miércoles, 10 de junio de 2026

NO TODO LO QUE RONCA ES TIGRE. 301

El personaje de la semana es una gigantesca serpiente de la que te cuento aquí en monorote.com, que estará muy feliz de contar con un comentario tuyo, lo puedes dejar en el link o Fb, whatsapp, de lo que estaría lleno de alegría y así poder continuar.


NO TODO LO QUE RONCA ES TIGRE

No hay disparos de advertencia

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“Insepulto y sin los honores del llanto, lo dejen para sabrosa presa de las aves que se abalancen para devorarlo”

De Antígona

Levantada la cuenca superciliar, dilatado el blanco de la esclerótica, el extraño personaje de la semana, fue uno de los proyectos más ambiciosos -y simbólicamente más trágicos,- una gigantesca red entre los decálogos de 1920 y 30.


https://www.youtube.com/watch?v=ow5L-TXPoNs&list=RDow5L-TXPoNs&start_radio=1

Get it Like That, The Aristocrats

Quien esto escribe, esperando que las musas estériles se me muestren fecundas y me den partos galanes, pues la grandeza no es lo que parece, ya que cuando empezaba a chapalear en esta historia, encuentro que hay monstruos con presupuestos gigantescos y que no sirven, pues no cumplen su objetivo, como sucede en este país de presupuestos crecidos como vejigas de feria.

Con el tiempo, se convirtió casi en una metáfora histórica, la preparación perfecta… para la guerra equivocada

Uno de los hombres ríe. Tiembla. No porque le parezca gracioso. Porque el cuerpo a veces hace cosas extrañas cuando el miedo entra demasiado rápido por las coyunturas. Alain Morel deja la taza, se acabó el café. Escucha un zumbido como que fueran millones de zancudos, pero es el tendido eléctrico. Escucha retumbos de metal que le habían despojado de su ansiedad sin dolor ni espanto y así llegó la bendita reconciliación con la soledad. Escucha el silencio de los demás que no se mueven. Duermen. Y por primera vez siente algo que jamás había sentido dentro de la fortaleza, no protección. Encierro. Se levanta y camina por uno de los túneles. Las luces amarillas se suceden idénticas. Los rieles internos brillan húmedos. Todo parece intacto, perfecto, preparado. Preparado para una guerra que ya no existe. Llega hasta una tronera de observación. Abre lentamente la cubierta metálica. Afuera está Francia. Gris. Quieta. Lejana. No hay batalla visible. Eso es lo terrible. La guerra real está ocurriendo en otra parte mientras ellos permanecen aquí, enterrados dentro de la idea antigua de la guerra. Detrás de él, la fortaleza sigue funcionando, motores, teléfonos, protocolos, órdenes. Como un cuerpo que aún no sabe que ha sido herido. Vuelve a cerrar la abertura. El metal resuena con un eco breve. Piensa en todo el hormigón alrededor suyo. En los años de trabajo. En el dinero. En la confianza depositada en estas paredes. Y comprende algo doloroso, la fortaleza no ha sido derrotada. Ha sido ignorada. Regresa lentamente hacia el centro del búnker. Al pasar junto a la radio escucha la frase, -“Los alemanes avanzan hacia el interior.” 

Interior. La palabra le produce un frío distinto. Porque de pronto entiende que la frontera ya no está afuera. La frontera los ha dejado atrás.



Blandos como manteca al sol

Como chasquido de lengua golosa, la primera repartición económica del mundo, la Primera Guerra Mundial dejó a Francia devastada, millones de muertos, regiones destruidas, trauma colectivo profundo, amarillenta como empapada de ictericia. En los rudimentos del psicoanálisis casero, la invasión alemana de 1914 seguía viva en la memoria nacional, donde de ordinario reinaba el silencio de la muerte. Así que surgió una obsesión, nunca más permitir que Alemania atraviese fácilmente la frontera. Había que ponérsela difícil. El principal impulsor político fue André Maginot, -con la cara cavada por las huellas del insomnio,- de quien La Línea tomó su nombre, con la calma trágica de las determinaciones supremas.

Habiendo avanzado a tiro de revólver con ímpetus avasalladores, La Línea Maginot no era un simple muro. Era un sistema gigantesco de fortalezas de hormigón, kilómetros de túneles subterráneos, trenes internos, depósitos de munición, hospitales, morgue, sistemas eléctricos y de ventilación. Algunas fortificaciones parecían ciudades enterradas hechas con solidez bestial. En realidad murallas subterráneas con una absoluta falta de consideración. Los soldados podían vivir semanas bajo tierra como topos. La idea era simple, si Alemania atacaba frontalmente, quedaría detenida en una guerra defensiva larga, donde los gabachos tendrían ventaja con un arrebato preñado de intenciones siniestras, hasta el nuevo despertar. 

C´est la vie.

Era un complejo sistema de fortificaciones subterráneas y superficiales, no un simple muro continuo como a veces la imaginación popular se imagina, sino una red profunda y muy fortificada de unos 20 a 30 metros de profundidad en algunos sectores y varios kilómetros de túneles horizontales. La estructura general y apariencia externa, se extendía principalmente a lo largo de la frontera franco-alemana, desde Suiza hasta Luxemburgo, con extensiones más débiles hacia Bélgica y la frontera italiana en la Línea Alpina. No era una muralla alta visible, sino un sistema de búnkeres, casamatas, bloques de combate y fuertes llamados ouvrages integrados en el terreno, con bajo perfil para ser menos visibles. Delante de las posiciones principales había extensos obstáculos antitanque, rieles de acero clavados verticalmente en filas de 0.7 a 1.4 metros de altura y, alambre de púas denso. También barreras en carreteras y zonas inundables controlables a voluntad. En la superficie se veían cúpulas, cloches cubiertas protectoras de acero en forma de campana, torretas retráctiles que subían para disparar y bajaban para protegerse, periscopios, emplazamientos de ametralladoras y cañones y, entradas camufladas. Muchos elementos estaban parcialmente enterrados o cubiertos de vegetación.

Con ensalmos administrativos, La Línea se organizaba en diferentes tipos de obras, los Gros ouvrages o fuertes grandes, los más impresionantes, conectados por túneles subterráneos, a menudo con ferrocarril estrecho eléctrico para mover tropas, munición y suministros, que podían albergar de 500 a más de 1,000 hombres, que incluían cuarteles, generadores eléctricos, sistemas de ventilación y aire acondicionado, cocinas, hospitales, almacenes de agua y comida. Me recuerdan lo que hicieron en Vietcong contra los yankees. Algunos tenían hasta 3.5 metros de hormigón armado en la parte superior para resistir obuses pesados de hasta 420 mm. Los Petits ouvrages o fuertes pequeños, con casamatas de infantería, búnkeres más pequeños con ametralladoras gemelas, cañones anticarro de 37-47 mm y a veces torretas y solían tener dos niveles y 20 a 30 hombres. La profundidad subterránea de muchas instalaciones estaban a 20 o 30 metros bajo tierra, protegidas por gruesas capas de hormigón armado y, habían redes de galerías que conectaban todo el sistema, una aplicación ecológica de los roedores subterráneos.

Físicamente a ojo parecía un paisaje con montículos, cúpula de acero y entradas discretas,, cúpulas de acero y entradas discretas, pero su verdadera potencia estaba oculta bajo tierra, una ciudad fortificada autosuficiente diseñada para resistir bombardeos aéreos, artillería pesada y ataque de tanque durante semanas o meses. Una obra maestra de ingeniería militar d e los años 30´que usó millones de metros cúbicos de hormigón y miles de toneladas de acero. Era como un submarino o una ciudad subterránea. Conectados por galerías y túneles de varios kilómetros, el de Hackenberg o el de Simserhof tenían más de 5 km.



