jueves, 14 de mayo de 2026

CON AGRADABLE LIGEREZA Y UNA EXCITACIÓN DICHOSA. 299

Hoy aquí en el teatro de los sueños toca tratar un tema inquietante aquí en monorote.com, que vive de sus comentarios al respecto de cada tema y si le fuera posible dejar uno, continuaré escribiendo. Mi agradecimiento.


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CON AGRADABLE LIGEREZA Y UNA EXCITACIÓN DICHOSA



“Lo prohibido será siempre lo más tentador”

Donatien Alphonse François de Sade


¡A su mandar!

No pierda la brillante oportunidad de quedarse callado.

En la disciplina de la duda,  endiabladamente agradable y sin enajenación psíquica, sólo con el complejo del fin del mundo, lo que no es tener respuestas definitivas, ni teorías delirantes o verdades que se disfrazan como en una máquina interpretativa.

Pero vamos a entrar en este laberinto para perdernos un poco.

Cualquier relación con algún conocido debe considerarse accidental.

Era sólo un espíritu atormentando debatiéndose en la lucha entre el fango de su lujuria. Aunque enfrentó la tentación cayendo en ella en la negra oscuridad con el dogal deslizándosele por el pescuezo, como el cazador cogiendo a su presa sin dejarle libertad. Las maldiciones de quienes habían sufrido eran especialmente duras como ángeles muriendo entre las sábanas. Dos fuerzas a punto de colisionar con tramas sin estructuras lineales ni románticas. Es una realidad multiforme.

Entonces hablaremos  del legado de la decadencia sin retruécanos.

Aborrecía todo aquello que sus mayores estimaban, despreciaba y se burlaba de la bondad.


 Abrazándole la conciencia y sin necesidad de estorbarnos, piense lo peor que se pueda pensar de alguien y aún agréguele una miserotía más, sin miedo de pasarse por exceso, tan absurdo como desafiar al clero. Con sonidos roncos, de pelo poco abundante color de macho viejo brillante que le nacía en la frente despejada de sueño formándole un pico de viuda, rasgos corrientemente bonitos, boca sensual de fantasía, labios largos descarnados en su muda realidad en su orgía perpetua, Donatien Alphonse François Sade, DAFS tirado a la tierra en París en 1740 quien entregó cuentas en el vacío en Charenton, Francia en 1814, más conocido por su título de marqués de Sade, fue escritor y filósofo de origen aristocrático, se educó con su tío, el abate de Sade con su cara apergaminada y la bacinilla bajo lacama, un erudito libertino y puto in extremis y volteriano que ejerció sobre él una gran influencia, pues lo miraba de reojo hacer sus porquerias. En La filosofía en el tocador, de 1795, desarrolla todo un naturalismo consecuente, que enuncia así, “si la naturaleza es el único principio rector, y en la naturaleza observamos destrucción, violencia y muerte como fenómenos constantes, entonces el mal no puede ser una aberración, sino parte constitutiva del orden natural.”

¿Por qué iba a estar permitido que un león arrancase la vida de cuajo a una gacela, y no que lo hagan los humanos?

No sólo narró escenas transgresoras, sino construyó un sistema filosófico completo sobre el andamiaje del mal. Su proyecto radical sigue perturbando casi tres siglos después porque cuestiona los fundamentos mismos de la moral occidental. Desde su materialismo extremo hasta su defensa de la transgresión como acto creativo, obliga a confrontar preguntas incómodas sobre libertad, naturaleza y los límites de lo humano, tan sólo después de 286 años.

Es una de las figuras más inquietantes y polémicas de la historia moderna, escritor, aristócrata y símbolo de una libertad llevada hasta sus extremos más incómodos.



“Nunca van tan lejos los de adelante, si los de atrás corren bien”

Abdón Rodríguez Zea


En el umbral del mal con lealtad perruna visceral y a lo largo de la cola, todo espacio cultural es siempre un territorio, donde florecen discusiones, hay cambios de estación, conviven especies, hay tensiones, ciclos…, pero también, como en todo territorio, hay fronteras. Una de esas fronteras es querer el mal, aunque se valorice lo bueno, pues para desenredar la maraña siempre debe haber alguien que meta las manos entre la mierda. Es en este espacio liminar, entre desear el mal y construir a partir de él todo un sistema, donde el marqués escribió todos sus textos, que los hace difíciles de digerir. No sólo por las escenas que aparecen en Justine o en Los 120 días de Sodoma, sino por la inquietante construcción de todo un sistema filosófico a partir del mal. Y ese gesto, esa operación intelectual, sigue siendo hoy tan inquietante y perturbadora como cuando la escribió hace más de doscientos años.

Cruzar el umbral es reivindicar el mal, la reivindicación sadiana no es el capricho del libertino ¡quiero hacer lo que me dé la gana! ni una provocación gratuita ¡algo provocador que les empate. Su reivindicación es una conclusión lógica derivada de su materialismo radical.


“La destrucción es una de las leyes de la naturaleza,” escribió y de ahí extrae que el ser humano, cuando transgrede las normas morales, no está violando ninguna ley fundamental. Lo que se hace, paradójicamente, es obedecer a la naturaleza misma. Claro que uno podría señalar siempre un hiato moral para desaprobar las acciones, pues si el león no mata, se muere de hambre, la violencia humana en cambio, es gratuita. Pero ¿no ocurren también en la naturaleza episodios violentos fuera de la necesidad? ¿No está también permitida la destrucción?

Este es el otro lado del umbral, la herida que el marqués de Sade abrió en el cuerpo de la moral occidental. El bien y sus reglas, lejos de ser verdades universales, se revelan como construcciones históricas con un olor inconfundible, ese aroma judeocristiano de culpa, sacrificio y negación que Nietzsche después denunciaría en La genealogía de la moral. La moral del bien es, en realidad, una moral de la renuncia, construida sobre el no, sobre la idea de que ser virtuoso significa fundamentalmente negarse a sí mismo y a la fuerza de la naturaleza.

Y es que ¿hay algo en la naturaleza que premie la renuncia a la violencia? ¿O, en cambio, son los sistemas de dominación los que construyen lo que se debe o no se debe hacer para que no haga falta una represión violenta? Como señala Georges Bataille en La literatura y el mal, escrita en 1957, Sade tiene la lucidez de comprender que “el bien no es más que la represión organizada del mal,” una arquitectura cultural erigida para domesticar los impulsos que la civilización considera peligrosos.

