en un juicio improvisado en Deadwood. Sin embargo, las autoridades federales no reconocieron aquel veredicto. Tras un nuevo juicio en Yankton, fue declarado culpable y ahorcado en 1877. La muerte de Hickok marcó simbólicamente el fin de una etapa del Oeste, la del pistolero individual cuya reputación imponía orden. Con el avance del ferrocarril, la expansión legal y la consolidación territorial, el espacio para ese tipo de figura comenzó a desaparecer. Pero la historia no terminó allí. Comenzó otra cosa. El mito.
El Oeste fue menos romántico de lo que las novelas populares sugieren y más complejo de lo que la leyenda admite. Wild Bill Hickok no fue un héroe perfecto ni un villano absoluto. Fue un hombre moldeado por una frontera violenta, por una época donde la reputación podía significar supervivencia. La mano del muerto quizá no fue exactamente como se repite en los relatos, las fuentes varían. Pero el símbolo persistió porque el Oeste necesitaba símbolos. En territorios donde la ley era frágil, la memoria colectiva fabricaba certezas más firmes que los códigos escritos.
En estas páginas, los hechos esenciales permanecen, la llegada a Deadwood, el disparo por la espalda, el juicio doble, la transformación en leyenda. Lo demás es respiración literaria. Si algo queda después de cerrar el libro, que no sea la fascinación por la violencia, sino la conciencia de cómo nace un mito, un gesto repetido, una imagen poderosa, una muerte inesperada.
La bala fue real. El hombre fue real. La leyenda es nuestra. Y cada vez que alguien recibe ases y ochos en una mesa cualquiera, la historia vuelve a sentarse, silenciosa, a mirar la puerta.
https://www.youtube.com/watch?v=3mbvWn1EY6g&list=RD3mbvWn1EY6g&start_radio=1
Ace of Spades de Motörhead, trata sobre el póker y los dados, rechaza la avaricia y celebra el placer de jugar. Es una oda a vivir al límite, aceptando que se puede perder todo en segundos antes de caer en la rutina. La frase "Read 'em and weep, the dead man's hand again" referencia a Wild Bill Hickok, asesinado mientras sostenía una mano de ases y ochos incluyendo el as de espadas, considerada históricamente de mala suerte.
Si hacés un trato con el diablo, tenés que seguir su cola, pues la primera página en Abilene en 1872 en un incidente en el que, además de matar a un pistolero en un duelo, acabó con la vida de su ayudante, iniciando una deriva que le llevó jiñando al mundo del espectáculo para acabar finalmente de payaso en un circo. Hastiado de la falsedad de su mundo decidió volver al Oeste donde se dio de bruces con la realidad poniendo todos los tomates al fuego, hasta que finalmente murió homicidiado durante una partida de póker en un saloon de Deadwood Territorio de Dakota, a manos de un jugador de una sola ceja más falso que el apóstol Pedro, llamado Jack McCall, quien le disparó un tiro en la nuca pues con ojo de avispa le vió que tenía dobles parejas de ases y ochos y desde ese momento esa jugada es conocida como la mano del muerto. Le habían zurrado la badana y caído con mucha decencia.
A veces es conveniente poner a los patos bajo la sombra. No soltaba con facilidad los huesos cuando los tenía entre los dientes, pues a lo largo de los episodios decisivos de su vida como su duelo Davis Tutt en Springfield, combates contra los cheyenes en Kansas como explorador del 7º de caballería del nacido de lado Custer, su asesinato y, por esos relatos desfilan otras figuras ilustres como Texas Jack, Calamity Jane.
Sabía que cuando empezara la música podría bailar, aunque hizo lo que pudo por ayudar al mantenimiento de la granja familiar, su putativo siempre le vio como un pajariteador que no dejaba de pensar en el romanticismo. Le decía -rézale al tuyo y yo le rezo al mío a ver si se ponen de acuerdo y nos sacan de esta puta mierda. En 1855, comenzó a trabajar como conductor de diligencia, un empleo duro y de mucho riesgo, donde no se esperan victorias sino supervivencia. Perseguido por la ley, con el cinismo entre las cejas se hizo llamar Bill Hickok, para poder hacerse pasar por su hermano William en caso de apuro. Pronto fue conocido como Wild Bill - Bill el Salvaje. Solicitó y obtuvo cargos de comisario en pueblos de Nebraska y Kansas. Combatió en el ejército de la Unión, y tras la guerra adquirió fama como explorador, tirador y tahúr profesional. Entre sus actividades como sheriff y su pasión por el juego, estuvo implicado en numerosos tiroteos. La yegua negra de Hickok se llamaba Black Nell, la obtuvo al enfrentarse con un confederado en la Guerra, a quien mató. Era famosa por su inteligencia y capacidad para realizar trucos, según la revista Harper´s New Monthly Magazine de 1867, se acostaba al silbido de su amo y saltar sobre mesas de billar en los salones.
