lunes, 4 de mayo de 2026

MÚSICA DE LOS TIEMPOS ÚLTIMOS. 298

 Toca hablar aquí en monorote.com de un asunto trascendental para la humanidad, Sí, el que le dio vida y sentimiento y, si me dejas un comentario en la página podré seguir contando sobre otros asuntos. Puedes abrir la página en cualquier buscador. Muy agradecido.


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MÚSICA DE LOS TIEMPOS ÚLTIMOS

LOS ACORDES FINALES

LA LÍNEA QUE NO SE DEBE CRUZAR


Una persona decidida puede lograr cualquier cosa, incluso adentrarse en las profundidades del infierno



Apégate al plan, anticipa, no improvises, no confíes en nadie.

Concéntrate en la respiración.

El mundo solía ser liso y tristón, -lleno de cortisol como una cabaretona,- sólo con sonidos naturales, hasta que para que no hubiera tanta tristeza y monotonía surgió la música, que se volvió el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación acorde y consecuente de sonidos, ritmos y silencios, usando fundamentos de base como la melodía, la armonía y el ritmo. Así se convirtió en la forma de expresión universal que utiliza instrumentos o la voz humana para comunicar emociones, ideas y experiencias, provocando sensaciones en el que las escucha, con melodía, que es una sucesión de sonidos y notas, que se perciben como un solo conjunto. Con armonía que es el uso de acordes -que son un conjunto de tres o más notas distintas que suenan simultáneamente o de forma sucesiva y constituyen una unidad armónica y notas simultáneas que acompañan a la melodía,- y, con el ritmo que es la pauta de repetición de los sonidos y silencios en el tiempo que dure.

Por algo la palabra viene del griego mousikē o el arte de las musas. Históricamente, es una herramienta de expresión cultural y comunicación, considerada tanto un arte como una ciencia, capaz de conmover y transformar estados mentales. Su característica principal es ser un fenómeno cultural universal presente en todas las sociedades humanas y, puede variar enormemente en contenido y enfoque, desde la improvisación hasta la composición formal. En fin, es el arte de organizar sonidos y silencios de manera lógica y sensible en el tiempo. En su esencia, es una forma de expresión universal que combina elementos como la melodía, el ritmo y la armonía para transmitir emociones e ideas.

Para aprender a escuchar música hay que oírla constantemente.


La presa siempre entra a la boca de su depredador



El personaje de la semana ya era conocido en la época de Íbico en el 530 aC y de Píndaro por el 432 aC, que se refieren a él como el padre de los cantos

Él recibió el don del canto. Los hombres recibieron de los Dioses el don de la melodía, pero no sabían cómo usarlo. La flauta que Atenea inventara sólo sirvió para alegrar las interminables fiestas de los Sátiros y de los Faunos. La lira, genialmente creada por Hermes, es privilegio de Apolo y de las musas, sus compañeras. Las manos humanas no eran capaces de pulsar los instrumentos para extraer de ellos armonía alguna. Y en las rudas gargantas, las voces callaban. El tiempo corría sobre el lomo del mundo como un escalofrío, hasta que un día, feliz, lo vió nacer. Ahora la satisfacción de los Dioses es completa. Porque finalmente ha aparecido sobre la tierra un mortal capaz de desarrollar el arte de la música. Ya en la infancia revela poseer el talento de la armonía, que significa juntura, ensambladura, ajuste, proporción y también equilibrio dinámico de contrarios, con su suave canto, acompañado de armoniosos acordes de lira. Apacigua los ruidos de la selva y el furioso bramido del mar. Heredero de los Dioses, juró cantar hasta el fin de sus días. Cantar para hacer que viva lo que parecía muerto. Para aliviar las miserias humanas y vencer la indiferencia de las cosas. Para canalizar el impulso de las fieras y arrullar la esperanza de la libertad. Una sonrisa constante animó la boca del poeta. En sus manos, la lira pacifica la Tierra. Lejos están los caminos del sufrimiento. Su cabeza, sin embargo, erró por las aguas



El más suave murmullo puede callar a un ejército


Apolo, como Dios de la música, le regaló una kithara -y él le agregó dos cuerdas más y la transformó en una lira de nueve cuerdas,- de oro fabricada nada menos que por Hermes el Dios cojo de ambos pies, hecha con el caparazón de una tortuga y, le enseñó a tocarla. Su madre le enseñó a recitar los más hermosos versos para ser cantados. Tenía virtuosa habilidad para tocar la lira. Su música podía encantar a los animales salvajes cuando se alebrestaban en el bosque y, los arroyos se detenían a escucharlo. Los árboles se inclinaban para oír su sublime canto, pues fue inmenso poeta también. 

