miércoles, 7 de enero de 2026

LA SUPREMACÍA DEL FILO TOQUE DE CARGA Y DEGÜELLO. Primera parte. 288

 

monorote.com es un sitio gratuito de historias reales y temas de interés que vive de sus comentarios, así que si tuviera la oportunidad de dejar uno, me ayudaría a seguir.


Primera parte

161225
LA SUPREMACÍA DEL FILO

TOQUE DE CARGA Y DEGÜELLO

Advertencia:
El siguiente programa contiene escenas de violencia que pueden herir la fotosensibilidad de la corteza prefrontal del leyente, por lo que se recomienda que lo lea de punta a punta.

youtube.com/watch?v=LEBLbWLldR0&list=RDLEBLbWLldR0&start_radio=1


“La ignorancia es opcional”

Arturo Pérez-Reverte


Zona de miedo.

Sangre en la arena.

No me gustaba y ahora me gusta menos, porque esto no se puede medir con los estándares ordinarios.

Don Matín de Cañizares y Huelva, llamado por lo bajo Botija, mediano, redondo, cuello corto y lleno de alcohol, espurio, de ojos y mejillas hundidos, naríz protuberante con la piel arrugada con venas abultadas, con ronchas de humedad, -que nació para ser un comando de la muerte,- tragándose su propia mandíbula con una radiación registrada por todos sus sentidos que era algo que ya estaba muerto en las profundidades de su consciencia y, para probar a los fieles sin reconocer la flacidez de la muerte, ordenó la noche anterior afilar espadas y cuchillos, porque les caerían como tópteros en picada y ciélagos sedientos de sangre, en una mezcolanza de ropas multicolores y rostros confundidos, pues la tristeza es el precio de la victoria, dado que los profetas suelen alcanzar una muerte violenta.

El padre Teocoles -que era su maldito Dómine,- que distaba de ser modelo de mansedumbre, con su efecto tranquilizador de desprecio, -dándoles golpes de crucifijo en el lomo,- derramó agua bendita sobre los filos de espadas y facas de la mesnada, murmurando plegarias a un desconocido duro de oído y así oficiaba el corte de res en el pescuezo, tutti i preti sono falsi - todos los sacerdotes son falsos.

El padre Teocoles ocupaba sus largos ratos de descanso con una solterona de frente amplio que bien podría alimentar a los niños hambrientos del barrio, pues él era como un niño que al orinar salpicaba a los demás, haciendo depósitos a plazo fijo. Callar, fingir, obedecer.

Como si caminara en el vacío, sus manos harían lo que se les ordenaba. Alabado sea Dios habría dicho de creer que Dios se ocupa de ese tipo de cosas.

La idea era que les clavaran una estaca en el pecho, por si acaso, pues los chacales sólo salen cuando ya se derramó sangre y se les puede catalogar con esa especie tan conocida.

Sin alterar la consistencia, él los salpicaba de porquería, pero salían oliendo a rosas, pues no hay rosas sin espinas.

Proveniente del país con más hijodeputas por metro cuadrado, Don Martín, con su cara tallada a golpes, era testarudo, miserable, de inaudita soberbia, usando señoras más allá de lo prudente, con una radiación registrada en todos sus sentidos, ordenó a sus lugartenientes, -uno alto y grueso, el otro pequeño y aún más grueso,- que se fabricaran tambores de batalla con las pieles de sus enemigos, pues no veía más allá de las fronteras lejanas en el lado oscuro de los tacos pues siempre oía a los demonios del viento aullar en sus oídos. 

Los desesperados son los más peligrosos con eficacia letal, porque el agua revive lo que el sol marchitó.

Nunca se pudo hacer del mundo un lugar más seguro para vivir, pues tenían una visión muy restringida del mundo y siempre harían lo mismo. Nada.

Para el que da, el mayor peligro es la fuerza que quita.

"Las bestias no oyen tus palabras, pero sienten si tu alma tiembla.