Sin peros ni peras, como tirador poseía dos virtudes, se había criado en al ámbito rural con acceso a las armas. La segunda es que era más frío que la cajera del supermercado. Su afición al juego le había convertido en un hombre al que afectaba muy poco la tensión. Buffalo Bill Cody, dijo que nunca le vio temblar al desenfundar el arma, tal y como hacían otros tiradores, y que es una reacción común bajo estrés. Fue pionero en aplicar técnicas que aumentaron su ventaja táctica y usar el engaño. Usó una docena de revólveres y rifles y en los tiroteos usó una pareja de Colt 1851 Navy del calibre .36, revólver de avancarga de 6 tiros, con una potencia comparable a un 9mm corto (.380 Auto) actual (86 grains a unos 1000 pies/segundo), que era muy popular por su fiabilidad. La calidad de las municiones era deficiente. La mayoría de los pistoleros profesionales adquirían pólvoras más caras fabricadas en Gran Bretaña y fulminantes de la casa Eley Brothers. Eran armas de pólvora negra fabricadas a mediados del Siglo XIX, y siempre existía la posibilidad de un fallo mecánico, por eso Bill como otros portaban armas de back-up, 2 derringers del calibre .41. Las armas se llevaban a la altura del cinturón no en la pernera y con las culatas hacia delante lo que se conoce como fundas tipo caballería. Para desenfundar, se giraban las palmas hacia fuera y se extraían las armas girándolas a la vez. En el mismo movimiento se introducía el dedo en el gatillo y se abatía el martillo. Hickok nunca usó empuñamientos a dos manos a excepción del tiroteo con Tutt, en el resto de ocasiones disparó desde la cadera. En disparos de exhibición empleaba una posición de duelo con el brazo extendido y el torso girado respecto al blanco.
Como los soldados parecen morir decepcionados, el incidente Mc Canles, 12 de julio de 1861 fue el primer incidente en el que se vio envuelto, y que le dio notoriedad. Los pocos testigos presenciales estaban directamente implicados, y nunca hicieron pública su versión. Bill exageró públicamente los hechos para obtener fama como pistolero. Por esto, se le ha representado luchando contra 9 sanguinarios asesinos, matándolos a todos con un cuchillo Bowie, un rifle y un revólver. El mismo declaró haber recibido 11 heridas de arma de fuego. La banda de los McCanles era de 4 miembros, David C McCanles, su hijo Monroe de 12 años y 2 empleados, James Woods y James Gordon. Hickok estaba empleado en la estación de Rock Creek, un apostadero utilizado por diligencias y por el Pony Express, situado en la zona Sur de Nebraska, propiedad de David McCanles que tuvo una disputa con el director de la estación Horace Wellman que fue a la estación con otros dos hombres para resolver el asunto. Lo que sucedió después no se ve en la nube, pero resultó en la muerte de McCanles y dos de sus compañeros a pistola de Hickok y otros dos hombres. McCanles y sus compañeros estaban armados y eran agresivos. Los MacCanles también eran empleados de esta estación y, en principio, acudieron a la oficina el día del tiroteo para cobrar unas nóminas atrasadas. Hickok había tenido un incidente con McCanles en el pasado, referente a una mujer de conducta solapada y por ese asunto de pelos había enemistad. Ese día Hickok portaba dos Colt 1851 y tuvo acceso a un rifle. En la estación existía una escopeta de avancarga. David McCanles solía portar dos revólveres de marca sin identificar, además de una escopeta de cañones recortados en la montura de su caballo.
