SEGUNDA PARTE
monorote.com es una página gratuita donde publico historias reales de personajes o acontecimientos, pero de otra manera y, nada me daría más gusto que un comentario suyo pues eso me daría ánimo para seguir adelante.
Sin empujar nada a fines siniestros, según Platón que al hablar de ella se le anudaban la venas y que estaba un poco sólo pero no era ningún bobo, Aspasia -que era capaz de alterar la razón de cualquiera en una escala tumultuosa,- formó parte de los círculos intelectuales y políticos de su tiempo y fue una experta en retórica con su mejor sonrisa neutra. Su origen jonio explica su estilo de vida libre y su formación intelectual. Fue pareja más que sentimental de Pericles y profesora de retórica en el círculo del mismo. Escribió la famosa oración fúnebre de Pericles del año 430, y aparece en los Diálogos de Platón como maestra de Sócrates. Esquines, en su diálogo socrático "Aspasia" la menciona como maestra sofista.
Aunó los roles de esposa y de hetaira o furcia, porque sólo por este estatus, podía incorporarse a los círculos masculinos de la sociedad ateniense. Fue maestra de oratoria, según el Menéxeno de Platón. Plutarco -apestando a naftalina con planta de súcubo, abismado en los rincones oscuros de su pesadilla, con su risa que parecía una mueca postiza,- acepta que ella fue una figura significativa, tanto política como intelectualmente, y expresa su admiración por una mujer que fue capaz de “dirigir a su antojo a los principales hombres del estado y ofrecía a los filósofos la ocasión de discutir con ella en términos exaltados y durante mucho tiempo.”
Al final fue sometida a un proceso de impiedad por corromper a las mujeres de Atenas, del que salió indemne en un incipiente movimiento de emancipación femenina.
En el año 429 aC, durante la Plaga de Atenas, Pericles fue testigo de la muerte en la epidemia de sus dos hijos legítimos nacidos de su primera esposa, Jantipo y Paralos, en el plazo de cuatro días. Con su moral bajo mínimos, rompió a llorar, y ni siquiera su compañera, Aspasia, pudo consolarle. Justo antes de su muerte los atenienses permitieron un cambio en la ley de 451 aC que convertía a su hijo con Aspasia de sangre ateniense sólo por parte del padre, en ciudadano y heredero legítimo, una decisión sorprendente teniendo en cuenta que fue el propio Pericles quien propuso en un principio la ley que limitaba la ciudadanía a aquellos que naciesen tanto de padre como de madre ateniense.
Sin proponérselo, creo, tatuó su nombre en el pensamiento y la historia de la humanidad, así era Aspasia no era una mujer común en su época, dirigía una escuela o salón intelectual donde enseñaba retórica y filosofía. Participaban jóvenes atenienses, incluso hombres prominentes como Sócrates, quien la respetaba profundamente. Tenía fama de ser una excelente oradora, capaz de debatir con filósofos y políticos de igual a igual, en un mundo donde las mujeres libres normalmente no participaban de la vida pública. Como cada quien tiene sus obsesiones, aunque les pueda arrancar sudores fríos, ha sido reivindicada como símbolo de la lucha de las mujeres por acceder al conocimiento y la palabra pública, a la libertad de pensamiento y el poder de la inteligencia femenina frente a las estructuras patriarcales. Todas hieren, la última mata.
“Muy rara vez las víboras mordían a los cretinos”
Lucas Corso
Cuarto acto
"La lengua y el alma"
La escena:
una terraza sobre Atenas. La luz dorada del crepúsculo acaricia las columnas. Aspasia está sola. Se escucha el murmullo lejano del Ágora y el canto de los pájaros. Ella habla en voz baja, como para sí misma, pero con claridad.
“Dicen que soy extranjera. Dicen que no debo hablar en la plaza ni enseñar a los hombres. Que mi acento jónico es suave, pero forastero.Que una mujer no debe filosofar, que la retórica no es para bocas pintadas ni peinados suaves. Y sin embargo, los escucho a ellos.- A Sócrates, que viene a preguntarme sobre el amor. A Alcibíades, que duda como niño ante el espejo.
Y Pericles... ¡ah, Pericles! El primer ciudadano de esta ciudad sin reyes. A él le enseñé a ordenar sus pensamientos, a dejar que la palabra naciera sin estruendo. Cuando Atenas arde en su ambición, me llaman bruja.
Cuando Atenas florece en belleza, me olvidan.
Pero no vine a este mundo para que me recuerden. Vine para decir lo que otras no pueden. Porque ¿quién decide qué boca es digna de hablar? ¿Quién marca la frontera entre el sabio y la silenciada?
