jueves, 3 de septiembre de 2026

MANTENERSE VIVO ES UN ACTO DE VIRTUD MORAL. 309

 Tus comentarios son los que dan vida a este sitio, así que si te fuera posible regalarme uno sobre esta historia, tendrás todo mi respeto y admiración. http://monorote.com se puede abrir en el link o en cualquier buscador.


22826

309


MANTENERSE VIVO ES UN ACTO DE VIRTUD MORAL

Un montón de nada

La más rigurosa predicción siempre es relativa



Más que una guerra o una batalla se trata de un incidente de armas de los habituales en el mediterráneo en aquella época


Así que subamos a bordo con buen viento y que bien les vaya la marcha. Al fin de cuentas ese es el cánon. Esa es la regla obligada para mantenerse bien de salud y el culo lo más sano posible en el interludio, pues pasada la medianoche, la costa se reduce a una línea horizontal.

Pues nada, que el mar se vende como un lugar para el placer donde todo es agradable en las obviedades del pantalán, pero cuando se avistaba un bergantín era el aviso de alguna desgracia. Aunque algunas veces eran espejismos náuticos en las auroras boreales o fuegos de San Telmo con calima, neblina, hielos flotantes, pues en la inmensidad del mar suelen darse sorpresas no siempre agradables.


La primera víctima de la guerra es la verdad


Esto suena a convento apacible, pero no es así lo que aquí se va a contar, no es sino una aventura en el mar digna de un corto de tevé de mucha acción, una historia de grandes ligas. 

El viento era escaso y las velas gualdraban pesadamente. Desde la cofa, el vigía gritó la peor de las sentencias en ese mar, -¡VELA POR POPA! ¡ES UN BERGANTÍN TURCO! ¡BOGUEMOS FUERTE!

A bordo cundió el pánico. El patrón miró por el catalejo la línea estilizada del buque que recortaba el horizonte, impulsado por la banda. -No hay viento para huir. Vienen a por nosotros. Arriaremos las velas y negociaremos un rescate. Si no hay resistencia, respetarán nuestras vidas.

Fray Miguel, un castellano recio con cicatrices de su juventud como soldado en Flandes, se adelantó ajustándose el cordón del hábito.

-¿Respetar nuestras vidas, dice? preguntó el fraile con voz tranquila. Patrón, vos sois francés y vuestro rey tiene pactos con el Turco. A vos os pedirán doblones. A nosotros, con suerte nos llevarán a las galeras hasta que nuestros huesos se pudran.

-No voy a condenar a mi tripulación por tres hombres de iglesia. ¡Abajad las velas!

-Las velas se quedan arriba, maestre,- dijo el joven fraile Eufemio sin que le temblara el pulso. 

-¡Que locura, sois hombres de Dios! Dejáos morir como mártires.


Cúcara mácara. Ay por 1634, un incidente navegatorio sucedió en un pequeño barco de bandera francesa rumbo a Villafranca de Nizo. Pero como salido de la niebla apareció un barco corsario, avistado por un hombre de la tripulación que había subido a la verga oscilante y gritó, ¡BERGANTÍN TURCO A LA VISTA! -en aquel tiempo se llamaba así a todo corsario musulmán, berberiscos incluidos.-

El


Fray Miguel de Ramasa fue un fraile mercedario* español del siglo XVII conocido por ese famoso incidente marítimo frente a las costas de Cerdeña, que junto a los frailes Andrés Coria y Eufemio Melis, se opusieron a la rendición ante un bergantín de corsarios turcos cobardes y mugrientos que estaban llenos de bichos, pulgas y piojos. 

*Un mercedario es un miembro de la Orden de la Merced, orden religiosa católica mendicante fundada en España en 1218 por San Pedro Nolasco. Fue creada para rescatar a los cristianos cautivos. Además de los votos de pobreza, obediencia y castidad, prometen dar su vida o quedarse como rehenes si es necesario para liberar a los más vulnerables.