La música es el incentivo para combatir el hambre sensorial, creando imágenes con belleza y perfección o también sufrimiento.

Su hermano, indecentemente brillante, fue el desafortunado Línos de Argos, el inventor del ritmo y la melodía, que fue el maestro de kithara de Hércules y fue asesinado por su famoso alumno, pues era musculoso, pero torpe en movimientos finos y no pudo con eso. El hoy discutido también transmitió sus habilidades musicales, especialmente como tutor del rey Midas rey de Frigia cuyo toque convertía todo en oro. Uno de sus hijos, Leó, que fue considerado el fundador de los leóntidas atenienses.

Sí, cantando al mundo de Orfeo es de quien estamos tratando hoy. Hijo del Dios Apolo y de la maravillosa musa de la poesía, Calíope, -que significa de hermosa voz,- que también inventó el canto y por si no bastara es la musa del baile. Cuando tocaba su lira, las fieras se calmaban, y los hombres se reunían para oírlo y hacer descansar sus almas. Así enamoró a la bella Eurídice y logró dormir al terrible Cerbero cuando bajó al inframundo a intentar resucitarla. Era de origen tracio y en su honor se desarrollaron los misterios órficos, basados en rituales iniciáticos.


https://www.youtube.com/watch?v=-zc1WcT938c

Cenizas de los Yaki, de 1967, interpretada por José Luis Gascón, es una balada bolero de desamor y resignación. La canción utiliza la metáfora de las cenizas para representar el final definitivo de un amor, expresando dolor de una pareja que busca consuelo tras causar ruinas. Se centra en la resignación y el cierre definitivo de una relación. Alguien que ha entregado todo y ha sido abandonado. La canción alude al refrán donde hubo fuego, cenizas quedan, pero aplicándolo al desamor. Las cenizas simbolizan lo que queda después de que el amor se ha extinguido, no queda rencor, pero tampoco pasión, sólo el recuerdo de lo que fue. Esta interpretación logra transmitir la intensidad del dolor y el despecho de una manera melódica y melancólica.



Es una de las figuras más hermosas y trágicas del mundo, capaz de conmover no sólo a los hombres, sino a la naturaleza misma… y aun así incapaz de vencer del todo a la muerte


Heredó algo raro incluso entre los Dioses, una música que no sólo se escuchaba… se obedecía. Los árboles se inclinaban para escucharlo, los ríos detenían su curso, los animales olvidaban su miedo. No era un artista. Era una fuerza.

Dentro de los márgenes estrechos en la época en que Dioses y seres fabulosos poblaban la tierra, vivía en Grecia Orfeo, que entonaba hermosísimos cantos acompañado por su lira. Su música era tan hermosa que, cuando sonaba, las fieras del bosque se acercaban a lamerle los pies y hasta las turbulentas aguas de los ríos se desviaban de su cauce para poder escuchar aquellos sones maravillosos. Pero toda música necesita un centro. Y el suyo fue Eurídice. La amó con una intensidad serena, como si su canto hubiese encontrado por fin su forma. Se casaron. Y por un instante -breve como un acorde,- el mundo fue suficiente. Hasta que no lo fue. Y con ella, su canto se quebró.

Como buen perro que no pierde el rastro, un día en que se encontraba en el corazón del bosque tañendo su lira, descubrió entre las ramas de un arbusto a una joven ninfa que, medio oculta, escuchaba extasiada. Era la que podía pararle el corazón a cualquiera. Dejó a un lado su lira y se acercó a contemplar a aquella hermosura,  cuya discreción no era igualada por ningúna otra. 

