lunes, 2 de noviembre de 2026

UN TORMENTO PERMANENTE. 314

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UN TORMENTO PERMANENTE,

en el camino de la podredumbre



Los que participan en la crueldad siguen siendo responsables de sus decisiones


Sin vagabundeos en la imaginación, toca hoy hablar en este semanal de un comehombres lleno de la banalidad del mal, que vino desde la porquería con jeta de entierro y con el diapasón cada vez más alto. Nacido con anencefalia y que hacía tanto ruido como pregonero de feria poblana.

Para construir un perfil psicológico de este monstruo, no se puede explicar al hombre que llegó a ser torturador y perseguidor, suponiendo que ya estaba completamente formado desde niño. ¿Qué experiencias, ambiciones, decisiones y condiciones históricas pudieron contribuir a que un niño terminara convirtiéndose en uno de los criminales más temidos del mundo? No sería correcto diagnosticarlo retrospectivamente ni inventarle una niñez traumática para hacer su historia más dramática que en una película de miedo.

Era un niño corriente de 1913 a 1930, estudiante promedio, sin señales que permitieran anticipar los crímenes que cometería décadas después. Su padre había combatido en la Primera Guerra Mundial y regresó herido en su susceptibilidad en el traste y con problemas de alcohol y echándole a la violencia doméstica con más ganas que pudor. Un hogar con violencia puede enseñar a un niño que la fuerza es una forma de imponer autoridad, pero no determina que vaya a convertirse en violento. La experiencia de un padre herido y resentido pudo influir en su visión, aunque no se puede establecer cuánto influyó realmente. No encuentro suficiente evidencia para afirmar que fuera cruel, sádico y psicópata durante la infancia. No hay que convertir su niñez en una explicación de sus crímenes. Muchos crecen en hogares difíciles sin convertirse en victimarios.

En la adolescencia, tuvo pérdida, ambición y radicalización de 1930 a 1935. Quería estudiar y se interesó en teología. En 1933 murió su padre, las dificultades económicas contribuyeron a que abandonara sus planes de educación superior. Ese mismo año ingresó en las Juventudes Hitlerianas. En 1935 se incorporó a las SS y comenzó su carrera en el Servicio de Seguridad nazi, el SD. Aquí aparece un punto decisivo. Alemania atravesaba una crisis económica, política y social, y el nazismo ofrecía a los jóvenes una combinación de pertenencia, disciplina, identidad nacional y posibilidades de ascenso. Encontró ahí una estructura que sustituyó las expectativas educativas perdidas y le ofreciera una carrera, reconocimiento y poder, aunque eso no significa que se uniera al nazismo únicamente por necesidad económica. La decisión de incorporarse a una organización ideológica y participar en su sistema represivo fue suya. La frustración personal puede ayudar a contextualizar una trayectoria, pero no justifica la elección de perseguir a otros.

Como funcionario aprendió a convertir personas en objetivos de 1935 a 1942. Ascendió dentro del aparato de seguridad nazi y recibió formación como investigador e interrogador. Fue destinado a los Países Bajos ocupados en 1940 y trasladado a Francia en 1942, donde terminó trabajando en Lyon. Desde una perspectiva psicológica, puedo señalar tres procesos posibles, Identificación con la institución, donde el valor personal se medía por la obediencia, el rango y la aprobación de los superiores. La deshumanización del adversario, pues las personas perseguidas dejan de ser vistas como individuos y pasan a ser clasificadas como enemigos, sospechosos o miembros de grupos considerados indeseables. Y la normalización de la violencia, donde los abusos se vuelven parte de la rutina profesional cuando una organización los recompensa, los encubre o los presenta como deber patriótico. No sé con certeza qué sentía en cada etapa, pero sí puedo ver que desarrolló una carrera dedicada a perseguir, reprimir y guillotinar sin guillotina.

En Lyon efectuó el ejercicio deliberado del terror de 1942 a 1944, etapa que permite evaluar sus actos con mayor claridad. Como responsable de la Gestapo en Lyon, participó en la persecución de la Resistencia francesa y de la población judía. Ejecutó de 4,000 asesinatos, así como la deportación de 7,500 judíos, la mayoría perecieron en Auschwitz. En abril de 1944 estuvo implicado en la deportación de los niños y adultos de la colonia de Izieu.

Esto revela su conducta 1. Crueldad instrumental. La tortura y el terror le servían para obtener información, desarticular redes clandestinas e imponer obediencia. No es necesario demostrar que disfrutaba del sufrimiento para reconocer la extrema brutalidad de sus métodos. 

2. Ausencia práctica de límites morales. Sus decisiones muestran que no permitió que la dignidad humana ni la vulnerabilidad de las víctimas frenaran su actuación. 3. Convicción ideológica y obediencia. La ideología nazi proporcionaba categorías para justificar la persecución, mientras la jerarquía ofrecía instrucciones, recursos y protección institucional. 4. Responsabilidad personal. Explica las oportunidades y presiones, pero no elimina la responsabilidad por las decisiones tomadas ni por los crímenes cometidos.