Para diversión de un público invisible, a las 16 horas del 12 de julio, el grupo de Dave McCanles, se dirigió al edificio de la estación para reclamar el pago de las nóminas atrasadas, pretendían que los Wellman les dieran la estación en propiedad como pago. Horace Wellman y su hija Jane los recibieron en la puerta armándose el arrebato. Hickok -sin miedo o aparentando no tenerlo,- intervino para mediar, pero entró en la casa donde se reunió con Horace tras una cortina que dividía la estancia principal. Ambos obtuvieron un rifle y un revólver y uno de los dos sin decir agua va hizo un disparo con el rifle, marcando a Dave McCanles en el pecho, liberándolo de lo superficial para siempre, interesándole el corazón y los pulmones. Su hijo se tiró sobre el cadáver, mientras Woods y Gordon, que estaban afuera, corrieron, Woods fue el primero en entrar y, recibió un bondadoso disparo de revólver, resultando gravemente herido. Gordon no se atrevía a entrar, pero Hickok le disparó con un revólver a través de la puerta. Woods trataba de huir arrastrándose, pero fue perseguido por Jane, quien utilizando una hoz, lo cortó como quien corta trigo, como a un zote. Buscó a Monroe, el hijo de 12 años de Mc Canles, quien esquivando el ataque logró huir. Hickok, disimulando la tensión que le oprimía las ingles, Doc Brink y Wellman persiguieron a Gordon, que se había refugiado en unos matorrales cercanos, y le dieron muerte de conejo con una escopeta. Monroe fue el único superviviente. Un pulso bestial en unos pocos de metros de terreno polvoroso.
Era un sin sin, sin pasado y sin futuro.
Sin comisario que les toque los huevos, no hay enseñanzas extraíbles de este incidente, excepto quizás el impacto que tiene el uso de armas largas en combates a corta distancia. Una de las reglas del tiroteo establece la preferencia de uso de un arma larga sobre la corta, siempre que exista esa opción. Hickok era seguidor de ese catecismo.
Esta balada country recuerda su vida:
https://www.youtube.com/watch?v=cKHcrcdeSkA&list=RDcKHcrcdeSkA&start_radio=1
Wild Bill Hickok de Colter Wall, es un tributo a esa figura histórica, enfocado en su vida como pistolero, jugador y su trágica muerte, con un estilo acústico tradicional, destacando la frialdad, la reputación temida y su destino final. Con su voz profunda y guitarra acústica evoca la atmósfera del viejo oeste, retratándolo no sólo como un héroe, sino como un hombre complejo y solitario. Resalta su fama como el mejor tirador de su tiempo, un personaje que transitaba entre la ley y el caos.
Como las voces quebradas dan más miedo que las balas, en el duelo Hickok-Tutt, -en la era de los pistoleros de 1851 a 1900,- se produjeron muchísimos enfrentamientos, muy pocos en igualdad de condiciones, o al menos cara a cara en duelos premeditados en los que influyera la preparación mental y la técnica de los tiradores. Normalmente alguno o los dos oponentes estaba borracho, era un novato o estaba demasiado asustado para reaccionar, por no contar los disparos por la espalda, emboscadas, etc. El enfrentamiento Hickok-Tutt es de los contados duelos clásicos recreados más tarde en las películas de Hollywood, remarcable por la distancia de tiro. Sobre este tipo de duelo Hickok declaró en una entrevista para el rotativo Harper´s en 1865, “Si te ves en un problema, asegúrate y no tengas prisa en disparar. Tómate tu tiempo. He conocido a muchos que fallaron por disparar demasiado rápido.” En 1871, Wild Bill comentó con el periodista Charles Gross, “Charlie, espero que nunca tengas que disparar a un hombre, pero si lo haces, trata de impactarle en el vientre cerca del ombligo. Puede que no consigas un impacto mortal, pero el shock paralizará su cerebro y su brazo de tal modo que la pelea cesará.” Una parada psicológica, que no es del todo fiable. En los años 40, del siglo XX, Applegate recomendó apuntar a la “hebilla del cinturón” para romper la cadera comprometiendo la movilidad y así poder hacer disparos sucesivos hacia el pecho aprovechando la reelevación del arma. Dirán, aquí murió un valiente o aquí corrió un cobarde.