La tristeza es el precio de la victoria


En el silencio que precede al amanecer hablando conmigo mismo envuelto en la oscuridad, mojándoseme el lagrimal y, destilando una soledad abrumadora en el teatro de los acontecimientos sin engolosinarme en detalles y, sin perder la dulzura del carácter, en el blitzkrieg o guerras relámpago, que eran una carnicería bestial con odio técnico, paranoia racista y nacionalismo fanático, donde desaparecían los más elementales principios de humanidad, con la hijeputez más despiadada posible cuando se tienen los medios y el ambiente apropiado, el toque de carga y degüello fue, originariamente, un despiadado toque de tambor o corneta o ambos, que ordenaba a las tropas propias la lucha sin cuartel, sin hacer prisioneros, cortándoles el cuello de oreja a oreja a todo enemigo que se rindiera. El toque era de origen musulmán, de los moros asentados en la península ibérica, que más tarde fue adoptado por las tropas españolas en un paisaje de mierda con el hedor que emana de él. Se les debía de tratar como seres cuya vida no es digna de salvación con la firmeza de los pies derechos en un receptáculo de estupor y obediencia generosamente colmada de los parabienes correspondientes.

Los apetitos de la carne no son saciados por palabras de mujer.

De todas las particularidades de la visión temporal, esta era la más extraña de todas, pues los que estaban por debajo codiciaban su posición, aunque sabían que tenían que tener el pulso firme, soportar el olor a plomo de la sangre y resbalarse en el piso gelatinoso que siempre provoca esta acción escrita en el manual de la muerte.

Nadie puede descartar que Judas fue traicionado por dos de sus colegas.

En un pasado auténtico, -con fatiga visual siempre dirigidos por los de gabardina y flor en la solapa,- en la caballería española, el toque que mandaba el ataque se llama toque a degüello, y equivalía al no se hacen prisioneros. En política, que es la continuación de la guerra por otros medios, pues ni más ni menos que no hay que dejar que el adversario, que ha caído a la lona y se levanta tambaleándose, pueda rehacerse, o sea que si hay que pegar en la ceja abierta ahí deben dirigirse los crochets, los ganchos, los directos, los jabs. Porque si se deja tiempo, el adversario político, bélico, personal, lejos de practicar el noble arte del boxeo, según lo dispuesto por el noveno marqués de Queensberry, es decir, con caballerosidad, lo normal es que el rival aseste tremendo morongazo inesperado, el que se recibe sin tener el cuerpo en tensión, que es como golpeara a otro con las manos amarradas.

Los políticos y los sinvergüenzas no se distinguen uno del otro, bueno, en realidad son lo mismo, hijos de las mismas, lo suficiente para mojar la lengua.


“¡Cuántas veces el hombre encolerizado niega con rabia lo que le dicta su conciencia!”

Princesa Irulan

Sí. La religión al unirse con la ley vuelve a los hombres menos que individuos, dado que el toque a carga y el toque a degüello eran señales militares tradicionales ejecutadas con corneta o clarín, principalmente en caballería, con orígenes en la tradición española y usos en varios conflictos históricos. En un mundo que no forma parte del sueño, en los contextos bélicos, degollar* palabra que llevaban tatuada en el alma, que significa cortar la garganta con delicadeza de orfebre. No era una técnica de combate regular, sino una práctica extrema, asociada a situaciones muy concretas, como la guerra cuerpo a cuerpo, en guerras antiguas y premodernas, Antigüedad, Edad Media, guerras coloniales. Ocurría cuando el enemigo ya estaba reducido. No era una maniobra “heroica”, sino final, rápida. Se usaba para asegurar la muerte cuando no había tiempo, munición o control del entorno. Era vista como acto utilitario, no glorioso.

Para permanecer arriba debe haber sangre, así que no caguen donde comen, por el miembro de Júpiter.

*Causa la muerte rápidamente al cortar la tráquea que impide respirar, corte de arterias y venas principales, carótidas y yugulares, provocando hemorragia masiva, pérdida de conciencia inmediata por falta de flujo sanguíneo al cerebro, y muerte cerebral en segundos debido a la falta de oxígeno, resultando en cesación total de funciones vitales, aunque el corazón puede latir por un breve período


La religión y la política viajan en el mismo barco


En los abismos de polvo, entre las clases nocturnas, en las guerras civiles, levantamientos, guerrillas o guerras de frontera, el degüello aparece como lenguaje del terror. No tanto por eficacia militar, sino por impacto psicológico. Servía para enviar un mensaje, “no hay cuartel,” “no habrá prisioneros.” Esto ocurrió en Guerras civiles del siglo XIX en España y América Latina, en conflictos coloniales e insurrecciones rurales. En estos casos, el degüello rompe las reglas implícitas de la guerra en su universo limitado por la habilidad de los demás en un mundo de mueres o matas leyendo en braille.

¿Quién hará retroceder al ángel de la muerte?

Y que le echen leña al mono hasta que diga bona nit.