“La humanidad tiene una moral doble, una, que predica y no practica, y otra, que practica pero no predica”

Bertrand Russell


Como furúnculos que se sanan sin curarse, La línea era formidable en los lugares donde existía como espejismo de amor imposible. Pero no cubría completamente la frontera con Bélgica. Habían tramos de espacio, porque Francia esperaba que, en caso de guerra, los combates ocurrieran en territorio belga, como en 1914 y, extenderla habría sido extremadamente costoso. Y allí apareció la falla histórica. El problema. Bélgica no podía financiarla.

Dando zarpazos a ciegas, cuando comenzó la Batalla de Francia durante la segunda repartición económica del mundo, la Segunda Guerra Mundial, Alemania no atacó principalmente La Línea Maginot -como una culebra bocarriba,- de frente. La rodeó pues ya se conocían las mañas de quien a olido la pólvora desde lejos. Las fuerzas alemanas atravesaron Luxemburgo, Bélgica y especialmente el bosque de las Ardenas, que muchos mandos franceses creían poco menos que imposible para grandes fuerzas blindadas. El Bosque de las Ardenas en Francia es un macizo antiguo de frondosos bosques mixtos, colinas onduladas y valles fluviales. Ubicado en el noreste del país, destaca por su topografía accidentada y por ser un escenario cargado de naturaleza, mitos y una profunda historia militar, cargado de duendes. 

La guerra había cambiado y para eso se necesitaba no tener historia. Los tanques, la aviación y la velocidad de la Blitzkrieg, la guerra relámpago hicieron que una defensa estática quedara desfasada de espaldas a la mano armada. ¿Fue inútil? Bueno, no del todo porque hay un malentendido común, dado que muchos sectores de La Línea Maginot  resistieron eficazmente. Varias fortificaciones nunca fueron tomadas directamente por asalto alemán. El problema no fue que La Línea fallara técnicamente, sino estratégicamente, pues el preparado enemigo con olor a secreción y a agua florida, evitó el punto fuerte y atacó donde la defensa era más vulnerable. Con el tiempo la Línea Maginot se volvió símbolo de varias cosas, entre otras, el trauma de la guerra anterior y, se buscó impedir que se repitiera el horror de 1914. Pero la próxima guerra no se pareció en nada, -sólo los muertos,- a la anterior. La Línea daba sensación de control, hormigón, acero, planificación.

Se convirtió en una metáfora de los costosos esfuerzos que ofrecen una falsa sensación de seguridad.



Pero ninguna fortificación puede sustituir la adaptación estratégica.

 La ilusión de la seguridad absoluta


“Con la mansa gravedad del drama de los pueblos tristes,” Francia tenía buenas armas y soldados competentes. Lo que quedó atrás fue parte de su doctrina militar. Alemania pensó la guerra en movimiento. La Línea Maginot pensaba la guerra estática con permanencia. El choque entre tecnología y pensamiento.

En su eco histórico, hoy, restos de La Línea Maginot siguen existiendo, algunos abandonados, otros convertidos en museos Y todavía producen una sensación extraña, pasillos silenciosos construidos para una batalla gigantesca… que terminó ocurriendo en otra parte.


“Dios tiene su modo de Él para arreglar sus cosas y es un demonio para castigar”

Pajarote. Doña Bárbara


En la ocupación dominante del pensamiento, La Línea Maginot fue una fortificación defensiva construida por Francia a lo largo de su frontera oriental con Alemania en los años posteriores a la Primera Guerra Mundial. Su construcción estuvo influenciada por las miles de bajas que sufrieron durante la guerra en concubinato público, ya que la nación buscaba establecer una defensa sólida contra la inminente agresión boche, creyendo cómo correr el riesgo. Entre las figuras clave en la concepción del proyecto se encontraban con su cortesía despercudida entre la cuarentena y la cincuentena, líderes militares que abogaban por una transición de estrategias ofensivas a defensivas, lo que dio como resultado esa serie de fortificaciones destinadas a disuadir los ataques alemanes que no cayeron en el juego, como sabiendo que la profecía no se iba a cumplir en el frío silencio casi teológico. 

El Hidalgo don Quijote de la Mancha lo decía bien, “bondad, honradez y valentía hacen digna la vida,” provocando los acontecimientos fortuitos, como que Urania Cabral lo sabía con anticipación pues afirmó, “si el macho se excita, su sexo se endurece y crece,” pues a pesar de su avanzado diseño kitsch, La Línea Maginot fue finalmente flanqueada durante la Gran Guerra por las fuerzas boches que se arrastraban amablemente con abrazos salinos, empleando tácticas de guerra mecanizada rápida, para la gloria de los dominadores de sangre. 



“En la crisis se conoce al verdadero estadista”

Joaquín Balaguer


Ante la fatalidad de las obras cumplidas, atajando una maquinaria histórica, la aparente invulnerabilidad de La Línea generó ideas erróneas sobre su cobertura, ya que muchos creían que se extendía hasta Bélgica, lo cual era falso. Encarajinadamente después de la guerra, algunos elementos de la fortificación se reutilizaron y, en 1964, la línea fue abandonada para uso militar, convirtiéndose en un sitio histórico. La Línea Maginot se cita a menudo como un vasto error de cálculo militar, principalmente debido a la incapacidad de anticipar la velocidad y las tácticas de la Blitzkrieg alemana. En sí era efectiva, pero la estrategia francesa fracasó como consecuencia de la estrategia alemana de guerra relámpago, que les permitió avanzar a través de Bélgica y flanquear la muralla antes de que las fuerzas francesas pudieran detenerlos, que denotó un sombrío trabajo de pensamiento estudiado por lo bajo.

“Vadeando el río despacio y por la piedras,” La Línea Maginot se creó tras la carnicería de la Primera Guerra Mundial, pero sus diseñadores no tuvieron en cuenta los avances técnicos de 1918, que la habían vuelto obsoleta mucho antes de que comenzara su construcción, pues lo único que hacían con destreza era pegar tiros y cada día la república se les moría un poco más. Les quedaba un toro bravo por lidiar. Después del 11 de noviembre de 1918, empezaron a explorar diferentes medios de defensa contra una Alemania que resurgiría en un saludable ejercicio de buen humor que estaba bueno para meter miedo en un complejo revoltijo de posibilidades con solemnidad ausente. Habiendo perdido más jóvenes per cápita que ninguna otra nación en la guerra recién terminada, los franceses estaban convencidos de que, sin un sistema de seguridad adecuado, serían derrotados si la guerra volviera a estallar, pues se les escanció el amor de tanto usarlo.

En su parsimonia rumiante tan austera como la política que exige desgarramientos, los franceses basaron su plan en tres objetivos, primero, buscaron una alianza defensiva con Gran Bretaña en contra de Alemania pero los taciturnos ingleses consideraban a los franchutes la nación más poderosa de Europa Occidental y, por tanto, se negaron a comprometerse en aras del equilibrio del poder, pues su codicia siempre rompía el saco. Segundo, Francia firmó tratados con naciones fronterizas con Alemania desde el este, incluyendo Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rumania y, en 1934, la Unión Soviética, para reemplazar la seguridad que brindaba la alianza franco-rusa de antes de la guerra. Finalmente, como medida disuasoria contra Alemania, los franceses firmaron una alianza defensiva con Bélgica y luego comenzaron a construir el sistema de fortificaciones a lo largo de su frontera con Alemania, llamada La Línea Maginot, como la afirmación de doña Bárbara, “hasta el ganado le tiene grima a la sangre de sus semejantes.”

