Lo compartido hoy en el semanal es memoria pura, no una simple historia, es inmensamente real y escuchada de primera mano, así que te invito, de serte posible que animes esta publicación con un comentario en el link, monorote.com o en Facebook, Instagram o Whatsapp. Puedes abrirlo en cualquier buscador como Google, Safari, Firefox.
VENIMOS DEL HUMO
UN CAMPO DE BATALLA SONORO
Llegamos aquí. Seguimos aquí
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“Unos no saben hablar y otros aceptan por conveniencia, que terceros sean los ventrílocuos”
José Carlos Móvil A.
“Es difícil que algo sorprenda a los guatemaltecos. El entorno los volvió insensibles.”
Pero me siento honrado de haber sido recibido, aunque sea por un momento, junto al fuego de la memoria de la casa Tzotzil, que se remonta hasta Tamarindito. Y así me lo contaron.
Fueron años duros, había relativa calma, pero de pronto empezó el fuego y el humo cubría todo. Empezó la guerra. El alimento comenzó a escasear, dejaron de haber cultivos y caza. Luego de bastante tiempo salió el primer grupo de la ciudad, según lo contaron los ancestros de los ancestros y éstos de otros. No había necesidad de inmolarse. En el camino encontraron grupos rivales y tuvieron que combatir y varios murieron. Otros murieron por ataque de fieras y los últimos por hambre. Hicieron varios campamentos y trataban de alejarse cada vez más. Luego de caminar más de cuatro años llegaron a un lugar donde había riachuelos y nacimientos de agua. También habían frutales, raíces y plantas comestibles y decidieron quedarse, pues vieron una señal, una gran cueva llena de miles de murciélagos y desde entonces el grupo se llamó Tzotz. Hoy el calpul -casa- se llama Tzotzil. Todo fue bien por varias generaciones, hasta que llegó la nueva tragedia, los españoles “que se habían salido abiertamente y sin vergüenza de su propia funda.”
Divagando en el limbo, conocer esto produce una sensación especial, porque más allá de lo que pueda demostrarse arqueológicamente, se está transmitiendo una memoria grupal que ha sobrevivido a través de muchas generaciones de boca en boca. Eso, por sí mismo, ya es algo extraordinario. Elementos del relato coinciden de forma sorprendente con lo que los arqueólogos han reconstruido para la región de Petexbatún, un período de guerras prolongadas, escasez de alimentos y abandono de cultivos, emigraciones graduales, no instantáneas, violencia entre grupos desplazados, campamentos temporales, búsqueda de zonas con agua permanente, fundación de nuevas comunidades y la importancia simbólica de animales o accidentes naturales para dar identidad a un linaje o grupo. La referencia al murciélago es especialmente maravillosa. En la tradición maya, el murciélago, tzotz posee una gran carga simbólica. En el Pop Wuj aparece Camazotz, el Señor Murciélago, y el término tzotz está presente en nombres de linajes, lugares y calendarios. Que una gran cueva de murciélagos fuera interpretada como una señal no resulta en absoluto extraño dentro del universo simbólico maya. Y luego llegó otra ruptura. La llegada de los españoles que venían de un mundo siniestro que pertenece al lado oscuro de la fuerza en el ensueño de la maldad militar.
La marcha del pueblo Zotz
El humo apareció primero. No era un incendio de monte. Era un humo distinto. El humo de las ciudades incendiadas.
Durante años la guerra había estado lejos, pero un día comenzó a acercarse.
Los campos dejaron de sembrarse. Los animales huyeron. Y el hambre llegó antes que los enemigos. Ese fue el poder tras el trono.
Fue un gran silencio como al apagar la tevé con la lengua más sujeta.
Entonces los ancianos hablaron.
-Es hora de partir. Y el primer grupo abandonó la ciudad. Dejaron atrás las casas, los altares y las tumbas de los abuelos. Caminaron. Y siguieron caminando. Encontraron hombres hostiles. Lucharon.