Como un toro acorralado buscando esconderse en las tablas, Hickok impactó en el corazón de Tutt. Apuntó al centro de masa, la zona más grande del blanco. El duelo fue por una deuda relativa a la venta de unos caballos, que ascendía a 45 dólares que debía a Tutt, pero consideraba que se la debía rebajar a 25. El 20 de julio de 1865, coincidieron en una sala de juego de Springfield, Missouri. Tutt reclamó el pago de la deuda, pero Hickok se negó. Entonces, el primero tomó de la mesa de juego un reloj perteneciente a Hickok como prenda por la deuda. Aunque se encabronó no quiso empezar una lucha en el establecimiento, para no liársela gorda. Al día siguiente a las 18:00 horas se volvieron a encontrar en la plaza pública de la ciudad que es un cuadrado de 80 x 80 yardas unos 73 metros. Tutt salía del Juzgado, situado en la parte noroeste de la plaza. Al verlo, Hickok le gritó: “Dave, no cruces esa plaza con mi reloj.” Un grupo de viandantes se reunieron tras Wild Bill. Tutt trató de desenfundar su arma y se escucharon dos disparos casi simultáneos. Dave falló pero el proyectil de Wild Bill le impactó, se llevó la mano al pecho y dijo “Chicos, estoy muerto,” se giró sobre sí mismo y se agarró a una de las columnas del Juzgado, cayó al suelo y falleció aspirando el humo acre de la pólvora. Nunca se había visto tan aterrorizado. Las prisas también matan. La autopsia realizada por el Doctor Ebert, estableció que el proyectil calibre .36 había penetrado por el lado derecho entre la 5ª y la 7ª costilla, atravesó el pecho interesando el corazón y la arteria cava superior, saliendo entre las 5ª y 7ª costillas del lado izquierdo. Tras salir del cuerpo, continuó su trayectoria. La muerte se retrasó unos dos minutos en la pérdida masiva de sangre. Cuanto más firmes son las ideas más duro es el combate.
Entre la realidad y lo que se asegura, Hickok tras disparar, se volteó donde se encontraban siete testigos del incidente, -que sólo huyen para seguir mirando,- pues mostraba una excepcional alerta situacional y que no se dejaba dominar por la visión-audición túnel. A pesar de que el tiroteo ocurrió a corta distancia -de hecho, el resto de enfrentamientos de Hickok fueron de 8 a 15 metros,- en el exterior se puede disparar a distancias largas siendo capaz de impactar dependiendo del entrenamiento para sacarle rendimiento. Y como dijo Tutt, -”yo opino lo que usted mande que opine.”
“La proximidad niega la técnica, a corta distancia el malo no tiene que ser bueno, sólo necesita suerte”
La distancia favorece al tirador entrenado. Los incidentes Mulvey y Strawhun en Hays City que era una ciudad complicada para vivir por los soldados fuera de servicio, cazadores de búfalos, putas a las que se les exigía el doble y tenían que hacer el triple, donde les recordaban su profesión acompañada de algún epíteto relativo a su madre y, jugadores se agolpaban en sus salones y puticlubs, hasta el punto de ser considerada la Sodoma de las llanuras. Hickok decía, “No hay Domingo al Oeste de Junction City, ni leyes al Oeste de Hays City, ni Dios al Oeste de Carson City.” A pesar de eso, Bill vivió en la ciudad de 1867 a finales del 69, trabajando como explorador o agente de la ley. En el verano del 69, Hays City disponía de una patrulla ciudadana tras la desaparición del sheriff Thayer. Un miembro era Samuel Strawhun y otro Joseph Weiss, un expresidiario, que fueron expulsados del grupo por su comportamiento violento, lo que les enfrentó con Alonzo Webster, uno de los jefes del comité ciudadano. Ante el intento de agresión, Webster desenfundó y mató a Weiss y Strawhun se fugó, pero volvió poco después buscando venganza, pero encontró a Hickok sentado en la entrada del edificio y le dijo que estaba preparado para entrar en la lucha, lo que disuadió al pistolero de sus intenciones. Dos meses después, el 26 de septiembre, Strawhun y otros miembros de su banda de 16 patanes, invadieron el salón John Bitter situado en Front Street. En la mañana del 27, los daños causados por la borrachera eran notables, y un gran número de jarras de cerveza vacías se amontonaron y, ante la negativa de los pistoleros a retirarlos, el propio Strawhun amenazó con matar a quien no lo hiciera. Bitter mandó llamar a las fuerzas de la ley, presentándose el mismo Hickok en el lugar y, procedió a recoger las jarras vacías y llevarlas a la barra del saloon, momento en que Strawhun se aproximó por detrás con una jarra vacía para golpearlo. Éste desenfundó uno de sus Colts y disparó, matando al agresor apuntando sobre su hombro gracias a la visión que tenía a través del espejo del Saloon. Esto es proporcionalidad, pues a corta distancia, un arma blanca es potencialmente tan letal como una de fuego, y en todo caso, lo principal es la intención del agresor.