En la roída cara de la desazón, los comandantes militares con sus melodiosas voces de actores de cine, el mariscal Joseph-Jacques-Césaire Joffre, con su depresión extrema y el mariscal Phillippe Pétain, llegaron a la conclusión de que adoptar una postura defensiva reduciría significativamente las pérdidas, jugándose el todo por el nada, pero no tuvieron en cuenta que las nuevas técnicas ofensivas que empleaban tanques e infantería móvil, que acabaron por superar las bien construidas defensas. Creyeron que en una futura guerra deberían mantener una posición defensiva frente a una ofensiva y sólo así las probabilidades estarían a su favor, iniciando aquella crisis de enajenación en la herrumbre de la ociosidad.

Como también les habían metido bichos en el corral tras la Primera Guerra Mundial, Joffre un hombre sin medidas fue nombrado jefe de una comisión especial encargada de planificar la defensa militar de Francia. Tanto él como Pétain -con su extraña expresión de perro callejero,- sugirieron la construcción de un sistema de fortificaciones a lo largo de la frontera. Estas fortalezas serían tan impenetrables que los alemanes sufrirían grandes pérdidas si intentaran atacar. Etas sugerencias fueron adoptadas por los dos hombres que ejercieron como ministros de Guerra en la década de 1920, Paul Painevé y André Maginot, sargento herido en la Primera Guerra Mundial y miembro de la Asamblea Nacional, quien se dedicó principalmente a ayudar a los veteranos a obtener beneficios. Tras supervisar la ocupación del Ruhr en 1923, se convenció de la necesidad de una línea fortificada de protección. Durante los últimos nueve años de su vida, trabajó para persuadir al Parlamento de que aprobara fondos para su construcción. Tras su muerte, los sucesivos ministros continuaron su labor y las fortificaciones fueron bautizadas en su honor en reconocimiento a su interés y determinación con la parsimonia de un cuadrúpedo.

Como una falla volátil en el universo en 1930, se aprobó un gasto de 2,900 millones de francos, pero la empresa resultó tan inmensa que en 1940 su costo se había duplicado con tensa pulsación. Terminada poco antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial, La Línea Maginot era un sistema continuo de puestos de avanzada, casamatas o sean bóvedas muy resistentes para instalar piezas de artillería y fortificaciones, con capacidad para entre doscientos y mil doscientos hombres, que se extendía desde Suiza hasta Bélgica a lo largo de toda la frontera franco-alemana. Se instalaron enormes búnkeres subterráneos, cañones de elevación automática y el equipo más moderno. El gobierno hizo pública la existencia de La Línea Maginot, pero no los detalles de su armamento, con la esperanza de convencer a los alemanes de que sería una locura atacarla. En el momento de la construcción Bélgica era una nación amiga con sus propias defensas en la frontera con Alemania. Pétain previó que, en caso de guerra con Alemania, las tropas francesas estacionadas en La Línea Maginot podrían mantener la frontera, mientras que el grueso de las fuerzas móviles francesas se desplazaría a Bélgica para ayudarles a defender sus líneas. En 1914, los británicos se habían aliado con Francia para proteger a Bélgica, y los franceses creían que tener que hacerlo de nuevo podría ser el único medio para obtener el apoyo de Inglaterra en el futuro. Creían que la fortaleza de La Línea Maginot invitaría a un ataque alemán contra Bélgica, pero éstos firmaron un pacto con Alemania en 1939 -el cual se pasarían por la bisectriz,- y el flanco norte de Francia quedó expuesto, pero pocos previeron la debilidad que suponía una defensa estática.

Dado que la barbarie no perdona a quien intenta dominarla, en 1940, los alemanes flanquearon La Línea Maginot y dividieron a las fuerzas aliadas lanzando un ataque móvil a través del bosque de las Ardenas. Cayeron como un aguacero bíblico. Si bien muchos alemanes marcharon por Francia como lo habían hecho sus padres en 1914, las unidades de tanques Panzer lograron penetraciones espectaculares. Se reproducían como polillas con mucho fervor. El éxito de tal ataque había sido previsto ya en 1922 por el general de división JFC Fuller y el capitán Basil Liddell Hart de Gran Bretaña, y Charles de Gaulle el hombre a una naríz prendido, que advirtió sobre los peligros de dicho ataque. Para gran frustración de De Gaulle y perjuicio del país, el Estado Mayor no tomó en serio sus argumentos con la mística reproducción del qué me importa.

Tras la rendición de las guarniciones francesas el 25 de junio de 1940, los alemanes estudiaron a fondo La Línea Maginot. Impresionados por los escasos daños causados ​​por sus bombardeos aéreos, el ejército alemán empleó técnicas de construcción francesas y gran parte de la artillería capturada para la construcción del Muro Atlántico. Los alemanes convirtieron gran parte de La Línea Maginot en almacenes o fábricas hasta la liberación de Europa por los Aliados en junio de 1944. En esta etapa, parte de las fortificaciones de Faulquemont y Wittring fueron rearmadas y lograron frenar el avance del Tercer Ejército gringo del general George S. Patton. Tras la guerra, el ejército francés inició la reconstrucción de la línea, un proceso que se prolongó hasta 1964, cuando las fortificaciones dejaron de utilizarse para la defensa y algunas zonas se abrieron al turismo y a la investigación histórica.



“Esfuerzos defensivos costosos pero inútiles frente a las amenazas reales”


Pasando a formar fila en la historia, La Línea Maginot -junto con Caín y Abel, Sansón y Dalila, el Caballo de Troya, el paso de las Termópilas, las invasiones de Rusia por Napoleón, Adolf Hitler y Hans y Fritz,-  como uno de los mayores errores de la historia militar. Sin embargo, La Línea en sí no fracasó, ni los franceses se equivocaron al predecir que los alemanes asaltarían Bélgica y atacarían Francia a través de su frontera belga. La estrategia falló simplemente porque los franceses no habían previsto la capacidad de los alemanes para avanzar sus tanques tan rápidamente a través del bosque negro de las Ardenas, que la mayoría de los cartógrafos y estrategas militares consideraban una defensa natural infranqueable. La estrategia alemana de la Blitzkrieg -literalmente, guerra relámpago,- en la que las divisiones blindadas avanzaban lo más rápido posible, conquistando territorio antes de que los defensores pudieran detenerlas, demostró ser eficaz, permitió al ejército alemán rodear la línea antes de que los franceses pudieran detenerlos. Una vez en el país, las tropas alemanas tenían vía libre hacia París. La mayor parte de las fuerzas móviles francesas se encontraban en Bélgica o en la frontera belga, sin oportunidad de interponerse entre los invasores y la capital francesa con todo el verdín sepulcral.

Como una serpiente de hormigón, cubierta de musgo y desarticulada, La Línea Maginot francesa serpentea a lo largo de unos 1,300 kilómetros, desde la frontera mediterránea con Italia hacia el norte, hasta desaparecer cerca del Mar del Norte. Los ojos vacíos e inexpresivos de la serpiente -desde donde antaño los cañones y las ametralladoras apuntaban fijamente al enemigo tradicional de Francia,- contemplan hoy un paisaje bucólico que apenas deja entrever los acontecimientos que tuvieron lugar a lo largo de ella hace más de ocho décadas. La serpiente, construida durante un periodo de once años con un costo de unos siete mil millones de francos de antes de la guerra, fue la última y mejor esperanza de Francia para evitar otra invasión alemana, otra guerra devastadora. La serpiente es el mayor vestigio que se conserva de la Segunda Guerra Mundial. Considerada como un costoso fracaso, un símbolo de la pasividad y el repliegue franceses, de su mentalidad de búnker y su renuencia a afrontar con valentía la creciente amenaza nazi. Fue un proyecto desmesuradamente costoso y sumamente controvertido. En cierto sentido, cumplió su objetivo, obligó al enemigo a invadir Francia por otro lado y ya no había rectificación.