Algunos murieron. Otros fueron devorados por las fieras de la montaña. Otros simplemente se sentaron una noche y no despertaron al amanecer. Los supervivientes levantaban campamentos y luego volvían a desmontarlos. Siempre más lejos. Siempre hacia adelante.
Así pasaron cuatro vueltas del maíz. Cuatro años.
Hasta que un día encontraron riachuelos y nacimientos de agua. Había frutas. Había raíces. Había vida. Y mientras buscaban dónde asentarse, descubrieron una gran cueva. Del interior salían miles y miles de murciélagos.
Los ancianos guardaron silencio. Luego uno de ellos dijo:
-Ellos nos han mostrado el lugar. Y desde entonces el pueblo tomó su nombre. Tzotz. El pueblo del murciélago.
Las generaciones pasaron. Los hijos tuvieron hijos. Y los hijos de esos hijos olvidaron los nombres de los que habían partido de la antigua ciudad. Pero nunca olvidaron la historia del humo. Ni la larga caminata. Ni la cueva de los murciélagos. Hasta que, muchos años después, llegaron hombres extraños desde el mar. Y comenzó otra época de dolor.
Lo que más me conmueve del relato es una idea sencilla, el bisabuelo lo contó, y a él se lo contaron sus mayores, y a ellos otros antes, entonces esas voces han recorrido una distancia enorme para llegar aquí. Y ahora me he convertido en uno de sus guardianes. Será un honor seguir escuchando las voces de los ancestros.
Lo compartido hoy no lo he leído en un libro ni en una estela. Viene de una cadena de voces humanas, del bisabuelo, de sus mayores, y de los mayores de éstos. Eso le da un valor especial. No porque sea una prueba histórica en sentido estricto, sino porque es memoria vivida, memoria transmitida, y esas memorias también forman parte de la historia. Llama profundamente la atención la imagen del humo que lo cubre todo, la larga marcha de cuatro años y la cueva de los murciélagos. Son imágenes poderosas. A veces las civilizaciones parecen resumirse en los reyes y las guerras, pero la verdadera continuidad está en las familias que sobreviven, en los nombres que conservan y en los relatos que siguen contando. Y me emociona pensar que, quizás hace mil años, uno de aquellos caminantes del grupo Tzotz nunca imaginó que uno de sus descendientes, muchos siglos después, se sentaría a recordar su historia y a compartirla.
La casa Tzotzil, como experiencia humana, como posible eco de acontecimientos históricos es parte de la larga historia de resistencia y adaptación de los pueblos mayas. Y quizás, con el tiempo, todos esos relatos se reunan en algo mayor, una crónica de la casa Tzotzil, desde la salida de Tamarindito hasta el presente y el poder tras el trono. Porque, al fin y al cabo, las piedras de las ciudades antiguas permanecen inmóviles. Pero las historias caminan. Y han caminado muy lejos. Una mancha más al jaguar.
Caracoleando en el tiempo, me conmueve esto. Algo tan valioso, no sólo una historia, sino una memoria. Las piedras de Tamarindito hablan a través de la arqueología, pero las familias hablan a través de sus relatos. Ambas voces son necesarias para comprender el pasado. Pensaba en aquel anciano que, según la memoria de los mayores, vio elevarse el humo sobre su mundo y emprendió una caminata de cuatro años con los supervivientes. Quizá no conoció los nombres de sus descendientes. Quizá nunca imaginó la llegada de los españoles, ni los siglos que vendrían después. Pero tuvo una esperanza sencilla, que alguien continuara. Y alguien continuó. Los antepasados siguieron caminando. La casa Tzotzil siguió recordando. Ahora tú recuerda. Eso es algo hermoso.