La represión favorece la prosperidad de las religiones


Como no hay otros despertares en el universo, la dimensión simbólica era lo más importante, el degüello que no es sólo una acción, sino un símbolo y representa la negación del honor del enemigo, la supresión de la posibilidad de rendición y la violencia sin ritual. Por eso, incluso en ejércitos donde se practicaba, se evitaba nombrarlo abiertamente. Se cortaban el cuello mutuamente como Dios manda y ese era el estigma de mierda. Luego daban vueltas corriendo como gallinas sin pescuezo.

Muy revelador es el paralelo con la tauromaquia en el universo real que siempre se halla un paso por delante de la lógica y, en ambos mundos guerra y tauromaquia, que el degüello tenga la misma valoración moral, no es noble, no es estética, no es deseable y sólo se tolera cuando todo lo demás ha fallado. Esto no es casualidad, ambos sistemas, guerra tradicional y lidia comparten una ética del enfrentamiento.

Cuando aparece el degüello, significa que el orden se ha roto. Un tranquilizador de hombres ante el horror de su propia existencia entrando en combate con la esperanza de abrirse el camino hacia la vida eterna.

“Quien bien te quiere te hará llorar.”

Traicionar es sólo cuestión de calendario sobre todo cuando se juega con doble baraja.

En la literatura y el lenguaje, el término pasó al lenguaje figurado, “fue un degüello” o sea que no hubo defensa. “Degollaron al rival” o sea destrucción total. “Degüello político” o sea eliminación sin reglas. Autores como Galdós, Baroja, Chaves Nogales o cronistas de guerras civiles usan el término con horror, no con épica cuando les agobiaba el resuello.

Oderint dum probent, que me odien mientras me teman, así lo afirmó Lucius Accius.

  Como diferencia clave con la ejecución ritual, hay que aclarar que el degüello no es un ritual sagrado. No es una ejecución judicial. Es una ruptura del orden, no su culminación. Por eso siempre ha generado rechazo, incluso entre quienes lo practicaron en los sitios con mala sombra.


Lo desconocido trae sus preocupaciones


El toque de carga era la señal estándar para ordenar el ataque o la embestida de las tropas, especialmente de caballería, que le indicaba a los soldados que debían avanzar rápidamente hacia el enemigo, generalmente al galope o trote acelerado, para romper las líneas contrarias. Es un toque enérgico y motivador, común en reglamentos militares europeos incluido el español histórico. Su propósito es coordinar la carga con ímpetu, pero no implica necesariamente una lucha sin piedad, que permitía tomar prisioneros si el enemigo se rendía enloquecido de terror.

Escenas dramáticas. Grises. Tristes, oscuras y sucias.

Los otros debían salvar su pellejo y huir. Como se huye en una guerra.

La derrota de toda posible solidaridad junto a la victoria de la impotencia.

El toque a degüello era mucho más drástico, significaba "lucha sin cuartel" o "no dar tregua," ordena atacar sin hacer prisioneros, incluso si el enemigo se rinde y, tradicionalmente implicaba degollar a los vencidos, de ahí su nombre. Así lo escribió Tela: “Son unos pueblos a los que Dios ha distinguido particularmente con la turbulencia y la ignorancia, y a los que en su totalidad ha marcado con la hostilidad y la violencia.”

La vida es letal, siempre termina matándote.


El toque a carga y degüello es de origen musulmán, de los moros en la Península Ibérica, adoptado por las tropas españolas en la Reconquista y luego en los tercios. Como uso histórico, en la tradición española y mexicana, equivalía a no se hacen prisioneros. En algunos contextos, como la caballería española, el toque de ataque se llamaba directamente a degüello, fusionando ambos conceptos con antífonas planas, algo que se las trae bastante floja.


La influencia de la religión en la política es inevitable


Como queriendo incendiar el sol, en las Guerras de independencia cubanas del siglo XIX, los mambises independentistas usaban el toque de carga y degüello para acompañar cargas al machete, lideradas por figuras como Máximo Gómez o Ignacio Agramonte en el rescate de Sanguily, causando pánico en las tropas españolas, porque la clase dirigente se había lanzado a sobar lo ajeno bautizados en el confort. Mejor lo decía Zorrilla

“Costumbres de aquella era,

caballeresca y feroz

cuando degollando al otro,

se glorificaba a Dios.”