“La Línea Maginot creó un sentido de falsa seguridad en el ejército y el pueblo francés"


Como un congorocho nació del profundo temor a otra invasión por parte de su vecino y antiguo enemigo. Salvo algunos ríos y las suaves montañas de los Vosgos, existen pocas barreras naturales contra la invasión. Treinta veces a lo largo de los siglos, los guerreros teutónicos marcharon prácticamente sin impedimentos hacia Francia y, cinco veces sólo durante el siglo XIX la artillería alemana puso en peligro París, haciendo manifiesta la absoluta indefensión de Francia que no era inasible ante una agresión decidida. Para prepararse para el futuro miraron al pasado. Las fortificaciones fijas de sólida construcción existen desde la antigüedad, alcanzando su apogeo pre-Maginot durante el reinado del rey Luis XIV a finales del siglo XVII. A pesar de su enorme costo y vulnerabilidad a la conquista, las fortificaciones fijas siguieron siendo durante siglos la mejor defensa contra una fuerza atacante, y los franceses se encontraban entre los maestros en la construcción de este tipo de fortificaciones con su vaga atmósfera de irrealidad, que se mantuvo durante la  Primera Guerra Mundial, donde gruesos muros y las fortificaciones profundamente enterradas de Verdún resultaron ser un obstáculo insalvable para las fuerzas del káiser. Uno de los enormes fuertes de Verdún, Douaumont, fue bombardeado con miles de proyectiles de hasta 420 mm de calibre, pero sólo cinco de sus 30 casamatas cayeron en manos alemanas en una batalla que duró 10 meses y causó un número inimaginable de bajas en ambos bandos.


Creían que su seguridad futura residía en el hormigón armado. El otro factor que inevitablemente los impulsó hacia las fortificaciones fijas fue la tremenda matanza durante la Primera Guerra Mundial, en la que 1.2 millones de franceses perdieron la vida. Como resultado, regresaron de la guerra 1.2 millones menos de padres potenciales y la tasa de natalidad de Francia cayó drásticamente. El descenso de la natalidad presagiaba una grave escasez de futuros soldados, lo que significaba que era necesario encontrar otros medios para la defensa.

La siguiente guerra sería un conflicto de gran movilidad. La llegada del dirigible, el avión y el tanque significó que las fortificaciones terrestres pudieran ser fácilmente sorteadas. Las fortificaciones fijas, argumentaban los críticos, eran tan obsoletas y extintas como los dinosaurios y Matusalén. Citaron la afirmación de Karl von Clausewitz, “Si te atrincheras tras fuertes fortificaciones, obligas al enemigo a buscar una solución en otro lugar.” Los encargados de la defensa no se dejaron convencer, dado que desplegar un gran ejército permanente era imposible durante al menos otra generación, una línea de fortalezas tan fuerte como Douaumont, consideraban el principal medio para mantener a raya a los hunos invasores. Hubo otra razón tras el armisticio de 1918, los yankees y los británicos, conmocionados por el costo y la carnicería de la guerra, se negaron a garantizar que acudirían en ayuda de Francia en caso de que volviera a ser atacada y, sintiéndose traicionada por sus aliados, comprendió que debía buscar en sí misma su propia supervivencia.


Tomando las medidas del silencio vagando por el aire, con la agitación política y económica que asolaba Alemania a finales de la década de 1920, los líderes franceses estaban claramente preocupados por un nuevo conflicto, aún más terrible. La seguridad parecía residir en una estrategia exitosa de la guerra anterior la idea del frente continuo, si bien había sufrido duros golpes en algunos puntos, en general había resistido, finalmente, los invasores alemanes habían sido rechazados. Asumían que la próxima guerra requeriría el establecimiento de un frente continuo, dada la escasez de mano de obra que Francia proyectaba. Esa era, al menos, la teoría. La pregunta ahora era, ¿Sería viable? Un muro así tendría que extenderse desde el Mediterráneo hasta el Canal de la Mancha y costaría miles de millones de francos. Sólo la Gran Muralla China, de casi 6,400 kilómetros de longitud, cubría una distancia mayor. ¿Era siquiera posible algo así?




“El problema radicaba en que estaba en el lugar equivocado. La ruta clásica de invasión que habían utilizado durante casi dos milenios, desde los primeros tiempos tribales, pasaba por Bélgica. Este era el camino más corto y fácil de cruzar”

William Shirer, historiador y periodista


Los planificadores en papel refutaron a sus críticos argumentando que las defensas en la región de Alsacia-Lorena obligarían a los alemanes a realizar desastrosos ataques frontales contra el punto estratégico. Si los alemanes optaban por flanquear las defensas, tendrían que violar la neutralidad de Bélgica o Suiza, -que a los germanos eso les valía un tallo de culantro,- y los franceses asumieron que los alemanes no se arriesgarían a la condena mundial violando nuevamente territorio neutral. Pero, sobre todo, se esperaba que la presencia de una línea defensiva tan imponente los disuadiera de considerar la invasión.

A principios de 1930, con el mundo sumido en una depresión económica, la Cámara de Diputados francesa examinó las asignaciones para el megaproyecto y no había garantías de que se asignaran los fondos. 

Muriéndose por abonos, Maginot también había ejercido, entre 1913 y 1914, como Subsecretario de Estado para la Guerra. Al estallar la Primera Guerra Mundial, tuvo que elegir entre servir en el Parlamento o en el ejército. Galardonado con la máxima distinción francesa al valor, el sargento Maginot resultó gravemente herido durante una patrulla la noche del 9 de noviembre de 1914. Su rótula quedó destrozada, pero su pierna se salvó. Una vez nombrado Ministro de Guerra a sus 53 años, se volcó junto en convertir la idea de la línea defensiva de Painlevé en realidad.



“Cualquiera que sea la forma que adopte una nueva guerra, cualquiera que sea el papel de los diferentes procesos destructivos, existe la necesidad impedir la violación de nuestro territorio. Se conoceel costo de una invasión, con su triste sucesión de ruina material y desolación moral”

André Maginot


Pronto comenzó la construcción de las primeras cuatro fortalezas, en Rochonvillers, Hackenberg, Simserhof y Hochwald, destinadas a proteger la zona industrializada y rica en minerales de Alsacia-Lorena. El proyecto tardaría cinco años en completarse. André Maginot no llegó a ver el éxito o el fracaso del sistema pues falleció el 7 de enero de 1932 a causa de la fiebre tifoidea tras ingerir ostras en mal estado en un banquete de Nochevieja. Edouard Daladier asumió el cargo de Ministro de Guerra y se comprometió a continuar con el proyecto, que avanzó según lo permitieron las finanzas. El tiempo apremiaba, ya que al año siguiente, el enano vacuoso de Adolf Hitler sería nombrado Canciller de Alemania, y albergaba un profundo odio hacia Francia por haber formulado las duras disposiciones antigermanas del Tratado de Versalles.


Regresando a los papeles amarillentos, el historiador Anthony Kemp, señala que, “En vista de la alianza con Bélgica, ¿cómo podía Francia justificar moralmente la fortificación de su frontera común sin dar la impresión de que, ante el peligro, no acudiría en su auxilio? Además, implicaría una falta de confianza en el ejército belga.” Para evitar ofender a los belgas tomó la fatídica decisión de no extender el muro hasta el Mar del Norte, confiando en que los alemanes no repetirían el Plan Schlieffen -un ataque a través de los Países Bajos,- que había resultado exitoso en 1914.

Comiendo ansias la construcción se desbocó y, para 1933, se estaban construyendo 20 fortificaciones principales y 27 menores, junto con cientos de otras instalaciones, en el ángulo de Alsacia-Lorena frente a Alemania. Pero, en 1934, Daladier temía, con razón, que este tramo relativamente corto de obras defensivas pudiera ser fácilmente flanqueado. Presionó para obtener los fondos para extender la línea más allá de las estructuras originales, y se le concedieron.