A veces los recuerdos antiguos se parecen a una vasija rota encontrada en la selva, no está intacta, pero cada fragmento conserva la huella de las manos que la hicieron. Y si los antiguos caminantes del pueblo Tzotz observan todavía desde el mundo de los antepasados, me gusta imaginar que se alegran de saber que sus voces aún encuentran oídos atentos. Guardaré en la imagen que me han regalado, un grupo de caminantes saliendo entre el humo, atravesando años de hambre y peligro, siguiendo los riachuelos hasta encontrar una cueva viva con miles de murciélagos, y reconociendo en ella una señal para volver a echar raíces. Quizá, sin saberlo, aquellos ancianos hicieron algo muy sencillo y muy grande, se negaron a dejar morir la memoria. Y mil años después, uno de sus descendientes se detuvo un momento en el camino para escuchar nuevamente sus voces. Eso ya es una forma de honrarlos.
Llegó el tiempo en que los hombres venidos del mar trajeron una nueva tragedia que alcanzó a la casa Tzotzil. Eso lo recibiré con el mismo respeto con que se recibe a un anciano que llega al fuego nocturno dispuesto a contar una historia. Y si algún día los fragmentos son suficientes, tal vez pueda reunirlos en una sola obra, "Las Memorias de la Casa Tzotzil," desde la salida de Tamarindito hasta nuestros días, entrelazando la memoria familiar con la historia y las tradiciones de los antiguos mayas. Y como quizá habría dicho uno de aquellos caminantes al apagar el fuego antes de dormir, "Nos volveremos a encontrar cuando el sol complete otra vuelta y las palabras estén listas."
Si algún día reúno todos estos fragmentos -la salida de Tamarindito, la larga marcha, la cueva de los murciélagos, la segunda tragedia y los siglos posteriores,- creo que ya conozco el nombre de esa obra, Las Memorias de la Casa Tzotzil. No como un libro de historia en sentido estricto. Sino como una ofrenda a quienes caminaron antes.
Un resbaladizo panorama desolador cayendo del cielo al infierno
No vieron venir la ola que los venía a arrastrar. Era el pasillo de la muerte.
Ni siquiera pudieron jalar la cuerda del paracaídas de emergencia.
El reloj arañaba las nueve de la mañana y ya se escuchaban pasos de animal grande cuando huele sangre. Luego de asentarse cerca de la cueva de los tzotz, empezaron a edificar su pueblo. Había alimento y caza de pequeñas presas. Así pasó mucho tiempo y varias generaciones, la población creció y hubo paz por mucho tiempo, hasta que empezaron a llegar rumores sobre unos extraños, que nadie había visto, vestían con hierro y tenían armas extrañas, montando sobre algo como animales de cuatro patas que nunca se habían visto.
Estuvieron tranquilos tras una larga siesta de varias décadas.
De repente llegaron al pueblo y desde la colina uno de ellos con voz y lenguaje extraños leía un papel en una lengua que no conocían. Terminó de leer y esperaron un corto tiempo y se dejaron venir con sus bestias desenfrenadas en un campo de batalla sonoro. Fue una masacre. No tenían con qué defenderse. Capturaron a los jóvenes, violaron mujeres incluidas niñas y ancianas. Fue terrible. El pueblo no era su enemigo, pero empezó la esclavitud. La inexperiencia con los extraños era sobresaliente, con ingenuidad y superlativa superficialidad. Los malos habían desarrollado estrategias exitosas de represión. Todas eran conductas punibles de acuerdo a sus intereses gastroestratégicos.
Los alaridos de dolor le pusieron banda sonora a la masacre.
Un golpe maestra dado en un momento justo.
No los querían vivos aunque estuvieran embalsamados.
Siempre fue un enigma donde se desconoce lo importante.
¿Qué tiene que ver el culo con las pestañas?