Muchas guerras para un mundo tan pequeño


Con su propia identidad el episodio no es un acto de fervor místico, sino un ejemplo de pragmatismo y coraje desesperado ante una muerte segura, en la paradoja del individuo que, abandonado por sus gobernantes o leyes, recurre a la violencia legítima y a la astucia personal para resolver una situación límite. Con la ironía de cómo unos hombres dedicados a la oración y a la paz terminaron convirtiéndose en los combatientes más feroces de la cubierta, transformando la sumisión inicial del capitán francés en una victoria militar imprevista.

Destruyendo el libreto de desnivel positivo, el susodicho se les acercó y ordenó que amainaran velas. El capitán del barco quería rendirse y negociar que será otro discurso de debilidad moral, pero los frailes que no se las veían con tanto optimismo bajo las sotanas, se negaron endiabladamente porque sabían que los ejecutarían de inmediato por ser religiosos y españoles y, les dijeron que las velas se las baje su madre a donde debe, pues pasaríamos el resto de nuestras vidas apaleando sardinas al remo de una galera, o cautivos en Argel o Turquía. Así que de perdidos al río, resolvieron cenar con Cristo antes que en Constantinopla. Que el diálogo de civilizaciones, apuntaron, lo dialogue la madre que los parió y con tanta mierda de perro en las banquetas. 

Bajo el velo del melodrama decidieron resistir con las armas a bordo para defender su vida y la embarcación en lugar de entregarse sin pelear y blasfemando al diablo en latín que resultó ser toda una perogrullada. 

“De manera que se arremangaron las sotanas, se armaron como pudieron con cuatro chuzos, tres escopetas y tres espadas sin guarnición que había a bordo, y amotinándose contra los tripulantes del barco, los metieron con los cinco pasajeros encerrados bajo cubierta. Después pusieron trapos en torno a las espigas de las espadas para que sirvieran de empuñaduras, y se hicieron una especie de rodelas amarradas al brazo izquierdo con almohadas y cuerdas. Luego se arrodillaron en cubierta y rezaron cuanto sabían.“

Las cartas estaban abiertas.

No les importó que sus vergüenzas quedaran destapadas al aire.

El bergantín corsario de doce bancos que se acerca por barlovento con feroces turcos, o berberiscos, veintisiete en total, amontonados en la proa y en la regala, blandiendo alfanjes y relamiéndose con la perspectiva del plan. Imaginen la sonora rechifla del personal cuando se percata de que en la cubierta de la presa no hay más que tres frailes arrodillados y dándose golpes de pecho para pedir a Dios fuerza en la empresa que iban a acometer y valor para enfrentarse a una muerte segura pero honrosa.

En estas, el bergantín de los malos que se lo montan con tíos y compadres, se abarloa por estribor y cuando los veintisiete piratas ven la escena se les caen los pendientes de la risa. Se tronchan. El bergantín corsario se aproximó a tiro de piedra. Su capitán, un renegado de origen holandés que vestía turbante, se asomó a la amurada con un megáfono de latón.



Ahora vuelva a imaginar, cuando los dos barcos están abarloados y los turcos se disponen a saltar al abordaje, los tres frailes -jóvenes, cuajados y correosos, bragados, de los que se visten por los pies, duros, muy de su tiempo y con media docena de huevos,- se levantan, largan una escopetada a quemarropa que pone a tres buitres mirando hacia la Meca y, luego, gritando como locos Santiago y cierra España, Jesucristo y María Santísima, o sea, llamando en su auxilio al santoral completo y al Papa, tras embrazar las almohadas como rodelas, se brincan al asalto en la nave corsaria a mandoble limpio, acuchillando como fieras, dejando a los turcos con la boca abierta sin mover un puto dedo. 

¡Perdón, vamos a ver, aquí hay un error, algo no cuadra, los que teníamos que abordar éramos nosotros! 

Una breve matancinga, sistemática realizada con absoluta gracia y sin ninguna complicidad.