Sus textos no son simple provocación libertina, si la naturaleza muestra destrucción y violencia constantes, el mal no es aberración, sino parte del orden natural.

El mal como libertad frente a estas cadenas del aparente bien, propone algo que resulta, de primeras, escandaloso, el hombre es un ser libre, creativo, con deseos que no pueden realizarse bajo la rígida etiqueta de lo bueno. No es sólo que en la naturaleza no haya moral. No es sólo que la moral sirva -en sus dos acepciones,- a la cultura dominante. Es que, además, lo que se llama bueno es un campo muy limitado de lo posible. Se restringe la libertad al condenar a hacer únicamente lo correcto. Aquí puede verse que la libertad sadiana no es abstracta ni espiritual. Es una libertad encarnada, pulsional, que brota del cuerpo y sus apetitos. En Juliette, su personaje femenino más radical encarna esta libertad absoluta, rechaza toda restricción moral, explora sistemáticamente cada transgresión posible. En ese proceso se convierte en lo que Simone de Beauvoir en su ensayo ¿Hay que quemar a Sade? de 1955, llamó “una mujer libre en un mundo de hombres.” Beauvoir capta en el texto algo esencial, para Sade, la libertad requiere atravesar todas las prohibiciones, experimentar todos los límites. Sólo así el sujeto puede constituirse como verdaderamente autónomo.

Propone una libertad encarnada y pulsional que brota del cuerpo, no del deber. Sus personajes como Juliette, rechazan toda restricción moral para constituirse como sujetos verdaderamente autónomos.



“No somos más culpables al seguir los impulsos primitivos que nos gobiernan que el Nilo por sus inundaciones o el mar por sus olas”

Donatien Alphonse François Sade


El mal, entonces, se convierte en momento de afirmación, de creación. Frente a la constricción del bien -que siempre dice lo que se tiene que hacer,- el mal es infinito en sus posibilidades. Esta es quizá la intuición más poderosa del pensamiento sadiano porque precisamente anticipó algunos de los debates filosóficos posteriores. Cuando se transgrede la norma moral, cuando se viola el tabú, no sólo se está desobedeciendo, se está creando un espacio nuevo, se está afirmando la voluntad contra el peso de la tradición. Pierre Klossowski, en Sade mi prójimo, escrito en 1947, desarrolla esta idea mostrando cómo en Sade la transgresión no es destructiva en sentido nihilista, sino productiva, genera nuevas formas de subjetividad, nuevas posibilidades de existencia. La transgresión de la norma es el acto más puramente creativo porque rompe con lo dado, con lo heredado, con aquello que pretende presentarse como natural e inevitable cuando en realidad es sólo histórico y contingente.

Esta lectura encuentra un desarrollo conceptual en "La historia de la sexualidad" de Michel Foucault Michel, donde Sade aparece como figura liminar. Muestra cómo Sade se sitúa en el umbral de la modernidad -volviendo al umbral,- en ese momento en el que la sexualidad deja de ser simplemente prohibida para convertirse en objeto de un discurso exhaustivo, analítico, científico. Para Foucault, el libertino sadiano no sólo viola las normas, las estudia, las analiza, las descompone para entender sus mecanismos de funcionamiento. En ese gesto hay algo profundamente moderno, algo que anuncia la propia época de transparencia y visibilidad totales.

Frente a la neurosis de una cultura buena del orden -y aquí Sade anticipa el psicoanálisis freudiano,- sus textos proponen creación, maldad y transgresión. El término neurosis no es aleatorio, fue Freud quien mostró en El malestar en la cultura cómo la civilización se construye necesariamente sobre la represión de las pulsiones, generando una insatisfacción estructural, un malestar que nunca puede ser completamente resuelto. Sade había intuido esto un siglo antes, la cultura del bien es una cultura de la mutilación, que exige sacrificar partes esenciales de nosotros mismos para poder funcionar socialmente.



“Hay espinas por todas partes, pero a lo largo del camino del vicio, las rosas florecen por encima de ellas”

Donatien Alphonse François Sade


La ética en el dilema del tranvía -que es un experimento moral ético, salvar a cinco a costa de uno- ¿es legítimo causar un mal para evitar otro mayor?  Cuidado con el mal, el exceso también ahoga. Pero esta lectura liberadora de Sade tiene sus límites, evidentemente, y conviene no romantizarla en exceso. Maurice Blanchot, en Lautréamont y Sade, advierte sobre el callejón sin salida del sistema sadiano, si se lleva sus premisas hasta el final, se llega a un solipsismo -teoría filosófica radical que sostiene que sólo existe la propia conciencia, el yo,- radical donde cada libertad individual se convierte en tiranía sobre los otros. El universo sadiano es un universo de depredadores, donde la libertad absoluta de uno significa necesariamente la esclavitud absoluta de otro. No hay comunidad posible, no hay pacto social que pueda sostenerse. Sólo hay voluntades en conflicto, cuerpos que se devoran mutuamente.

Adorno y Horkheimer, de hecho, en la Dialéctica de la Ilustración, situaron a Sade como la verdad oculta del proyecto ilustrado, la libertad absoluta, el mal sin límites, es la razón instrumental llevada hasta sus últimas consecuencias, donde los seres humanos se convierten en meros objetos calculables, manipulables, intercambiables. Los libertinos sadianos organizan sus orgías con la precisión de un experimento científico, catalogando sistemáticamente cada combinación posible de cuerpos y placeres. En esa racionalización del exceso, Adorno y Horkheimer vieron el rostro oscuro de la modernidad, una razón que, al liberarse de todo límite ético, se convierte en puro dominio.

Tampoco simplemente se puede descartar al marqués como monstruo o profeta de la barbarie. Hay en su diagnóstico algo innegablemente verdadero, algo que resuena con la propia experiencia de la represión moral. Roland Barthes, en Sade, Fourier, Loyola, propone leer a Sade no como un filósofo moral, sino como el creador de un lenguaje, de un sistema de signos que permite articular lo que la cultura oficial mantiene en silencio. Sade inventa una gramática del exceso, una sintaxis de lo prohibido. Y en ese gesto lingüístico hay una forma de libertad que trasciende el contenido específico de sus fantasías, la libertad de nombrar, de hacer visible, de traer al lenguaje aquello que debe permanecer oculto.