Es importante distinguir estas conclusiones conductuales de un diagnóstico clínico, no dispongo de una evaluación psiquiátrica fiable que permita asignarle retrospectivamente un trastorno específico.

En la posguerra realizó adaptación, ocultamiento y falta de arrepentimiento. Tras la guerra, colaboró con la CIA y la contrainteligencia gringa antes de escapar a Bolivia, donde vivió bajo el nombre de Klaus Altmann, mantuvo relaciones con sectores del poder y evitó durante décadas responder ante la justicia francesa. Fue extraditado a Francia en 1983 y condenado a cadena perpetua en 1987 por crímenes contra la humanidad. Tenía una notable capacidad para adaptar su identidad pública a las circunstancias. Pero adaptarse no equivale a arrepentirse, ocultar el pasado y buscar protección no demuestra por sí solo remordimiento. Durante el juicio siguió defendiendo su pasado nazi. Su conducta pública no da indicios convincentes de una transformación moral genuina.



“Si pasa por el infierno, no se detenga”

Winston Churchill


Este es un perfil interpretativo de su trayectoria, no un diagnóstico médico. Infancia y adolescencia con evidencia limitada, relativamente corriente, su atravesó dificultades y su educación quedó interrumpida. No hay base para afirmar que desde niño fuera un monstruo en potencia. La Ambición y pertenencia son una interpretación plausible, pues el aparato nazi le ofreció carrera, estructura, reconocimiento y una ideología que convertía la persecución en una misión política. Su conducta criminal adulta está fuertemente documentada. Participó en la tortura, la persecución y la deportación de víctimas. Sus acciones revelan una disposición a emplear el poder institucional con una brutalidad extrema. Su responsabilidad moral es una conclusión histórica y ética. Ni una infancia difícil ni la obediencia a una organización explican sus decisiones o las excusan. Fue responsable de su participación en crímenes contra la humanidad.

La pregunta más inquietante y quizá la más difícil no sea si nació malvado. No tengo forma de saberlo y la historia no me permite demostrarlo. La pregunta es cómo alguien que era aparentemente corriente pudo incorporarse a un sistema criminal, adquirir poder dentro de él, ejercer una violencia terrible y continuar defendiendo su pasado décadas después. No tengo pruebas de que el niño estuviera destinado a convertirse en el verdugo de Lyon, pero sí tengo pruebas de las decisiones que tomó el hombre en que se convirtió. Y esa distinción importa. Si se atribuye sus crímenes a una maldad innata e inexplicable, se deja de examinar los mecanismos que hicieron sus actos, la ideología, la obediencia, la deshumanización, las recompensas institucionales y la ausencia de límites. Comprender esos mecanismos no significa comprenderlo para perdonarlo. Significa estudiarlo para reconocer cómo se construye y se sostiene el terror humano.

No fue considerado un caso psiquiátrico ni un enfermo mental por la justicia y los peritos médicos que lo evaluaron. Antes del juicio las autoridades judiciales ordenaron exámenes a un equipo de médicos y psicólogos. Sus conclusiones determinaron que tenía una inteligencia superior a la media y gozaba de plena capacidad intelectual. Estaba orientado en tiempo y espacio, sin rastro de demencia, psicosis o alteración que le impidiera comprender la realidad o sus actos. No manifestaba conflictos internos ni sentimientos de culpa, sino una desconexión fría y deliberada con el sufrimiento ajeno. Durante y después del proceso mantuvo una postura firme, sin mostrar remordimiento e incluso jactándose de su pasado nazi. La ciencia y la criminología interpretaron su conducta no como una enfermedad mental, sino como la manifestación de una ideología totalitaria asumida con rigurosidad y ausencia total de empatía, lo que Hannah Arendt definió como la "banalidad del mal." 


Hay varios aspectos que considero esenciales para comprenderlo más allá de su perfil psicológico. Uno de ellos cambia bastante la manera de interpretar su historia, no sólo logró escapar de la justicia, pues durante años hubo naciones, personas e instituciones que hicieron posible esa fuga. 1. Los niños de Izieu, crimen que simboliza su trayectoria, cuando el 6 de abril de 1944, la Gestapo detuvo a 44 niños judíos y siete adultos en una colonia infantil de Izieu, en Francia. El personaje de la semana organizó la operación. Los niños fueron deportados y asesinados en Auschwitz. Este episodio fue una de las piezas centrales de su posterior juicio. Para mí, este hecho impide reducirlo a un simple funcionario obediente, sus responsabilidades incluyeron operaciones concretas contra personas indefensas. 2. En Bolivia vivió bajo otra identidad con el nombre de Klaus Altmann, se estableció como empresario y mantuvo relaciones con sectores del poder. Se vinculó con el comercio de armas y el narcotráfico y consiguió vivir lejos de los tribunales que lo reclamaban. Psicológicamente, esta etapa muestra su capacidad para ocultar su identidad y adaptarse a un entorno que le ofrecía protección. No demuestra por sí sola que sintiera culpa o que hubiera cambiado. 3. Beate y Serge Klarsfeld que eran un matrimonio de los cazadores de nazis, contribuyeron a desenmascararlo, lo identificaron públicamente como Klaus Altmann en 1971 y desarrollaron una campaña para conseguir que respondiera ante la justicia francesa. El proceso tardó años, pero contribuyó a impedir que su identidad falsa se convirtiera en un refugio permanente. Esta parte trata sobre la perseverancia de quienes se negaron a aceptar que el paso del tiempo borrara los crímenes. 4. Su juicio fue histórico. Francia consiguió extraditarlo en 1983. En 1987, a los 73 años, fue condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. Murió de cáncer con afecciones que incluían la próstata, la médula espinal y leucemia el 25 de septiembre de 1991 en un hospital penitenciario de Lyon, Francia, a los 77 años. Se cumplió la ley de la compensación.