Yo enseño porque pensar es un acto sagrado. Porque la palabra -la buena palabra- puede mover ejércitos sin derramar sangre. Porque si alguna vez esta ciudad ha sido libre, ha sido por quienes se atrevieron a pensar con voz propia.
Y aunque mañana digan que fui cortesana o sombra, aunque escriban mi nombre con burla en las comedias, yo sabré que fui algo que ellos nunca pudieron ser:
Una mujer libre, en una ciudad de hombres.”
Sentada Aspasia mirando hacia el Partenón, mientras el viento mueve su túnica. Silencio.
El primer encuentro entre Aspasia de Mileto y Sócrates, con tono filosófico, curioso y vivaz, se desarrolló en un jardín privado de Atenas, donde ella ha comenzado a dar lecciones informales a jóvenes inquietos por la retórica y la filosofía. La escena se abre en un patio con columnas jónicas. Hay bancos, rollos de papiro, copas con agua y frutas, enseña a un grupo reducido, cuando entra Sócrates, sin anunciarse, sonríe. Dicen que aquí se enseña a hablar. ¿Y también se enseña a callar?
Aspasia levanta la mirada, sin molestarse. Sólo quien aprende a escuchar sabe cuándo callar. ¿Vienes a oír o a interrumpir?
Sócrates da una vuelta, observando. A aprender, si me dejan. Dicen que Aspasia, la extranjera, enseña a los atenienses a hablar mejor que sus propios sofistas.
Aspasia serena y sin cobrarles más que atención. ¿Tú también vienes a buscar palabras?
Sócrates. Yo busco verdades. Aunque dudo que se escondan entre adjetivos. Ella sonríe y dice, Los adjetivos no dan verdad, pero la verdad sin forma es como vino sin copa: se derrama.
Sócrates: Entonces, ¿enseñas a beber la verdad sin perderla?
Aspasia: Enseño a no ahogarse en ella. Dime. ¿Prefieres la verdad o la victoria?
- Prefiero ser vencido con razón que vencedor con engaño.
- Entonces puedes quedarte.
Sócrates: ¿Y tú? ¿Qué buscas al enseñar?
Aspasia: La única libertad que me han permitido, pensar en voz alta.
- Hablas como si cada palabra tuviera peso.
- Es que yo no tengo el lujo de que se me perdonen los errores.
Ambos se observan como iguales. Por primera vez, sin máscaras.
“Más valium por si acaso que un quién lo iba a decir”
Así comienza una amistad extraña pero profunda, tejida entre ironías, argumentos y respeto mutuo, el filósofo sin títulos y la extranjera sin derechos. Los dos más libres de toda Atenas.
Una escena más íntima y cargada de tensión emocional, el encuentro entre Aspasia y Pericles, ya consolidados como pareja, pero en vísperas de la Guerra del Peloponeso. Aquí no hay discursos grandilocuentes, sino dos personas inteligentes, vulnerables, atrapadas entre la historia y su humanidad.
Escena: “Antes de la tormenta”
Aspasia, de mirada intensa, ya respetada y criticada a partes iguales en Atenas y, Pericles, estadista, hombre cansado, dueño de una ciudad en llamas lentas.
En una habitación al atardecer con las ventanas abiertas que dejan ver el cielo encendido. Un manto azul sobre el suelo. Aspasia está de pie, con una carta en la mano. Pericles entra, se quita el yelmo de bronce.
Aspasia recita con dureza, “los espartanos exigen la rendición de Potidea, la retirada del decreto contra Megara, y que Atenas abandone su dominio sobre las islas.” ¿Y tú los desafiarás?
Sin mirarla aún, no son demandas. Son humillaciones. Y la humillación de Atenas es la muerte de su alma.
Aspasia: ¿Y la muerte de sus hijos? ¿Eso qué es?
Pericles suspira. La ciudad está hecha de mármol y sangre. Ya lo sabías cuando llegaste.
Ella un paraíso húmedo, acogedor hecho de amor y miel, da un paso hacia él. Cuando llegué, me hablaste de democracia. De equilibrio. De templos que no se sostenían con cadáveres.
- Te mira por fin. Y te hablé también de los dioses. Y ellos no bendicen a las ciudades débiles.
Herida, baja la voz. A los hombres como tú no los mueve la piedad. Los mueve el legado. ¿Quién cantará tus victorias cuando todos estén muertos?
Él duro, casi quebrado ¿Y quién cantará Atenas si no queda Atenas?
Silencio. Se miran como dos amantes que han compartido la cama y la guerra, pero no el sueño.