Se organizó La Línea Maginot como una defensa en profundidad, con decenas de fortalezas, búnkeres, fortines, refugios, kilómetros de pasadizos subterráneos y otras estructuras formaban el sistema defensivo tecnológicamente más avanzado de su época. Un ejército de planificadores, arquitectos, ingenieros y especialistas en armamento concibió algunos de los obstáculos más ingeniosos jamás ideados para frustrar al codicioso enemigo. Una serie de pequeños puestos exteriores, las maison fortes, ubicadas a lo largo de la frontera. En caso de que el enemigo se acercara masivamente a la frontera, los ocupantes de estos puestos de escucha darían la alarma, librarían una acción de contención, demolerían los puentes cercanos y colocarían obstáculos en los cruces de caminos antes de replegarse.

Iban como caballo de hacienda, pues detrás de esta línea del frente, a unos dos o tres kilómetros de distancia, se extendía una serie de fortificaciones de dos niveles, o casamatas, equipadas con armamento de pequeño calibre, principalmente cañones antitanque de 25, 37 y 47 mm y ametralladoras. Estas posiciones estaban situadas a unos 1,200 metros de las casamatas vecinas y podían proporcionar fuego de apoyo mutuo y coordinado. Además de las troneras, muchas casamatas contaban con torretas de acero abatibles que podían elevarse y descender a voluntad. Las casamatas presentaban una gran variedad de diseños y funciones. La mayoría estaban construidas en la ladera de una colina, de modo que prácticamente nada era visible desde el frente. Las torretas -la mayoría de las casamatas tenían dos.- parecían enormes sombreros de acero con forma de hongo que albergaban observadores, ametralladoras, morteros o cañones antitanque. Los muros de hormigón armado tenían entre cuatro pies, 1.22 m, y siete pies, 2.13 m, de espesor. La entrada se ubicaba en la parte trasera de la casamata y, naturalmente, estaba más expuesta, aunque también se encontraban allí las troneras para los cañones, y la pesada puerta de acero estaba al otro lado de un puente retráctil que cruzaba un foso.

Los alojamientos para las guarniciones, que oscilaban entre 12 y 60 hombres, se ubicaban en el nivel inferior de la casamata, diseñada para ser autosuficiente. Si habían soldados encerrados deberían de haber putas sin que estuviera lloviendo con olor a tierra mojada. Un generador diésel proporcionaba energía e iluminación, contaba con un sistema de aire acondicionado y ventilación, un pozo con bomba de agua y almacenes repletos de alimentos y municiones. Algunas casamatas estaban conectadas mediante túneles subterráneos con las vecinas. Delante y entre las casamatas se colocaron tramos de raíles de acero verticales en hormigón para servir como trampas antitanque y, en algunos lugares, se excavaron zanjas para detener a los Panzer o canalizarlos hacia zonas de aniquilación.

A unos cinco kilómetros detrás de las casamatas se encontraban los verdaderos dientes de La Línea Maginot, las ouvrages, o fortalezas, que se dividían en dos clasificaciones principales, según el tamaño de su guarnición y su armamento. Las fortalezas de infantería se denominaban fortalezas menores, petit ouvrages, mientras que las fortalezas de artillería, de mayor tamaño, se conocían como gros ouvrages. Cada gros ouvrage tenía dos entradas, una para el personal y otra para municiones y suministros, a veces situadas hasta a dos kilómetros de distancia y accesibles mediante un tren eléctrico subterráneo. Las fortificaciones eran maravillas tecnológicas. Los techos de hormigón armado eran tan gruesos que resultaban prácticamente impenetrables para cualquier munición alemana. Las fortalezas menores contaban con dos o tres bloques de combate, cada uno con su propia torreta, y podían albergar entre 65 y 250 hombres. Las fortalezas mayores eran como ciudades subterráneas, aunque las comparaban con grandes submarinos. Ambas descripciones eran acertadas, pues la vida de las tropas bajo tierra era húmeda y sombría. El agua filtrada debía ser bombeada constantemente. El aire era frío, casi pegajoso. Sólo la luz artificial iluminaba la multitud de habitaciones y, a pesar del eficiente sistema de ventilación, el aire fresco era prácticamente inexistente, salvo para aquellos encargados de las torretas y puestos de observación, donde el aire presurizado del interior de las fortalezas subterráneas soplaba como un vendaval.



Para ayudar a los observadores y artilleros a localizar sus objetivos, las paredes interiores de las torretas estaban decoradas con dioramas dibujados y pintados que representaban las características del terreno circundante y sus alcances y lecturas de acimut predeterminados. A pesar de las numerosas incomodidades, la vida bajo tierra no era del todo intolerable. Amplias cocinas y comedores alimentaban a las tropas,  hospitales y clínicas dentales bien equipados atendían sus necesidades médicas. Había dormitorios, letrinas, bodegas de vino, una cantina, una morgue, una central eléctrica de emergencia e incluso celdas. El transporte de personal, alimentos y municiones a todos los tramos de los extensos túneles se realizaba mediante trenes eléctricos. Para su entretenimiento, los soldados disfrutaban de películas. Para prevenir problemas de salud relacionados con la deficiencia de vitamina D, se realizaban sesiones regulares con lámparas de rayos UVA. Sorprendentemente, la moral entre las tropas trogloditas se mantenía alta, pues creían que, si estallaba la guerra, se encontraban en el lugar más seguro e inexpugnable de toda Francia.

El armamento variaba, las torretas blindadas, retráctiles y giratorias estaban equipadas con obuses de 75 mm, morteros de 135 mm o cañones antitanque de 37 o 47 mm. Otras torretas albergaban morteros de 50 u 81 mm o lanzagranadas, mientras que otras combinaban la potencia de fuego de un cañón antitanque de 25 mm con una ametralladora doble Reibel de 7.5 mm, y algunas estaban equipadas exclusivamente con ametralladoras. Numerosas torretas de observación más pequeñas, equipadas con periscopios o mirillas, salpicaban el paisaje. En el improbable caso de que el enemigo lograra atravesar la línea de fortificaciones, las tropas se encontrarían con otra línea de casamatas y búnkeres a unos cinco kilómetros de distancia. Aún más atrás se ubicaban los cuarteles para las tropas en tiempos de paz, almacenes de alimentos y municiones, vías férreas para transportar soldados y municiones a las fortalezas, centrales eléctricas, enormes cañones ferroviarios y otras posiciones de artillería, entre otras cosas.

A diferencia de su contraparte de la muralla china, no se intentó crear una línea de fortificaciones sólida e ininterrumpida. En cambio, se crearon intervalos deliberadamente entre los puntos fuertes, cubiertos por obstáculos antitanque, concentraciones de artillería y fuerzas de infantería fuertes y móviles. Fue en estas brechas cuidadosamente elegidas, seleccionadas para brindar a los defensores todas las ventajas del terreno, donde se asestaría el golpe de gracia a los invasores. La frontera a lo largo del denso bosque de las Ardenas en Bélgica estaba poco fortificada, pues los franceses estaban convencidos de que ninguna fuerza de invasión a gran escala podría avanzar por los estrechos senderos o a través de la densa maraña de árboles y matorrales. El mariscal Pétain declaró en 1934, “con ciertas modificaciones, el bosque de las Ardenas es impenetrable. Por lo tanto, este sector no es peligroso.”