“El universo no es aleatorio ni injusto, tiene un mecanismo incorporado de equilibrio, igual que la física tiene la ley de la gravedad”


Desde 1947, el Cuerpo de Contrainteligencia del Ejército de USA al conocer su pasado lo empleó como informante a sueldo, pues les importaba un culo. En 1951, sus contactos dentro de ese aparato facilitaron su huida hacia Sudamérica. La lucha contra el comunismo llegó a pesar más que la persecución de un criminal nazi. Esto no lo convierte en una víctima de la política internacional, sino muestra cómo los intereses del Estado gringo protegen a un perpetrador.


 Sí, estoy hablando de Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon, 1913 a 1991, que fue oficial alemán de las SS y jefe de la Gestapo en Lyon, Francia un centro vital de la resistencia francesa, en la Segunda Guerra Mundial. Con esa mugrosa entidad nazi eran como calzón y caca. Pero era de los que al primer susto se pandea.

Torturó personalmente a prisioneros de la resistencia francesa y a judíos, incluyendo al líder de la Resistencia Jean Moulin. Es responsable directo de la deportación y asesinato de miles de personas, entre ellas niños judíos enviados a Auschwitz. Hizo más de 4,000 asesinatos y la deportación de unos 7,500 judíos, la mayoría de los cuales perecieron en Auschwitz. 

Tras la guerra, trabajó para los servicios de inteligencia de Estados Unidos, CIA. Cooperó a sueldo con el Cuerpo de Contrainteligencia, CIC, del ejército de los USA para informar sobre las actividades comunistas en la zona americana de ocupación. El CIC lo ayudó a escapar al sur con ayuda de redes de escape y un pasaporte de la Cruz Roja, huyó a Bolivia en 1951 bajo el alias de Klaus Altmann, donde vivió como empresario y actuó como asesor militar de dictaduras locales, vinculándose también con redes de narcotráfico. En el país andino no sólo operó como empresario y traficante de armas fundando la naviera Transmarítima Boliviana, sino trabajó como asesor de seguridad y de inteligencia para las dictaduras militares locales de René Barrientos, Hugo Banzer y Luis García Meza. Se dedicó al narcotráfico, devolviéndole el favor a los gringos, con la alianza con el poderoso narcotraficante Roberto Suárez el rey de la coca y el Golpe de la Cocaína en 1980. En 1979 pidió financiamiento 5 millones de dólares a Suárez para apoyar el plan golpista del militar Luis García Meza. A cambio, organizó y entrenó a una milicia de mercenarios y paramilitares neonazis conocida como Los Novios de la Muerte, grupo de choque y escolta para los capos de la droga. La alianza culminó el 17 de julio de 1980 con el Golpe de la Cocaína, que instaló un régimen militar sostenido directamente por el dinero del narcotráfico, convirtiendo a Bolivia en el primer narcoestado. Fue una pieza clave para conectar los grandes centros de producción de pasta base y cocaína en Bolivia y Perú con las estructuras de distribución en Colombia, con capos como Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha, sentando las bases de la General Motors de la cocaína. El capital y la logística militar aportados en estos pactos facilitaron corredores de droga que conectaron Sudamérica con Panamá bajo Manuel Antonio Noriega y Estados Unidos.

 Pablo Escobar y Klaus Barbie fueron claves para montar la General Motors de la cocaína. Sus pactos propiciaron golpes de Estado, la organización de paramilitares anticomunistas, los negocios con el Vaticano y los corredores incontrolables de droga en todo el mundo. Beni, Santa Cruz, Ciudad de Panamá, Medellín o Miami son apenas algunos escenarios de esta conexión casi secreta. La que unió al viejo nazi y el Patrón fue una de las alianzas más siniestras del siglo XX. Juntos, el Patrón y el Carnicero de Lyon fueron los principales engranajes de una máquina que controlaba el 90% de la producción y distribución de cocaína en el mundo que terminaba en Estados Unidos y Europa. Sellaron acuerdos con presidentes en Panamá, combinaron sus ejércitos personales de paramilitares, combatieron el sandinismo en Nicaragua y montaron negocios con el Banco del Vaticano. La droga fue la excusa para el encuentro entre el narcotraficante más famoso de la historia y el viejo nazi que, con ayuda de la Agencia Central de Inteligencia CIA huyó de Europa cuando acabó la Segunda Guerra Mundial. 