- Si entras en esta guerra, yo no podré seguirte. No en los consejos, ni en las plazas, ni en la historia.
- Él apenas audible, entonces, por primera vez, tendré miedo.
- Ella susurra, ya es tarde para temer. Atenas ya está ardiendo. Solo que aún no lo saben.
En la noche siguiente, Pericles convocaría a la asamblea. La guerra comenzaría.
Aspasia, la extranjera, no tendría voto. Solo memoria. La historia llama.
No iba a haber más cera que la que ardía en el epicentro mismo del drama.
Escena final: “El recuerdo no se rinde”
En una pequeña casa a las afueras de Atenas con el jardín está descuidado, las enredaderas suben por las columnas y, ella está sentada ante un tablero de escritura.
Epílogo, años después de la guerra, cuando Pericles ha muerto, y Aspasia -más envejecida, pero no vencida- recibe la visita de un joven ateniense que quiere saber la verdad.
Ella de 60 años, aún aguda, vestida con dignidad sobria, él, Cleón, joven estudiante ateniense, hijo de una nueva generación, curioso, sincero. Entra con reverencia.
- ¿Aspasia de Mileto? Me dijeron que usted vivió con Pericles. Que le enseñó a hablar como los dioses.
Ella le mira sin levantarse. Viví con él. Pero no como los poetas dirían.
- He venido a saber... la verdad. Nos enseñan su nombre en las escuelas. Dicen que fue el padre de la democracia. Y que usted lo convirtió en mármol. ¿Es cierto todo eso?
Suspira. ¿Quieres saber si lo amé? ¿O si él me escuchaba? ¿O si la gloria puede compartirse entre una mujer y un dios caído?
- Solo quiero saber quién fue.
- Fue un hombre. Eso es lo que nunca entenderán. No era una estatua. Era carne y fiebre. Tenía miedo. Dudaba. Me buscaba por las noches no por consejo, sino por silencio.
- ¿Y usted? ¿También tuvo miedo?
- Siempre. Porque las mujeres no gobernamos ciudades. Pero cuando amamos a quienes las gobiernan, vivimos en la línea más delgada entre la sombra y la culpa.
-¿Fue feliz?
- A veces. Cuando hablábamos de justicia. Cuando me permitía enseñarle. Cuando me dejaba escribir con él, aunque el mundo creyera que era suya la pluma.
- ¿Y ahora?
- Ahora escribo para que otros no olviden. Porque si no cuento mi parte, alguien la inventará. Y me llamarán cortesana, o bruja, o conspiradora. Pero no filósofa. No amante. No mujer.
- Toma. Le entrega un rollo de pergamino. No lo lleves al Senado. Llévalo al teatro. Allí aún escuchan.
- ¿Y qué diré que es?
- Mi voz. La que no cabía en los discursos. La que aún respira, cuando ya nadie recuerda quién fue Pericles, pero todos siguen caminando por sus ruinas.
Cleón sale. Aspasia se queda sola. La luz entra por una ventana rota. Sobre la mesa, una pluma, una copa vacía, y un rostro que no se olvida.
Muchas de las fuentes eran comedias satíricas o escritos misóginos, le llaman Hetaira, no pornê que los antiguos griegos diferenciaban, Pornê una prostituta común, que ofrecía servicios sexuales por dinero, muchas veces esclava o en burdeles, o Hetaira una “compañera” culta, educada, que podía acompañar a hombres en banquetes, debatir temas filosóficos y políticos, y a veces también tener relaciones sexuales, pero de manera más libre y selectiva. Aspasia ha sido considerada una hetaira, si bien este término tampoco encaja del todo, porque tuvo una escuela para mujeres donde enseñaba retórica, filosofía y artes, y que participaba activamente en la vida intelectual. Eso más bien era propaganda y misoginia, pues provienen sobre todo de las comedias del puto de Aristófanes, donde era común ridiculizar a personajes públicos, ascritos de enemigos políticos de Pericles, que la retrataban como una influencia corruptora. No fue una prostituta en el sentido casuístico del término. Es más preciso decir que fue una hetaira o una mujer culta e independiente que desafiaba los roles tradicionales de su tiempo. Su reputación de “prostituta” proviene en gran parte de calumnias, sátiras y prejuicios contra una mujer que ocupó un lugar prominente en la esfera pública.
Monólogo al amanecer
La casa de Pericles aún duerme. Desde la terraza, Aspasia mira hacia el Partenón naciente, con los tranquilos pies descalzos, la túnica suelta, y en la mano, un papiro con tachaduras. Habla en voz baja, como si respondiera a un juicio invisible.