-Hermosa ninfa de los bosques -dijo Orfeo-, si mi música es de tu agrado, abandona tu escondite y acércate a escuchar lo que mi lira tiene que decirte. La joven ninfa, -dríade​ o náyade​ de Tracia,- llamada Eurídice, dudó, pero se acercó a Orfeo y se sentó junto a él. Entonces compuso para ella la más bella canción de amor que se había oído nunca. Y pocos días después se celebraban en aquel mismo lugar la boda. La felicidad y el amor llenaron los días de la joven pareja.                          Pero los hados, ó el encadenamiento fatal de los sucesos que todo lo truecan, se les cruzaron en el camino. Una mañana en que Eurídice paseaba por el verde prado, corrió huyendo del deseo de un viejo fósil, el semidiós pastor Aristeo, despertando a una serpiente chinchintor muy cabrona que tenía sus glándulas venenosas llenas y necesitaba vaciarlas y, al ver sus hermosos pies, arrastrándose sin hacer sonido alguno  le mordió el delicado talón de ninfa e inoculó en él la semilla de la muerte. 

Murió apenas poco tiempo después de haberse casado. 

Al enterarse de la muerte de su amada, decidió ir a la región ignota del universo y fue presa de la desesperación. Lleno de dolor decidió descender a las profundidades infernales para suplicar que permitieran a Eurídice volver a la vida. Aunque el camino a los infiernos era largo y estaba lleno de dificultades, consiguió llegar hasta el borde de la laguna Estigia, cuyas aguas separan el reino de la luz del reino de las tinieblas. Allí entonó un canto tan triste y tan melodioso que conmovió al mismísimo Caronte, el barquero encargado de transportar las almas de los difuntos hasta la otra orilla de la laguna. Atravesó en la barca de Caronte las aguas que ningún ser vivo puede cruzar. Y una vez en el reino de las tinieblas, Orfeo había hecho lo impensable. Descendió al reino de los muertos. Cruzó las sombras, llegó ante Hades y Perséfone… y tocó. No suplicó con palabras. Cantó. Y su música fue tan profunda que incluso la muerte escuchó. Las almas dejaron de lamentarse y sufrir. El guardián Cerbero se calmó. Y por un momento imposible, el inframundo recordó la vida.



“Las cosas existen fuera de nosotros, las percepciones 

y representaciones son sus imágenes”

Vladimir Il´ich Lenin


Se presentó ante Hades, Dios de las profundidades infernales y, acompañado de su lira, pronunció estas aladas palabras: 

-¡Oh, señor de las tinieblas! Heme aquí, en vuestros dominios, para suplicaros que resucitéis a mi esposa Eurídice y me permitáis llevarla conmigo. Yo os prometo que cuando nuestra vida termine, volveremos para siempre a este lugar. La música y las palabras de Orfeo eran tan conmovedoras que consiguieron paralizar las penas de los castigados a sufrir eternamente. Y lograron también ablandar el corazón de Hades, -regente de los muertos y la riqueza subterránea,- quien, por un instante, sintió que sus ojos se le humedecían. 

-Orfeo -dijo,- hasta aquí habían llegado noticias de la excelencia de tu música, pero nunca hasta tu llegada se habían escuchado en este lugar sones con esos sonidos que afectan agradablemente al oído, tan turbadores como los que se desprenden de tu lira. Por eso, te concedo el don que solicitas, aunque con una condición. 

-¡Oh, poderoso Hades! –exclamó Orfeo-. Haré cualquier cosa que me pidáis con tal de recuperar a mi amadísima esposa. 

-Pues bien, tu adorada Eurídice seguirá tus pasos hasta que hayáis abandonado el reino de las tinieblas. Sólo entonces podrás mirarla. Si intentas verla antes de atravesar la laguna Estigia, la perderás para siempre. 

Podría llevársela de vuelta al mundo de los vivos. Sólo debía caminar delante de ella… y no mirar atrás hasta haber salido completamente. Parece fácil. No lo es. Subieron. Paso a paso. Silencio. Oscuridad. Orfeo escuchaba… ¿pasos? ¿eco? ¿nada?

Le dijeron la condición con voz sin emoción. Hades no negocia, establece. Y Perséfone lo miró como quien ya conoce el final de la historia. “No mires atrás.” Tres palabras. Tan simples. Tan imposibles.

Un paso. Otro. La salida debe estar cerca. Lo siente. El aire -si eso es aire,- parece menos denso. Hay algo parecido a la distancia, a la apertura. Casi. Siempre casi. Entonces llega la duda. No como un pensamiento claro, sino como una grieta. ¿Y si no viene? Se detiene. El silencio se espesa. No debía detenerse. ¿Le dijeron que no se detuviera? No lo recuerda. Las reglas del inframundo no son como las de los vivos. Aquí, lo no dicho pesa tanto como lo dicho.