No se puede imaginar los operativos de protección que se montaban cada vez que llegaba Pablo Escobar. Barbie en persona se encargaba de limpiarle el camino. Drug Lords los llamaba la CIA a ex-ministros, generales retirados, viejos agentes antinarcóticos, amigos de confianza, ex-guerrilleros, abogados e investigadores. El Rey, como le decían a Suárez, fue el primero que juntó al Carnicero de Lyon con el Patrón. “La relación entre Altmann-Barbie, Gonzalo Rodríguez Gacha alias El Mexicano y Escobar, comenzó el 8 de enero del año 1981 en la fiesta de cumpleaños de Roberto Suárez Gómez. Altmann era el apellido que Barbie recibió del Vaticano. Derrotados los nazis, el Carnicero de Lyon comenzó a colaborar con la CIA para combatir al bloque socialista de Europa del Este. Sus contactos y habilidades le permitieron ser uno de los reciclados por los gringos. Sin embargo, la incesante búsqueda montada por los franceses lo obligó a escapar a través de una de las ratlines habilitadas por el clero católico para ayudar a seguidores de Adolf Hitler.

La División de Criminales del Ministerio de Justicia de EUA elaboró un informe confidencial sobre Barbie en 1983 que revela los detalles de su llegada a Sudamérica. La relación de Barbie con la Casa Blanca comenzó en abril de 1947, cuando fue reclutado por un comando del Ejército gringo. Cooperó con esa unidad de inteligencia durante dos años en la construcción de una red de informantes de las actividades británicas, alemanas y soviéticas. El 28 de abril de 1950, según el informe confidencial, el Comando de Inteligencia de EUA en Europa decidió que Barbie no debía ser puesto en manos de Francia. Después de pasar unos meses en una casa de seguridad en Augsburgo, el Carnicero partió a Italia y, con un nuevo apellido, se embarcó de Génova a Buenos Aires, acompañado por su esposa y sus dos hijos. El padre Krunoslav Draganovic, del clero vaticano, le consiguió las visas para el ingreso a Argentina y a Bolivia, además de pases de viajero como miembros de la Cruz Roja Internacional. La relación de Klaus con la CIA y Roma estaba lejos de terminar. Un año después recibiría la pena capital en los juzgados franceses, pero era demasiado tarde, el Carnicero había escapado. En 1951, el CIC -sin bajarse los pantalones, pues no mean fuera de la bacinica, dado que entre panaderos no se orinan la masa,- ayudó a Barbie a escapar a América del Sur con su familia por medio de la “Rat Line” gringa, que sacaba clandestinamente a los nazis y a otros fugitivos del Eje de la Europa de la posguerra.



La democracia que llegó a Bolivia en 1982 desmontó la mayoría de los grupos armados irregulares y desde entonces él tuvo que remar a contracorriente para sobrevivir. Trabajó en peñas folclóricas, cuidó propiedades en el campo, a veces hizo de guardaespaldas e incluso tuvo encargos como detective. Nada comparado –él lo admite– con sus días de gloria de combate contra los subversivos. Algunos de sus ex-colegas de tropa se convirtieron en policías. Él no pudo seguir ese camino porque ya estaba muy expuesto. Ahí comenzó el narcotráfico, no de la mano de los paramilitares o criminales, sino desde las mismas Fuerzas Armadas. Los Novios de la Muerte, el terrible grupo paramilitar organizado por Barbie para apoyar el golpe de Estado de julio de 1980 y que después sería puesto al servicio de la conexión boliviano-colombiana del narcotráfico, lo que luego se conocería como la General Motors de la cocaína. Cuenta que se organizaron a finales de los años 70 y colaboraron en varios cuartelazos y acciones para eliminar o secuestrar a referentes de la izquierda local. Pasaron un tiempo en Centroamérica, donde adiestraron a los primeros contras que enfrentaron la revolución sandinista nicaragüense, y volvieron para actuar en el golpe de la cocaína. 

Los nexos de Barbie con la CIA se dieron por la mediación de la red de extracción que había facilitado el Vaticano, después de la Segunda Guerra Mundial, para científicos y disidentes nazis. La antigua relación de Barbie con el Vaticano sirvió para que Roberto Suárez y Escobar iniciaran relaciones comerciales con Roberto Calvi, quien era presidente del Banco Ambrosiano. Así fue como la cocaína de la General Motors inundó Europa, con la venia y participación de la Santa Sede en Roma.