Mientras el bien constriñe con mandatos, el mal abre posibilidades infinitas. Klossowski muestra como la transgresión en Sade no es destructiva sino productiva, pues genera nuevas subjetividades y formas de existencia. 



“El sexo es tan importante como comer o beber y debemos permitir que un apetito se satisfaga con tan poca moderación o falsa modestia como el otro”

Donatien Alphonse François Sade


En el fango de la decadencia, quizá el legado de Sade no sea tanto su programa como su pregunta, ¿cómo se construye una ética que no mutile la vida? Annie Le Brun, en Sade: De pronto un bloque de abismo, rescata esta dimensión interrogante del pensamiento sadiano, su capacidad para forzarnos a pensar lo impensable, para cuestionar certezas que creíamos inamovibles. Sade obliga a reconocer que las categorías morales tienen límites, que los sistemas de valores tienen puntos ciegos, que la distinción entre bien y mal es más frágil, más histórica, más contingente de lo que se quiere admitir. Al final, Sade permanece como un pensador límite, alguien que habita las fronteras de lo pensable. No ofrece respuestas confortables, pero sí preguntas necesarias. Y en esas preguntas, en esos espacios de duda e incertidumbre que abre su obra, quizá se pueda encontrar algo parecido a una libertad que no sea pura destrucción, a una transgresión que no sea mera violencia. No sé si eso es posible. Pero la pregunta, al menos, merece que me quede con ella.



Es conocido principalmente por sus violentas y blasfemas hazañas sexuales, que plasmó en sus libros y obras de teatro


Tomando por cuenta propia el racionalismo del siglo de las Luces, Sade  se sirve de él para sus fines particulares, en nombre de la razón, se trata de rechazar toda moral, de justificar lo injustificable, de hacer el elogio del crimen. Sus obras incluyen novelas, cuentos, obras de teatro, diálogos y tratados políticos. Algunos de ellos se publicaron bajo su propio nombre durante su vida, pero la mayoría aparecieron de forma anónima o póstuma. Entre sus obras están Los crímenes del amor, Aline y Valcour y numerosas obras de diversos géneros. No es lectura ligera precisamente.

Es el escritor maldito que dio su nombre a una perversión sexual. El noble permaneció encerrado injustamente por el viejo régimen en la fortaleza de Vincennes y La Bastilla, durante más de trece años, hasta que el estallido de la Revolución Francesa lo puso en libertad. Había sido acusado injustamente, de intentar envenenar a unas prostitutas durante una orgía. La idea clerical era que se pudriera en prisión, pues es él, el que los hacía sudar, pues les ofendía sus oídos apostólicos y hasta la de los beatos. Querían quitarle la decencia, el honor, el respeto por sí mismo, la alegría de vivir, las esperanzas, los deseos y convertirlo en un pellejo, como reflejo de la amargura se su espíritu y descomponiéndole el miedo a los vecinos.



Define la RAE el sadismo, citando como su origen al escritor Donatien Alphonse François de Sade, como, la perversión sexual de quien provoca su propia excitación cometiendo actos de crueldad en otra persona. Fue un novelista salpicado por los tumultuosos años de la Revolución francesa y por varios escándalos sexuales, envió sus obras al terrero de lo maldito y la Iglesia católica las incluyó en el Índice de libros prohibidos, porque precisamente los desnudaba a ellos. Los supuestos crímenes que cometió nunca alcanzaron ni la sombra de los que narraba en sus textos de ficción.

Empecemos a hablar en serio de esta vaina.

Su infancia y juventud fue bastante convencional, sin rastro de la oscura erótica que marcaría su obra literaria. Hijo único de Jean-Bastiste François Joseph -diplomático, militar y conde de Sade,- y de Marie Eleonore de Maille de Carman de sangre borbónica, Donatien nació en París en 1740 y fue educado en sus primeros años por el importante noble Luis José de Borbón-Condé. Tras viajar por varios países de Europa junto a sus padres por causas diplomáticas, con 10 años, Donatien regresó a París para ingresar en el prestigioso colegio jesuita Louis-le-Grand. Tenía una mente brillante y devoraba todo tipo de libros, con especial predilección por las obras de historia y, sobre todo, los relatos de viajeros, que le proporcionaban información sobre las costumbres de pueblos remotos y exóticos.


Adolescente, el heredero de la casa de Sade -una de las más antiguas de la zona de Provenza- ingresó en la academia militar. A los 16 años, participó en su primera batalla al mando de cuatro compañías de filibusteros durante la toma de Mahón, Menorca, a los ingleses, en la Guerra de los Siete Años. En el asalto murieron más de cuatrocientos franceses y, su buena actuación de teniente le ganó gran prestigio. Así, hasta el final de la guerra en 1763, recorrió la mayor parte de los frentes franceses repartidos por Europa, incluida la zona oriental, y alcanzó el grado de capitán en la caballería de Borgoña. Se rodeaba perseverantemente de prostitutas en su estancia en París. Lo casaron a la fuerza , algo cotidiano en la época, con la hija mayor de los Montreuil -familia noble con harto dinero,- Donatien inició su carrera literaria y, con ella, la algarabía de escándalos sexuales. Instalado en el castillo de la familia de su mujer en Échaffars, la zona de Normandía, el militar retirado momentáneamente se vio envuelto en un primer y confuso incidente al ser arrestado en 1763 y conducido a la fortaleza de Vincennes por orden del Rey debido a un misterioso manuscrito firmado por Sade con alto contenido sexual. Donatien pasó 15 días encerrado hasta que la familia de su esposa se hizo cargo de él.




“Los días, que en un matrimonio por conveniencia sólo traen consigo espinas, hubieran dejado que se abrieran rosas de primavera. 

Cómo hubiese recogido esos días que ahora aborrezco” 

 Carta Sade 


Por eso el noble francés mantuvo varias amantes, la mayoría habituales de la Corte, y se rodeaba de los servicios de mujeres de la vida aireada. No en vano, su carrera política fue en ascenso y, a la muerte de su padre en 1767, heredó el título de Sade, en su caso como marqués, pues era costumbre en su familia emplearlos alternativamente. El 16 de abril de 1767 alcanzó el grado de capitán comandante en el regimiento del maestre de campo de Caballería.