Sigue. Pero ahora la duda tiene forma. ¿Y si fue un engaño? ¿Y si Hades sólo quiso escuchar una última canción? ¿Y si detrás no hay nada? El amor necesita presencia. Y él camina hacia la luz… sin prueba. Aprieta la lira. Podría tocar. Una sola nota. Una vibración suave, apenas un hilo de sonido. Si ella está ahí, responderá. Siempre respondía. Pero no. Le dijeron que no mire. No dijeron que no toque. Y sin embargo… siente que todo aquí escucha. Que todo juzga. Que cualquier intento de verificar romperá el pacto invisible. Sólo escuchaba los sonidos del silencio.



La duda es más fuerte que la muerte


-Así se hará -aseguró el músico e inició el camino de vuelta hacia el mundo de la luz. Durante largo tiempo Orfeo caminó por sombríos senderos y oscuros caminos habitados por la penumbra. En sus oídos retumbaba el silencio. Ni el más leve ruido delataba la proximidad de su amada. Y en su cabeza resonaban las palabras de Hades, -“Si intentas verla antes de atravesar la laguna de Estigia, la perderás para siempre.” 

Por fin, Orfeo divisó la laguna. Allí estaba Caronte con su barca -cobraba una moneda colocada en la boca del difunto, obligando a vagar 100 años a quienes no pagaban- y, al otro lado, la vida y la felicidad en compañía de Eurídice. ¿O acaso no estaba allí y sólo se trataba de un sueño? 

Y entonces decidió. Miró hacia atrás. 

Así la sombra pálida de Eurídice regresó a la muerte. 

Tras el canto sublime, Perséfone y Hades, conmovidos ante tan grande amor y tantas peripecias, la llamaron para entregarla a su esposo. Llegó, todavía dolorida y sin aliento. Pero apenas ve a su esposo aún de espaldas a ella, sus ojos se llenan de luz y una ancha sonrisa entreabre otra vez sus labios pálidos. Deseosa de entregarse al cantor para siempre, la ninfa extiende sus hermosos brazos. Pero los soberanos infernales no le permiten el abrazo. Sólo consienten en que la pareja parta. A último momento, Perséfone le advierte que él deberá caminar siempre delante de ella y, mientras esté en la región infernal no podrá volverse a contemplar el rostro de su amada y, si lo hace, perderá para siempre a Eurídice, que volverá al reino de las sombras. Al dominio del silencio. Parten ambos, Orfeo siempre adelante, canta durante todo el viaje. Sabe que la ninfa es feliz oyéndolo. En la orilla de Estigia, aun sin mirarse el uno al otro encuentran a Caronte. Contento de volver a ver a su amigo vivo, el viejo lo conduce al otro lado del río infernal. Después vuelve y hace subir a Eurídice en la barca, para que cumpla el mismo trayecto. Pero él no puede voltear a verla.

La luz aparece. No es brillante. Es más bien una ausencia de oscuridad. Un borde. Un límite. Está ahí. Lo ha logrado. Su corazón -ese instrumento torpe comparado con su lira,- late demasiado fuerte. Quiere correr. Quiere salir. Quiere girar y abrazarla. No. Un paso más. Sólo uno más. Y entonces, nada. No un sonido. No un susurro. Nada. La certeza lo abandona. La grieta se abre por completo.

Orfeo gira. No rápido. No desesperado. Como quien acepta algo que ya sabía. Y la ve. Eurídice está ahí. Tan cerca. Su rostro no tiene reproche. Sólo una tristeza tranquila, como si este momento hubiera sido inevitable desde el principio. Extiende la mano. No para alcanzarlo. Para despedirse. Y se desvanece. No cae. No grita. Se disuelve en la misma oscuridad que los rodea. Orfeo no se mueve. No intenta seguirla. No toca la lira. Se queda allí, entre la luz y la sombra, sosteniendo el instante exacto en que lo perdió todo por segunda vez.

