Collons de déu
Si Dios no quisiera que los trasquilaran, no los hubiera hecho ovejas
a doña Pepa de Cantalarana que nació con el gueguecho caído porque tenía el cordón umbilical enrrollado en el pescuezo como nacen las reinas y, su hijito Elotío Wenceslao (Ottoniel Wenceslao) conocido como Güence quien descubrió al hombre sin cabeza, eran como dos gotas de agua bendita robadade la Reco; la de la tienda de la Calle de la Floresta de números impares anticipada a una gradota, con su verruga pilosa en el labio superior del lado derecho que se especializaba en la venta de guineyos puaches de a 2 len y, peditos de vieja en manojo que no queman a los niños cuando estallan que sólo hacían PUFFFF y el arma letal de los saltapericos, con el biyuyo a la vista que sabía que para los negocios no hay drama con shuquillo alcahueto, a la que no se le echaba la yegua coyona y, que se volvió a morir dentro del cajón porque los truenos son los pedos del cielo y que a nadie se le niegan, lista para colgarse de un alambre de púas, sintiendo borboritar las lágrimas en la válvula mitral, pues tenía el olor agrio de los fermentos de la vejez, escaldada y percudida de la vida. Era como una medusa arrastrada por la corriente del Golfo Pérsico y conocía el vínculo entre el fenómeno y el lenguaje pues era intérprete de sueños, siempre y cuando se los contaran en ayunas recostados en su regazo apostólico pasándolos de la nada a la existencia, de lo extraño con lo inexplicable pues lo que los ojos no ven es producto de una conexión y, todo después de comer su pico de gallo molido y sintiendo el soplo del ángel guardián en el oído izquierdo, que no eran infundios incórdicos en los abrazos de la coincidencia y siempre analizaba si las vacas tendrían buena vida antes de convertirse en bistec, dado que los rumores tergiversan la realidad cuando el por siempre es demasiado tarde, que es como orinar en un ventilador.
El cliente nunca tiene la razón
Era descendiente directa de la esclava Josefa Marmanillo, ganadora del concurso de postres convocado por el Virrey del Perú y al que le quedó su apodo Turrón de Doña Pepa. Vivía en el valle de Cañete, cercano a Lima y, tan no existe la lógica y la realidad que son como el ombligo de un coche o los testículos de un hormigo macho, valga la redondancia, como la línea Maginot que como el papayo macho no sirven pa´ni mierda;
sergiodeleonlopez
Doña Pepa y su hijito eran altamente conocidos en El Barrio, eran dos personajes singulares, ella intérprete de sueños y él descubriendo misterios
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