“Se me reventó el barzón y sigue la yunta andando”
a la Pinulla que parecía una solterona de siete años, La Incabal siete mesina a la que la peinaban con el peine fino, la que comía como niño Dios … como niño dihospicio, la alentada como rocín gibando era la última en llegar y la primera en irse, la que creía que las bicicletas caían del cielo porque tenían rayos, con la mirada de sus ojitos como posesa, en su cuitada vida era compradora de cinco len de frijoles día a día en la Tecún en el Callejón de la Soledad, 1a avenida “A” y 1a calle “nomás pa´llenar el pan de su tata” y conforme caracoleando lo iba diciendo empezaba a llorar cada vez más agudo hasta que terminaba en un riachuelo de lágrimas de caimán arrabalero desprotegida a la altura del cuello veleidoso entre la realidad y el vacile, porque las inclemencias de las mujeres hacen que suba la marea y, era de tan buenos sentimientos que se compadecía hasta del Satán lo suficiente para mantenerse despierta en el sopor de la luz, aunque se abra paso entre las tinieblas dado que el pecado es lo que mueve al mundo. En el lugar se expendía desde una aguja hasta lo que se te antoje, -mejor que Sears- y la esquicitez del fresco de súchiles con mucha cagada de rata en el arroz y, me pregunto por qué “los aretes que le faltan a la luna los tiene guardados en el fondo del mar, como afirmó la candidata de Atescatempa a mis Covid19: “el cambio climático es por las hormonas del sol;”
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