 Ya casi en la puerta que los separa del mundo de los mortales, lejos del crepúsculo infinito, no pudo contener el deseo de volver a ver el rostro de su amada. El aviso de Perséfone le resuena en los oídos. Recuerda su risa. No como un sonido preciso, sino como una forma de luz. Recuerda cómo el aire cambiaba cuando ella estaba cerca, como si el mundo se afinara en torno a su presencia. Recuerda el momento exacto en que la perdió. No el veneno. No el grito. El vacío que vino después. Ese mismo vacío camina ahora con él.

Eurídice venía detrás, y en el fondo de su alma imploraba a los Dioses que su esposo no cediera a la tentación de mirarla. Faltaba tan poco para unirse nuevamente... A último momento, olvidando las palabras de la reina infernal, Orfeo cedió al imperioso deseo. Volvió atrás la mirada dolorida y sólo divisa una sombra, traslúcida llorosa, que retorna a la oscuridad como una columna de humo que él trató inútilmente de apresar entre sus brazos. Todo está perdido. Desesperado, desanda el camino y ruega muchas veces a Caronte que la traiga nuevamente a la orilla de los vivos. Pero el barquero sujeto únicamente al mandato de Hades, no escucha su pedido y lleva a la sombra de la joven a su morada definitiva. Todavía canta versos intensos y apasionados. Pero los Infiernos ya no oyen. Nadie se conmueve. 

Nadie lo detuvo.

Después de un tiempo -no sabe cuánto,- caminó hacia la salida. Solo.

La vida real es un lugar oscuro.

La música volverá, lo sabe. Pero nunca será la misma. Porque ahora cada nota llevará esto dentro,

no la pérdida… sino el momento en que eligió mirar.

Mientras gritaba preso de la desesperación, -Eurídice, Eurídice... lloró y suplicó perdón a los Dioses por su falta de confianza, pero sólo el silencio respondió a sus súplicas. Una mirada puede hacer que se pierda todo. Un instante basta para perder la cabeza.

Volvió a perderla y esta vez para siempre.

Sin cadáver no hay homicidio.



“Percibió entre ellos una comprensión demasiado profunda para expresarla: 

el conocimiento inefable de que todo está perdido”

 Jennifer Egan. Una visita del escuadrón de matones 


Orfeo no es sólo un mito. 

Es una pregunta, 

¿Puede el arte vencer a la muerte? ¿O sólo puede hacerla… soportable?

Su historia no trata del fracaso. Trata del límite. Porque logró lo imposible, convenció a la muerte. Pero no pudo vencer a la duda.

No hay sonido aquí. Ese es el primer engaño. Porque en realidad sí hay algo, un murmullo tenue, como si la oscuridad respirara. Pero no es música. No todavía. Es el eco de todo lo que ya no existe. Avanza. Un paso. Luego otro. La lira cuelga de su mano, muda por primera vez desde que recuerda. No se atreve a tocarla. Aquí, cada nota tiene peso. Cada vibración puede romper algo que no ve. Delante, nada. Detrás… ¡No! No debe pensar en detrás.


“Si los deseos resolvieran los problemas, el mundo sería un lugar muy diferente”

Jaye Wells. El diablo de lengua de plata  


Orfeo regresó, pero ya no era el mismo. Rechazó el mundo, el amor, la compañía. Su música cambió, ya no encantaba… hería.

Triste y lleno de dolor, se retiró a un monte donde pasó tiempo de su vida sin más compañía que su lira y las fieras que se acercaban a escuchar los melancólicos cantos compuestos en recuerdo de su esposa. 

La primera vez que volvió a tocar, nadie lo notó. No hubo un gesto solemne, ni una decisión consciente. Simplemente se sentó, con la lira sobre las rodillas, y dejó que los dedos recordaran lo que él ya no podía nombrar. La nota salió… y no buscó agradar. Eso fue lo nuevo.

Antes, su música ordenaba el mundo. Los árboles se inclinaban, los ríos obedecían, las bestias olvidaban su hambre. Había armonía, sí, pero también una especie de dominio suave, el universo respondiendo a una voluntad.

Ahora no. Ahora la nota no pedía nada. Y por eso… dolía.

Quienes la escucharon por primera vez no supieron qué hacer. No era bella en el sentido antiguo. No invitaba. No consolaba. Era como si cada sonido estuviera incompleto, como si buscara algo que sabía que no encontraría. Algunos se alejaron. Otros se quedaron, sin entender por qué. Porque en esa música había algo que reconocían, aunque nunca lo hubieran oído antes, la forma del vacío.

