En este semanal monorote.com, te presento otra historia real, como todas, pero narrada de forma inusual y tus comentarios me hacen escribir más, por lo que si deja uno estaré lleno de agradecimiento
EL CIELO NO TIENE PRISA
El silencio ya está trabajando
Una historia sobre hombres brillantes… que no supieron escuchar al mundo que pisaban
La expedición perdida de John Franklin
Una de las historias más sobrecogedoras de la exploración polar, ambición imperial, ciencia confiada en sí misma… y un silencio blanco que lo devora todo.
Esto le queda como dedo al anillo:
https://www.youtube.com/watch?v=dQ_-tUKT-nY&list=RDdQ_-tUKT-nY&start_radio=1
Es un tema de resistencia y lucha destacado por la fusión de guitarra clásica española con metal pesado. Con una estructura técnica que evoluciona desde una intro acústica hacia un thrash melódico, la canción resalta por su atmósfera de tensión, precisión técnica y solos barrocos. Al final se escucha una voz en off en latín que recita el versículo bíblico 2 Timoteo 3:2: "Porque habrá hombres amantes de sí mismos, codiciosos, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos."
Para que vayan tomando nota, en 1845, el Imperio británico aún creía que el mundo podía completarse como un mapa. Pero quedaba un vacío, el Paso del Noroeste, cartografiar una ruta marítima que uniría el Atlántico con el Pacífico atravesando el Ártico canadiense hacia la India y China. Encontrarla significaba poder, comercio y prestigio absoluto. La última frontera del imperio.
Para esa misión se eligió al de sonrisa convulsiva Sir John Franklin, con habilidades de zurcidor moral, -con una fisonomía difícil de entender, cabeza calva, crasa y escamosa que reflejaba los rayos de sol, con mechas laterales sin poder atusarse las crines, naríz de rabadilla,- un oficial respetado, veterano del Ártico, hombre piadoso y disciplinado. Tenía 59 años, no era joven, pero tenía los trapitos de cristianar que simbolizaba la autoridad moral y científica de su tiempo. Zarpó con dos barcos, el HMS Erebus y el HMS Terror, -nombres proféticos, aunque nadie lo notó entonces,- con 129 hombres a bordo como seres animados que andaban a su arbitrio, a los que les ofreció el oro, pero sólo les dio el moro, pues no es lo mismo hacer una raya en el aire, que hacer un aire en la raya. Le soplaba la rendija queriéndoles apuntalar la burbuja.
Estaba pidiendo haces de leña para quemar herejes.
Y no es que me importe mucho el materialismo de los barcos.
Los barcos eran prodigios tecnológicos para su época, -más bien fulastres,- cascos reforzados para el hielo, motores auxiliares de vapor, sistemas de calefacción y provisiones para 3 años. Llevaban miles de latas de comida… selladas con plomo. Llevaban uniformes elegantes, bibliotecas, instrumentos científicos. Abordaron 14,900 kilos de carne en conserva, 450 de pasas, 2,200 litros de pepinillos, 2,000 libros, un daguerrotipo y un organillo que tampoco les serviría ni un cuerno.
Llevaban la certeza de que la naturaleza, con suficiente técnica, podía ser dominada. Pero habían abierto el sepulcro. El último contacto europeo con la expedición fue en julio de 1845, en la bahía de Baffin. Luego, el hielo. Y el silencio.
Y se armó el apóstrofe.
No sabía que más pronto que después entregaría la pelleja, sin poderse quitar esas humaredas de la cabeza. Habían vendido hasta las ramas del árbol genealógico, con tan poca simetría del sentimiento.
Uno de esos tontos que tocan lo sublime con la punta de las uñas sin cortar.
“Vago parloteo de salvajes,” escribió Charles Dickens en su semanario Household Words en 1854.
Franklin no es sólo un explorador muerto en el hielo. Es el símbolo de una época que creyó que el progreso bastaba. El Ártico respondió con silencio.
El día en que los barcos zarparon, Londres no sintió frío. Las campanas sonaron limpias sobre el Támesis, y los muelles se llenaron de pañuelos blancos. El HMS Erebus y el HMS Terror HMS-Her Majesty´s Ship,avanzaron con una solemnidad casi religiosa, como si supieran que no regresarían y aún así aceptaron el destino. Sus cascos negros cortaban el agua con la seguridad de una nación que se creía eterna. En la cubierta del Erebus, Sir John Franklin observaba el río con las manos cruzadas a la espalda. Tenía el rostro sereno de quien ha sobrevivido a demasiadas pruebas para temer otra más. -Este será el último espacio en blanco- dijo. El último. A su lado, Francis Crozier no respondió. Miraba el cielo. Los hombres que habían visto demasiado saben cuándo callar.
El Ártico no se presentó como enemigo. Se presentó como paciencia. Durante meses, el hielo se cerró lentamente alrededor de los barcos, como una mano que primero acaricia y luego no suelta. Al principio, los hombres bromeaban. Tocaban música. Leían. La disciplina victoriana resistía. Pero el invierno ártico no es una estación. Es una prueba prolongada. El sol desapareció. El tiempo dejó de avanzar. El frío comenzó a entrar en los huesos, no como dolor, sino como una ocupación silenciosa. Franklin caminaba por los pasillos con paso firme, bendiciendo a los hombres, convencido de que el orden podía sostener el mundo. -Resistiremos, decía. Siempre lo hemos hecho. El hielo no respondió.
En un acto casi burocrático, engolfados en su investigación, la expedición perdida de Franklin fue un viaje fallido de exploración británica del Ártico, que partió de Inglaterra en 1845, echando el padrenuestro con todos los ánimos. Franklin que parecía no haber visto más agua que la del bautismo, -lo demás se lo tenía un poco tiesa y no había quién lo apee,- era un oficial de la Armada Real y un experimentado explorador que ya había participado anteriormente en tres expediciones árticas, las dos últimas como comandante en jefe. Su cuarta y última expedición comenzó cuando ya tenía mermados 59 años, que quería atravesar y explorar el último tramo del Paso del Noroeste aún inexplorado. Franklin, -Frank para los amigos,- amagado de una jaqueca prostática como que tuviera murria y los 129 miembros de la tripulación murieron al quedar sus barcos atrapados en el hielo en el estrecho Victoria, cerca de la Isla del Rey Guillermo, en el Ártico canadiense.