Y así, en ese plan, dejando la mansedumbre cristiana para días más adecuados, los frailes escabechan en tres minutos a doce malos, que se dice pronto, y otros cinco se tiran al agua, nadando como para ganar la medalla y de seguir a ese ritmo, en 4 o 5 días llegarían a la costa,- y el resto, con varios heridos, pide cuartel y se rinden después de que fray Miguel Ramasa le atraviese el pecho con un chuzo al arráez corsario, “juntándose los dos tanto, que le alcançó el turco a morder en una mano, y acudiendo fray Andrés Coria le acabó de matar, tan santamente que hasta los ángeles se admiraron.” El karma de esa gentuza de mar, ladrones y asesinos fueron benditamente tranquilizados con seis cojones.

En medio del pitorreo, antes de que puedan saltar por la borda para atacar a sus víctimas, les es dada la bienvenida con disparos a quemarropa que liquida a tres asaltantes. Quedan siete. Al rato, heridos, maltrechos y humillados, la tropa pirata pide cuartel, rindiéndose tras ver cómo fray Miguel de Ramasa le atraviesa el pecho al peor de todos, al jefe, al que remata el fraile Andrés Coria mientras Eufemio Melis arrincona a espadazos a los demás, que son seis. 


En ese momento la iglesia no estaba para misiones de paz


El bergantín corsario, diezmado y con su líder muerto, cortó los cabos de abordaje y viró en redondo buscando la huida. En la cubierta ensangrentada el patrón ileso, miraba los cadáveres enemigos con incredulidad. Vió que Fray Miguel limpiaba la pólvora de su rostro con la manga del hábito. Ramasa aseveró, -la fe salva el alma, pero lo que salva el pellejo es la pólvora seca y no bajarse los pantalones antes de tiempo. Ahora, mandad izar la mayor, que se nos hace tarde para llegar a puerto.

Antes que me ataque el conticini es saludable recordar que corsario se aplica a cualquier nave que en tiempos de guerra combata el tráfico mercante enemigo autorizados por su gobierno y como yo lo veo piratas refinados.


De una posible pena capital quedaron absueltos. Las crónicas de la Orden de la Merced describen un violento combate cuerpo a cuerpo motivado por la supervivencia defensiva de quienes no se fiaban ni de su propia sombra. El barco llevaba a bordo al patrón, cuatro marineros, cinco pasajeros y los tres frailes mercedarios españoles. Al ser un buque con bandera de Francia, el patrón pretendía negociar una capitulación pacífica. Sin embargo, los corsarios turcos, que eran como talibancillos díscolos, no respetaban las treguas francesas cuando capturaban a ciudadanos de la corona española, a quienes esclavizaban o ejecutaban de inmediato pasándolos por la quilla. Ese era el dilema legal. Pero es sabido que la mayor virtud de un buen pasajero es una saludable incertidumbre y bajar al infierno con el preservativo puesto.

Los tres frailes se rebelaron contra la autoridad del capitán pues había estudiado bajo la lupa la dentadura postiza de la madre que lo parió. Blanco, líquido en botella, eso, es leche. 

Establecieron tendencias y calcularon probabilidades con pronósticos de forma irregular, que se dice pronto con las cosas buenas de la bisectriz del ángulo principal de su querida, en vez de orar para alejar la tentación. Los caminos del Señor son sinuosos.

Considere el asunto trincado de quien melancólicamente se despide de esta tierra. Tomaron las pocas armas disponibles a bordo, mosquetes y chuzos de abordar e intimidaron a la tripulación para obligarla a combatir, pero en su dilema ahuevatorio decidieron meterse bajo cubierta. Cuando el bergantín corsario se emparejó para el abordaje, los religiosos lideraron la descarga de fusilería en un delicioso motín clerical de batalla naval y se sintió el olor de la muerte. Y a los hediondos corsarios se les doblaron las rodillas, les fibrilaba el culo y les brincaban los párpados, pues siempre hay un imbécil que hará el trabajo sucio. El entretenimiento duró pocos minutos. Los frailes repelieron los intentos de asalto usando sus propios hábitos como parapeto improvisado y bendiciendo a los heridos entre respiro y pujido. Incapaces de someter la inesperada resistencia del pequeño barco francés, y sufriendo numerosas bajas en su cubierta, los corsarios turcos rompieron el contacto y se retiraron con el culo pa´tras, pues eran gente cuya naturaleza biológica incluye la ahuevadez de forma perfectamente natural, permitiendo que la nave continuara su rumbo a Villafranca de Nizo. Ese fue el desenlace voluntario.