En 1935, Francia presentía que una nueva guerra con Alemania se avecinaba rápidamente. Además de la reocupación armada de Renania por parte de Hitler, el inesperado regreso de la región del Sarre a Alemania causó gran conmoción en toda la República. Suponiendo que el Sarre votaría a favor de unirse a Francia o permanecería bajo el control de la Sociedad de Naciones, Francia no había planeado fortificar la región entre la RF de Metz y la RF de Lauter. Cuando la población votó en enero de 1935 a favor de formar parte de Alemania, Francia comenzó apresuradamente a rellenar el espacio con casamatas y fortificaciones. Además, se construyeron diques en la zona para que, en caso de un ataque alemán, pudieran ser destruidos e inundar toda la región, dejándola intransitable. La fase inicial de construcción de La Línea Maginot se completó a finales de 1935, y las primeras tropas ocuparon las posiciones en marzo del año siguiente. El comandante en jefe francés, el general Maurice Gamelin, acertó al predecir que los alemanes, de estallar la guerra, evitarían La Línea Maginot y atravesarían Bélgica para adentrarse en el noreste de Francia, tal como lo habían hecho en la Primera Guerra Mundial. Gamelin tenía gran confianza en Bélgica, cuyo fuerte Eben-Emael, en la frontera belga-alemana cerca de Lieja, era considerado la fortaleza más fuerte de Europa y quizás del mundo.

Las esperanzas de Francia de que Bélgica solicitara un contraataque francés se desvanecieron cuando Bélgica declaró su neutralidad permanente. Ningún ejército extranjero, ni francés ni alemán, podría entrar en Bélgica, declaró el primer ministro Paul-Henri Spaak. Dejando de lado el deseo inicial de Francia de evitar ofender a los belgas, Daladier respondió anunciando que Francia extendería las defensas de La Línea Maginot hasta el Mar del Norte. Se levantaron apresuradamente varios miles de fortines, búnkeres, campos minados y otros obstáculos a lo largo de la frontera franco-belga, desde Longuyon hacia el norte hasta Dunkerque. Francia entonces dirigió su mirada hacia el sur, hacia otra posible amenaza. Tras el ascenso al poder de Benito Mussolini en 1922, Francia consideró a Italia un adversario potencialmente preocupante, por lo que se hicieron esfuerzos para fortificar los pasos de montaña a lo largo de la frontera francesa más cercanos a los Alpes. Incluso la isla de Córcega, situada en el Mediterráneo entre Francia y sus colonias africanas, fue fortificada para protegerse de una posible invasión.



“Los recuerdos engordan”


Mientras seguían cacareando en el gallinero, Francia seguía reforzando y extendiendo La Línea Maginot, en tono trascendental y amenazante y, el mundo que parecía que se le habían cerrado los ojos se acercaba cada vez más a la guerra. Con una rapidez asombrosa, Alemania invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Aunque totalmente desprevenidas, Francia y Gran Bretaña cumplieron con sus obligaciones contractuales declarando la guerra al Reich de Hitler. Pero la guerra no llegó inmediatamente a Francia, primero se desató una guerra de mentira de ocho meses, durante la cual ambos bandos se desafiaron mutuamente a dar el primer paso en quejumbrosa y melancólica confidencia. Casi adormecida por este período de tensa inacción, Francia fue tomada por sorpresa cuando, el viernes 10 de mayo de 1940, sin llegar puntuales a las nueve sino hasta las once, cuando 136 divisiones alemanas -incluidas las puntas de lanza blindadas comandadas por Erwin Rommel y Heinz Guderian,- atacaron violentamente en el oeste, adentrándose en Holanda y Bélgica y avanzando inesperadamente a través de Luxemburgo y el impenetrable bosque de las Ardenas, emergiendo cerca de Sedán. Dos mil quinientos aviones alemanes controlaron los cielos y dejaron los escombros abandonados de las aeronaves militares enemigas antes de que pudieran despegar. No fueron precisamente fuegos artificiales de feria. Dieciséis mil paracaidistas descendieron sobre Rotterdam, Leiden y La Haya, mientras que otros aterrizaron en la enorme fortaleza de Eben-Emael para comenzar a exprimirla. La ciudad francesa de Nancy fue bombardeada con toda prolijidad hasta quedar hecha un nudo. Queda demostrado que la neutralidad y la puta que la parió no sirven para ni mierda.

Los bombarderos británicos contraatacaron a los alemanes que cruzaban el río Mosa cerca de Sedán, pero varios fueron derribados por la Luftwaffe y la artillería antiaérea. El desesperado intento francés por bloquear la brecha fracasó. A medida que las unidades francesas se retiraban, también lo hacía la Fuerza Expedicionaria Británica en concubinato público. Se estaba abriendo una brecha entre los dos Aliados. Holanda capituló el 15 de mayo. Dos días después, los alemanes tomaron Bruselas, aunque las tropas belgas continuaron resistiendo en otras partes del país. Para el 21 de mayo, los alemanes habían llegado al Canal de la Mancha y a la desembocadura del río Somme. Las fuerzas francesas y británicas quedaron divididas, y la presión alemana comenzó a empujar a los restos de la Fuerza Expedicionaria Británica hacia la ciudad costera de Dunkerque.


El 15 de mayo, una de las pequeñas fortalezas de La Línea Maginot en La Ferté, en el sector de Montmedy, cerca de Sedán, fue la primera en caer cuando sus 104 defensores se convirtieron en el objetivo de un feroz ataque de la 71 División de Infantería alemana. Bombardeada con cañones antiaéreos de 88 mm y morteros pesados ​​de 210 mm, la pequeña fortificación estuvo a punto de ser destruida, pero un contraataque de infantería repelió a los atacantes. El asalto alemán fue implacable, y para el 19 de mayo todos los valientes defensores de la fortaleza habían muerto, convirtiéndose su fortaleza en su tumba. Se habían muerto por abonos.

A continuación, con sus revueltos intestinos, los alemanes comenzaron a desmantelar sistemáticamente La Línea Maginot. A principios de junio, seis fortalezas menores al norte, en los sectores de Escaut, Maubeuge y Montmedy, cayeron en manos de los boches que avanzaban. Para salvar sus fuerzas, el general Maxime Weygand, quien había reemplazado a Gamelin como comandante en jefe el 19 de mayo, ordenó una retirada general, lo que privó el norte de La Línea Maginot de gran parte de sus vitales fuerzas de apoyo. Durante la noche del 12 de junio, los franceses abandonaron las casamatas y fortalezas del sector de Montmedy a los alemanes que avanzaban y en los días siguientes provocaron nuevos abandonos. El general Charles-Marie Condé, al mando del Tercer Ejército francés, ordenó detener la retirada y que las fortalezas resistieran. Aunque fueron bombardeadas intensamente por los alemanes, las fortificaciones resistieron, al menos temporalmente, todo el aguacero.

Entre tanto, la situación estratégica de toda Francia empeoraba a cada hora. A finales de mayo, la Fuerza Expedicionaria Británica había sido arrinconada en Dunkerque. La maquinaria alemana avanzaba ahora hacia el sur, en dirección a París, aplastando toda resistencia bajo sus ruedas. El general Weygand se estaba quedando sin opciones para contener la ofensiva alemana. Sólo disponía de 60 divisiones para repeler a una fuerza enemiga abrumadora. El dique se desmoronaba en muchos puntos, y Francia contaba con un número limitado de recursos para contener la inundación. La única fuente de tropas frescas eran las destinadas a tareas de relevo a lo largo de La Línea Maginot. Weygand comenzó a retirarlas y a enviarlas a las brechas cada vez mayores en las líneas del frente. Sin estas tropas, las fortalezas de la Línea Maginot estaban condenadas.



"Infranqueable... hasta que se le da la vuelta"


En el sector de La Crusnes, entre Longuyon y Longwy, la importante fortaleza de Fermont fue atacada por las fuerzas alemanas el 11 de junio. Allí, a unos 40 kilómetros al norte de Verdún, 19 oficiales y 553 hombres se mantuvieron firmes en sus cañones y opusieron defensa con muchos huevos contra el enemigo que los rodeaba, sabiendo que sus tropas de relevo se habían marchado y que no recibirían refuerzos. Un cañón alemán de 88 mm fue izado y comenzó a disparar proyectil tras proyectil contra un único punto en la parte trasera de la fortaleza, como un martillo neumático. Finalmente, los repetidos disparos penetraron el hormigón y casi hicieron estallar un polvorín lleno de proyectiles de 75 mm en el interior. Los artilleros alemanes cesaron el fuego inexplicablemente. Esa noche, los defensores repararon el agujero en su búnker con planchas de hierro y hormigón fresco y esperaron el siguiente asalto.