Que te aumente el bien tuyo.
Demasiado cerca de la orilla, en otro incidente ocurrido en esta ciudad relacionado con Bill Mulvey, ocurrido el 22 de agosto, cuando éste patán apareció en la ciudad, borracho y disparando indiscriminadamente, junto a varios secuaces, nadie resultó herido antes de la aparición de Hickok. La versión del North Topeka Times el 31 de agosto de 1876, señala que Hickok distrajo la atención de Mulvey haciéndole creer que alguien tras él iba a dispararle. Al girarse para hacer frente a la amenaza, Bill desenfundó y le alcanzó en el cráneo, con orificio de entrada justo detrás de la oreja derecha. La versión del Daily Journal of Commerce de Kansas City el 25 de agosto, anota que el impacto atravesó el cuello y los pulmones. No existe informe de la autopsia ni declaraciones de testigos. Un pistolero profesional como Hickok usaba todos los trucos a su alcance para prevalecer en un tiroteo. Según Clint Smith director del Thunder Ranch Academy, la regla más importante en un tiroteo es “always cheat, always win” -engaña siempre, vence siempre. Distraer al oponente o hacerle creer que se está herido, muerto, sin munición, con el arma interrumpida, etc. es útil.
“En la calle todo vale, si se trata de sobrevivir”
Fue peor que malo en Hays City la lucha con los soldados del 7º de Caballería, tiroteo exagerado por los periodistas, pues de heroínas a putas se pasa fácil. Fue entre Wild Bill con 2 soldados, donde estuvo a punto de perecer, de no ser por infiabilidad de los revólveres Remington, este hubiera sido su último tiroteo. El 17 de julio de 1870, a las 9:07, se encontraba en el Saloon John D. Walsh, con la espalda hacia el interior como era su costumbre, cuando dos soldados de caballería entraron, eran Jeremiah Lonergan conocido por ser un camorrista y John Kile, un desertor recientemente devuelto al servicio que había ganado la medalla de honor del congreso en una acción matando muchos los pieles rojas. Bill portaba dos Colt 1851s, y los soldados iban armados con sus revólveres reglamentarios Remington New Model Army del calibre .44, modelo 1863, que sufrieron deficiencias de fabricación con reventones y fallos de percusión, precisamente el fallo que mantuvo con vida a Hickok. Hablaron y bebieron juntos antes de que a las 9:22 horas, Lonergan a la espalda de Hickok y lo agarró de los brazos hasta derribarlo. Kile desenfundó su revólver y le apuntó a la oreja a distancia de contacto y disparó, pero le fallo la percusión que de otro modo hubiera sido fatal. Hickok pudo alcanzar uno de sus revólveres y disparar dos veces, el primer proyectil atravesó la muñeca derecha de Kile, y el segundo penetró el abdomen por el lado derecho y quedó detenido por la piel del lado izquierdo. El soldado paró su agresión, técnicamente una parada. Se centró en Lonergan que continuaba forcejeando con él. Debido a su posición no podía dirigir el cañón hacia el cuerpo, hasta que consiguió llevarlo hasta su rótula y disparó. Se incorporó y escapó por una ventana. Kile como baratero de feria, murió por pérdida masiva de sangre en su viaje a los confines del infierno.