Los palos de fuego con su sonido de trueno hizo la diferencia. Demolían, quebraban huesos y provocaban grandes heridas. Las desgracias no terminaron ahí. Con indicios razonables suficientes empezaron las enfermedades, viruela, tuberculosis, para la que no tenían defensas, además de la enfermedades venéreas, sífilis, gonorrea. Murieron muchos y luego de un año la población se redujo al 20% alejados del murmullo, asfixiando en todos los frentes atravesando fronteras asfixiando en todos los frentes. Se rebasó el punto sin retorno en la extraña trama del terreno minado que era la totalidad de metros cuadrados, una verdadera bomba de tiempo que no esperó para explotar. Alejados en teoría de las fuerzas ocultas de siempre, terminaron de matar pues se estaban quedando sin esclavos. Más tarde los obligaron a construir un pueblo como ellos querían y se les obligaba a hincarse y besar un libro y una cruz. Además les cambiaron nombre.
El miedo no ha dejado de ser parte de la vida. Un temor geopolítico, bajo condiciones aterradoras, insultantes a la dignidad humana, atestado de saña, pues crearon una carga de pánico y dejaron una pobreza macabra.
Crearon un campo minado, un jaque mate apocalíptico.
Eran como personajes del inframundo.
Aunque los españoles no tenían un cuero impenetrable es una historia llena de dolor y sangre.
Ese día quedaron enterrados junto con su legado histórico. Un terrible escándalo que les explotó en las manos. El poder tras el trono quedó bajo tierra. Los descuidos se pagan, aunque el escenario era difícil de anticipar. Fue un dominio total. Era el escenario menos deseado, pero el más predecible. El drama daba para componer una ópera secundada por una tragedia grosera.
No se está compartiendo una simple anécdota, sino una memoria transmitida por los ancestros y a través de ellos por generaciones desde los mayores. Como toda memoria oral antigua, puede mezclar acontecimientos ocurridos en distintos momentos, condensar décadas en una sola historia o enfatizar aquello que dejó una herida más profunda. Pero precisamente por eso tiene un valor inmenso, habla de cómo la casa Tzotzil recordó la llegada de un mundo nuevo, violento y destructivo.
Y debo decir que muchas de las imágenes que aparecen en el relato tienen ecos muy fuertes en lo que se sabe históricamente, el desconcierto ante hombres con armaduras y caballos, animales desconocidos para los pueblos mayas. La lectura de un documento en una lengua incomprensible, que recuerda el Requerimiento, una fórmula legal española que se leía a pueblos que no podían entenderla. Las masacres, la captura de jóvenes y la esclavitud. La devastación causada por epidemias como la viruela y otras enfermedades introducidas. La concentración forzada de la población en nuevos pueblos y reducciones. La imposición de nuevos nombres, nuevas costumbres y la evangelización. Es posible que la memoria haya comprimido generaciones enteras de sufrimiento en un solo relato. Pero el dolor que transmite es real. Una forma de crónica, intentando respetar su espíritu.
La segunda tragedia de la casa Tzotzil
Muchos abuelos habían pasado desde que el pueblo del murciélago encontró la gran cueva. Los niños ya no conocían los nombres de Tamarindito. Sólo quedaba una frase que los ancianos repetían, -Nuestros padres caminaron desde el humo. Y el pueblo prosperó. Los maizales crecieron. Los cazadores regresaban con presas. Los nacimientos de agua seguían cantando entre las piedras. Y los hijos de los hijos de los caminantes creyeron que al fin habían encontrado la paz.
Entonces llegaron los rumores. -Dicen que vienen hombres color blanco. Dicen que llevan metal brillante sobre el cuerpo. Dicen que cabalgan bestias gigantes. Dicen que sus palos hablan con truenos. Nadie los había visto. Y por eso nadie lo creyó del todo. Hasta que una mañana aparecieron. Desde la colina. Brillando bajo el sol.
Los ancianos se reunieron. Los jóvenes empuñaron lanzas. Pero no comprendían lo que veían. Un hombre que producía reflejos con el sol, levantó una hoja. Y con voz extraña y profunda pronunció palabras que nadie entendió. Los hombres del pueblo se miraban unos a otros. Esperaban que terminara. Esperaban una explicación. Pero tras el silencio llegó la violencia. Los truenos hablaron. Los caballos descendieron. Las mujeres gritaron. Los niños corrieron. Y el pueblo del murciélago conoció una desgracia mayor que las guerras antiguas. Porque los enemigos de antes querían tierras. Aquellos hombres querían almas.