El colmo del buen fin.
La ruta elegida por Franklin para cruzar el pasaje les llevó a navegar por el lado oeste de la isla del Rey Guillermo, y supuso meter al Erebus y al Terror en “... una serie de campos de hielo... que no siempre dejaban paso libre en los cortos veranos…,” mientras que la ruta a lo largo de la costa oriental de la isla estaba libre de hielos de forma habitual en verano, y más tarde fue utilizada por Roald Amundsen cuando navegó con éxito por todo el pasaje del Noroeste. Los barcos quedaron presos en el hielo cerca de la isla del Rey Guillermo. Al principio, eso no era necesariamente una condena, muchas expediciones invernaban así. Pero el hielo no se abrió. Un año pasó. Luego otro. La expedición de Franklin, bloqueada en el hielo durante dos inviernos en el estrecho de Victoria, era de tipo naval, ni iba preparada, ni sus miembros estaban entrenados para viajar por tierra. Algunos de los miembros de la tripulación dejaron el Erebus y el Terror y viajaron hacia el sur, pero llevando consigo muchos artículos que no necesitarían. McClintock observó una gran cantidad de mercancías pesadas en el bote salvavidas que encontró, pensó que aquello era “una mera acumulación de peso muerto, de escasa o nula utilidad y que probablemente agotó a la tripulación al arrastrarlo por el hielo.” Los factores culturales impidieron a la tripulación el pedir ayuda a los inuit en cuanto se vieron en dificultades y sobre todo emplear sus técnicas de supervivencia.
Franklin murió en 1847, antes de que todo colapsara. No sabemos cómo. No hubo tumba conocida. El mando pasó a Francis Crozier.
A dos años de la partida de Franklin sin tener noticias de él, Lady Jane Franklin, que tenía más agallas que un juilín, -sietemesina de sangre fogosa, con transparencias de mujer desmedrada y clorótica, fruncida de cejas que las había visto más gordas,- con borrachera de cavilaciones apretándoles cada vez más las tuercas, impulsó expediciones de rescate con familiares de los desaparecidos y miembros del Parlamento y la prensa británica, que urgieron al Almirantazgo para que se les buscara y, elaboraron un plan que inició en la primavera de 1848, enviando por tierra un equipo al mando de Sir John Richardson y John Rae, que bajó por el río Mackenzie hasta la costa ártica de Canadá y, dos expediciones por mar, una que buscó por el archipiélago ártico canadiense entrando en él por el Lancaster Sound, y la otra que entró al archipiélago por el lado del Pacífico. Además, ofreció una recompensa de 20,000 libras a quien prestara ayuda a las tripulaciones de los barcos. Después del fracaso de las tres expediciones, la preocupación e interés del pueblo británico por el Ártico fue en aumento y la búsqueda se convirtió en nada menos que una cruzada con todo el veneno que iba amasando. Se hizo popular una balada llamada El lamento de Lady Franklin.
No encontraron supervivientes, pero sí respuestas fragmentarias. La expedición se convirtió en mito nacional británico, monumentos, poemas, cuadros heroicos, silencios convenientes. Más de 150 años después, el hielo devolvió lo que había guardado, en 2014, se encontró el Erebus y en 2016, el Terror. Casi intactos. Como si el Ártico los hubiera conservado como advertencia.
La expedición de Franklin no fracasó sólo por el frío, sino por exceso de confianza, desprecio del conocimiento inuit, dependencia de la tecnología e incapacidad de cambiar el plan.
Esta versión me funde. Cada vez que la escucho me conmueve hasta los tuétanos y no sólo por lo maravilloso de la obra, sino por el poderoso mensaje que envía:
https://www.youtube.com/watch?v=wQzBbohOV0g&list=RDwQzBbohOV0g&start_radio=1
Fragile de Sting destacó la contradicción de que un idealista fuera asesinado por un grupo financiado por el propio gobierno de EE. UU. Trasciende el evento para convertirse en un himno universal contra la violencia y un recordatorio de la vulnerabilidad humana. La frase central "Nothing comes from violence, and nothing ever could" -nada proviene de la violencia, y nada podría jamás.- resume el mensaje de la obra. La lluvia simboliza el paso del tiempo que limpia las manchas físicas de la sangre -wash the stains away- y las lágrimas de una estrella enojada -"tears from a star",- que aunque el rastro físico desaparezca, el trauma permanece en la memoria. El estribillo "How fragile we are" es un mantra que recuerda que la vida es efímera ante la fuerza bruta del acero. Destaca su delicado arreglo de guitarra acústica con influencias de la bossa nova y el jazz, lo que refuerza la sensación de fragilidad que describe.
En el verano de 1847, Franklin murió. No hubo testigos. No hubo últimas palabras registradas. Murió como mueren muchos líderes, convencido hasta el final de que la salvación estaba cerca. Cuando su cuerpo fue envuelto y entregado al hielo, los hombres comprendieron algo que nadie se atrevió a decir, el corazón de la expedición había dejado de latir. Crozier asumió el mando con una lucidez amarga. -Si seguimos esperando, dijo, moriremos aquí, dijo.
En abril de 1848, los supervivientes tomaron una decisión desesperada, abandonar los barcos. El Erebus y el Terror quedaron atrás, inmóviles, majestuosos, como templos vacíos. Dentro aún había libros, cubiertos de plata, instrumentos científicos. El mundo civilizado, detenido en el hielo. Ciento cinco hombres comenzaron a marchar hacia el sur. Arrastraban botes. Arrastraban provisiones inútiles. Arrastraban la idea equivocada de que el orden podía imponerse a cualquier paisaje. El viento en silencio los observó partir.
Un breve mensaje, hallado años después, lo dice todo con frialdad burocrática:
“Los barcos Erebus y Terror fueron abandonados el 22 de abril de 1848.
Los oficiales y tripulación, 105 almas, marchan hacia el sur.”
Hacia el sur… a pie… arrastrando botes… en uno de los climas más letales del planeta.
Ninguno sobrevivió. Los restos encontrados en décadas posteriores cuentan una historia terrible, huesos con marcas de corte, canibalismo por inanición. Cuerpos conservados por el frío.