No cerraba los ojos al tocar. Ya no. Miraba al frente, siempre al frente, como si el mundo estuviera hecho de líneas que no se deben cruzar hacia atrás. Sus dedos eran más lentos, más precisos. No corrían sobre las cuerdas, las interrogaban. Cada nota era una pregunta. Y ninguna tenía respuesta.



El síndrome de Orfeo define esa marcada incapacidad para desprendernos del pasado


Al rechazar el amor de las Bacantes o ménades, -mujeres que participaban en las fiestas bacanales, ritos en honor al Dios Dionisio, caracterizadas por el éxtasis, la embriaguez y el desenfreno y representan la liberación, la locura divina y el culto al vino,- Orfeo trataba de conservarse fiel al doloroso recuerdo de Eurídice. Solo, desolado, como si dejase en las sombras la mitad de sí mismo, volviendo a la superficie de la tierra. Ya nada podrá hacerlo sonreír. Su canto se hace triste para siempre, de una tristeza infinita, como si estuviera sólo esperando el momento de la muerte para volver a ver a su querida. Tras haber caminado por toda Tracia para liberarse de su desesperación, y después de haber fundado su religión, perdió la vida de manera extraña, pues las Bacantes enamoradas intentaron seducirlo y, él negándose a ellas en nombre del recuerdo de Eurídice, trató de escapar por el bosque. Pero las mujeres tracias lo siguieron y consiguieron atraparlo. Furiosas, le despedazaron las ropas y el cuerpo, le rasgaron la carne. Lo degollaron y tiraron su cabeza al río, la cual se movió por las aguas dejando todavía oír su voz, y donde se posó se erigió un santuario. Hecho pedazos el cuerpo del poeta, su alma al fin libre pudo partir al inframundo. Y allí unido a Eurídice, deambulan como sombras por las melancólicas praderas y bosquecillos del reino de Hades, cantando al amor, más y más grande que la muerte.

 

Desde el siglo VI aC en adelante fue considerado como uno de los principales poetas y músicos de la Antigüedad, el inventor de la kithara y quien añadió dos cuerdas a la lira, pues antes, la lira tenía siete cuerdas, la lira de Orfeo, nueve, en honor a las nueve musas. Con su música era capaz no sólo de calmar a las bestias salvajes, sino incluso de mover árboles y rocas y detener el curso de los ríos. Como músico célebre, fue con los Argonautas en busca del vellocino de oro. A pesar de su origen tracio, se unió a la expedición de los Agonautas, hacia la Cólquida en el mar Negro, en la que marcaba el ritmo de los remeros y protegió a sus compañeros de las sirenas con su música. Estas vivían en la isla Antemóesa y cantaban hermosas canciones que atraían a los marineros hacia ellas y entonces los devoraban. Cuando Orfeo oyó sus voces, pulsó su lira e interpretó su música, que era más bella que la de ellas. Butes fue el único que no pudo resistir los cantos de las sirenas, se lanzó al mar para nadar hacia ellas y fue salvado por la diosa Afrodita.



Su canto tenía el don de la belleza y el poder de embelesar y hechizar a Dioses, 

hombres y a la misma naturaleza 


Afirma Tzetzes que era nativo de Bisaltia. Nació en Pimplea, cerca del monte Olimpo, lugar donde se casaron Eagro y Calíope. Mientras vivía con su madre y sus ocho hermosas hermanas en el monte Parnaso, conoció a Apolo, que cortejaba a la musa risueña Talía

Estudió en Egipto y estableció el culto de Hécate en Egina. Llevó a Laconia la adoración de Démeter Ctonia y la de las doncellas salvadoras. En el monte Taigeto los Pelasgos guardaban una imagen de madera de Orfeo en el santuario de Démeter Eleusina. Sículo, según Diodoro, era su hijo. Su otro hijo Ortes es el antepasado legendario de los poetas Homero y Hesíodo