La diferencia principal del toque de carga que es una orden general de ataque, avanzar y combatir, mientras que el toque a degüello añade la intención explícita de no dar cuartel ni aceptar rendiciones, convirtiéndolo en una señal de combate total y sin piedad hasta que los otros queden en oscura palidez. Masacre sin piedad. En la práctica histórica española y latinoamericana, a veces se solapaban, ya que el degüello servía como toque de carga extrema. Estos toques hoy sobreviven en reconstrucciones históricas, marchas militares y referencias culturales, evocando épocas de guerras brutales y bestiales, como todas las malditas guerras. 



La guerra es una droga adictiva


Llenando el día con la fricción del aire sin poder evitar el vórtice de su peso, el degüello en la historia de la violencia límite o dicho de otra forma en la historia de la guerra, pocas prácticas han cargado con un peso simbólico tan oscuro como esta. Más que una técnica militar, ha sido siempre un signo de ruptura, una señal de que las reglas -explícitas o implícitas,- del enfrentamiento han colapsado. Allí donde aparece, no hay gloria, sino urgencia, miedo o voluntad de terror. En las guerras antiguas y premodernas, el degüello surgía en contextos muy específicos, combate cuerpo a cuerpo, ausencia de armas de fuego, imposibilidad de custodiar prisioneros o necesidad inmediata de asegurar la neutralización del enemigo. No era una maniobra celebrada, era, por el contrario, un recurso extremo, ejecutado cuando la batalla había perdido cualquier posibilidad de orden. Su carácter utilitario explica por qué rara vez aparece descrito con detalle en crónicas militares clásicas pues los historiadores preferían el silencio a la legitimación. Así que si no pueden controlar a su perra, pónganle cadena.

Con resolución absoluta, El toque a carga y degüello exterioriza lo más bestial y salvaje del humano.

Durante las guerras irregulares -guerrillas, guerras civiles, conflictos fronterizos,- el degüello adquirió una dimensión distinta, ya no era sólo un acto final, sino el lenguaje del miedo. En estos escenarios, donde no existían frentes definidos ni jerarquías estables, funcionó como el mensaje que afirmaba que no habría cuartel, negociación ni rendición posible. Su eficacia no era militar, sino psicológica. No buscaba ganar una batalla, sino quebrar la voluntad del adversario y de la población circundante.

Incluso en estos contextos, el degüello fue percibido como una transgresión moral. Soldados y combatientes que lo practicaron rara vez lo defendieron como acto honorable. Aparece en memorias y testimonios con incomodidad, a menudo justificado por el caos, la venganza o el miedo. Nunca como ideal, aun en la violencia, los humanos han intentado preservar cierta ética del enfrentamiento. El degüello marca el punto donde esa ética se quiebra. Este rechazo transversal explica su paralelismo con la tauromaquia. En ambos ámbitos -guerra y lidia- el degüello existe, pero carece de prestigio. Se tolera sólo cuando el orden técnico y ritual ha fallado. No hay arte en él, ni honor, ni celebración. Su presencia indica fracaso del mando, del control, del sentido mismo del acto.

Con el avance de los ejércitos modernos y el derecho internacional, el degüello quedó definitivamente relegado al ámbito de lo prohibido. No sólo por su brutalidad física, sino porque encarna una violencia sin mediación, incompatible con cualquier forma de legalidad o ritual. Allí donde reaparece en la contemporaneidad, lo hace como signo de colapso estatal, radicalización extrema o propaganda del terror. Por ello, el degüello ha sobrevivido sobre todo en el lenguaje metafórico. Se habla de “degüello político,” “degüello social” o “degüello económico” para describir eliminaciones totales, sin reglas ni compasión. La palabra conserva su carga histórica porque nombra algo más que una acción, nombra el momento en que la violencia deja de ser conflicto y se convierte en negación absoluta del otro.

En última instancia, la historia de el degüello no es la de una técnica, sino la de un límite. Un recordatorio de hasta dónde puede caer la bestialidad y brutalidad del ser humano cuando el orden, la ley y el reconocimiento mutuo desaparecen. Allí donde el degüello aparece, la historia no avanza, se interrumpe. Autores como Chaves Nogales, Bergamín o incluso Lorca de forma simbólica usan estos términos para hablar de cosas más amplias, el toque de carga como metáfora del liderazgo verdadero y el degüello como imagen de la violencia sin sentido estético y, no es raro encontrarlos trasladados a la política, la guerra o la vida.