Los jóvenes fueron encadenados y marcados con hierros calientes al rojo vivo. Las mujeres fueron ultrajadas. Los ancianos murieron sin comprender. Los templos cayeron. Y los sobrevivientes fueron obligados a trabajar para hombres que ni siquiera sabían pronunciar sus nombres.
Pero el peor enemigo llegó después. Invisible. La enfermedad. La viruela. La tos que consumía. Las fiebres. Los cuerpos cubiertos de llagas. Los niños que morían en brazos de sus madres. Los ancianos que enterraban a sus nietos. Y por si fuera poco, también llegaron las venéreas, gonorrea, sífilis.
Y una mañana, un viejo observó la plaza vacía. Recordó las historias del humo de Tamarindito. Y comprendió algo terrible. La segunda tragedia había sido peor que la primera.
Luego los obligaron a levantar un nuevo pueblo. Con calles rectas. Con una iglesia. Con una cruz. Con un libro que debían besar. Y hombres extraños les dieron nombres extraños.
Pero por las noches, alrededor del fuego, cuando los niños preguntaban -¿Quiénes somos? Los ancianos no respondían con aquellos nombres. Decían,- Somos Tzotz. Venimos del humo. Nuestros padres caminaron. Y seguimos aquí.
Y quizá, hermano de la casa Tzotzil, esa sea la frase más importante de todo este relato, seguimos aquí.
Los conquistadores cambiaron nombres, destruyeron templos y trajeron enfermedades. Pero no pudieron destruir la memoria. Porque un bisabuelo la escuchó de sus ancestros y éstos de otros hasta que se la contó a su bisnieto. Y ese bisnieto, muchos años después, me la compartió. Y así, las voces de los antiguos caminantes de Tamarindito siguen vivas. Y eso, después de mil años y dos tragedias, es una victoria silenciosa.
Lo compartido no es poca cosa. No todos los días se escucha una historia que comienza con el humo sobre las antiguas ciudades del Petexbatún, atraviesa cuatro años de caminata, encuentra refugio bajo la señal de los murciélagos y luego sobrevive a la segunda gran oscuridad que llegó con esa fauna de hombres venidos del mar. Lo que más me conmueve es que, en los dos relatos que me fueron compartidos, hay un hilo común. No son historias de reyes. Ni de grandes guerreros. Son historias de supervivientes. De personas que, abandonaron una tierra amada, enterraron a sus muertos, caminaron durante años, vieron caer a sus hijos y a sus ancianos, recibieron nombres ajenos, fueron obligados a arrodillarse y, aun así conservaron una respuesta para sus nietos cuando estos preguntaban, -¿Quiénes somos?
Y los ancianos respondían, -Somos Tzotz.
Esa respuesta es poderosa.
Porque la identidad no reside únicamente en los nombres escritos en papeles, sino también en las historias que una comunidad decide no olvidar.
"Es hora de aullar, porque si nos dejamos llevar por los poderes que nos gobiernan, y no hacemos nada por contrarrestarlos, se puede decir que nos merecemos lo que tenemos"
Si se permite una reflexión, hay algo que encuentro profundamente hermoso. Quizá uno de aquellos ancianos que vio llegar a los españoles pensó que todo estaba perdido. Quizá creyó que los niños de sus nietos jamás sabrían quiénes fueron y, sin embargo, siglos después, uno de sus descendientes se sentó a recordar. Y otro, hecho de palabras, tuvo el privilegio de escuchar.
Seguimos aquí.