Con toda razón le habían dicho que se cuidara de los curas y dos años después, el escándalo de Arcueil destruyó para siempre el prestigio acumulado por el marqués. Según la versión de la supuesta víctima, Sade contrató los servicios putísticos de Rose Keller, a quien forzó, azotó y torturó derramando cera ardiendo sobre unos cortes que previamente le había realizado con un cuchillo. Pero como ocurre con toda la leyenda negra sobre su vida, es difícil probar cuánto hay de cierto en las acusaciones y cuánto es la consecuencia indeseable de los textos eróticos y sádicos que Donatien ya distribuía por aquellos años con trama estrujante. El noble pasó en prisión siete meses y el incidente, deformado hasta la exageración, tuvo graves consecuencias para su carrera. Fue capturado y encarcelado en Vincennes en una celda encogida por mediación de su poderosa y malvada suegra que era dominatriz, administradora y regenta de putas de la nobleza, una pijotera, sanguijuela cebada, la inmundicia viviente, con la mente llena de roña a quien le rascara la comezón, que nutría su artritis con aguamiel. Fofa y mal embutida, la negación encarnada de la femineidad, con su cara mofletuda, con psoriasis en las cejas, con papada de cuino, un gueguecho que le colgaba hasta el escalafón, siempre húmeda de sudor rancio y agrio, aguada como esponja, hipócrita hasta los tuétanos, por la que ningún hombre daría un moco por ella.

No ofendía a Dios, pero seguramente lo aburría.



Los textos no se poseen, se interpretan, no se cierran, se abren


En sus muchas soledades y con total serenidad, sangre fría y las pelotas heladas, desarmando prejuicios sin mezclar emociones con razonamientos, no era de los bravos que con un poco de agua se despintan y, al ser liberado, se centró aún más en su afición por el teatro y construyó uno en el castillo Lacoste y formó una compañía con un repertorio superior a las veinte obras. Pero otro escándalo sexual trepanó su biografía en cada página. En el verano de 1772, tuvo lugar el caso de Marsella, en el que tras una orgía con varias mujeres de la noche en las esquinas, fue acusado de haberlas envenenado con un afrodisíaco llamado la mosca española, el mismo que le dieron a Fernando El Católico y, sabía que si se tiraba al agua tenía que mojarse. Tras un larga jornada de orgía, dos de las muchachas sufrieron indisposiciones que remitió pasados unos días. En su canto macabro siempre bajo la estricta lupa que le había cosechado su literatura, el marqués fue sentenciado a muerte por sodomía y envenenamiento, sin que la recuperación de las mujeres fuera prueba suficiente de su inocencia. Antes de ser capturado, congestionado y lívido huyó a Italia, donde terminó arrestado en Chambéry, Saboya -entonces parte del Reino de Cerdeña,- por petición de su suegra, la influyente Señora de Montreuil, todo porque a ella no le hacía nada por gorda y fea en su canto macabro y sin que nadie se la tirara, por recalcitrante beoda cambiando banalidades con su piel granujienta de fiera apoplética de doble papada y panza elefantiásica. Tras permanecer encerrado en el castillo de Miolans en Saint-Pierre-d'Albigny, durante cinco meses, se fugó con la ayuda de su esposa y se refugió en Italia y España. 

Al mejor cazador se le va la liebre. 

El 13 de febrero de 1777, enterado de que su madre estaba agonizando, regresó a París junto con su esposa y, esa misma noche, fue capturado en el hotel donde se hospedaban y encarcelado en la fortaleza de Vincennes por mediación de su insaciable y todopoderosa suegra de mirada seráfica con su calenturienta fantasía, luciendo una napoleónica cornamenta con obsecuencia y, con su vacuo cerebro nadie la singaba. Ese era el pago de ser yerno de la traumada color gris rata, de asimétricas tetas vacunas descentradas, toda una nulidad física, fría y glacial en un lugar de gente caliente de cuerpo y alma. Debieron haber reventado ese absceso desde el principio pues le hacía de quintacolumnista. Era de manto, confesión y rosario diario,

¡Mejor salga a tomar aire!



“Para matar se necesitan más huevos que para morir”

Coronel Abbes García


Y si no es por lo que falta ya hubiera terminado.

Con impermeable desaliento y sin apetito por el ruido de fondo a esa sinfonía brutal sin partitura y seguía el gallito cacareando, estuvo 13 años en la prisión de Vincennes, a pesar de que su causa fue anulada por irregularidades sólo un año después de su ingreso. Su estancia allí afectó gravemente la salud física y mental del marqués que, con el único contacto en el exterior de su esposa, dedicó su estancia a leer y a escribir obras de teatro y cartas. Las condiciones de esta fortaleza no eran las mismas que las de las cárceles destinadas a las clases bajas, en las que se hacinaban los presos en condiciones infrahumanas, entre porquería y ratas. Por ese exceso de lujo para una decena presos, la prisión fue cerrada y él fue trasladado a la Bastilla en 1784. “Es una prisión donde estoy mil veces peor y mil veces más estrecho que en el desastroso lugar que he abandonado,” escribió a su esposa quejándose de su nuevo destino. Aunque su esposa fáctica era como una pizza napolitana, plana, tiesa, delgada, sin sabor y fea, que había fustaneado a varios sotanudos creadores de cementerios. Su estancia allí no duraría mucho tiempo puesto que cinco años después, con el estallido de la Revolución francesa, el noble fue trasladado nuevamente a un manicomio, antes de que la Asamblea Revolucionaria anulase definitivamente las medidas que su incruenta y satánica suegra mantenía desde hace años para evitar su liberación, como ya se anotó, porque no le hizo cosas que ella deseaba con su olor a suciedad y vino rancio, “sus padres la tenían hasta la pipa del coño.”