Conocido por su despiadada crueldad, Barbie interrogaba y torturaba personalmente a sus víctimas en su cuartel general, el Hotel Terminus. Su víctima más famosa fue el héroe de la resistencia francesa Jean Moulin, a quien Barbie interrogó personalmente todos los días durante tres semanas, pero se rehusó a divulgar información a sus captores, y murió cerca de Metz el 8 de julio de 1943, cuando iba en camino a su cautiverio en Alemania, a causa de la tortura que sufrió.

Otro de los delitos de Barbie fue la deportación de los niños que vivían en un hogar para niños de Izieu, en el sur de Francia. Sabine y Miron Zlatin los habían rescatado, y los ocultaron en una granja remota del Valle del Ródano, con edades desde los 4 hasta los 17 años. Sus identidades judías eran un secreto bien guardado y, en los expedientes oficiales estaban identificados solamente como refugiados. En la mañana del 6 de abril de 1944, Barbie dirigió una redada en la colonia de niños, capturando a 44 de ellos y a siete cuidadores adultos. Temiendo que las autoridades locales intervinieran, hizo arreglos para transferirlos de inmediato al campo de tránsito de Drancy. Miron Zlatin y dos de los jovencitos mayores fueron enviados a Tallinn, Estonia, donde fueron asesinados a tiros. El resto de los niños fueron deportados a Auschwitz y fueron enviados de inmediato a las cámaras de gas al llegar.



““Estoy orgulloso de haber sido comandante del mejor equipo militar del Tercer Reich, y si tuviera que nacer mil veces de nuevo, mil veces volvería a ser lo que he sido” 

Klaus Barbie 


De vuelta en Lyon, Barbie fue acusado de crímenes de guerra por la deportación de los niños de Izieu a Auschwitz y Ravensbrück en agosto de 1944 y, por la deportación de la Lyon Union Générale des Israélites de Francia. Fue muy controversial que no enfrentara cargos relacionados con el arresto y tortura de Jean Moulin. Entre las personas que rindieron testimonio en su contra se encontraba Sabine Zlotin, de 80 años de edad, fundadora del hogar para niños de Izieu, y su compañera cuidadora Lea Feldblum, quien tenía 69 años y era la única sobreviviente de los deportados del hogar. Su juicio fue un evento público importante que suscitó serias conversaciones en Francia acerca de la guerra, la resistencia francesa y el Holocausto. El juicio terminó en 1987. Fue declarado culpable y recibió una sentencia de cadena perpetua en prisión. A pesar de esta condena, siguió siendo un nazi devoto y nunca se arrepintió. 

Fue condenado en 1986 por “Crímenes contra la humanidad” por ordenar el exterminio de 24 niños judíos en Lyon, Francia durante el holocausto y se le impuso cadena perpetua. Tardaron 40 años en atraparlo porque estaba protegido y utilizado por muchas personas, incluidos oficiales de inteligencia gringa porque les estaba dando información. 

“Tengo la conciencia tranquila,” declaró en Lyon en 1972, en una entrevista. Impertérrito, se decía inocente. Detenido en Bolivia en enero de 1983, hace 43 años, gracias a la tenacidad del matrimonio Klarsfeld, el más célebre dúo de cazadores nazis y a la astucia del reportero Ladislas de Hoyos, un abanderado del periodismo de investigación. Laureado por Himmler, fue juzgado y condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. Era la tercera vez que un tribunal francés lo juzgaba. En 1952 y en 1954 el tribunal militar de Rhône le sentenció a sendas penas de muerte. Pero unos años después obtendría carta de residencia en La Paz, Bolivia y no pudo ser ejecutado. La paradoja de la huida del nazi fue posible gracias a las gestiones de la Cruz Roja Internacional.



Nikolaus “Klaus” Barbie desgraciadamente fue echado al mundo en Bad Godesberg, en el entonces Imperio Alemán, un desafortunado 25 de octubre de 1913. Militar y criminal de guerra, alto oficial de las SS y de la Gestapo, involucrado en numerosos crímenes de guerra contra la humanidad durante, especialmente en Francia y condenado a cadena perpetua en 1987. Era llamado El Carnicero de Lyon, porque torturó personalmente a prisioneros franceses capturados.

Otros asesinos lo salvaron de la detención, nada menos que los servicios secretos gringos y las Ratlines, con los que Barbie había colaborado y, pasó a vivir y colaborar con Bolivia. Tal como Mengele como las ratas que eran, se escondieron en países con gobiernos que coquetearon con el nazismo. Barbie escogió Sudamérica, dada la falta de infraestructura institucional que permitía márgenes de maniobra a individuos con tales antecedentes. Más aún, cuando el alineamiento ideológico de los gobiernos sudamericanos con Estados Unidos en épocas de la Guerra Fría los posicionó en el anticomunismo, estos criminales llegaron a ser colaboradores recibiendo grandes beneficios de parte de los concupiscentes gobiernos. Finalmente la variable situación política de Bolivia llevó a que en 1983 fuera expulsado a Francia, donde fue juzgado y condenado a cadena perpetua, acusado de la muerte de 840 personas entre ellas 41 niños judíos que se encontraban en un centro católico estudiando y, finalmente condenado por 341 cargos.  