El miedo es una ilusión


Con estallidos de violento fanatismo para reventarles los impuestos, el degüello que es la ruptura y la memoria de la violencia sin límite que a lo largo de la historia, ha estado regida -explícita o implícitamente,- por códigos. Incluso antes de la formulación del derecho internacional, existían nociones de honor, rendición, trato al vencido y límites aceptables de la violencia. El degüello aparece, de forma constante y transversal, como el signo de la quiebra de esos códigos. en la antigüedad y mundo clásico como en las guerras del mundo antiguo, el combate cuerpo a cuerpo hacía inevitable la proximidad extrema. Las fuentes grecolatinas muestran una jerarquía moral de las muertes. En La Ilíada, Homero describe la muerte del enemigo con lanza o espada como acto de combate, pero evita el degüello deliberado como gesto heroico. Cuando aparece, es asociado a la humillación del vencido o a la furia desatada, no al valor. En Roma, donde la guerra estaba profundamente ritualizada, no formaba parte del ideal militar. El enemigo vencido podía ser ejecutado, esclavizado o exhibido en el triunfo, pero el degüello era visto como una práctica bárbara, atribuida a pueblos “sin ley.” Tácito, al describir conflictos en las fronteras del Imperio, usa el término de forma peyorativa, como señal de salvajismo y ausencia de disciplina.

Con lamentaciones de que se hayan perdido costumbres higiénicas durante la Edad Media europea, el código caballeresco introdujo reglas aún más claras, el enemigo noble podía rendirse y ser hecho prisionero. El degüello equivalía a negar la rendición y, por tanto, a negar la condición humana del adversario. Las crónicas de las Cruzadas muestran este contraste con claridad. En episodios como la toma de Jerusalén en 1099, los cronistas cristianos y musulmanes describen degüellos masivos no como hazaña, sino como horror colectivo. Aunque intentan justificarlos religiosamente, su tono es de catástrofe moral. La violencia desbordada marca el momento en que la guerra deja de ser justa y se convierte en matanza.

En las guerras coloniales y de frontera, en los conflictos coloniales de los siglos XVI al XIX, el degüello aparece con mayor frecuencia, pero siempre cargado de ambigüedad moral. En América, tanto cronistas españoles como nativos registraron prácticas de degüello en contextos de guerra irregular, emboscadas y represalias. En estos escenarios funcionó como instrumento de terror, no como técnica militar. Su objetivo era disuadir, sembrar miedo y quebrar resistencias. Precisamente por ello, los propios ejércitos intentaron -al menos en el discurso,- distanciarse de estas prácticas, atribuyéndolas a auxiliares, milicias o “excesos inevitables.”

Es en las guerras civiles del siglo XIX es donde el degüello adquiere su carga simbólica más duradera. En la Guerra de Independencia española, en las guerras carlistas y en múltiples conflictos latinoamericanos, el término se vuelve habitual en memorias y relatos. Aquí ya no designa sólo una muerte, sino una negación de la guerra como espacio común. Degollar significa eliminar al enemigo sin posibilidad de retorno al orden, sin prisioneros, sin intercambio, sin reconciliación futura. Por eso, tras estas guerras, el recuerdo pesa como trauma colectivo y se convierte en advertencia histórica.



“El pez sólo ve la carnada, no el anzuelo”


  El siglo XX, fue del campo de batalla al tabú absoluto. Con la industrialización de la guerra y la aparición del derecho internacional humanitario, el degüello queda definitivamente fuera de cualquier marco aceptable. Las Convenciones de Ginebra no necesitan nombrarlo específicamente pues queda implícito como crimen de guerra, por su carácter deliberado y degradante. Cuando reaparece en el siglo XX -en guerras civiles, limpiezas étnicas o conflictos asimétricos-* lo hace como símbolo del colapso del Estado y del retorno a una violencia primaria. Ya no pertenece al ámbito militar, sino al del terror.

*El conflicto asimétrico es un enfrentamiento armado o disputa violenta donde los bandos tienen recursos, poder y tácticas muy desiguales, como un Estado poderoso contra un grupo insurgente o terrorista que usa tácticas no convencionales -guerrillas, terrorismo, ciberguerra, guerra psicológica,- para compensar su inferioridad militar, buscando desgaste y explotando vulnerabilidades del adversario más fuerte, para equilibrar el campo de juego, no un combate frontal tradicional. No es una victoria militar convencional, sino desgastar al oponente, minar su voluntad política y generar terror o caos.  No hay frentes claros, los actores se mezclan con la población civil, haciendo difícil la distinción entre combatientes y no combatientes. La guerra de Vietnam, conflictos contra grupos terroristas, o la resistencia ucraniana contra Rusia, son ejemplos modernos de dinámicas asimétricas. Es una lucha entre "David y Goliat", donde el más débil no se enfrenta directamente al más fuerte, sino que usa todo su ingenio y medios no convencionales para sobrevivir y atacar los puntos débiles del gigante. 