Evidencias de envenenamiento por plomo, que habría causado confusión, debilidad y locura. Los inuit de la región hablaron de hombres blancos caminando como fantasmas, cayendo uno a uno, incapaces de adaptarse. La tecnología los había aislado de la tierra que los rodeaba.
https://www.youtube.com/watch?v=eBZFdh6QnL8&list=RDeBZFdh6QnL8&start_radio=1
Stormy Monday -aquí interpretada por The Allman Brothers,- es un himno del blues, escrita y grabada por T-Bone Walker en 1947 bajo el título Call It Stormy Monday, But Tuesday Is Just as Bad, que describe la desolación de una semana marcada por la pérdida amorosa, el ánimo solo mejora el viernes, día de pago o cuando el águila vuela y el sábado, para culminar rezando el domingo. Describe un profundo sentimiento de tristeza y desamor, donde los días de la semana traen tormentas emocionales.
Como con dinero baila la mona, animadas por la recompensa, muchas expediciones se lanzaron a su búsqueda y, durante 1850 participaban once buques británicos y dos americanos. Varios convergieron en la costa este de la isla Beechey, donde encontraron los primeros vestigios de la expedición, incluyendo las tumbas de tres tripulantes. En 1854, el explorador John Rae, desde la costa ártica de Canadá al sureste de la isla del Rey Guillermo, contactó con los inuits, -gente o seres humanos en su idioma,- que le contaron historias sobre los tripulantes de la expedición y le dieron algunos objetos que aún conservaban. Francis Leopold McClintock en 1859 descubrió una nota en la isla del Rey Guillermo, que habían dejado allí con detalles sobre el destino de la expedición. La búsqueda continuó infructuosamente durante décadas.
Les faltó tiempo para coser la hebra y en 1981, el equipo de Owen Beattie hizo estudios de las tumbas, los cuerpos, y otras pruebas materiales dejadas en las islas de Beechey y del Rey Guillermo, habrían muerto de neumonía, tuberculosis y envenenamiento por plomo de las soldaduras de las latas de conservas y las conducciones del sistema de agua potable de los barcos. Y como comer no es pecado gordo, se encontraron marcas de cortes en los huesos hallados en la isla del Rey Guillermo, por canibalismo. La combinación de los resultados de todos los estudios avisan que las muertes fueron por hipotermia, hambre, envenenamiento por plomo, escorbuto, enfermedades y, la exposición a un ambiente hostil para el que carecían de ropa adecuada, cuentas que darían al de arriba que tirita.
Como el pícaro miedo fue su peor enemigo, el 7 de septiembre de 2014 uno de los dos barcos fue hallado en una expedición por investigadores de Parks Canada en un vehículo submarino teledirigido. Los restos del navío fueron hallados cerca de la isla Rey Guillermo, en el territorio de Nunavut. El 12 de septiembre de 2016 encontraron el segundo barco, el HMS Terror, también cerca de la isla del Rey Guillermo. Se habían salido con la tremenda.
En 1804, Sir John Barrow Segundo Secretario del Almirantazgo, comenzó a sacudir a la Royal Navy para la exploración del pasaje del Noroeste en el norte de Canadá y navegar hacia el Polo Norte. En las siguientes cuatro décadas hicieron productivos viajes a la región ártica canadiense. Destacó John Franklin, segundo al mando de la expedición hacia el Polo Norte en los buques Dorothea y Trent en 1818 y, líder de varias expediciones por el interior y a lo largo de la costa. En 1845, se había reducido el área inexplorada a un cuadrilátero de unos 181,300 km². A esta área inexplorada se dirigió Franklin al oeste a través del Lancaster Sound y luego al oeste y al sur según le permitiese el hielo, las islas y otros obstáculos, para completar así el pasaje del Noroeste. La distancia que navegó fue de 1,670 km.
La expedición se componía de dos barcos, el HMS Erebus y el HMS Terror, cada uno de los cuales había viajado a la Antártida con James Clark Ross. A Fitzjames se le dio el mando del Erebus, y a Crozier, que había mandado el Terror durante la expedición antártica de Ross en 1841-1844, se le nombró oficial ejecutivo y capitán del Terror. Franklin -con pie de astucia diplomática, recibió el mando de la expedición el 7 de febrero de 1845, y sus instrucciones oficiales el 5 de mayo de 1845.
El HMS Erebus, de 378 toneladas, y el HMS Terror, de 331 toneladas, eran de corta eslora, pero con manga ancha, equipados con los últimos avances técnicos en náutica. Sus motores les permitían navegar por sus propios medios a una velocidad de 7.4 km/h. Avances tecnológicos con refuerzos de vigas arqueadas y placas de hierro y, un dispositivo interno de calefacción por vapor. Las hélices llevaban protecciones de hierro para evitar que se dañaran con el hielo. Cada barco llevaba una biblioteca con más de 1,000 volúmenes y provisiones para tres años, tanto conservas tradicionales como en el sistema más moderno de conservación en latas. Los alimentos en lata se pidieron a última hora -para variar,- y a bajo precio al proveedor Stephen Goldner, que parecía ángel de cornisa dijo sí meneando la cabeza como muñeco con alambre en el pescuezo, al que se le adjudicó el contrato, sólo siete semanas antes de que Franklin zarpase. El falsario fabricó precipitadamente 8,000 latas soldadas con plomo, de forma burda y descuidada, haciendo que el plomo se infiltrara al interior de las latas sin que la costra se rompiera.