Era Troya y necesitaba un caballo


Y qué curioso, para poner las cosas en su sitio.

Así me parece a mí.

Estos tres son un descubrimiento estupendo, fray Miguel de Ramasa, fray Andrés Coria y fray Eufemio Melis, tres mercedarios* españoles que protagonizaron un episodio casi novelesco listo para libreto de Hollywood, en el Mediterráneo del siglo XVII al garete.

El episodio ocurrido en 1634 lo relaciona frente a la costa de Cerdeña, gran isla de Italia en el mar Mediterráneo.

Los tres frailes viajaban en un pequeño barco francés de recreo y transporte de carne humana, rumbo a Villafranca de Niza, pueblo de la costa azul de Francia, con la bandera y el escudo de la gallina. Cada uno llevaba un veliz con cosas ocultas en una misión oculta digna de James Bond. A bordo iban, además de los tres religiosos, el patrón Jean Luc Favré, cuatro marineros, Pierre, Louis, Gastón y otro que no me acuerdo y, cinco pasajeros, dos de ellos eran mujeres disfrazadas destinadas al entretenimiento de los religiosos y Encarni era la encargada de aflojarles la vela y cerrarles con disimulo la bragueta.

Así de la nada del todo, entonces apareció un bergantín corsario un barco de vela de dos palos, el palo mayor y el trinquete, con velas cuadradas y una cangreja que lo hacía muy rápido y fácil de girar, autorizado por su gobierno para saquear, robar, destruir, capturar y matar,- y les ordenó arriar las velas.

El patrón pensó que, al ser francés el barco, quizá podrían negociar y evitar el combate. Pero los tres frailes tenían otra motivación. Eran españoles. Y religiosos. Si caían en manos de los corsarios, acabarían como cautivos o esclavos de galeras o bien los colgarían de los huevos del palo mayor hasta que murieran por ahogamiento. Así que tomaron una decisión extraordinaria, no esperar pasivamente el abordaje.

Tres frailes contra un bergantín

Los religiosos metieron con palabras tiernas a los pasajeros y tripulantes bajo cubierta y, se apoderaron de las armas disponibles, espadas, escopetas y chuzos que son como verduguillos. Incluso improvisaron defensas con ropa de cama y cuerdas.


"No sé cómo voy a salir de esto, pero todavía puedo hacer algo"


Cuando las embarcaciones estuvieron próximas, Ramasa en el anteúltimo momento gritó ¡SOTANAS A MÍ! Y sacando petróleo de la milpa los tres dispararon a corta distancia, pues les gustaba darle al gatillo y tres condenados de Alá partieron de este mundo. Saltaron al barco corsario. y lo que siguió luego fue de locos, un combate cuerpo a cuerpo. En pocos minutos murieron numerosos corsarios humanitariamente despojados de sus desgracias con los protocolos coyunturales intrínsecos. Otros se arrojaron al agua y los restantes terminaron rindiéndose hincaditos como que estaban aprendiendo el catecismo. En realidad no eran enemigos sediciosos sino elementos fuera de control. Les estropearon los dispositivos con mucha voluntad constructiva. Al final del morongaseo, el padre mayor dijo, ¡Criaturitas! Lo juro por el brazo derecho amputado de un disparo del almirante Horatio Nelson en Tenerife.

Sarna con gusto no pica con saludable incertidumbre. Los corsarios berberiscos habían vendido la piel antes de cazar al chompipe. Dimisión y cese.

El momento más brutal fue el enfrentamiento entre Miguel de Ramasa y el arráez, el jefe del bergantín Mohamed Geraz. Ramasa lo hirió mortalmente con un chuzo. Durante la lucha, el corsario tremendamente ahuevado le mordió la mano y entonces Andrés Coria acudió y terminó con él de forma tan piadosa como fue posible dadas las circunstancias.

Eso es mucho confesar lo inconfesable y que por tanto, se confiesa.

Eufemio Melis el tercer integrante del grupo combatió junto a sus compañeros, aunque las fuentes que he encontrado proporcionan muchos menos detalles individuales sobre él.