Hijo de Nikolaus Barbie y Anna Hees, ambos maestros, que se casaron un año después de que hubiera nacido. En 1934 hizo el bachillerato en Tréveris. Después entró en las Juventudes Hitlerianas y fue ayudante personal del jefe local del partido nazi. No pudo acudir a la universidad por falta de fondos. Fue voluntario seis meses a un campamento del Servicio Laboral del Reich, el Reichsarbeitsdienst, RAD, en Schleswig-Holstein, de donde regresó totalmente imbuido por la ideología del Tercer Reich. Se alistó en las SS, Schutzstaffel, en septiembre de 1935 y empezó a trabajar en la Dirección general del Servicio de Seguridad Sicherheitsdienst, así como en la Gestapo de Berlín. En mayo de 1937 se afilió al Partido Nacional Socialista Obrero Alemán, ascendido en abril de 1940 a subteniente. En 1941, durante la Segunda Guerra Mundial, fue destinado a la Sección IVB4 y enviado a Ámsterdam y en mayo de 1942, a Lyon, Francia, donde se ganó el apodo de El Carnicero de Lyon como jefe de la Gestapo local. Sólo en Francia se le atribuyen el envío a campos de concentración de 7,500 personas, 4,432 asesinatos y el arresto y tortura de 14,311 combatientes de la Resistencia. 



“Mi país ha perdido vidas humanas por su culpa. Con él regresaron los métodos de tortura. Barbie trasladó su guerra europea a territorio boliviano”

Gustavo Sánchez, Ministro del Interior de Bolivia


Su proceso judicial comenzó en enero de 1987 en Lyon, ya había sido condenado a muerte dos veces en ausencia durante su ocultamiento en Bolivia en 1952 y 1954, pero dado que los crímenes de guerra que tuvieron lugar en la Francia de Vichy prescribían a los 20 años, solamente se le juzgó por las deportaciones de poblaciones civiles, la deportación de los 44 niños judíos en Izieu, la redada y posterior deportación de más de 80 personas en la sede de la Unión General de Israelíes de Francia de Lyon, y el denominado último tren, en el que fueron deportadas 450 personas escasos días antes de la entrada de las tropas aliadas en Lyon.

Se autorizó a que se filmara el juicio debido a su alto valor histórico, si bien las imágenes del proceso no fueron difundidas inmediatamente. Barbie negó todos los cargos y se limitó a declarar. Su abogado defensor Jacques Vergés, usó un argumento basado en la tesis de que las acciones no fueron más terribles que las de cualquier colonialista en cualquier parte del mundo, incluyendo a los franceses, quienes nunca fueron perseguidos, "¿Qué nos da derecho a juzgar a Barbie cuando nosotros, en conjunto, como sociedad o como nación, somos culpables de crímenes similares?" El fiscal principal fue Pierre Truche. Finalmente, el 4 de julio de aquel año fue sentenciado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. Cuatro años después, encontrándose en prisión el 25 de septiembre de 1991, falleció de leucemia.

El juicio tuvo una importancia que trascendió su condena, permitió escuchar testimonios de sobrevivientes y examinar públicamente la persecución de judíos y miembros de la Resistencia, además de reabrir debates sobre la ocupación alemana y la colaboración francesa.

¿Era un monstruo o un hombre corriente? Creo que esa es la pregunta más difícil de todas. Llamarlo monstruo expresa legítimamente el horror que provocan sus actos, pero puede crear la ilusión de que los criminales de esta clase pertenecen a una especie humana distinta. Su historia plantea algo más inquietante, un hombre pudo adquirir habilidades profesionales, ascender dentro de una organización, convertir la persecución en una tarea cotidiana y justificar sus crímenes mediante una ideología. Cuando perdió el poder, supo ocultarse y aprovechar las rivalidades entre Estados. No necesito diagnosticarlo como psicópata para reconocer la gravedad de lo que hizo. Tampoco necesito encontrar una infancia excepcionalmente terrible que lo explique todo.



La lección más importante es que la crueldad puede organizarse, administrarse y protegerse mediante instituciones 


Una manera de pasar de la psicología del verdugo a la experiencia de quienes tuvieron que vivir con sus crímenes, es su juicio que tuvo una importancia que trascendió su condena, permitió escuchar testimonios de sobrevivientes y examinar públicamente la persecución de judíos y miembros de la Resistencia, además de reabrir debates sobre la ocupación alemana y la colaboración francesa. La voz que mejor permite entrar en aquella sala es la de Léa Feldblum, superviviente de la deportación de Izieu y, la de quienes comparecieron en Lyon en 1987 para dar testimonio. Feldblum fue la única adulta deportada desde la colonia y que sobrevivió. También declararon Sabine Zlatin, fundadora del hogar y otros testigos.