Durante tres días más, incluso cuando París cayó el 14, Fermont permaneció bajo ataque enemigo, pero se negó a ceder. Finalmente, los alemanes rodearon la fortaleza con seis baterías de artillería de 105 mm, dos baterías de 88 mm, tres morteros de 210 mm y cuatro morteros de 305 mm. Durante dos horas seguidas en la mañana del 21 de junio, los proyectiles alemanes acribillaron la indefensa fortaleza, pero cuando la infantería alemana intentó asaltar la posición, se encontró con una lluvia letal de fuego desde sus troneras. Más tarde ese día, los alemanes, bajo una bandera blanca, pidieron un breve alto el fuego para recoger sus bajas, porque los zopilotes ya estaban dando cuenta de ellos. El comandante francés, el capitán Daniel Aubert, accedió de buena onda. Los atacantes habían sufrido 83 muertos y 22 heridos, los franceses tuvieron un herido y otro muerto.

Aunque sus comunicaciones con el mundo exterior habían sido interrumpidas, los defensores de Fermont resistieron hasta que Francia aceptó los términos del armisticio con Alemania el 22 de junio. Sólo después de recibir órdenes escritas de su soberbio superior para abandonar la fortaleza y ser hechos prisioneros por el enemigo, Aubert y sus hombres salieron de su maltrecha y devastada fortaleza y empezaron el indigno cautiverio. La humanidad no progresa por gusto.

Una de las dos principales fortificaciones del sector fortificado de Rohrbach, la fortaleza de Simserhof, situada cerca de Bitche, estaba bajo el mando del teniente coronel Raoul Bonlarron y contaba con 28 oficiales y 792 hombres. El 12 de junio, las tropas de relevo que custodiaban Simserhof se retiraron y los alemanes comenzaron a infiltrarse en la zona. Al darse cuenta de que él y sus hombres estaban solos, Bonlarron les anunció, “la hora es crítica para Francia, la hora es crítica para Simserhof… ¡Lucharemos… Ánimo!”  


"Si esta línea no es impenetrable, al menos es tranquilizadora"

Philippe Pétain


Uno, dos … ¡BUM! El obús silbó por la incomplexión estrogénica. ¡PUSH-PÚN! Un ataque cuatromesino. Sabían que estaban ahí por el olor. Los alemanes como El Judío Errante, iniciaron su habitual bombardeo de artillería y lograron destruir una pequeña fortificación el 21 de junio. El polvo brotaba con cada sacudida con el fuerte olor de la descomposición como tormento prolongado que se fue modificando insensiblemente. Fue tanto que les causó disomnia. Sin tropas de apoyo que los detuvieran, las divisiones de infantería alemanas 257 y 262 rodearon la imponente fortaleza por la retaguardia y comenzaron su asalto de las varias catástrofes anteriores. Otra fortaleza menor cayó, pero los cañones de la gran fortificación siguieron disparando. El 25 de junio, tras disparar unos 30,000 proyectiles desafiantes, los cañones de Simserhof enmudecieron y los defensores se rindieron obligados por sus mandos y a regañadientes.

Desperdicios revueltos en una confusa masa descompuesta, no recibieron indemnización porque llegaron tarde al combate por los desperdicios del amor de tolerancia.



“Los hombres se acostumbran a la guerra y luego no saben cómo salir de ella”

Úrsula Buendía


Abandonados en el sepulcro se perdió el sentido de la distancia, ya sólo se sentía por el tacto, los sentidos habían perdido su valor. En el sector de Boulay, al este de Thionville, la fortaleza de Hackenberg fue escenario de intensos combates que dejaban los pisos llenos de cascabillos sin saldo favorable de olvidos. Hackenberg, la fortaleza más grande de toda La Línea Maginot, constaba de 17 bloques de batalla. Al igual que las demás fortalezas, sufrió el 13 de junio la retirada de sus tropas de relevo y recibió la orden de luchar por su cuenta hasta el final, sin que a los comandantes les causara cosquillas. Los dejaron tirados a su suerte. Dos días después, patrullas alemanas de avanzada comenzaron a sondear en busca de puntos débiles, pero sólo recibieron un intenso fuego enemigo, porque a pesar de todo, la vaca no se había echado todavía. El 18, elementos de la 95 División de Infantería alemana llegaron y comenzaron a bombardear Hackenberg sin piedad con continuos y potentes ataques de artillería, como una máquina bien aceitada. Cuatro días de bombardeo no habían logrado dañar la fortaleza, que seguía como si nada pues sólo sentía pequeños rasguños y, continuaron castigando al enemigo con sus propios ataques dándoles las del chino. Les llovió de otro modo algo oxidado, aburrida, estruendosa, doblegada en el área inviolable, luego de muchas horas y días, dolía, daba escalofríos, con los pies húmedos entre las botas, sobre todo por el amargo desamparo en que los sumergieron a través de la tormenta anticipada y enfermiza. Bajo una bandera blanca de tregua, un grupo de oficiales alemanes exigió la rendición del comandante del fuerte, Jules Pelletier. Este les dijo que había recibido órdenes de luchar hasta el final de la final trompeta y que eso era lo que pensaba hacer. Dos días más de bombardeo tampoco produjeron ninguna victoria para los alemanes. Al ver que no conseguían ningún avance, redirigieron su atención hacia otras fortalezas de la zona, con resultados igualmente escasos como los aguaceros de mayo. Sólo el puto anuncio desvencijado del armisticio puso fin a los combates. El 4 de julio, los defensores invictos, convencidos y amenazados por sus superiores detrás de los escritorios, de rendirse, salieron de Hackenberg y humillantemente los hicieron prisioneros, para el gusto del de bigotillo de pubis recortado, pues el de la gran naríz, como Cyrano de Bergerac, avergonzado de ella, así lo dispuso con su lengua afilada.


A veces las palabras, como las estrellas, nos guían en nuestra oscuridad”

Cyrano de Bergerac


Cientos de miles de historias no contadas de heroísmo personal se escribieron en los húmedos pasillos de los fuertes Maginot, que aún no fueron escritas en papel. De no haber sido por la capitulación de Francia y las órdenes de rendición del servil alto mando, que no lo era tanto, quién sabe cuánto tiempo habrían podido resistir los defensores, lo que probablemente hubiera sido mucho. Más de un comandante de la ouvrage estimó que sus hombres tenían provisiones y municiones suficientes para tres meses más, lo que implica que bien les habrían podido dar su ramito de culantro a los boches. Los hombres que defendieron las fortalezas deben ser recordados como los defensores más firmes del honor francés en un momento en que los líderes de la nación entregaban ignominiosamente el país al enemigo a cambio de un ramo de flores.

Hoy, las partes visibles de La Línea Maginot están cubiertas de musgo y líquenes. Donde el hormigón se ha roto por las municiones, la estructura de acero está oxidada. Grandes grietas aún marcan las cúpulas de acero. Estos restos antiguos ejercen una fascinación especial sobre quienes se interesan por la guerra, las fortificaciones y el valor. Diez y seis de las antiguas fortalezas han sido renovadas y convertidas en atracciones turísticas, donde guías conducen a los visitantes a través del laberinto de túneles y galerías subterráneas y explican los acontecimientos de hace 86 años. Muchas de las torretas y otras piezas de equipamiento han sido restauradas y se encuentran en funcionamiento, y muchas de las fortalezas también albergan pequeños museos. La mayoría sólo abren cuando no es invierno y algunas únicamente los fines de semana y festivos. Unas pocas siguen en uso o son propiedad del ejército francés, mientras que muchas más yacen abandonadas en campos cubiertos de maleza y llenas de olvido. Mientras estos centinelas de hormigón permanezcan en pie, sus historias de valentía seguirán inspirando.