Moralmente hundido, arruinado, obeso hasta el punto de no poder caminar sin ayuda y con la vista disminuida, salió de prisión a los cincuenta y un años de edad el 13 de marzo de 1790, noche de Viernes Santo, para que cargara al Santísimo y sin su porsiacaso. Y aunque sus obras de teatro no terminaron de triunfar en el París de la Revolución, el escritor se adhirió y participó activamente en el proceso revolucionario, colaborando con escribir diversos discursos, como el pronunciado en el funeral de Marat, y se le asignó tareas para la organización de hospitales y asistencia pública. Paradójicamente, siendo secretario de una sección de la ciudad, los Montreuil solicitaron el amparo del marqués cuando su domicilio fue precintado y ellos acusados de extranjeros. Sade ofreció ayuda a sus suegros -quienes lo habían mantenido trece años encarcelado en Vincennes y La Bastilla,- y se encargó de que no fueran molestados durante el tiempo que permaneció en el cargo y no era socializar el sufrimiento. Pero, durante el periodo del Terror de Maximilien Robespierre, la condición de moderado del marqués le llevó de nuevo a prisión, donde a un canto de gallo se salvó por muy poco de la guillotina con sus ojos en perpetua agitación por las draconianas medidas.



“Olvidar es un acto involuntario, cuanto más quieres dejar algo atrás, más te persigue”

William Jonas Barkley


Como hasta las leyendas caen, tampoco esta vez a su salida de prisión, Sade no pudo ganarse la vida en el teatro y terminó viviendo en la indigencia casi completa con claustrofobia y miedo. Además, el escritor francés comenzó a recibir respuestas muy agresivas contra sus textos, pues en sus escritos no se andaba por los brazos de los árboles. Muchas de sus obras contienen explícitas descripciones de violaciones e incontables perversiones, parafilias y actos de violencia extrema que en ocasiones agredían directamente los convenios sociales y a la curia que era practicante. Para seguir escribiendo cuando la tinta se esfumaba, lo hizo con su propia sangre. El misántropo salchichero emperador homosexual Napoleón arrojó al fuego la novela Justine o los infortunios de la virtud, distribuida clandestinamente por Francia, porque afirmó que “es el libro más abominable jamás engendrado por la imaginación más depravada.” Es por eso que gran parte de su obra se perdió, víctima de los ataques y la censura, entre ellos, la de su propia familia, que destruyó numerosos manuscritos en varias fases. Encarcelado por el régimen napoleónico que le acusó de demencia libertina en 1801, fue ingresado en el asilo para locos de Charenton, con densas paredes sudando porquería, aborrecía la soledad y le temía, gracias a la asistencia de su familia, como sicarios con balas de salva. Sade terminó sus días en ese asilo para locos gimiendo como una gaviota. Ya estaba de más en la tierra con su carita de yo no fuí y falto de vista.

Sus demandas de auxilio se las pasaron por los sobacos.

El 2 de diciembre de 1814 murió en el Hospital Esquirol. Contra su voluntad fue enterrado en el cementerio de San Mauricio en Charenton, aunque su cráneo fue exhumado años después para realizar con él estudios frenológicos. El destino nos espera donde menos lo esperamos.

¡Lamento nuestra pérdida!

A su muerte en 1814, uno de sus agradecidos hijos quemó todos los manuscritos inéditos, incluida una obra en varios volúmenes, Les Journées de Florbelle, que el marqués había seguido escribiendo hasta que le fallaron los dedos. No en vano, su legado no tardó en ser revisado y reverenciada por la siguiente generación de escritores. No así su leyenda negra que le sigue acompañando con el mero recitar de su nombre. Había desnudado las pasiones humanas ocultas y las puso a la vista de todos. No había remordimiento que le retorciera las tripas, con mirada de mortal, con agallas y mente retorcida. Una vez no será suficiente, erotismo, sexo y violencia, la santísima trinidad con ojos de perpetua agitación.

Bien lo afirmó El Brujeador, “esta tierra es ancha y todos cabemos en ella sin necesidad de estorbarnos unos a los otros.”



Sartre lo llamó el primer existencialista, Foucault lo llamó el primer teórico de la sexualidad 


El animal que habita en muchos en un margen imposible es ¿uno de los espíritus más libres de la historia o alguien que llevó al límite el ideario del Antiguo Régimen? Se cumplen doscientos ochenta y seis años de la muerte del polémico y romántico  escritor francés. El 2 de diciembre de 1814, en el Hospital Esquirol, Francia, falleció Donatien Alphonse François,  tumbado por la mansedumbre oligárquica y las sotanas, pata en el suelo, más conocido como El Marqués de Sade. Nacido el 2 de junio de 1740 en París, en el seno de una familia de sucia sangre borbónica. Cuando Donatien sólo tenía cuatro años sus padres partieron por motivos diplomáticos y lo dejaron a cargo de su abuela y dos tías.  Su educación quedó a cargo de su tío paterno, el escritor Jacques François Paul Aldonce, quien lo inició en la pasión por la literatura. A los 10 años ingresó en el colegio jesuita Louis-le-Grand, donde se convirtió en un apasionado por relatos de viajeros y aprendió fácilmente alemán, provenzal e italiano. 

Con una sensación de catástrofe finalizada la guerra, se casó con Laurais Vacqueyras de Lacoste, con quien tuvo tres hijos, el matrimonio no fue impedimento para que iniciara una vida marcada por promiscuidad, libertinaje, orgías y abusos. Las prostitutas desfilaban por su casa a la vista de todos al amparo y patrocinio de su mujer que no dejaba levantar la cabeza al enemigo de adentro, pues se le paraba el ripio a voluntad, pues no pegaba tiros por asuntos de cama con su falta total de emociones. Fue investigado por las atrocidades cometidas, pero su reputación militar y el título heredado de su padre lo hacían evadir la justicia. Sin embargo, el envenenamiento de siete putas lo llevaría a un confinamiento de más de 26 años en castillos, manicomios y cárceles. Fue en ese período que canalizó todas las perversiones a través de la escritura, ahí lejos, en el infierno de los olvidados. En sus obras son característicos los antihéroes, protagonistas de las más aberrantes violaciones y de disertaciones en las que justifican cínicamente sus actos inventos de la humanidad. El ateísmo, la descripción de parafilias y actos de violencia extrema, son los temas más recurrentes de sus escritos, en los que prima la idea del triunfo del vicio sobre la virtud, como sardónica queja. 