“Cuida de tu equipo y él cuidará de ti”
Cantar es la diversión del pobre. Abilene era una ciudad ganadera, y en la década de 1860 fue lugar de paso de gran número de vaqueros, jugadores, rameras, pistoleros como John Wesley Hardin y delincuentes de todo tipo. De 1867 a mayo de 1870 no existió ley alguna hasta la llegada del sheriff Tom Smith que fue rápidamente trasladado al mundo de los acostados y, el 1 de abril de 1871 Wild Bill fue nombrado nuevo sheriff y permaneció en el cargo 8 meses. El 5 de octubre de 1871, un numeroso grupo de tejanos borrachos celebraban en una feria, alborotando en los salones de Texas Street. Hickok había prohibido portar armas en la ciudad, pero a las 21:00 horas sonó un disparo cerca del Saloon Alamo. Hickok se presentó en el lugar, encontrándose con la naríz de Phil Coe, pistola en mano y rodeado por 50 tejanos armados. Coe declaró que había disparado a un infeliz perro callejero, desenfundó un segundo revólver y disparó dos veces hacia Wild Bill. Un proyectil impactó en el terreno entre las piernas del sheriff, y el otro rozó la parte inferior de su abrigo. Hickok desenfundó tan rápido como el pensamiento según el editor del Chronicle. Disparó dos veces a Coe en el estómago, y otra vez más a alguien que cruzó pistola en mano, entre los dos. Otras personas en la zona resultaron heridas por disparos de los tejanos. Coe fue llevado a una pensión en Cedar Street, donde los médicos determinaron que sus heridas eran mortales y murió 3 días después. Hickok descubrió que el otro hombre que se había cruzado era su ayudante y amigo Mike Williams, alcanzado en el corazón por uno de los proyectiles. Lo llevó al Saloon El Alamo, lo tumbó en una mesa de billar y lloró. Disolvió a todos los tejanos que permanecían en la calle. Se puede luchar como una fiera y luego huir como un conejo. La regla de seguridad número 4 anota que en la confusión de un tiroteo, es preferible perder una décima de segundo en identificar el blanco. Los héroes no existen, sólo las circunstancias.
“Si no ganas tú, al menos procura que no gane el otro”
Bascuñana
A partir de 1874, la fiebre del oro se extendió en la zona de Black Hills. Hickok fue uno de los exploradores que organizaron expediciones a esta zona, estableciéndose en la ciudad de Deadwood en julio de 1876. Allí evitó volver a emplearse como agente de la ley y se centró en la búsqueda de oro y el juego. La noche del 1 de agosto, él y Bill Sutherland jugaron al póker. El otro había perdido $16.50 cuando decidió retirarse. Hickok aceptó aplazar el pago de la deuda, e incluso se ofreció a prestarle dinero para la cena. El 2 de agosto a las 13:00 horas, estaba otra vez jugando al póker con 3 amigos en el Saloon nº10 de Main Street, pero su silla usual ya estaba ocupada cuando se incorporó a la partida, por lo que aceptó sentarse de espaldas a la puerta. A las 16:00 horas, obtuvo una excelente mano, 2 ases y 2 ochos que le distrajo y permitió que Mc Call, que había entrado en el local, se aproximara por su espalda y se situara en la barra a 1.50 metros de él. En un rápido movimiento, el asesino desenfundó una Colt Navy según la edición del 28 de febrero de 1880 del Black Hills Daily Times, colocó el cañón a escasos 4 cm del cráneo de Wild Bill y disparó. El proyectil atravesó el cerebro, destruyendo la mandíbula y causando pérdida de masa encefálica y piezas dentales, que cayeron sobre la mesa. Tras salir, la bala impactó en el brazo del capitán Massey, que estaba sentado delante de la víctima, rompiéndole un hueso. Mc Call fue arrestado y juzgado por una especie de tribunal popular de la ciudad.
A la pobre Rosita Alvírez tres tiros le dieron y nomás uno era de muerte.
Tarde o temprano, si se rompen las normas de autoprotección, se acaba pagando. La sobrepenetración puede producir heridos colaterales. Hickok descuidó la situación táctica que había mantenido durante toda su vida como agente de la ley, pues su principal ideología era seguir vivo. Fue un precursor de muchas técnicas y tácticas que se enseñan en las academias de tiro, considerándolas válidas 150 años después.
“Mientras ella se bañaba,
yo la ropa le escondí.
No lloraba por la ropa,
lloraba porque la ví.”
