Los curas también se tiran pedos
al maistro constructor de arquitecura panóptica, graduado en la Universidad Soberón casa de entuertos, don Pulique y su hijo tipunquito Josecito que era más grande por dentro que por fuera, con quien tenía la sensación de estar repetido en duplicado teté á teté, se vestían exactamente igual, con tacuche café o azul marino brillantes por el uso consuetudinario, con sombreros deshilachados de paja y en invierno con sus palasaguas colgado en la cintura.
Los lunes salían impecables, pero el viernes las camisas, las corbatas, los pantalones y hasta los zapatos estaban chorreados de recado de pulique y de ahí su apelativo. Don Pulique devoto de la Virgen del Favor, aunque no tenía moto, el que tenía más pasado que furturo, solía caminar con los brazos extendidos y separados a cierta distancia uno del otro, cuando se dirigía a la carpintería y no podía saludar con la mano porque se le perdía la medida de la tabla que necesitaba en la obra. Sólo se sabía de él que era un cuatepequeño paquidérmico y, si jiñan mucho es mejor poner los chompipes en la sombra. Él fue el que construyó la casa de bahareque poshoroco de la viejita de los 64 gatos, la que al ver el primer temblor de la temporada se bajó a escupir el suelo y la pared del frontispicio quedó como un trinchera de un metro cincuenta de altor, más o menos dos metros de anchor y catorce metros de largor y rápido se llenó de monte y salvia sija con enredaderas rosadas de tilo, que eran las delicias del caldo de los felinos. Sus construcciones eran estilo churrigeresco poshoroco que harían más pequeño al mundo de los desesperados con medidas exploratorias en la línea de flotación protestando en la manifestación del rábano y, esas tierras del rincón las sembró con un buey pando cuando la gente si descansa puede dedicarse a la lectura;
sergiodeleonlopez
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