La expedición zarpó de Greenhithe Inglaterra Inglaterra el 19 de mayo de 1845, con 24 oficiales al mando de 110 hombres. Muchos jefes para tan pocos indios. Los barcos se detuvieron en el Puerto Stromness en las islas Orcadas al norte de Escocia y, de allí navegaron a Groenlandia. En la bahía Disko de la isla Whale Fish, en la costa oeste de Groenlandia, les dieron mastuerzo a los diez bueyes que llevaban como provisión de carne fresca y, los suministros fueron transferidos al Erebus y al Terror y los miembros de la tripulación escribieron sus últimas cartas. Antes de la partida definitiva, cinco hombres fueron dados de baja y enviados a casa en el Rattler y el Junior Barretto, el número de miembros quedó en 129. La última vez que fue vista la expedición fue a principios de agosto de 1845, cuando el capitán Dannett del ballenero Prince of Wales y el capitán Robert Martin del ballenero Enterprise encontraron al Erebus y al Terror en la bahía de Baffin, en espera de condiciones favorables para entrar en el estrecho de Lancaster con apetito de sopa fría. Pasaron el invierno de 1845-1846 en la isla Beechey, donde tres miembros de la tripulación murieron y fueron enterrados. El Erebus y el Terror quedaron atrapados por el hielo cerca de la isla del Rey Guillermo en septiembre de 1846 y nunca volvieron a navegar libremente. Según una nota que Fitzjames y Crozier dejaron en la isla, Franklin amenazado de arrebatos de sangre había muerto el 11 de junio de 1847, y su tripulación tuvo que pasar los inviernos de 1846 a 1848 en la isla del Rey Guillermo. El 26 de abril de 1848, los miembros de la expedición supervivientes marcharon a pie con nerviosa presteza hacia el río Back, en territorio continental canadiense que era como mentarle la cruz al diablo. Nueve oficiales y quince hombres ya habían muerto, y el resto fueron muriendo por el camino, la mayoría en la isla y otros treinta o cuarenta en la costa norte del continente, a cientos de kilómetros de cualquier lugar habitado por occidentales, aunque sí había esquimales por la zona.
Uno a uno comenzaron a caer. Primero el cansancio. Luego la confusión. Después el hambre. El plomo de las latas los envenenaba lentamente. Las decisiones se volvían erráticas. Algunos hombres hablaban con sombras. Otros se sentaban en la nieve y no volvían a levantarse. Los inuit los vieron pasar. Hombres blancos, mal vestidos, torpes, caminando como si no pertenecieran a la tierra. Fantasmas adelantados a su propia muerte. No supieron escuchar. No supieron aprender. No supieron pedir ayuda.
Cuando el hambre cruzó el último umbral, ocurrió lo inevitable. No fue barbarie. Fue supervivencia sin esperanza. Los huesos, siglos después, contarían la historia que los hombres no pudieron escribir. No hubo victoria. No hubo redención. Sólo el intento final de seguir caminando un día más.
El Ártico cerró la historia con cuidado. Guardó los cuerpos. Preservó los barcos. Esperó. Durante más de un siglo, el mundo habló de heroísmo y evitó el horror. Pintó cuadros donde los hombres avanzaban erguidos, nobles, casi triunfantes. La verdad permaneció bajo el hielo. Hasta que el hielo comenzó a retirarse.
En el siglo XXI, los barcos reaparecieron. El Erebus. El Terror. Intactos. Oscuros. Silenciosos. Como si el Ártico los hubiera conservado no como reliquias, sino como advertencias.
La expedición de Franklin no fracasó porque el Ártico fuera cruel. Fracasó porque los hombres olvidaron escuchar. El último mapa del mundo no estaba en los instrumentos, ni en los libros, ni en la voluntad del Imperio. Estaba en la tierra misma, esperando ser aprendida. El hielo no los odió. Simplemente no los necesitó. Y así terminó la expedición que quiso cerrar el mundo… y aprendió, demasiado tarde, que hay lugares que no se conquistan, solo se respetan.
Aquí y allá, pequeños icebergs se elevaban hacia el cielo como pequeños Alpes flotantes. Los fragmentos de este mosaico a la deriva se mecían alrededor del barco, crujiendo al rozarse y burbujeando al fundirse lentamente y liberar las burbujas de aire atrapadas. Los británicos llevaban tres siglos buscando el Paso del Noroeste. Cada expedición avanzaba un poco más al norte, haciendo que las brújulas dieran vueltas al acercarse al norte magnético. Sus barcos quedaban atrapados en el hielo durante la interminable oscuridad del invierno polar. John Rae, un comerciante de pieles y explorador escocés conoció al inuit In-nook-poo-zhe-jook que le mostró docenas de reliquias que habían recogido del sitio, incluyendo una medalla que Franklin había recibido en 1836 y le describió un campamento que mostraba señales de que los hombres de habían sido conducidos a la última y terrible alternativa, cuerpos mutilados, cuyos pedazos aún yacían en ollas en las que habían sido cocinados. Un inuit llamado Supunger contó que, al viajar al extremo norte de la isla Rey Guillermo, se topó con una tienda de campaña destartalada, el esqueleto de un kobluna parcialmente vestido y un extraño pilar de madera con una bola decorativa tallada en la base que estaba fuera de lugar porque no hay árboles en la isla, marcaba una zona donde varias piedras grandes estaban cuidadosamente encajadas, abrió las rocas en la que encontró un cuchillo, un hueso de una pierna y una calavera.
En 1866, Charles Francis Hall conoció a un inuit llamado Kok-lee-arng-nun, quien dijo que lo habían invitado a bordo de un barco frente a la costa de la isla Rey Guillermo. Describió al jefe del barco como "un anciano de hombros anchos, grueso... con cabello canoso, rostro lleno y cabeza calva" y se refirió a él como Too-loo-ark - Cuervo. El barco estaba anclado en una gran bahía, donde "muchísimos hombres en el hielo tenían armas, muchos tenían cuchillos con mangos largos," y se extendieron en fila a través de la bahía, donde condujeron caribúes hacia el hielo y "mataron a muchísimos."
De los 105 hombres que abandonaron el barco en abril de 1848, sólo se han localizado los restos de unos 30 hasta la fecha.