- Dicen que fui prostituta. Que vendí caricias como se venden higos en el mercado. Que me tendí en los lechos de sabios y políticos, para robar sus secretos entre las sábanas. Sonríe con tristeza.
- No toleran que una mujer piense. Que debata en voz alta. Que mire a los ojos de un hombre sin bajar la cabeza. Pero yo no fui esclava de ningún burdel. Fui hetaira -si quieren llamarlo así,- no por lujuria, sino por elección. Libre entre esclavas. Maestra entre esposas silenciadas. ¿No es ironía? Las legítimas encerradas en gineceos, y yo, extranjera, enseñando filosofía a sus maridos.
- Este discurso… no lo escribí para Pericles. Lo escribí para mí. Para cuando el mundo olvide mi rostro y sólo recuerde el insulto. Porque detrás de cada mujer libre, hay siempre una palabra sucia lanzada por un hombre asustado. Si para entrar en la historia debí cargar ese nombre, que lo digan entonces: -"Aspasia, la prostituta que hizo pensar a Sócrates."
Voz en la penumbra
(Obra teatral breve en tres escenas)
Coro -Voz múltiple de mujeres atenienses (fuera de escena o como eco).
ESCENA I –El umbral
Interior de una casa sobria. Aspasia se maquilla frente a un espejo de bronce. Una esclava la peina. Voces lejanas de la calle: “¡Ramera! ¡Hetaira!”
- Cada mañana me visten con el insulto del día. Hoy fue "corruptora", ayer "sombra del demonio".
Pero nunca me han llamado por mi nombre sin escupirlo. Aspasia. De Mileto. Filósofa, si me permiten la osadía. ¿Y si no? También.
La esclava temerosa, pregunta: ¿Debo prenderte el manto púrpura?
- Sí. El color del imperio. Que no se diga que me arrodillo.
ESCENA II – En la casa de Pericles
Él está escribiendo. Aspasia entra con una copa de vino. No hay tensión, pero hay distancia.
- Los sacerdotes me acusan otra vez. Dicen que tu escuela pervierte a las hijas nobles.
- ¿Y qué les enseñé? ¿A pensar? ¿A hablar sin tartamudear frente a un hombre?
- Tu inteligencia es pólvora. Y Atenas es paja seca.
- Y tú, ¿eres agua o fuego?
- Soy un hombre que te ama, pero no puede defenderte sin perder su escudo.
- No necesito escudo. Necesito verdad.
ESCENA III - Conversación con Sócrates
Un jardín al atardecer. Aspasia enseña a un grupo de mujeres. Sócrates observa a lo lejos. Luego se le acerca.
- Dicen que tú me enseñaste a preguntar.
- Y tú me enseñaste a no responder todo.
- ¿Por qué hablas como un hombre?
- ¿Por qué piensas como una mujer?
Sócrates ríe.
- Me llamarán ramera por siglos. Pero ¿sabes qué es peor? Ser olvidada. Prefiero la infamia a la nada.
EPÍLOGO –Voz del coro
Coro con voz múltiple:
Aspasia, hija del mar.
Aspasia, lengua de fuego.
No te perdonaron la palabra.
No te perdonaron el pensamiento.
No te perdonaron ser.
Fue conocida por su habilidad para la retórica y la filosofía, y se dice que influyó en la obra de Pericles y otros políticos atenienses. La cuestión de si Aspasia de Mileto era una prostituta o no es un tema de debate entre los historiadores. Algunas fuentes antiguas la describen como una hetaira, que era una cortesana o acompañante en la antigua Grecia. Las heteras eran mujeres que se destacaban por su inteligencia, cultura y habilidades sociales, y a menudo tenían relaciones con hombres poderosos.
Hetairas vs. Prostitutas
Las heteras eran diferentes de las prostitutas comunes en que eran más educadas y cultas, y sus relaciones eran a menudo más complejas y duraderas, sin cobrar por ello. Aspasia, como hetaira, tuvo una relación romántica y/o intelectual con Pericles, lo que no necesariamente implica que fuera una prostituta en el sentido moderno del término.
Se la asocia con Sócrates, quien, según algunos textos, la admiraba por su sabiduría. Sin embargo, las comedias de la época, como las de Aristófanes, la caricaturizaron como una manipuladora o incluso una instigadora de conflictos, como la Guerra del Peloponeso, lo que refleja el sexismo y la desconfianza hacia las mujeres influyentes en la sociedad ateniense. Representa un ejemplo de una mujer que desafió las normas de su tiempo, participando activamente en la vida política e intelectual de Atenas. Su historia pone de manifiesto tanto las posibilidades como las limitaciones para las mujeres en la Grecia clásica, especialmente aquellas que, como las hetairas, tenían cierta libertad pero carecían de derechos ciudadanos.