Su esposa Eurídice conocida también como Agríope, murió al ser mordida por una serpiente mientras huía del semidiós Aristeo que se quería ayuntar con ella a la fuerza. En las orillas del río Estrimón, Orfeo se lamentaba amargamente por su pérdida, pero le faltó valor para fundirse con su amada, no logró que su amor lo llevara al suicidio o a compartir la condición sombría y evanescente de ella. Consternado, tocó canciones tan tristes y cantó tan lastimeramente que todas las ninfas y todos los Dioses lloraron y le aconsejaron que descendiera al inframundo catábasis -que significa descenso,- en busca de su amada. Durante el camino en las profundidades del abismo tuvo que pasar muchos peligros, pero empleando su música, hizo detenerse los tormentos del inframundo por primera y única vez, y, llegado el momento, ablandó los corazones de Hades y Perséfone, que permitieron a Eurídice que volviera con Orfeo al mundo de los vivos, pero con la condición de que él caminase delante de ella y no mirase atrás hasta que hubieran alcanzado el mundo superior y los rayos de sol bañasen a la mujer.

A pesar de sus ansias, no volvió la cabeza en todo el trayecto, ni siquiera se volvía para asegurarse de que ella estuviera bien cuando pasaban junto a un demonio o corrían algún otro peligro. Llegaron finalmente a la superficie. Entonces, ya por la desesperación, volvió la cabeza para ver a su amada, pero ella todavía no había sido completamente bañada por el sol, y aún tenía un pie en el camino del inframundo, así que se desvaneció en el aire, y esa vez para siempre.

Según opinión de Platón, -poco creíble en ésto,- los Dioses del inframundo sólo le presentaron a Orfeo una aparición de Eurídice. No le entregaron a su esposa porque les parecía que se mostraba cobarde y, no había tenido los huevos suficientes de morir por amor, sino que había buscado el medio de penetrar con vida en el Hades. Pausanias le contradice e indica que el lugar donde ocurrió este asunto era Aorno, en Tesprótide, donde había un oráculo de los muertos. 


Según la boca de Ovidio, Orfeo intentó regresar al inframundo, pero Caronte le negó el paso por el río Leteo, así que se retiró a los montes Ródope y Hemo, donde permaneció tres años evitando la unión carnal con cualquier mujer, a pesar de que se le ofrecieron muchas, ninfas y bacantes. Seguía cantando y tocando la lira, lo que provocó que los árboles se conmovieran. En esos montes, fue visto por las bacantes tracias que se sintieron despreciadas, apresaron a los animales que lo acompañaban y a él lo apedrearon, lo despedazaron y esparcieron sus miembros. Su cabeza y su lira fueron arrojadas al río Hebro y fueron a parar al mar y, cerca de la isla de Lesbos, donde una serpiente quiso comerse la cabeza de Orfeo, pero Apolo la transformó en piedra. Dionisio que se puso hasta las tabas, castigó a las bacantes o ménades por su crímen convirtiéndolas en árboles. Otras mujeres tracias hacían que sus maridos les tatuaran el cuerpo como advertencia para que no repitieran ese crimen, una práctica cultural en la región que se extiende desde la antigüedad hasta los tiempos modernos.



El alma de Orfeo encontró a la de Eurídice en el inframundo, 

y desde ese momento son inseparables


Otro que trató el asunto fue Eratóstenes remontándose a la obra perdida de Esquilo Las Basárides, en donde Orfeo, al final de su vida, desdeñó el culto a Dioniso, del que antes presidía los misterios. En cambio, consideró a Helios, su verdadero padre, a quien llamó Apolo, como el principal Dios. Por ello, mientras Orfeo se encontraba en el monte Pangeo esperando la salida del sol, Dionisio, celoso de Helios, envió a las ménades para que lo despedazaran. Pero unas ninfas reunieron sus pedazos y los enterraron en un lugar llamado Libetros, cerca del monte Olimpo. Mientras, la lira fue colocada por Zeus entre las constelaciones. 

Para hacerse notar, Pausanias, señala que Orfeo obligaba a los maridos de las mujeres de Tracia a que lo siguieran en sus viajes. Por eso lo mataron mientras estaban embriagadas de vino, y por ello se estableció la costumbre de que los hombres salieran a combatir tras haber bebido. También se contaba que a Orfeo lo había matado un rayo enviado por Zeus en castigo por haber enseñado a los hombres misterios inauditos. También que subiendo del averno, Orfeo se había vuelto para ver si lo seguía Eurídice, y al no verla, se suicidó. Los tracios decían que los ruiseñores que más alto y mejor cantaban eran los que anidaban en su tumba.