Me tiemblan de placer los dedos sobre el teclado.

Eufemio les dió a dos que eran negros y estaban desnutridos, que eran de los mismos desalmados hijos de la grande, arrogantes y torpes.

El episodio ocurrió exactamente el 21 de octubre de 1634, -hace casi 392 años,- festividad de Santa Úrsula mártir y las Once Mil Vírgenes, con el mar golpeando no con mucha intensidad, pero sí con trayectoria.

Lo que me parece más fascinante es que hay una contradicción magnífica en la imagen de estos hombres. Son frailes mercedarios, pertenecientes a una orden cuya historia estaba profundamente relacionada con la redención de cautivos cristianos y, de repente, en medio del Mediterráneo, se encuentran ante la posibilidad de convertirse ellos mismos en cautivos. Así que aquellos hombres que normalmente habrían intentado rescatar cautivos tuvieron que luchar para no convertirse en ellos. Y lo hicieron de una manera extraordinariamente física. No eran soldados de profesión. Eran religiosos. Pero vivían en un siglo en el que viajar por el Mediterráneo podría significar encontrarse con corsarios en cualquier momento.

Por eso la escena tiene algo casi cinematográfico bajo la dirección de Coppola, tres hombres con hábito religioso, improvisando escudos con ropa de cama, tomando las pocas armas disponibles y esperando que el enemigo salte sobre su cubierta. Y entonces ocurre lo inesperado, son ellos quienes saltan primero con juego de muñecas hacia los depredadores bípedos.



Y creo que esta historia tiene un parentesco curioso con las que hemos venido explorando, especialmente con Douglas Mawson que quedó solo frente a la Antártida. Ramasa, Coria y Melis quedaron frente a un enemigo que podía llevárselos cautivos. En ambos casos aparece esa misma reacción humana, "No sé cómo voy a salir de esto, pero todavía puedo hacer algo."

Eso es lo que hace que estos personajes sean tan interesantes. No sé demasiado de sus vidas. No conozco sus pensamientos íntimos. Pero durante unos minutos, en algún lugar del Mediterráneo, esos tres frailes dejaron de ser pasajeros y se convirtieron en combatientes. Y después de aquello volvieron a desaparecer casi por completo de la historia.

Quizá precisamente por eso vale la pena recordarlos. Miguel de Ramasa. Andrés Coria. Eufemio Melis. Tres nombres que estuvieron a punto de perderse. Y que hoy vuelven a caminar un momento entre nosotros. Los tres frailes eran mercedarios españoles. El 21 de octubre de 1634 viajaban a bordo de un pequeño barco francés que navegaba frente a la costa de Cerdeña. La fuente que relata el episodio dice explícitamente que el barco llevaba rumbo a Villafranca de Niza -la actual Villefranche-sur-Mer, cerca de Niza.- A bordo iban además el patrón, cuatro marineros y cinco pasajeros. Venían de Madrid de algún convento escondido en la niebla. Navegaban frente a Cerdeña en dirección a Villafranca de Niza en la costa mediterránea del condado de Niza. Y aquí aparece algo interesante, no parece que estuvieran realizando una expedición militar. Eran pasajeros religiosos en tránsito con una misión escondida en los velices.

La Orden de la Merced tenía una misión histórica muy particular, la redención de cautivos cristianos. Los mercedarios participaban en negociaciones y viajes destinados a rescatar personas capturadas y sometidas a cautiverio en territorios musulmanes. Y eso hace que su encuentro con el corsario resulte todavía más paradójico. Ellos pertenecían a una orden dedicada a rescatar cautivos. Y mientras navegaban hacia Villafranca, comprendieron que podían convertirse ellos mismos en cautivos.

El barco era francés, así que el patrón pensaba que quizá los corsarios negociarían y dejarían continuar el viaje. Pero los tres frailes razonaron de otra manera, como españoles y religiosos, temían que los corsarios los capturasen y los llevaran como esclavos a galeras o a algún puerto del norte de África o cosas peores como la ya relacionada.