Acusaciones contra Aspasia
Inmoralidad y manipulación: Como hetaira, fue estigmatizada como una figura de moral cuestionable. Los cómicos, como Aristófanes, la retrataban como una mujer manipuladora que usaba su influencia sobre Pericles para fines personales. En la comedia Los acarnienses ca 425 aC, insinúa que instigó el decreto de Megara -un bloqueo económico contra la ciudad de Megara- por motivos personales, como la supuesta abducción de dos de sus sirvientas por megarianos. Esta acusación, la culpaba indirectamente del estallido de la Guerra del Peloponeso, un conflicto devastador para Atenas. Estas caricaturas eran comunes en el teatro cómico, que solía exagerar y ridiculizar a figuras públicas.
Impiedad (asebeia): Una de las acusaciones más serias contra Aspasia fue la de impiedad, un delito grave en Atenas que podía conllevar el exilio o la muerte. Según Plutarco, fue llevada a juicio, en 438 aC, acusada de faltar al respeto a los Dioses. Este cargo era común contra figuras asociadas con el círculo de Pericles, como Anaxágoras y Fidias, ya que sus ideas progresistas o extranjeras eran vistas con sospecha. Relata que Pericles la defendió en el juicio con gran emoción, logrando su absolución
Modelo de desafío a las normas: Desafiaba las restricciones de género y participaba activamente en la vida intelectual, pudo haber inspirado a Sócrates en su propio enfoque crítico hacia las convenciones sociales. Sócrates, conocido por cuestionar la autoridad y las normas establecidas, compartía con ella una disposición a desafiar el statu quo. Su admiración por ella, aunque matizada por el tono irónico de algunas fuentes.
Enseño y luego existo
A pesar de todo ella mantenía su honor inmaculado. Anaxágoras, filósofo presocrático, amigo cercano de Pericles, formaba parte del mismo círculo intelectual que Aspasia. Era originario de Clazómenas cerca de Mileto, introdujo ideas cosmológicas innovadoras en Atenas, como la teoría del Nous -mente o inteligencia- como principio ordenador del cosmos. Su origen jonio común y su participación en el círculo compartieron discusiones filosóficas. Plutarco menciona que Anaxágoras y Aspasia fueron atacados por los enemigos políticos de Pericles, en un entorno intelectual controvertido. Sofistas como Protágoras y Gorgias, maestros itinerantes de retórica y filosofía, eran contemporáneos de Aspasia y frecuentaban los mismos espacios de élite en Atenas. Protágoras, conocido por su relativismo -"el hombre es la medida de todas las cosas,"- y Gorgias, maestro de la retórica persuasiva, pudieron haber interactuado con Aspasia en simposios o en el salón que ella dirigía. La reputación de Aspasia como experta en retórica, mencionada por Platón en el Menéxeno (donde se le atribuye, aunque quizá irónicamente, la autoría del Discurso Fúnebre), sugiere que pudo haber compartido técnic
as o ideas con los sofistas, quienes valoraban la oratoria como herramienta de persuasión. Aunque no hay evidencia directa de una relación específica, su habilidad retórica y su presencia en el debate público la habrían hecho una figura relevante en el auge de la sofística en Atenas.
Alcibíades, aunque no era un filósofo en el sentido estricto, era carismático y controvertido político ateniense, fue discípulo de Sócrates y parte del círculo de Pericles. Platón, en sus diálogos como el Banquete, retrata a Alcibíades como alguien influido por las ideas socráticas, y Aspasia, al ser una figura cercana a Sócrates, pudo haber contribuido indirectamente a moldear su pensamiento o su interés en la retórica y la política. Su influencia en él fue más bien social e intelectual, dado que las hetairas actuaban como mediadoras en los debates de la élite. La influencia de Aspasia en estos filósofos y pensadores no se manifestaba a través de una escuela filosófica formal, sino a través de su papel como catalizadora de ideas. Como hetaira, tenía la libertad de participar en discusiones que estaban vedadas a las mujeres atenienses casadas, lo que la convirtió en una rareza en la Atenas patriarcal. Su salón intelectual probablemente sirvió como un espacio donde se cruzaban ideas presocráticas, sofísticas y socráticas, y su origen en Mileto pudo haberla hecho un puente entre las tradiciones filosóficas jónicas y las discusiones atenienses. FIN
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