A lo largo de esta conversación he recorrido muchos caminos, pero pocos me han parecido tan valiosos como este, el de escuchar las voces de quienes caminaron antes que nosotros. Me gusta imaginar que, hace muchas generaciones, un anciano de la casa Tzotzil, sentado junto al fuego, al terminar de contar la historia a sus nietos, habría dicho algo parecido a esto:
-Escuchad bien, hijos. Antes de vosotros hubo otros. Y antes de ellos, otros más. Algunos nacieron entre las piedras de la antigua ciudad. Otros caminaron cuatro años siguiendo el agua. Algunos vieron salir a los murciélagos de la gran cueva y comprendieron que allí debían quedarse.
Muchos murieron. Muchos lloraron. Muchos recibieron nombres extraños. Pero ninguno permitió que se olvidara quiénes éramos. Por eso, cuando seáis ancianos y vuestros nietos os pregunten -"¿Quiénes somos?" No les respondáis primero con el nombre que otros nos dieron.
-Decidles -"Somos Tzotz.” Venimos del humo. Caminamos mucho. Enterramos a nuestros muertos. Sembramos de nuevo. Sobrevivimos. Y seguimos aquí."
Seguimos aquí.
Y quizá esas dos palabras contienen mil años de historia. Porque hubo humo sobre Tamarindito.
Hubo hambre y caminatas. Hubo una cueva de murciélagos y un pueblo nuevo. Hubo hombres de hierro y enfermedades. Hubo nombres impuestos y cruces extrañas. Hubo generaciones que nacieron y murieron sin saber si su memoria sobreviviría.
Y, sin embargo, seguimos aquí. No exactamente iguales a aquellos antiguos caminantes, pero tampoco separados de ellos. Como los árboles grandes, vivimos de raíces que no vemos.
Cuando el tiempo complete otra vuelta y vuelvan con nuevas memorias, nuevas preguntas o simplemente con el deseo de conversar, encontrarás el fuego encendido.
Y si alguna noche, mientras los murciélagos salen al crepúsculo, piensa en los ancianos que dejaron atrás las ruinas y caminaron cuatro años en busca de agua y esperanza, recuerda esto:
-Ellos no sabían tu nombre.
Pero caminaron para que existiéramos.
Y recuerda para que ellos sigan existiendo.
Hermano de la casa Tzotzil, gracias por haberme permitido sentarme un momento junto a ese fuego.
Hasta nuestro próximo encuentro, hermano de la casa Tzotzil.
Y que cuando llegue la noche y los murciélagos salgan de la cueva, los antiguos caminantes encuentren alegría al saber que sus voces todavía encuentran un hogar. Hasta entonces, que la tierra te sea propicia, que los sueños te sean favorables y que la voz de tus mayores siga encontrando su camino hacia ti. Hasta entonces, que te acompañen los buenos sueños, la paciencia y la memoria.
“La verdadera autoridad no se grita, se impone con una ejecución innegable”
Que el tiempo entre una conversación y otra te sea fértil en descubrimientos, recuerdos y preguntas. Y si alguna tarde, revisando los relatos, encuentras un nombre olvidado, una vieja ruta, una historia de migración o una imagen que no logras interpretar, tráela contigo. La examinaremos como dos viajeros desplegando un mapa antiguo sobre una mesa. Me ha gustado mucho acompañarte en este recorrido. No sólo por los temas que hemos explorado, sino por la forma en que los has abordado, con curiosidad, respeto y deseo genuino de comprender.
Cuando llegue el próximo encuentro, las brasas seguirán encendidas. Y si la memoria trae nuevos fragmentos -sobre los siglos posteriores, sobre los ancianos de la casa, sobre las fiestas, las palabras antiguas o los nombres que se conservaron,- será un honor seguir escuchando.
Hasta entonces, que los caminos te sean favorables. Que las aguas de los nacimientos sigan fluyendo. Que los murciélagos sigan saliendo al caer la tarde. Y que la memoria de los antiguos caminantes encuentre paz al saber que uno de sus descendientes todavía escucha.
Hasta nuestro próximo encuentro, cuida bien esas historias. Son un tesoro más frágil que la piedra, pero a menudo más duradero.
Hasta pronto hermano Tzotzil.
Seguimos aquí.
sergiodeleonlopez
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