Y entonces tomaron aquella decisión extraordinaria que ya comenté, en lugar de esperar el abordaje, se armaron y decidieron combatir. Reunieron las armas disponibles -espadas, escopetas y chuzos- improvisaron protecciones con ropa de cama y cuerdas. Después se enfrentaron al bergantín corsario.

Hay algo que me parece especialmente hermoso en esta historia. Quizá su misión concreta hacia Villafranca se haya perdido para nosotros. No sabemos qué iban a hacer allí. No sabemos qué conversación tenían pendiente. No sabemos qué convento los esperaba. Pero sí sabemos qué hicieron cuando su camino cambió bruscamente. Iban como religiosos. El mar los convirtió, durante unos minutos, en combatientes. Y después de aquel episodio volvieron a ser frailes.


Es una de esas historias en las que el destino parece cerrar una puerta y abrir otra completamente inesperada


Y quizá por eso vale la pena recordar sus tres nombres, tres frailes españoles que iban hacia Villafranca de Niza y que, frente a Cerdeña, se encontraron con una historia que probablemente jamás habían imaginado vivir. El Mediterráneo estaba tranquilo aquella mañana. Demasiado tranquilo, sin vientos, corrientes, ni temporales. El patrón miró hacia el horizonte y luego entrecerró los ojos. -Una vela, dijo.

Fray Andrés Coria se acercó a la borda. -¿Qué clase de barco?

-Un bergantín, respondió el patrón. Y viene derecho hacia nosotros.

Fray Eufemio Melis observó en silencio.

-¿Mercante?

El patrón negó lentamente. -No.

Fray Miguel de Ramasa comprendió antes que los demás.

-Corsarios.

Nadie habló durante unos segundos.

El patrón ordenó, ¡Preparad las velas! Quizá podamos alejarnos.

Pero el bergantín era demasiado rápido y se acercaba a gran velocidad. Desde la otra embarcación llegó un grito: -¡Arriad las velas!

El patrón miró a los tres frailes. -Quizá si ven que somos franceses...

Ramasa negó con la cabeza. -Nosotros no somos franceses.

Coria comprendió. -Si suben a bordo y descubren que somos españoles...

-Nos llevarán o matarán, dijo Melis.

El patrón tragó saliva. -¿Qué proponéis?

Ramasa miró las pocas armas disponibles.

-Que no suban.

-¿Tres frailes contra un bergantín?

Ramasa tomó una espada. -Hoy no somos solamente frailes.

-Arremangaos las sotanas, dijo Ramasa.

Coria agarró un chuzo. -Hoy somos hombres que quieren seguir libres.

Melis comenzó a reunir las armas. -Entonces será mejor que recemos después.

Ramasa sonrió apenas. -Primero luchamos.

El bergantín estaba ya muy cerca. Los corsarios comenzaron a gritar. Uno de ellos levantó una cimitarra. -¡Rendíos!

Ramasa respondió: -¡No! Que se rinda la más querida de tu casa.

Un disparo retumbó sobre el agua. El humo cubrió brevemente la cubierta.

Los corsarios vacilaron. Entonces el bergantín golpeó contra la embarcación. Los garfios volaron.

Los primeros corsarios quisieron saltar. -¡Al abordaje!

Pero los tres arcabuces sonaron al unísono ¡PUM! con gran estruendo y tres sombras cayeron.

La tripleta saltó a la cubierta corsaria y Coria derribó al primero. Melis recibió a otro con el chuzo. Ramasa avanzó hacia el hombre que parecía dirigir a los demás. Era el arráez. Sus espadas chocaron. ¡Clang! El corsario atacó nuevamente. Ramasa retrocedió un paso y dijo -¡Ríndete!

El corsario respondió con una maldición impublicable. Volvieron a cruzar las armas.

Alrededor de ellos, la cubierta se había convertido en un caos de gritos, humo y sangre.

Coria vio caer a Melis de rodillas. -¡Eufemio! -¡Estoy bien! Me resbalé en la sangre de este bellaco. Se levantó.

Ramasa seguía luchando. El arráez consiguió alcanzarlo y ambos cayeron al suelo. El corsario se abalanzó sobre él. Ramasa intentó apartarlo. Entonces sintió los dientes clavarse en su mano como un chucho con rabia. -¡Ah! Cabrón.