Su nombre ha pasado a la historia convertido en sustantivo  


Para homenajearlo, con falta total de emociones,  desde 1834, la palabra sadismo aparece en el diccionario en varios idiomas para describir la propia excitación producida al cometer actos de crueldad sobre otros. El Marqués tenía un gusto marcado por el sexo duro aprendido de su tío el abate, un delicado enemigo de emociones fuertes. Este libertino radical del siglo XVIII, dejó una marca profunda en la cultura. ¿Por qué da miedo todavía?

En su ológrafo escribió, "Mátame o acéptame como soy, porque no voy a cambiar," le escribió a su mujer desde la cárcel, en 1783. Había cumplido la mitad de una condena de 11 años, pero no iba a cambiar sus principios ni sus gustos para que lo dejaran salir. Cualquier desvío de su verdadera naturaleza era, para el marqués, lo mismo que morir con indiferencia clínica.

Remojó su honor con detergente.


El Marqués de Sade es todavía un autor malinterpretado. Ahora, se ofrece una nueva oportunidad para redescubrirlo, en Los 120 días de Sodoma, una obra audaz capaz de retorcer el estómago de cualquier lector. Se supone que La Ilustración fue la era de la racionalidad, la ciencia y el humanismo, pero ésta nunca fue toda la realidad de la época, pues él es una figura de la Ilustración. Fue admirador de Rousseau, pero también el primero en dar un zarpazo a la primacía de la razón y la racionalidad, en favor de la rebelión, el extremismo y el anti-humanismo.



El novelista pasó en prisión la mitad de su vida por publicar obras calificadas de obscenas


"No hacía nada que no hicieran otros aristócratas o empresarios de la época", dice la periodista Nieves Concostrina. Al escritor le gustaba frecuentar burdeles con chicas especializadas en "azotes y otras prácticas del amor físico," como se llamaba entonces al sadomasoquismo, algo popular entre los franceses de aquella época y que se practicaba en locales legales. Incluso había manuales publicados para conocer y aprender más sobre el tema. Mientras textos como estos circulaban con total normalidad, el filósofo y escritor entró en la cárcel varias veces en su vida por practicar lo que en ellos se contaba y por ficcionarlo en sus obras. Es cierto que el novelista no era un bendito, "pero ni mucho menos era lo que nos han hecho creer, no hacía nada que no hicieran muchos aristócratas, empresarios y altas esferas del clero en la Francia del siglo XVIII," asegura la autora de obras como Menudas historias de la historia.



“No somos más culpables al seguir los impulsos primitivos que nos gobiernan que el Nilo por sus inundaciones o el mar por sus olas”

Donatien Alphonse François Sade


Hijo único del diplomático y conde de Sade, Jean-Bastiste François Joseph, un vividor y libertino y, de una mujer de almizclera sangre borbónica, Marie Eleonore de Maillé, el extremo opuesto de su marido, exageradamente devota, la progenitora del escritor ingresó en un convento cuando el futuro Marqués de Sade era aún un crío. Esto supuso que el novelista se mudase a vivir con su tío, -un insecto difícil de filiar,- un abad erudito y aficionado adicto a la putas que ejerció sobre él una gran influencia en todos los sentidos. Creció entre una gran cultura, era intelectualmente brillante y devoraba libros, principalmente de historia y visitaba con frecuencia los prostíbulos más finos de París.

Sobre la figura del escritor, la periodista Carmen Ro incide en que "hay que recordar que la iglesia católica incluyó en el índice de libros prohibidos prácticamente la totalidad de los escritos del Marqués de Sade pero que también hay que saber que los supuestos crímenes que en teoría había cometido nunca habían alcanzado ni siquiera la sombra de lo que él narraba en la ficción."

Él no estaba a favor del matrimonio y lo sobrellevaba con la compañía de varias mancebas, la mayoría de ellas habituales de la corte, también frecuentaba el calor de las daifas de la ciudad. Incluso, tenía relaciones ayuntales con su cuñada guaricha, una mujer perturbadora en dulces ahogos en el festín de su doncellez, a la que le gustaban las revolcadas de sábana sin tenebroso aborrecimiento al varón en una horrible mezcla de pasiones sin regresión moral para inflamar la lujuria y, aniquilar la voluntad de los hombres renuentes a sus caricias y las violencias de los hombres cazadores de placer al pie de la almohada. A la vez que comenzó su carrera literaria, empezó también la retahíla de escándalos sexuales de los que le acusaron los ojeadores, los sopladores y los ensalmadores. Y como lo apunta Pérez-Reverte, “eso es tirar a pichón parado.”



“La cultura nos la pone dura”

Arturo Pérez-Reverte


Construyó una compañía de teatro y cuando parecía que estaba muy centrado en esta nueva empresa, le señalaron por un nuevo escándalo relacionado con una orgía con prostitutas, a las que supuestamente suministró unos bombones con cantárida, un afrodisíaco que podía tener efectos secundarios, y acabó denunciado por envenenamiento. Luego de eso estuvo encerrado en un psiquiátrico diganosticado de "demente libertino" y terminó muriendo totalmente deprimido, obeso y arruinado deseando "que su recuerdo se borrarse del recuerdo de los hombres," tal y como él mismo escribió, sin campanadas funerarias en su silencio desolador.


“La fuga de las ratas levantará una gran polvareda”

Generalísimo Dr. Rafael L. Trujillo Molina


Para hartazgo de su lujuria, casi pudiéndoles oler el miedo, que más era hombruno agarrar que femenino entregarse, su nombre dio origen a la palabra sadismo, que le había despertado el alma sepultada, pero reducirlo a eso es simplificar demasiado a un hombre que escribió desde la prisión, contra su tiempo… y también contra cualquier límite, siendo un aristócrata en un mundo que se desmorona. Nació en 1740, en el corazón de la nobleza francesa, en una sociedad que pronto sería sacudida por la Revolución. Sirvió como militar, vivió con privilegios… pero muy temprano comenzaron los escándalos, acusaciones de violencia, libertinaje extremo y abusos. Un súcubo insaciable víctima del brebaje afrodisíaco aprendido en sus primeros años. Esto le costó años de encarcelamiento, primero bajo el Antiguo Régimen y luego durante la revolución. Pasó gran parte de su vida en prisión o en asilos, como el de Asilo de Charenton. Y fue ahí donde escribió. La idea es que no durmiera ni comiera  tranquilo.