“Los juicios de la realidad se confunden con la imágenes mentirosas del sueño”
Benito Pérez Galdós
Aunque no estaba la Magdalena para tafetanes, en 1850, once barcos británicos y dos americanos navegaron por el Ártico canadiense y, varios convergieron en la costa este de la isla Beechey, donde se encontraron los primeros vestigios de los desaparecidos, incluyendo las tumbas de John Shaw Torrington, John Hartnell y William Braine. En 1854, John Rae, mientras exploraba la península Boothia para la Compañía de la Bahía de Hudson (HBC), encontró un inuit cerca de Pelly Bay, ahora Kugaaruk, el 21 de abril de 1854, quien le dijo que un grupo de treinta y cinco o cuarenta hombres habían muerto de hambre cerca de la desembocadura del río Back. Otros inuit confirmaron la historia y casos de canibalismo, pues los supervivientes se comían a los fallecidos. Los inuit le enseñaron muchos objetos de Franklin y sus hombres. Rae compró a los inuit de varios tenedores y cucharas de plata pertenecientes a Fitzjames, Crozier, Franklin y Robert Osmer Sargent, primer oficial del Erebus. El informe de Rae fue enviado al Almirantazgo, que en octubre de 1854 instó a la HBC a enviar una expedición por el río Back para buscar más rastros. La siguiente búsqueda fue realizada por el jefe de puesto de la HBC James Anderson y el empleado de la misma compañía James Stewart, que viajaron al norte en canoa hasta la desembocadura del río Back. En julio de 1855, unos inuit les dijeron que un grupo de qallunaat-blancos, habían muerto de hambre a lo largo de la costa. En agosto, Anderson y Stewart encontraron un pedazo de madera con la inscripción Erebus y otro que llevaba escrito Sr. Stanley cirujano a bordo del Erebus, en la isla de Montreal, que se encuentra en la ensenada Chantrey, donde el río Back desemboca en el mar. El Almirantazgo no organizó ningún otro plan de búsqueda y se dio oficialmente por fallecidos a todos los miembros de la expedición el 31 de marzo de 1854. La señora Franklin propuso a Francis Leopold McClintock comandar una expedición en la goleta a vapor Fox, comprada con el dinero recaudado en una suscripción pública. Zarpó de Aberdeen el 2 de julio de 1857.
En abril de 1859, varios grupos de hombres en trineo partieron del Fox para buscar en la isla del Rey Guillermo. El 5 de mayo, el equipo liderado por el teniente de la Royal Navy William Hobson encontró en un montículo de piedras un documento dejado por Crozier y Fitzjames. Contenía dos mensajes, el primero, del 28 de mayo de 1847, decía que el Erebus y el Terror habían invernado en el hielo de la costa noroeste de la isla del Rey Guillermo y que el año anterior lo habían hecho en la isla de Beechey, circunnavegando después la isla Cornwallis. “Sir John Franklin comandante de la expedición. Todos bien,” decía el mensaje. El segundo mensaje, escrito en los márgenes de la misma hoja de papel, era mucho más inquietante. El mensaje, de fecha 25 de abril de 1848, informaba que el Erebus y el Terror habían quedado atrapados en el hielo durante un año y medio, siendo abandonados por la tripulación el 22 de abril. Veinticuatro oficiales y miembros de la tripulación habían muerto, entre ellos Franklin, que murió el 11 de junio de 1847, apenas dos semanas después de la fecha de la primera nota. Crozier quedó al mando de la expedición, y los 105 supervivientes tenían previsto iniciar un viaje el día siguiente en dirección sur, hacia el río Back.
La expedición de McClintock encontró un esqueleto humano en la costa sur de la isla del Rey Guillermo. Estaba vestido y encontraron algunos documentos, entre ellos un certificado de marinero a nombre del suboficial Henry Peglar, capitán de proa en el HMS Terror. El uniforme era el del camarero del barco y el cuerpo era el de Thomas Armitage camarero y encargado de la armería. En otro sitio, en el extremo oeste de la isla, Hobson descubrió un bote salvavidas con dos esqueletos tapados con mantas y varios objetos de la expedición, una gran cantidad de equipo abandonado, incluyendo botas, pañuelos de seda, jabón perfumado, esponjas, zapatillas, peines y muchos libros, entre ellos una copia de El Vicario de Wakefield.
Charles Francis Hall dirigió dos expediciones, entre 1860 y 1869, y vivió con los inuit, cerca de la bahía de Frobisher en la isla de Baffin, y más tarde en la bahía Repulse, en la costa continental del norte de Canadá. Encontró campamentos, tumbas y objetos de la expedición de Franklin en la costa sur de la isla del Rey Guillermo, pero ningún superviviente. Con la ayuda de sus guías Ebierbing y Tookoolito, Hall llenó cientos de páginas con los testimonios de los inuit. Entre estos materiales están los relatos de las visitas que los esquimales realizaron a los buques de Franklin, y la narración de un encuentro con un grupo de hombres blancos en la costa sur de la isla Rey Guillermo, cerca de la bahía Washington. En la década de 1990, este testimonio fue ampliamente investigado por David C. Woodman, y fue la base de dos libros, Unravelling the Franklin Mystery (1992) y Strangers Among Us (1995), en los que se reconstruyen los últimos meses de la expedición.
Con camisa o túnica del Nazareno, la esperanza de encontrar los documentos perdidos impulsó al teniente Frederick Schwatka, del Ejército de los Estados Unidos, a organizar una expedición a la isla entre 1878 y 1880. Viajando a la bahía de Hudson en la goleta Eothen, con un equipo que incluía a esquimales que habían ayudado a Hall, viajaron hacia el norte a pie y en trineo con perros, entrevistó a los inuit y visitó sitios conocidos o probables en los que habían estado los miembros de la expedición y en los que habían invernado en la isla del Rey Guillermo. No encontró los documentos que buscaba, señaló que su expedición había hecho “el viaje en trineo más largo que jamás se había hecho, tanto en lo que respecta a su duración como a la distancia recorrida,” su expedición en trineo duró once meses y cuatro días y recorrieron 4,360 km. Fue la primera expedición por el Ártico en la que sus componentes hicieron la misma dieta que los inuit, y como conclusión de la expedición se estableció la pérdida de los documentos de Franklin “más allá de toda duda razonable.”
En junio de 1981 en las excavaciones en la isla del Rey Guillermo, encontraron restos arqueológicos y restos humanos en poca la cantidad. Al examinar los huesos encontraron señales de escorbuto por la falta de vitamina C y marcas de canibalismo en los mismos con un alto nivel de plomo en los huesos, con una concentración de 226 partes por millón (ppm), diez veces más a las muestras de control, tomadas de esqueletos de los inuit de la misma área geográfica, y que era de 26-36 ppm. Un año después excavaciones en la isla con un equipo formado por Beattie, se trasladó a la costa occidental de la isla, donde volvieron sobre los pasos de McClintock en 1859 y de Schwatka en 1878-1879. Descubrieron los restos de catorce hombres y varios objetos de la expedición, incluyendo una bota completa que llevaba unos clavos improvisados en la suela para facilitar el agarre al hielo cerca de donde McClintock encontró el bote salvavidas,.