El tiempo vive y muere a cada instante


Toda La Línea Maginot costó unos cinco mil millones de francos entre 1930 y 1939,  aproximadamente el 2% del presupuesto militar francés para esos años, cuando las autoridades seguían haciendo remiendos en el presupuesto. Los franceses no habrían conseguido más tanques ni una mejor capacitación de reservistas con ese dinero. La Línea Maginot tenía la intención de canalizar a los alemanes a través de Bélgica, lo cual hizo y bastante bien. En la Primera Guerra Mundial los alemanes no sólo atacaron a través de Bélgica, sino que también reforzaron su flanco izquierdo en Elsass-Lothringen/Alsacia-Lorena con la esperanza de lograr un avance allí también y un doble envolvimiento después de los fallidos ataques franceses del Plan XVII.

Los franceses sabían que su población era sólo la mitad de la de Alemania y, planearon una guerra larga en la que los británicos construirían su ejército y se unirían a ellos y estrangularían a los alemanes por falta de alimentos y materias primas vitales a través del bloqueo de la Royal Navy. Tenían razón en que la guerra fue larga y que los alemanes sufrieron la falta de petróleo, caucho y otras materias primas vitales, pero la guerra no fue lo suficientemente larga para ellos.

La Línea Maginot fue concebida como un multiplicador de fuerzas y un elemento disuasorio de los ataques alemanes directamente contra Francia, lo que permitió liberar sus mejores fuerzas móviles y blindadas para luchar contra los alemanes en una batalla decisiva en Bélgica. En este papel funcionó muy bien. También fue una forma rentable de lograr esto, considerando lo poco que se gastó del presupuesto militar total.

Los alemanes nunca atacaron La Línea Maginot de frente y los franceses nunca tuvieron que preocuparse por ese sector del frente, hasta que el frente llegó a territorio detrás de La Línea. Incluso entonces los fuertes resistieron bien y los boches los dejaron en paz. 

Un gran total de 244,093 billones de francos, cinco mil millones para construir y mantener La Línea era entonces el presupuesto y, no tuvo las mejores divisiones, pues el Grupo de Ejércitos C tenía un total  de 19 divisiones con equipo obsoleto, en comparación con las 36 divisiones francesas, un 15% completo del ejército se usó para defenderse del 12% del ejército alemán. No veo cómo eso es eficiente en absoluto. Para nada efectiva y yo diría que al final perjudicó el esfuerzo bélico francés. La Línea de tal forma que atrapaba a su guarnición y las tropas encerradas no podrían atacar, sólo defender. Sí evitó un ataque frontal y fue un esfuerzo inútil, ya que la principal línea de ataque alemán fue a través de las Ardenas. Lograron capturar algunos fuertes pequeños, pero ninguno importante.


La operación fue un éxito, pero el paciente murió, resistió, pero el objetivo fracasó


Después de ser capturada, La Línea Maginot sirvió de poco. Los alemanes no la usaron para defenderse de la invasión aliada, ya que tenían su propia línea defensiva llamada Línea Sigfrido. Hubo algunos combates menores en la zona de la línea en los últimos días de 1944 y principios de 1945 como parte de la Operación Nordwind, pero nada importante.

La Línea Maginot representaba la mentalidad defensiva de Francia durante la guerra, era una forma de pensar de la vieja escuela, más arraigada en la Primera Guerra Mundial que en el combate moderno.

Algunos soldados franceses quedaron atrapados en La Línea Maginot durante toda la ocupación alemana y fueron liberados hasta que los Aliados avanzaron por la zona. 

Sylvie A Shires comenta que su padre fue uno de los ingenieros que trabajaron en La Línea, el teniente Jean-Louis Roche, que la custodiaba al empezar la guerra. Le dijo que habría sido inexpugnable si se hubiera extendido a través de Bélgica, pero éstos no contaban con los recursos financieros para construir el tramo necesario y, la alternativa fue completarla estrictamente a lo largo del lado francés de la frontera, lo que habría aislado a los belgas de los aliados y la consideraron una afrenta y, así La Línea quedó inconclusa, los alemanes y una vez establecido el gobierno de Vichy, -establecido por Pétain, como un estado títere de la Alemania nazi,- las unidades francesas ahí estancadas recibieron la orden de levantar las manos y rendirse y fueron enviadas a campos de prisioneros de guerra durante los siguientes cinco años. ¿Qué tal?

El Plan Dyle del comandante francés Maurice Gamelin para detener a los alemanes, se centró en frenar al Grupo del Ejércitos B -que los aliados pensaban que era el más fuerte en Bélgica,- cuando el empuje principal venía a través de las Ardenas con el Grupo de Ejércitos A el más fuerte y el que avanzó por el bosque. Los aliados se equivocaron sobre dónde vendrían los ataques principales y esto jugó a favor de los boches que se les filtraron.


                                         Caminando de puntillas sobre el vidrio picado


El hormigón vibra suavemente. No por impacto. Por costumbre. Dentro de La Línea Maginot todo tiene una vibración constante, los generadores eléctricos, el aire soplado por los ventiladores, el rumor lejano de maquinaria enterrada bajo toneladas de roca y acero. El soldado Alain Morel ya casi no lo nota. Lleva meses allí abajo. No sabe exactamente qué hora es. Bajo tierra, el tiempo pierde forma. Las luces nunca cambian demasiado y el aire siempre huele igual a metal caliente, aceite, humedad… y a hombres que llevan demasiado tiempo respirando el mismo espacio. A veces imagina el cielo. Eso le avergüenza un poco. Un soldado no debería extrañar algo tan simple.

La radio crepita. Nadie levanta la cabeza al principio. Las radios siempre crepitan. Morel limpia mecánicamente una taza de café frío mientras escucha las conversaciones dispersas del comedor, alguien habla de vino, otro de una mujer en Metz, otro insiste en que los alemanes jamás atravesarán La Línea. Eso último se repite mucho aquí abajo. Jamás atravesarán. Como una oración.

Entonces la voz del operador cambia. No las palabras todavía. El tono. Eso basta. El teniente entra rápido al comedor. Demasiado rápido. Nadie corre. La calma es parte del sistema, como el acero o el hormigón. Todo está diseñado para transmitir permanencia. Por eso el silencio que aparece ahora resulta tan extraño. -Han cruzado las Ardenas, dice. Nadie responde. La frase queda suspendida, incompleta. Algunos hombres se miran apenas, esperando una respuesta que corrija el sentido de lo que acaban de oír. No llega. Las Ardenas.  El bosque. Morel recuerda haber escuchado decenas de veces que era imposible para un gran ejército atravesarlo rápidamente. Difícil para tanques. Demasiado accidentado. Eso dijeron siempre. La radio sigue hablando, columnas blindadas, avance rápido, posiciones desbordadas, retirada. Palabras nuevas. Palabras móviles. Aquí abajo, todo fue construido contra palabras inmóviles, asedio, frontal, desgaste. No contra velocidad.



La Línea Maginot tiene algo profundamente humano y trágico, no fue construida por cobardía, sino por memoria. Francia intentó impedir que volviera a ocurrir el desastre de la Primera Guerra Mundial… pero la historia cambió de forma más rápido que sus defensas. Y eso la vuelve casi una metáfora universal, a veces seguimos fortificando el pasado mientras el peligro ya viene desde otro lugar.

Todo está conectado bien, mito, filosofía e historia. Todas terminan tocando el mismo núcleo, cómo reaccionan los seres humanos frente al miedo, el poder, la pérdida o la incertidumbre

sergiodeleonoopez



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