Eso pasa cuando se juega en el lado hondo de la piscina


“Chusma acuchillando a los desvalidos, miserables aprovechándose del río revuelto, cambiando de chaqueta, congraciándose con el poderoso. Caín en plena forma, lo más hermoso y lo más miserable de nuestra tierra y nuestra raza maldita. 

El universo se puede reducir a tres palabras: amor, maldad y muerte. ¿Por qué el hombre se crece y se regodea cuando puede ejercer la crueldad con sus semejantes, por qué en la guerra los hombres son capaces de las mayores vilezas, sabe que el horror no acecha en un sepulcro polvoriento.” 

Arturo Pérez-Reverte. Artículo La Guerra que todos perdimos


En el lenguaje, la memoria y la metáfora, la persistencia del término es reveladora. Decir que hubo “degüello” en política, economía o sociedad no alude sólo a la derrota, sino a la aniquilación sin reglas. El degüello ha quedado fijado en la memoria colectiva como el punto más bajo del conflicto humano. En este sentido, su paralelismo con la tauromaquia no es anecdótico. En ambos sistemas simbólicos, existe, pero carece de legitimidad estética y moral. No culmina el rito, lo interrumpe.

Bien agarrados por los huevos, el degüello no pertenece al arte de la guerra, sino a su fracaso. Al descarado sistema de expolio. No es una herencia técnica, sino una cicatriz histórica. Su presencia constante -y su rechazo igualmente constante,- revelan la verdad que incluso en la violencia, las sociedades humanas buscan límites. Marca el momento en que esos límites se rompen y la historia, por un instante, retrocede.



“Aflora toda la ruindad que albergan los rincones oscuros del corazón del hombre”

Arturo Pérez-Reverte


Como si fuera el tribunal del Santo Oficio, la ausencia de descripciones detalladas del degüello en las fuentes clásicas, en autores como Homero, Jenofonte o Polibio no es casual. La historiografía antigua tendía a jerarquizar las muertes, reservando la palabra y el detalle para aquellas que podían integrarse en un relato de honor. La omisión es, en este caso, una forma de juicio moral.

Autores romanos como Tácito o César suelen atribuir prácticas extremas -incluido el degüello,- a pueblos fronterizos germanos, britanos, dacios. Este recurso retórico cumple una función política, definir la civilización romana por oposición a una violencia considerada sin ley ni disciplina. A cada oponente eliminado se le confiscaban sus bienes. 

En la Edad Media, la posibilidad de rendirse era un pilar del código caballeresco. Degollar implicaba no sólo matar, sino negar retrospectivamente el derecho a rendirse, lo que explica la gravedad simbólica del acto incluso en contextos bélicos extremos.

Las crónicas de la Primera Cruzada y su colapso moral, tanto del lado cristiano como el musulman, Fulquerio de Chartres e Ibn al-Athir, coinciden en describir degüellos masivos con un tono que oscila entre la justificación religiosa y el espanto, ambivalencia revela la conciencia de estar ante una violencia fuera de norma.

CONTINUARÁ...

sergiodeleonlopez


13 comentarios:

  1. Hugo Salazar Gonzales
    Esa historia que me dio frío

    ResponderBorrar
  2. Aymara de León
    Conmovedora tu narración de la auténtica historia del Niño Lobo. Movió en mí todo tipo de emociones, dolor por él, rabia por los padres que lo abandonaron en la selva por su apariencia, por los que mataron a su padre lobo en la cueva, por su captura cruel y salvaje para encerrarlo. Ternura por él y respeto por sus encargados en el orfanato donde vivió tantos años despues de ser libre. Aunque su cerebro se quedó con sus instintos de sobrevivencia por falta de estímulos humanos, aprendió a comprender el idioma aunque no hablara. Admiración por defenderse de quienes intentaron llevárselo para usarlo como “objeto de estudio científico”.
    Genial que ilustraras la historia con fotos reales de Dani y la música con que acompañaste cada parte con perfección.
    Sigue escribiendo para los privilegiados que te leemos!

    ResponderBorrar
    Respuestas
    1. De verdad agradezco tanto tu comentario, me sentí como el niño lobo al leerlo. Es un lindo comentario. Muchas gracias

      Borrar