En 1984 Beattie luchó por encontrar una explicación a los altos niveles de plomo hallados en los huesos recuperados en la expedición de 1981 por las soldaduras de plomo de las latas de conservas, los envases de otros alimentos revestidos con plomo, los colorantes alimentarios, el tabaco, las vajillas de peltre y los pabilos de las velas con plomo. Los problemas de envenenamiento por plomo, combinados con los efectos del escorbuto, fueron letales. El plomo de los huesos podría explicarse por la exposición a lo largo de la totalidad de la vida de los sujetos en lugar de haberse limitado tan sólo a la exposición durante el viaje, la teoría se podría probar con el examen forense de los tejidos blandos en lugar de los huesos. Decidió entonces examinar las tumbas de los enterrados en la isla Beechey. Tras obtener permiso legal, viajó a la isla en agosto y realizar las autopsias de los tres tripulantes enterrados allí. Comenzaron con el primer miembro de la tripulación en morir, el jefe de los fogoneros John Shaw Torrington. Al completar la autopsia, exhumaron y realizaron un examen del cuerpo de John Hartnell. El equipo, presionado por la escasez de tiempo por las tormentas que ya tenían encima, regresó a Edmonton con muestras de tejidos y huesos. El análisis de trazas de elementos de los huesos y del cabello de Torrington indicó que los tripulantes “habían sufrido graves problemas físicos y mentales causados por el envenenamiento por plomo.” A pesar de que la autopsia indicó que la neumonía fue la causa última de la muerte del tripulante, el envenenamiento por plomo fue citado como un factor que influyó de forma importante.
Beattie señaló que las costuras de las latas fueron mal soldadas con plomo, lo que hizo que entrase en contacto directo con los alimentos. Se publicaron los hallazgos y la foto del cadáver de Torrington, que 138 años después de su muerte estaba muy bien conservado en el permafrost de la tundra. Investigaciones posteriores dicen que la fuente más probable para el plomo fue el sistema de almacenamiento y conducción del agua dulce en los barcos antes que la comida enlatada. K.T.H. Farrer dijo que “es imposible explicar cómo se podía comer la cantidad de alimentos enlatados necesarios para ingerir 3.3mg de plomo diarios durante ocho meses, necesaria para elevar el nivel de plomo a 80 μg/dL, cantidad a partir de la cual los síntomas de la intoxicación por plomo comienzan a aparecer en los adultos,” y que “no se sostiene que el plomo en los huesos en unas personas mayores pudo acumularse por la ingestión de alimentos contaminados con plomo durante tan sólo un período de pocos meses, o incluso tres años.” Los alimentos en conserva eran de uso generalizado en la Royal Navy y, no significó que hubiese envenenamiento por plomo en otros barcos. A los barcos se les había dotado con motores de locomotoras de ferrocarril, que requerían una cantidad de agua estimada en una tonelada por hora para producir el vapor. Los buques disponían de un único sistema de suministro de agua para el consumo humano y para alimentar la máquina de vapor, que implicó que grandes cantidades de agua se contaminaran con el plomo con el que estaba construido todo el sistema de almacenamiento y distribución. Esto es más probable para los altos niveles de plomo de las latas de conservas.
Una nueva investigación de las tumbas en 1986 filmó el proceso que se incluyó en un documental de 1988 de la tevé para el canal Nova titulado Enterrados en el hielo. Con condiciones bastante difíciles, Derek Notman, un radiólogo y doctor en medicina y el técnico en radiología Larry Anderson, hicieron muchas radiografías de los restos de los miembros de la tripulación antes de que se les realizase la autopsia. Descubrieron que alguien había intentado exhumar a Hartnell y, en el esfuerzo, una piqueta había dañado la tapa de madera del ataúd y la placa del ataúd había desaparecido. La investigación posterior realizada en Edmonton puso de manifiesto que sir Edward Belcher, comandante de una de las expediciones de rescate de Franklin, había ordenado la exhumación de Hartnell en octubre de 1852, pero se vieron frustrados por el permafrost. Un mes más tarde, Edward Augustus Inglefield, comandante de otra expedición de rescate, volvió a intentar la exhumación y eliminó la placa del ataúd. A diferencia de la tumba de Hartnell, la del soldado raso William Braine estaba completamente intacta. Cuando fue exhumado, el equipo de investigación observó que su entierro había sido apresurado. Sus brazos, el cuerpo y la cabeza no habían sido cuidadosamente colocados en el ataúd, y le habían puesto la camiseta al revés. El ataúd parecía demasiado pequeño para él, y la tapa incluso presionaba su nariz. Una gran placa de cobre con su nombre y otros datos personales fue clavada y adornaba la tapa del ataúd.
En 1992, en el emplazamiento de la isla del Rey Guillermo un equipo de arqueólogos y antropólogos forenses identificaron un emplazamiento que ellos etiquetaron como NgLj-2 en la costa occidental de la isla del Rey Guillermo. El sitio coincide con la descripción física dada por Leopold McClintock. Se realizaron excavaciones, descubrieron 400 huesos y fragmentos óseos, objetos que van desde piezas de cerámica a botones y herrajes de latón. El examen de estos huesos realizado por Anne Keenleyside, la forense de la expedición, mostró niveles elevados de plomo y muchas marcas de cortes hechos al descarnar. Con los datos obtenidos en esta expedición se confirmó, y se ha aceptado, que algunos hombres recurrieron al canibalismo al estar al borde de la inanición.
En 2014, en el verano fue encontrado el HMS Erebus localizado en el golfo de la Reina Maud, al oeste de la isla de O‘Reilly.
En 2016, la expedición de la Fundación Arctic Research el 12 de septiembre de 2016 encontró el lugar de naufragio del HMS Terror al sur de la isla King William, en Terror Bay, en buenas condiciones. Su localización se encontraba muchas millas al sur de su última ubicación conocida. Con esos hallazgos se puso fin al misterio de la desaparición de los navíos de la expedición.