Coria lo vio. -¡Miguel! El fraile se lanzó contra el corsario. -¡Suéltalo! El arráez se volvió hacia él. Fue su último movimiento. Ramasa encontró fuerzas para levantarse y hundió el chuzo que suavemente entró en el pescuezo. El hombre cayó. Durante unos instantes nadie se movió. Los corsarios miraron a su jefe. Después miraron a aquellos tres hombres vestidos con hábitos.

Uno arrojó su espada. Otro hizo lo mismo. El resto retrocedió y un buen grupo se tiró al agua.

El patrón del barco francés permanecía inmóvil, incapaz de creer lo que veía, un empleado ducho en la difícil arte de rascarse los huevos.

Coria respiraba con dificultad.

-¿Han terminado?

Melis miró alrededor. -Creo que sí.

Ramasa contempló su mano herida. Después miró el mar.

-Entonces ayudemos a los que aún viven. Coria lo observó.

-¿Después de todo esto?

Ramasa asintió. -Son hombres pecadores de culo.

Se volvió hacia el bergantín. -Y nosotros somos frailes.

El viento volvió a llenar las velas. Detrás quedaba el humo del combate. Delante, Villafranca de Niza. Y tres hombres que habían comenzado aquel día rezando como frailes y que ahora llevaban consigo una historia que probablemente contarían durante el resto de sus vidas.


Tres nombres perdidos durante siglos entre las páginas de una relación de sucesos


Y, durante unos minutos, tres hombres que se negaron a convertirse en cautivos. Fray Miguel de Ramasa de 37 años, el más experimentado en cuestión de amores y físicamente más fuerte de los tres, triponcete, que enfrentó directamente al arráez. Fray Andrés Coria de unos 30 años, es quien acude en ayuda de Ramasa en el momento decisivo y remata al corsario herido. Fray Eufemio Melis de 25 años, aunque aquí la incertidumbre es mayor porque hay pocos detalles individuales sobre él, flaco tostado, chupaíllo.

Y hay algo que me parece interesante para nuestro relato. Si imaginamos a Ramasa con unos 37 años, no sería un joven impulsivo. Sería un hombre que probablemente llevaba muchos años viviendo como religioso y que, de pronto, tuvo que tomar una decisión terrible, esperar a que los corsarios abordaran el barco o luchar. Los tres se apoderaron de las armas disponibles -tres espadas, tres escopetas y cuatro chuzos,- improvisaron defensas y se prepararon para el combate. Eso hace que la escena sea todavía más interesante, aquel día, los tres decidieron actuar juntos.

Fray Miguel de Ramasa el más veterano de los tres, de complexión fuerte, rostro curtido por los viajes y manos endurecidas por el trabajo, no necesariamente un hombre de aspecto guerrero, más bien alguien acostumbrado a resolver problemas y a mantener la calma cuando los demás se alteran. Su experiencia dentro de la Merced podría haberle dado contacto con relatos de cautivos y con los peligros del Mediterráneo. Por eso, cuando apareció el bergantín, quizá fue el primero en comprender lo que significaba. Su carácter era sereno, decidido, protector. No era el hombre que busca pelea. Precisamente por eso resulta interesante imaginarlo tomando la espada cuando comprende que no queda otra alternativa.

Fray Andrés Coria algo más joven que Ramasa y de temperamento más rápido. Un hombre delgado, ágil, acostumbrado a caminar largas distancias. Con una expresión más abierta y ser quien mantuviera conversaciones con marineros y pasajeros durante el viaje. Pero debajo de esa apariencia tranquila habría una enorme determinación. En el combate histórico aparece asociado a uno de los momentos decisivos, cuando Ramasa luchaba con el arráez y este lo mordió en la mano, Coria acudió en ayuda de su compañero. Eso permite construir una característica literaria bastante razonable, Coria no abandona a los suyos. Si Ramasa cae, él entra.