Otro que bien baila es Higinio que anota que Calíope, había participado como juez en la disputa entre Afrodita y Perséfone por la posesión de Adonis. Afrodita, al no satisfacerle el veredicto, hizo que todas las mujeres tracias se enamoraran de Orfeo hasta tal punto que llegaran a despedazarlo. En su homilía, Platón reza que los Dioses le impusieron el castigo de morir a manos de mujeres por no haber tenido el arrojo de morir por amor como Alcestis, hija de Pelias, que había muerto en lugar de su marido Admeto. Y para acabar elevando las llamas del fuego, Fanocles inventa que Orfeo amó a Calais, el hijo de Bóreas, pues se sentaba a menudo en umbríos bosques a cantar su deseo, más sin tener el ánimo en paz, porque desveladoras inquietudes de su alma siempre se consumían al contemplar al floreciente Calais. Las bistónides, intrigando contra Orfeo y rodeándolo, lo mataron usando puñales afilados, porque fue entre los tracios el primero en mostrar el amor masculino sin aceptar deseos de mujer. Le cortaron la cabeza y la arrojaron al mar junto a su lira, y es por eso que todavía expían su castigo las mujeres por aquel asesinato.



“Todos los signos y símbolos son Orfeo, si cantan. Él recorre todo”

Rainer Maria Rilke. Sonetos a Orfeo


El infalible oráculo de Dionisio, volteando las runas había dicho que cuando el sol viera los restos de Orfeo la ciudad de Libetros sería destruida por ataque de jabalí. Un pastor se acostó junto al sepulcro de Orfeo y empezó a cantar versos de éste entre sueños y, unos agricultores y otros pastores que se reunieron para oír el canto, se empezaron a pelear por estar más cerca del cantor y acabaron rompiendo la columna y la urna que contenía los restos, que quedaron expuestos al sol. La noche siguiente llovió mucho, y el río Sys que significa Jabalí, que bajaba del monte Olimpo, arrasó la ciudad y murieron todos sus habitantes y sus animales. Después, los restos de Orfeo fueron trasladados a Díon.

Los restos mortales de Orfeo estaban encima de una columna situada en Pieria, en el camino que iba desde la ciudad de Díon hasta el monte Helicón, donde también hay un río llamado Helicón que desaparecía bajo tierra y luego volvía a aparecer. Antaño discurría por la superficie, y que después se había escondido bajo tierra para evitar que las que habían matado a Orfeo pudieran purificarse en sus aguas.

FIN

sergiodeleonlopez 


Interludio

Una tarde, junto a un río, un hombre se le acercó. No pidió una canción. No ofreció nada. Sólo se sentó a su lado. Orfeo tocó. El río no se detuvo. Los árboles no se inclinaron. Pero el hombre empezó a llorar. No con violencia. No con desesperación. Lloró como si algo dentro de él, algo muy antiguo, hubiera encontrado por fin una forma de salir. Cuando la música terminó, no habló. Tampoco Orfeo. No hacía falta.

Eso fue lo que cambió. Antes, su música transformaba el mundo. Ahora, lo revelaba.

Algunos decían que había perdido su don. Que ya no podía encantar. Que su arte se había vuelto áspero, incompleto, incluso incómodo. Quizá tenían razón. Pero otros empezaron a buscarlo. No por placer. Por necesidad.


Una noche, alguien le preguntó por Eurídice. No respondió de inmediato.

Apoyó la mano sobre la lira. Y tocó. No una melodía larga. No una historia completa. Sólo una sucesión de notas que parecían intentar recordar algo que se escapaba entre ellas. Ahí estaba ella. No como presencia. No como forma. Como ausencia.

Cuando terminó, el silencio fue distinto. Más lleno. Más verdadero. Entendió entonces que su música ya no podía traer de vuelta lo perdido. Ni convencer a la muerte. Ni engañar al destino. Pero podía hacer otra cosa. Podía dar forma a lo que no la tiene. Podía sostener, por un instante, ese punto exacto donde el amor y la pérdida son lo mismo.

Y así siguió tocando. No para los Dioses. No para la naturaleza. Para los que saben lo que es mirar atrás. Y seguir viviendo.

FINAL



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