Los estudios del FEFAP sobre el terreno, con las correspondientes excavaciones y exhumaciones, duraron más de diez años. Los resultados de este estudio de los objetos y restos humanos de la isla del Rey Guillermo y de la isla Beechey mostraron que en la isla Beechey los tripulantes fallecieron de neumonía, y por tuberculosis, por la evidencia de la enfermedad de Pott descubierta en Braine. Los informes toxicológicos dan un envenenamiento por plomo como coadyuvante. Se encontraron marcas de corte de cuchillo en los huesos de algunos de los tripulantes, típicos signos de canibalismo. Una combinación de frío, hambre, el escorbuto, la neumonía y la tuberculosis, todas agravadas por el envenenamiento por plomo, produjeron la muerte de la totalidad del equipo de Franklin.
Durante mucho tiempo, el relato oficial evitó hablar del canibalismo.
Era incompatible con la imagen del Imperio
Entonces escuchemos una sola voz, baja y obstinada, como el hielo cuando se mueve por la noche. Este es el canto del hombre que quedó atrás en un relato ritual polar, en voz de un marinero del Terror. -No diré mi nombre. Aquí los nombres se congelan primero. Fui marinero del Terror. Eso basta. Zarpamos cuando el mundo aún creía que podía cerrarse como un libro. Llevábamos mapas nuevos, latas brillantes, oraciones bien dobladas. Creíamos que el hielo era un obstáculo, no un reino. Al principio, el norte fue amable. Un blanco limpio. Un silencio que parecía respetuoso. -El hielo cede, decían los oficiales. -Siempre cede. Pero el hielo no cede. El hielo espera.
Cuando el sol se fue, no lo notamos enseguida. Uno no percibe la ausencia de algo hasta que el cuerpo empieza a reclamarlo. El barco crujía por las noches. No como madera vieja, sino como un animal que sueña. Dormíamos vestidos. Soñábamos con agua tibia. Rezábamos sin pedir nada concreto. Vi al capitán Franklin caminar por cubierta una madrugada. Parecía tranquilo. Los hombres tranquilos suelen morir primero.
El frío no duele al principio. Entra como una idea. Se instala en las manos, en las decisiones, en la manera de pensar. Comenzamos a olvidar cosas simples. El orden de los días. El sabor del pan. Las latas nos mantenían vivos y nos mataban despacio. El plomo hacía lento el pensamiento. Algunos hablaban solos. Otros rezaban mal. El hielo escuchaba.
Cuando Franklin murió, no hubo gritos. El silencio se volvió más pesado, como si el barco hubiera perdido su centro. Lo entregamos al hielo. No hubo tierra. Sólo blancura. Crozier nos miró a los ojos esa noche y dijo -no somos huéspedes aquí. Somos intrusos. Nadie lo contradijo. Dejar el barco fue como abandonar una catedral. Allí quedaron los libros, los cubiertos de plata, las tazas limpias. Todo lo que había servido para fingir que seguíamos siendo hombres civilizados. Arrastramos los botes. Arrastramos nuestras ideas equivocadas. El viento nos contó algo, pero no entendimos su idioma. El hambre no llega de golpe. Llega como una pregunta sin respuesta.
-¿Mañana será mejor? Nunca lo fue. Uno a uno, los hombres se sentaban. Decían que descansarían un momento. El momento se volvía eterno. Vi a los inuit desde lejos. Nos miraban sin acercarse. No con crueldad. Con comprensión. Ellos sabían. Nosotros no.
Cuando comimos lo que juramos no comer, el mundo ya estaba terminado. No hubo llanto. No hubo discusión. Sólo una regla muda, seguir caminando un día más. Los huesos recuerdan mejor que los hombres. Ellos contarán lo que yo no puedo decir. No sé por qué yo fui el que quedó atrás. Tal vez el cuerpo eligió. Tal vez el hielo. Me senté. Apoyé la espalda en la nieve. Miré el cielo que no prometía nada. Por primera vez, dejé de luchar contra este lugar. El frío no me tomó. Me recibió. Si alguien encuentra esto, no nos llamen héroes. Éramos hombres que no supieron escuchar. El norte no castiga. No perdona. No explica. Sólo permanece.Y ahora yo también.
Abre el libro como se abre el hielo, despacio, con respeto, sin promesa de salida.
EL LIBRO BLANCO DEL NORTE
Cantos de la expedición que no regresó
Éste es un libro ritual polar para voz humana, viento y respiración, silencio y sonido continuo, viento. Sentado, espalda recta, respiración inicial, inhalar 4 tiempos. Sostener 4. Exhalar 6. Repetir tres veces.
Este libro no se lee, se atraviesa.
El Marinero, -no diré mi nombre, pues aquí los nombres se congelan primero. Zarpamos con mapas nuevos y miedos viejos. El norte nos oyó llegar antes que nosotros mismos. El hielo cede decían. El hielo escuchaba.
Cerrar los ojos. Respirar por la nariz. Exhalar por la boca como si se empañara un vidrio.
Pensar, la noche no termina, solo se espesa.
El Barco HMS Terror -yo era madera y promesa. Me llamaron Terror como si el nombre fuera una armadura. Crují para advertirles. Nadie aprende este idioma cuando aún cree mandar.
-El Hielo. No llegué después. Estaba antes. No cierro caminos. Los recuerdo. No mato. Espero.
Inhalar lento. Exhalar aún más lento. Sentir el frío imaginario en las manos. No moverse.
-He servido al imperio. He obedecido al deber. Pero el deber no sabe dónde poner el cuerpo. Si muero aquí, que no sea por soberbia sino por ignorancia.
-El Inuit, el que mira, con voz pausada, distante dijo, los vimos llegar con casas que flotan. No preguntaron al hielo si deseaba ser cruzado. El norte no se conquista. Se aprende. Y el aprendizaje cuesta vidas con viento entre piedras.
Respira irregular. Deja que el ritmo se rompa. Siente la incomodidad. No la corrijas.
Los hombres en marcha con voces múltiples, desordenadas, afirmaban -mañana será mejor. Mañana será mejor. Mañana. Silencio abrupto. -Arrastramos botes. Arrastramos recuerdos. Arrastramos lo que quedaba de la idea de hogar. Hoy no caminaré más. El mundo no terminó. Sólo dejó de pedirme esfuerzo. El frío no me tomó. Me reconoció. Cada frase una exhalación.