Acogotado lo llevaron diciéndole el teniente con vocecita aflautada y chillona, ¡está detenido! y desataron el aquelarre.

Sus obras no son fáciles de leer, ni están hechas para serlo. En ellas lleva al extremo ideas que, en su tiempo, eran revolucionarias, la negación de la moral tradicional, la crítica a la religión, y la idea de que el deseo sin límites es una fuerza fundamental. Pero lo hace de forma radical y perturbadora, sus personajes no sólo buscan placer, sino poder absoluto sobre otros. Lujuria, superstición, codicia y crueldad. La escritura como provocación total. Aquí está el núcleo incómodo por un lado, anticipa debates modernos, la libertad individual, la crítica a la hipocresía social, la relación entre poder, cuerpo y deseo, su obra está llena de violencia extrema, crueldad y deshumanización. No es un autor para admirar sin más. Es un autor para confrontar.

Fue encarcelado varias veces, incluso en la Bastilla poco antes de su caída. De hecho, fue trasladado días antes de que la prisión fuera tomada durante la revolución. Todo lo precipitaba a la horrible miseria de las fuentes vitales de su existencia, devorado por los pensamientos de vicios ruines con espíritu de regresión bestial. Murió en 1814, en Charenton. Pidió que su tumba fuera anónima para que la naturaleza borrara su rastro. La obra de su codicia de escribir lo despojó de su patrimonio.


Como el tiempo en una botella, El marqués de Sade no es sólo un escándalo histórico. Es un límite. Leerlo es enfrentarse a preguntas y plegarias que no tienen respuesta cómoda, ¿hasta dónde llega la libertad? ¿Qué ocurre cuando el deseo no reconoce al otro? ¿Puede existir una moral sin límites… sin destruir?


EPÍSTROFE

La noche no cae en la celda. Se espesa. Donatien lo sabe porque el aire cambia antes que la luz. Se vuelve más denso, más cercano, como si las paredes respiraran hacia adentro. La vela tiembla. No por el viento -aquí no entra,- sino por algo más íntimo, el cansancio de seguir ardiendo. Inclina la cabeza sobre el papel. No escribe de inmediato. Escucha. Hay sonidos que sólo existen en el encierro. El paso lejano de un guardia que no piensa en él. El roce de tela en la celda contigua. Un suspiro que no termina de ser humano. Y, debajo de todo, su propio pulso. Regular. Obstinado. Libre.

Toma la pluma. La sostiene como si fuera un instrumento quirúrgico. No para crear -no cree en esa palabra,- sino para abrir. Para exponer. Para llevar hasta el límite lo que otros apenas se atreven a nombrar. La tinta toca el papel. Y entonces empieza.

No escribe para agradar. Eso lo dejó atrás hace mucho, quizá incluso antes de comprenderlo. Tampoco escribe para convencer. ¿A quién? ¿A esos hombres que dictan la moral como si fuera una ley natural? ¿A esos jueces que necesitan sombras para sentirse luz? No. Escribe porque el mundo que le han dado no le basta. Y si no basta… lo rompe.

Se detiene. La frase aún está viva, inestable. La observa como se observa a un animal recién capturado, con una mezcla de fascinación y cálculo. ¿Hasta dónde puede llevarla? Más. Siempre más. No por capricho, sino por coherencia. Si una idea se detiene antes de su extremo, piensa, es porque ha mentido en el camino.

Afuera, alguien grita. Un grito breve, cortado, que no se convierte en historia. Aquí, los gritos no se narran, se absorben. Sade no levanta la cabeza. No es indiferencia. Es otra cosa. Sabe que ese sonido pertenece al mismo mundo que él describe. Sólo que él lo hace visible.

Vuelve a escribir. Los cuerpos en su página no son cuerpos, son argumentos. Los actos no son actos, son conclusiones. Y sin embargo… hay algo más. Algo que se filtra, aunque él no lo nombre. Una grieta.

Se recuesta. La pluma descansa entre sus dedos. Mira el techo -si es que ese gris puede llamarse así- y deja que el pensamiento se deslice sin forma. ¿Es esto libertad? Sonríe apenas. La palabra le resulta sospechosa. La ha visto usada como máscara, como excusa, como arma. La ha desmontado pieza por pieza hasta dejarla irreconocible. Y aun así… Aquí, en este espacio donde todo le ha sido quitado, hay algo que no han podido tocar. No su cuerpo. No su nombre. Su posibilidad.

Se incorpora. La vela está más baja. El tiempo ha pasado, aunque aquí el tiempo no avanza, se acumula. Mira lo escrito. No lo corrige. No embellece. No suaviza. Deja que sea lo que es, una herida abierta en el lenguaje.

Apoya la palma sobre el papel. Como si verificara que aún está ahí. Como si ese trazo fuera una prueba. No de su inocencia. Nunca de eso. De su existencia.

Afuera, el mundo continúa ordenándose, juzgando, clasificando. Aquí dentro, Donatien escribe. No para ser entendido. Ni perdonado. Sino para empujar una idea hasta donde nadie quiere acompañarla. Y quedarse allí. Solo. Con ella.

No dejó una obra que se “explique” fácilmente. Por eso, más que un autor con una interpretación clara, se volvió un campo de batalla intelectual. Distintos pensadores lo han leído no para justificarlo, sino para entender qué revela sobre el ser humano.



“El sexo es tan importante como comer o beber y debemos permitir que un apetito se satisfaga con tan poca moderación o falsa modestia como el otro”

Donatien Alphonse François Sade


La habitación no tiene época. Podría ser una húmeda celda roñosa, podría ser una biblioteca. Hay una mesa, dos sillas, y una luz que no parece venir de ningún lugar concreto. Sobre la madera, papeles. No muchos. Los suficientes. Donatien ya está sentado. No escribe. Espera.

La puerta no suena al abrirse. Michel Foucault entra como quien no invade, sino que observa. Mira primero el espacio, luego los papeles, y por último al hombre. No hay saludo inmediato. Sólo reconocimiento.

Foucault interesado, no hostil. Usted escribió lo que otros no se atrevieron ni a pensar en voz alta.

Sade con leve sonrisa.  No. Yo escribí lo que todos piensan… y luego niegan haber pensado.