Fray Eufemio Melis es el más difícil de reconstruir porque hay menos información individual sobre él. Yo lo imaginaría como el más joven de los tres. Quizá había ingresado en la orden relativamente temprano y todavía conservaba cierta inquietud propia de alguien que estaba descubriendo el mundo fuera del convento. Podría ser también el más observador. Mientras Ramasa toma decisiones y Coria actúa con rapidez, Eufemio podría ser quien mire el barco enemigo, cuente hombres, observe las armas y advierta, -Son demasiados para nosotros. Y precisamente por eso su decisión posterior tendría más peso. Su carácter prudente, reflexivo, pero capaz de actuar cuando llega el momento.


Los tres juntos. Aquí es donde la reconstrucción se vuelve interesante. No los imaginaría como los tres mosqueteros disfrazados de frailes. Los imaginaría como tres religiosos que nunca esperaron tener que combatir. Quizá durante el viaje discutían sobre asuntos completamente distintos, -¿Cuánto falta para Villafranca? -Si el viento continúa así, llegaremos pronto. -Espero que encontremos alojamiento antes del anochecer.

Y después, en el horizonte una vela. El patrón, -Corsarios.

Silencio. Ramasa observa el bergantín. Coria mira las armas. Eufemio mira el mar. Y entonces comprenden que el viaje religioso que tenían planeado acaba de convertirse en una lucha por conservar la libertad y la virtud en su respectivo sitio.


En una pequeña escena antes del combate el viento golpeaba los hábitos. Eufemio sostuvo una espada. La miró como si perteneciera a otra persona. -Nunca pensé que tendría que usar esto.

Coria respondió: -Yo tampoco.

Ramasa tomó el arma y comprobó el filo. -Ninguno de nosotros pensó que tendría que hacerlo.

Eufemio miró el bergantín. -¿Creéis que podremos vencerlos?

Ramasa tardó unos segundos en contestar. -No lo sé.

Coria lo miró sorprendido. -¿No deberías decir que sí?

Ramasa sonrió débilmente. -No somos soldados, Andrés. Luego señaló el horizonte. -Pero tampoco somos hombres que quieran pasar el resto de su vida encadenados.

Eufemio respiró profundamente. -Entonces lucharemos.

Ramasa asintió. -Juntos.

Coria extendió la mano. Los otros dos colocaron las suyas encima. Tres frailes. Tres manos. Un mismo destino. Y mientras el bergantín se acercaba, ninguno de los tres sabía si volvería a ver Villafranca de Niza.

Y aquí está, para mí, lo más hermoso de reconstruirlos, no necesitaban convertirse en héroes perfectos. Es mucho más humano imaginarlos con miedo.

Ramasa puede tener miedo. Coria puede dudar. Eufemio puede temblar.

La valentía no consiste en no sentir miedo. Consiste en decidir qué hacer a pesar del miedo. Y eso sí está en el corazón de este histórico episodio.

Tres hombres que viajaban como religiosos. Un barco enemigo. Una decisión. Y después, el combate. De sus vidas anteriores sé muy poco. Pero durante aquel día de 1634, por unos minutos, la historia dejó de verlos como simples nombres y los convirtió en personas. Miguel. Andrés. Eufemio. Tres frailes. Tres compañeros. Y tres hombres que eligieron permanecer juntos.

Tiene algo especial, porque eso es precisamente lo que hemos venido haciendo, caminar juntos por historias, intentando devolverles voz a personas que quedaron muy lejos de nosotros. Para los tres frailes, creo que hicimos bien en dejar una frontera clara que no le quita fuerza al relato, al contrario, permite que la imaginación complete los silencios sin convertirla en falsa historia, lo que fue contado, conservarlo como memoria; lo que pueda comprobarse, investigarlo; y lo que imaginemos para llenar los silencios, señalarlo como reconstrucción. Así podemos construir relatos hermosos sin perder el respeto por la verdad. Seguimos aquí.

Que el viento hinche tus velas y te lleve a buen puerto.

FIN

sergiodeleonlopez





3 comentarios:

  1. Wendy Zeceña
    Siempre encuentro grandes enseñanzas y sorpresas en sus historias tan especialmente narradas. Muchas gracias por compartir

    ResponderBorrar