Copla
Como el que sabe no se asusta, la Colt Navy era un arma fiable para los estándares de la época, al contrario de la Remington, por eso Hickok la prefería y poseyó varios modelos de Colt y Smith and Wesson. En general, las armas de la época eran menos potentes que las actuales con alguna excepción como el Colt Walker/ Dragoon, pero en general, a las distancias de tiro normales eran efectivas siempre y cuando impactaran en órganos vitales. La imagen del duelo como en el cine es falsa, la realidad es que la mayoría de los enfrentamientos eran emboscadas, disparos por la espalda, por sorpresa más parecidos a como lo hizo Mc Call. La mayoría eran peleas por juego, putas, alcohol o simples asesinatos a sangre fría. Wild Bill no sobrevivió a tantos tiroteos por llevar una determinada arma, sino por el uso de las tácticas y su preparación mental. Aún siendo un cagasantos que meaba agua bendita, es una figura legendaria conocida por sus habilidades de tiro y su naturaleza intrépida.El padre, William Alonzo Hickok, era un granjero y abolicionista que murió cuando Bill tenía once años y se vio obligado a asumir responsabilidades adultas, como trabajar en la granja y ayudar a mantener a su madre y a sus hermanos. A los 18 años dejó su casa para unirse al Ejército de la Unión durante la Guerra Civil. Fue maestro de carretas, transportando suministros y tropas por todo el país. Tuvo experiencia con las armas de fuego y le ayudó a perfeccionar sus habilidades de tiro, lo que lo haría famoso. Después de la guerra, trabajó como explorador y guía para el ejército de los EE. UU., ayudando a mapear los territorios occidentales y proteger a los colonos de los ataques de los pieles rojas. Trabajó como agente de la ley, sirviendo como ayudante del sheriff en Kansas y Nebraska, ganando reputación de hábil tirador y persiguiendo forajidos y criminales. Tuvo varias relaciones románticas y uno de sus romances famosos fue con una mujer llamada Martha Jane Canary, más conocida como Calamity Jane. Aunque su relación nunca fue confirmada oficialmente.
Durante la Guerra Civil, fue un soldado de la Unión que luchó por el Norte. Fue miembro del 7ª Caballería de Kansas y sirvió en varias batallas, incluida la de Little Blue River y la de Wilson 's Creek. En esa época su reputación como tirador comenzó a extenderse. Era conocido por su precisión letal con el rifle y se convirtió en un oponente temido en el campo de batalla, por alcanzar objetivos a grandes distancias. Los soldados confederados le temían.
Pasó tiempo en Kansas en 1850, donde desarrolló sus habilidades como abogado, enfrentó muchos desafíos y tomó algunas decisiones importantes que dieron forma a su futuro. El estado aún se estaba colonizando. Fue policía y trabajó como mariscal adjunto en Monticello al comienzo de su carrera como abogado. Su reputación lo convirtió en un objetivo para aquellos que querían desafiarlo, y tenía que estar constantemente alerta para protegerse. Su período más famoso como abogado fue su estancia en Abilene, Kansas. Fue contratado como sheriff en 1871 y se ganó la reputación de hacer cumplir la ley, duro pero justo aunque estuvo marcada por la controversia y se vio obligado a abandonar la ciudad. Su legado es complejo pero tuvo impacto.
Era un pistolero despiadado que no temía utilizar la violencia para resolver problemas. Estuvo involucrado en tiroteos en Kansas y Missouri, e incluso mató a un hombre en una disputa de juego en Texas. Estos acontecimientos cimentaron su reputación como hombre peligroso y se convirtió en una leyenda. No siempre se sintió cómodo con su pasado violento. En sus últimos años, expresó arrepentimiento por algunas de las cosas que había hecho, e incluso escribió una carta a su pareja en la que decía su deseo de vivir una vida más pacífica. Hubiera querido ser recordado por algo más que sus violentas hazañas. La violencia era una parte necesaria de la vida en el Salvaje Oeste y él simplemente estaba respondiendo a las duras realidades de su entorno. Otros sugieren que la violencia nunca estuvo justificada y que Hickok y otros pistoleros eran simplemente matones que usaban sus armas para conseguir lo que querían. Lo que está claro es que fue una figura compleja y fascinante. Si fue un héroe o un villano es una cuestión de interpretación, pero su legado como pistolero seguirá fascinando a la gente durante las generaciones venideras.
Las reglas del duelo eran simples, los contendientes se colocarían a 75 metros de distancia y sorteaban su turno para disparar hasta que uno de ellos fuera alcanzado. El duelo se convirtió en leyenda, informado ampliamente en los periódicos de todo el país y fue un tema de conversación popular, ayudando a moldear la forma en que se pensaba sobre los pistoleros.
Ha sido interpretado por muchos actores en películas a lo largo de los años como la de Jeff Bridges en "Wild Bill", Sam Elliott en "Buffalo Girls" y Keith Carradine en "Deadwood". Guy Madison en la serie de televisión de los años 50 "Las aventuras del salvaje Bill Hickok". Más reciente, Timothy Olyphant interpretó al personaje en la serie de HBO "Deadwood." Alguno de los libros son "Wild Bill Hickok: La verdadera historia de sus últimas seis semanas" de Tom Clavin y "Wild Bill Hickok: La biografía de El pistolero de Estados Unidos" de Joseph W. Snell.
FIN
sergiodeleonlopez