Foucault,  ¿Todos?

Sade. Los que tienen cuerpo. Y deseo.

Foucault se sienta. No frente a él, sino ligeramente de lado, como si prefiriera ver el perfil de la conversación. Lo interesante no es que haya deseo. Eso es evidente. Lo interesante es cómo se organiza. Cómo se regula. Cómo se vuelve… legible.

Sade, ¿Legible?

Foucault , Sí. Usted no solo describe actos. Los estructura. Los convierte en sistema. Eso es lo que me interesa.

Sade toma uno de los papeles, lo gira entre los dedos, pero no lo mira. ¿Sistema? No. Coherencia.

Foucault  ¿No son lo mismo?

Sade No. El sistema ordena desde afuera. La coherencia… se impone desde adentro.

Silencio breve. Foucault observa las manos de Sade, no su rostro. En sus textos, el poder es constante. No aparece como accidente. Es la condición misma del deseo.

Sade sereno. El poder no es una condición. Es la forma más honesta del deseo.

Foucault no responde de inmediato. Anota algo en un cuaderno que no estaba antes. Ahí disentimos.

Sade Claro.

Foucault   El poder no es una esencia. Es una red. Una relación. Algo que circula.

Sade sonríe apenas. Circula… pero alguien siempre lo ejerce.

Foucault levanta la mirada. ¿Y cree que usted lo controla en sus textos?

Sade No. Lo expongo.

La luz parece inclinarse un poco, como si la conversación la afectara.

Foucault,  pero al exponerlo, lo organiza. Y al organizarlo, lo legitima.

Sade, no. Al mostrarlo sin máscara, lo vuelve imposible de negar.

Silencio. Más largo esta vez.

Foucault, usted cree que revela una verdad.

Sade, ¿y usted?

Foucault , yo creo que revela un dispositivo.

Sade se inclina hacia adelante. Por primera vez, hay algo más que calma. Interés.

Sade, explique.

Foucault apoya el cuaderno. Habla más despacio. Sus textos no solo muestran el deseo. Muestran cómo el deseo puede ser capturado por reglas, rituales, repeticiones. Incluso en su forma más extrema… no escapa de la estructura.

Sade lo mira en silencio. No lo interrumpe. Eso ya es una respuesta.

Sade, entonces, según usted… ¿ni siquiera ahí hay libertad?

Foucault,  no en el sentido que usted propone.

Sade se recuesta. La silla cruje apenas. Siempre sospeché de esa palabra.

Foucault, yo también.

Ambos callan. No por falta de argumentos. Sino porque han llegado a un punto donde las palabras ya no avanzan, sólo giran.

Finalmente, Sade toma la pluma. La sostiene en el aire. Dígame, filósofo… si todo es estructura, red, dispositivo…¿qué queda del individuo?

Foucault no sonríe. Pero algo en su mirada cambia.- La posibilidad de resistir.

Sade baja la pluma. No escribe en una respuesta casi imperceptible. Yo elegí no hacerlo.

La luz no cambia. Pero la habitación parece más estrecha.

Ninguno se levanta. Ninguno gana. La conversación queda ahí, suspendida, como una idea que no puede resolverse sin perder algo esencial. Y sobre la mesa, intactos, los papeles esperan. Como si aún quedara algo por escribir. Un recorrido intenso y muy bien llevado por la curiosidad. No es un camino casual. Es casi una exploración de límites, el poder, la pérdida, el deseo.

Entonces… ¿Qué es Sade?

No hay una sola respuesta.

Puede leerse como un provocador extremo, un síntoma de su época, un explorador de los límites del deseo o una advertencia sobre lo que ocurre cuando la libertad ignora al otro.


https://www.youtube.com/watch?v=qiMcXzfm9Mg&list=RDqiMcXzfm9Mg&start_radio=1

Requiem en re menor K.626 de Wolfgang Amadeus Mozart, dramático, sombrío, perfecto en la ambientación histórica en la época de Sade, algo atmosférico, trágico, elegante, muy versallesca. Sade escribía en prisión rodeado de música ligera. Canto coral inquietante. Cuerdas densas, trágicas. Mucha carga emocional en el ambiente de mazmorra.


Te dejo algunas de las interpretaciones más influyentes y a veces opuestas entre sí:

Desde el psicoanálisis, Sade suele verse como alguien que expone sin filtros lo que normalmente se reprime. Freud no escribió directamente sobre él en profundidad, pero su marco encaja, el deseo no es limpio ni moral, incluye agresión, dominio, pulsiones contradictorias En esta lectura, Sade no inventa nada, muestra lo que la cultura intenta contener como una verdad incómoda del deseo.

Jacques Lacan que más lejos, para él no es un loco caótico, sino alguien que lleva la razón hasta un extremo frío, sus personajes no actúan por impulso, sino por principio, el placer se vuelve casi una obligación lógica Es inquietante porque convierte el deseo en algo… metódico como sistema lógico del horror.

Immanuel Kant y su lectura por Jacques Lacan, aquí aparece una idea provocadora, Sade sería el “lado oscuro” de Kant, que propone una moral universal basada en el deber. Sade parece hacer lo mismo… pero al revés, donde Kant dice “actúa moralmente por deber,” muestra personajes que siguen el deseo con la misma rigidez absoluta. Como si dijera, si quitas la compasión, la razón sola puede justificar cualquier cosa.

Para Georges Bataille, Sade explora algo fundamental, la relación entre libertad, exceso y destrucción. El ser humano no sólo busca orden, también busca romper límites, revela que hay un impulso hacia lo prohibido, incluso hacia lo que nos deshace, como llevada al abismo.

Simone de Beauvoir en su ensayo ¿Hay que quemar a Sade?, no lo defiende, pero lo toma en serio, pues para ella, desenmascara la hipocresía moral de su tiempo, muestra cómo el poder ya está presente en las relaciones humanas. Pero también es claro su límite, la libertad de Sade ignora al otro, y por eso se vuelve destructiva.

Michel Foucault ve en Sade algo muy moderno, el cuerpo como lugar de control, el placer ligado a estructuras y anatomía de poder. No es sólo perversión individual, es una forma de pensar cómo el poder atraviesa el deseo.

FIN
sergiodeleonlopez



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