EL HOMBRE AL OTRO LADO DE LA SALA. Lyon, Francia. Mayo de 1987

No sé cuántos años tardé en llegar hasta aquella sala. Físicamente, unos cuarenta y tres. Por dentro, mucho más. Durante todos esos años había aprendido a vivir con el pasado. Había aprendido a dormir, a trabajar, a conversar con otras personas sin explicarles por qué a veces me quedaba mirando una puerta demasiado tiempo. Había aprendido a no despertar a mi familia cuando regresaban las pesadillas. Había aprendido algo todavía más difícil, pronunciar los nombres de los muertos sin sentir que, al hacerlo, los perdía por segunda vez. Pero nunca había aprendido a olvidar.

Aquella mañana de mayo de 1987 entré en el tribunal de Lyon. No estaba allí para olvidar. Estaba allí para ver a un hombre. Me senté y miré alrededor. Había periodistas, abogados, policías y desconocidos que sostenían cuadernos sobre las rodillas. Algunos habían venido a escuchar. Otros, a observar al acusado. Otros quizá querían comprender cómo era posible que un hombre hubiera podido hacer tantas cosas y continuar viviendo durante décadas. Yo también quería comprenderlo. Pero no sabía si comprender era ya posible. Había esperado mucho tiempo para llegar hasta allí. Imaginaba que, cuando finalmente lo tuviera delante, sentiría algo extraordinario. Odio. Furia. Una especie de alivio. No sentí nada de eso al principio. Sentí frío. Un frío antiguo que no procedía de Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Lo había imaginado durante años. Había cambiado su rostro en mis recuerdos, lo había envejecido, lo había convertido en una sombra que caminaba detrás de mí. Pero allí estaba. No era una sombra. Era un hombre sentado ante un tribunal. Y esa realidad me produjo una extraña sensación de incredulidad. ¿Este es? ¿Este era el hombre que había ocupado tanto espacio en mi vida? ¿Este era el hombre cuyo nombre había sido capaz de hacerme callar incluso cuando estaba sola?

Cuando comenzó el juicio, comprendí que aquella sala no pertenecía únicamente al presente. Cada testigo traía consigo una época que los demás no podían ver. Algunos habían envejecido. Otros caminaban con dificultad. Había voces que se quebraban al comenzar una frase y personas que debían detenerse antes de pronunciar un nombre. Pero cuando hablaban, el tiempo retrocedía. La sala se convertía en una prisión. En una oficina de interrogatorios. En una estación de tren. En una casa de la que alguien había sido arrancado una mañana. No todos relataban lo mismo. No todos habían sufrido las mismas cosas. Sin embargo, algo los unía, habían sobrevivido a un mundo que, durante un tiempo, había decidido que sus vidas no merecían protección. Y ahora estaban allí para contar lo sucedido. No para pedir que les creyeran por compasión. Para que los hechos quedaran registrados.

Yo miraba al acusado. Esperaba una señal. Un gesto de vergüenza. Una vacilación. Algo que me permitiera imaginar que, en algún rincón de aquel hombre, todavía quedaba una conciencia capaz de reconocer lo que había hecho. Pero el juicio no era una ventana hacia su alma. No podíamos entrar en ella. Podíamos escuchar sus respuestas, observar su comportamiento y confrontar sus negaciones con los documentos y los testimonios. Eso era suficiente para juzgar sus actos. No necesitábamos conocer todos sus pensamientos. Durante años, el poder de hombres como Barbie había dependido también del silencio de sus víctimas. Ahora, en aquella sala, el silencio estaba cambiando de dueño.

Después escuché hablar de Izieu. Los niños. Cuarenta y cuatro niños judíos. Siete adultos. El 6 de abril de 1944, la Gestapo había detenido a quienes estaban en aquella colonia infantil. Los niños fueron deportados y asesinados, sólo una de las personas adultas deportadas desde el hogar sobrevivió. Sabine Zlatin, que había fundado y dirigido la colonia junto con su marido, compareció para recordar lo sucedido. No puedo afirmar que yo sintiera exactamente lo que ella sintió. Nadie puede hacerlo. Pero mientras la escuchaba, pensé en las habitaciones que había conocido durante mi propia vida. En las mesas donde las familias se sentaban a comer. En los lugares donde los niños dejaban sus zapatos al entrar. Pensé en lo que significa una casa para un niño. No es solamente un edificio. Es la certeza de que alguien estará allí cuando llegue la noche. Es creer que los adultos saben cómo protegerte. Es no tener que preguntarte si mañana seguirás vivo. Los niños de Izieu habían tenido un refugio. Y alguien había ido a buscarlos.

