Como me lo contaron te lo cuento, porque todo cabe en un jarrito sabiéndolo acomodar
al hombre sin cabeza en calenturienta fantasia ortodóxica, el que la verdad se la pasaba por el arco del triunfo con su olor a fatigas de trasero, en la soledad sonora en el pico de la curva en su silencio atronador, el oximorón lleno de vacios, gritando sus secretos en los caminos de tierra, en su viaje a ninguna parte, en su tensa calma con su vista ciega en la luz oscura de la madrugada con hielo abrasador de fuego helado, con sus espantosos placeres, del queso guanaco duro-blandito. Cuando algo se intuye en el silencio pasadas 4 horas de las 12 los vecinos en los sueños húmedos más profundos de la parálisis del miedo, oían sonar el estruendo con su graciosa torpeza que en su final llevaba a la paranoia del éxtasis en la luna del mediodía y, todo el vecindario temblaba acorazados del bolsillo por las dulces llagas de Cristo, en una tensa calma y se caían hasta las fotos de los santos por la vibración y ni las estampitas puestas en marcos podían hacer milagros ni detener los quietos temblores que en su cerrilidad no pueden conspirar con milagros en su debilidad arrasante del clamoroso silencio. En la Calle de la Floresta algunas tapias de cal y llanto se estaban cuartiando y, en la tienda de doña Pepa de Cantalarana se podía ver hacia el exterior por una gran rajadura y cuando después de la hora de cierre algún atrasado llegaba a comprar por ahí se le tomaba el pedido. En la lotería de la vida se había sacado el premio gordo del temor paralizante, que se venía sucediendo hacía cuatro meses y cuarenta días y la explicación de doña Tencha la que hablaba en parábolas simétricas o diéces, es que pasaba el hombre sin cabeza en su carroza negra con seis corceles negros percherones patas peludas –como Bolívar en su entrada a Caracas, sólo que su carroza la hizo tirar por doce niñas vírgenes por las que tenía delirio- recogiendo a los adúlteros femeninos o masculinos, mashcuiles sin sosiego de la población selectiva tras los muros de la inocencia queriendo esconder sus miserias en su desgarradora nostalgia de puerto abandonado y, se negaban echarle una manita a la muerte, porque cuando hay enojo no se piensa con claridad. Ni los chuchos ladraban, las ratas se escondían en las alacenas y a los gallos se les trababan los cantos y lo hacían con dos horas de atraso hasta que les bajaban los huevos a su lugar y, las gallinas dejaban de poner porque con los temblores los huevos les salían revueltos.
Dejad que los herejes vengan a mí que con ellos haré un infierno bienhallado
Ni con leña húmeda para la llama eterna, ni el derramar agua bendita robada de la Reco, ni los rezos novenarios, ni el collar de olotes, ni los exorcismos del padre Eufemio daban resultado y el miedo atravesaba el terror, hasta el judío errante había dejado de pasar pidiendo su vaso de agua por haber escupido al Señor, que como a la Menegazo, no se le niega a nadie y, lo que el Señor piensa ni él lo sabe. Hasta los cocuyos tenían miedo y ya no alumbraban en las noches porque según Job: “entre las visiones nocturnas y pensamientos inquietantes es cuando el sueño profundo cae sobre los hombres y se despiertan azorados.” Hasta donde doña Gatúbela la viejita de los 64 gatos brincaban sus bacinicas y sonaban como que fueran castañuelas, los huele de noche ya no olían, ni San Bartolomé el patrono de los miedos se acercaba al lugar, ni mucho menos Juana de Arco que ya ni arco tenía y, ya no quitaba el miedo nocturno en el puro Idus de marzo de la sordera en la era universal de culo y en bajada, sabiendo que la prudencia es la nana de la ciencia y cantar es la diversión de los pobres, para que nadie se cague en la jaula del pájaro.
“Ego te absolvo a pecatis tuis”
Elotiyo Güence, hijo de doña Pepa, con las micciones trabadas no tuvo tiempo de ir al excusado a ensuciar y se cruzó con la hendidura de la pared para poner ahí su tiliche, cuando vió el carretón de la muerte del hombre sin cabeza y pudo leer que en su costado decía Cervecería Centroamericana. El carretón de la muerte transportaba los pesados pumpas de lúpulo y melaza y, el tal hombre sí tenía cabeza pero la tenía bien protegida del frío de la madrugada con las solapas del gabán subidas hasta las orejas con su cumbo negro hasta las cejas y, entonces dió aviso a gritos y la noticia se transmitió de pared a pared y desde entonces todos afirmaban que ya lo sabían desde la noche de los vivos muertos llenos de vacíos y, que nunca tuvieron miedo con valor aunque del susto se orinaran en la cama de sus mentiras verdaderas, luchando como fieras asustadas y huyendo como conejos aterrorizados, dado que el puñal tiene poder cuando cobra confianza en sí mismo aunque sea más lento que la segunda venida de Cristo, porque la justicia tiene poca memoria de largo plazo;
No hay comentarios.:
Publicar un comentario