Sólo viento. Sólo sonido continuo. El silencio absoluto dura lo que el lector tolere.
Este libro no honra la derrota ni condena la ambición.Es una advertencia cantada.
Donde termina el mapa comienza la escucha
Sin aplausos. Nunca aplausos.
El libro Negro del Sur, con cantos del calor, sed y desorientación. Si el Norte es blanco y quietud, el Sur es negro y exceso, con simetría ritual en el norte, frío, silencio, encierro, hambre lenta, hielo que espera. En el sur, calor, zumbido, exposición, sed urgente, sol que devora. El sol no da sombra. La quema. La Tierra no cubre errores. Los muestra. Aquí el enemigo no es el paisaje sino el tiempo sin refugio. Aquí no hay silencio. Sólo agotamiento. El Norte enseña a esperar. El Sur enseña a resistir. Ambos recuerdan lo mismo, el mundo no fue hecho para obedecer mapas.
Este libro no se devora, no se subraya, no se lee rápido.
Con cantos de tránsito, la deriva y la memoria salada el Libro del Mar es ritual para voz, balanceo y respiración irregular. El Norte enseña a esperar. El Sur enseña a resistir. El Mar enseña a ceder sin rendirse. Este libro no tiene dirección fija. Puede leerse de principio a fin, de fin a principio, o abierto al azar, como una carta náutica rota, de pie o sentado, pero nunca rígido. Con inhalaciones libres. Exhalar más largo. Dejar que el ritmo se desajuste. Pulso grave y lento, como casco golpeando agua.
Con voz humana balanceada, no soy del Norte ni del Sur. Soy del movimiento. El mar no pide promesas. Pide atención. Aquí aprendí que el rumbo es una conversación, no una orden.
Las olas respiran, inhalan, suben, exhalan, caen. Su cuerpo decide. No avanzo, negocio con el agua. Cada tabla recuerda otras manos, otros nombres, otros naufragios. No temo al hundimiento. Temo al olvido. No guardo cadáveres. Los transformo. No castigo. No premio. Devuelvo todo cuando el tiempo está listo. Silencio largo. Nada está alineado. Nada lo necesita.
Dijimos tierra. Dijimos luz. Dijimos mañana. Pero el mar dijo ahora. Aquí no hay héroes. Sólo cuerpos que flotan el tiempo suficiente para ser recordados.
No regresé al lugar. Regresé distinto. El mar no devuelve lo mismo. Devuelve lo necesario. Ahora sé que partir y volver son gestos hermanos. Sólo sonido de agua. O silencio con movimiento interior. Dura, lo que dure la calma.
Donde el hielo inmoviliza y el sol abrasa, el mar recuerda que vivir es oscilar
El libro del Silencio no tiene portada. No tiene lomo. No tiene páginas numeradas. No se imprime. No se lee. No se termina. El Norte enseñó a esperar. El Sur a resistir. El Mar a ceder. El Cielo a soltar. El Silencio no enseña. El silencio permite.
El contenido es el sonido lejano que no controla la pausa entre dos pensamientos, ni el peso del cuerpo cuando deja de corregirse. Aquí no hay voz. Aquí descansa la voz.
Cuando te levantes, el libro continúa. Cuando hables, no lo rompes. Cuando olvides este gesto, el libro habrá cumplido su función.
Esto no fue una obra. Fue una preparación. No fue una historia. Fue una manera de estar.
El último libro no se guarda en la estantería. Se queda cuando ya no estás buscando.
Buena fortuna.
Cronología
19 de mayo de 1845 la expedición de Franklin zarpa de Inglaterra.
Julio de 1845, la expedición atraca en Groenlandia, envía a casa a cinco hombres y un lote de cartas.
28 de julio de 1845, fue el último avistamiento de la expedición por un barco ballenero en la Bahía de Baffin.
1845-1846, la expedición inverna en la isla Beechey. Tres tripulantes mueren de escorbuto y tuberculosis y son enterrados allí.
1846, el Erebus y el Terror abandonan la isla Beechey y navegan por el Peel Sound hacia la isla del Rey Guillermo.
12 de septiembre de 1846, los barcos quedan atrapados en el hielo frente a la isla del Rey Guillermo.
1846-1847, la expedición inverna en la isla del Rey Guillermo.
28 de mayo de 1847, fecha de la primera nota, dice: "Todos bien."
11 de junio de 1847, Franklin muere.
1847-1848, la expedición de nuevo pasa el invierno en la isla del Rey Guillermo, al no haberse descongelado el hielo que tenía atrapados a los barcos en el verano de 1847.
22 de abril de 1848, el Erebus y el Terror son abandonados después de un año y siete meses atrapados en el hielo.
25 de abril de 1848, fecha de la segunda nota, que dice que 24 hombres han muerto y los sobrevivientes planean marchar al sur el 26 de abril, hacia la bocamar del río Back.
En 1850, los inuit suben a bordo de un buque abandonado en el hielo en las proximidades de la isla del Rey Guillermo. Ven a 40 hombres caminando al sur de la isla del Rey Guillermo.
1851, cazadores inuit ven a cuatro hombres que seguían caminando hacia el sur, siendo este el último avistamiento de los supervivientes así se lo contaron a Charles Hall.
En 1854, John Rae entrevista a los inuit de la zona, quienes le cuentan que 40 miembros de la expedición murieron de hambre después de recurrir al canibalismo.
En 1859, McClintock encuentra el bote abandonado y localiza los mensajes en un montículo de piedras en la isla del Rey Guillermo.
https://www.youtube.com/watch?v=wEPKIulCEhQ&list=RDwEPKIulCEhQ&start_radio=1
Symphony of Destruction de Megadeth es un himno de estructura simple, una crítica política mordaz sobre la manipulación de las masas por líderes, comparando a la sociedad con el Flautista de Hamelín. Aborda cómo los ciudadanos bailan al ritmo de la destrucción orquestada por figuras de autoridad, crítica a cómo las personas son conducidas a su propia ruina.
FIN
sergiodeleonlopez