Me pregunté si Barbie recordaba sus rostros. No sé si lo hacía. No puedo afirmar que los recordara. Esa incertidumbre me acompañó durante el resto de la jornada. Había pasado años imaginando qué sucedería cuando el hombre responsable de tantos crímenes tuviera que escuchar las consecuencias de sus actos. Tal vez yo esperaba una confesión. Tal vez esperaba que el acusado levantara la cabeza y reconociera a quienes tenía delante. Pero la justicia no podía depender de que él decidiera arrepentirse. Si hubiera permanecido en silencio durante todo el proceso, los documentos seguirían existiendo. Los testimonios seguirían existiendo. Los nombres de los deportados seguirían existiendo. Y las víctimas seguirían teniendo derecho a ser escuchadas.

En algún momento comprendí por qué había acudido. No había ido a recuperar a quien fui antes de la guerra. Ya no existía. Tampoco había ido a demostrar que el sufrimiento me había convertido en alguien más fuerte que los demás. No sabía si era fuerte. Había días en los que todavía me sentía frágil. Había ido porque durante demasiado tiempo otras personas habían hablado en nuestro lugar. Los perseguidores habían redactado informes. Los funcionarios habían preparado listas. Los trenes habían salido de las estaciones. Los documentos habían registrado números. Y, después de la guerra, muchos de los responsables habían intentado desaparecer detrás de nombres falsos, fronteras y silencios. Nosotros teníamos algo que ellos no podían sustituir. Nuestra memoria. No era perfecta. El tiempo cambia los recuerdos; algunas fechas se confunden, ciertas imágenes se desvanecen. Por eso existían los documentos, las preguntas de los jueces y el contraste entre los testimonios. Pero ninguna dificultad para recordar convertía los crímenes en algo inexistente. Yo había venido a poner mi voz junto a las demás.

El proceso continuó durante semanas. Hubo declaraciones, discusiones jurídicas y momentos dolorosos. El acusado negó su responsabilidad moral y no mostró arrepentimiento. El 4 de julio de 1987 fue condenado a cadena perpetua por crímenes contra la humanidad. Cuando escuché el veredicto, no sentí que el pasado hubiera desaparecido. La sentencia no podía devolver a los muertos. No podía reparar todas las familias destruidas. No podía concedernos las vidas que habríamos vivido si la guerra no hubiera entrado en nuestras casas. La justicia no tenía ese poder. Pero podía establecer una verdad pública. Podía decir que aquello había sucedido. Que los responsables tenían nombres. Que las víctimas no eran cifras anónimas. Y que el tiempo transcurrido no convertía el crimen en inocencia.

Al salir del tribunal, Lyon seguía siendo Lyon. Había personas caminando por las calles. Se abrían tiendas. Los automóviles avanzaban entre los edificios. La gente continuaba con sus asuntos. Me detuve un momento. Durante años había pensado que, si alguna vez llegaba a mirar a Barbie cara a cara, algo dentro de mí se resolvería definitivamente. No fue así. El pasado no se abre como una puerta que uno puede cerrar después. Pero algo había cambiado. Yo había entrado en aquella sala llevando conmigo recuerdos que durante mucho tiempo habían vivido en silencio. Y ahora estaban en el registro de un juicio. No me había convertido en la dueño de mi pasado. Había recuperado el derecho a contarlo. Miré la calle y respiré. No sabía qué sentiría al día siguiente. No sabía si volverían las pesadillas ni si aquella noche dormiría mejor. No sabía casi nada. Pero sabía una cosa. El hombre que había intentado convertir a sus víctimas en objetos de persecución ya no podía decidir qué significaba su historia. Ahora también hablábamos nosotros. Los supervivientes. Los familiares. Los testigos. Los que habíamos llegado hasta allí con nuestros recuerdos y nuestros nombres. Y mientras alguien estuviera dispuesto a escuchar, los muertos no serían únicamente los nombres de una lista elaborada por sus verdugos. Serían niños que habían tenido hogares. Madres que habían esperado. Padres que habían intentado proteger a sus hijos. Amigos que habían compartido una mesa. Personas que habían amado y que habían sido amadas. Personas que merecían haber vivido.

Al alejarme del tribunal, pensé que quizá la victoria más importante no consistía en mirar a Klaus Barbie y descubrir qué clase de hombre era. Eso ya lo habían mostrado sus actos. La victoria consistía en que, después de tantos años, él ya no tenía la última palabra. La última palabra no le pertenecía al verdugo. Pertenecía también a quienes habían sobrevivido. Y a quienes, sin haberlos conocido, decidirían escuchar sus nombres.

Entre los testigos estuvieron Sabine Zlatin y Léa Feldblum, superviviente de la deportación de Izieu. También declararon otros supervivientes y familiares de las víctimas. 



La justicia no puede devolver el pasado, pero puede impedir que el verdugo sea quien lo cuente en exclusiva


Seguimos aquí. Hasta nuestro próximo encuentro, hermano de historias. Que el tiempo nos guarde nuevas historias y que nunca nos falten palabras para rescatar las voces del pasado.

Descansa en tranquilidad de pensamiento y corazón.


FIN

sergiodeleonlopez





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