“Que suerte tienen los gobernantes de que los hombres no piensen”
A.Hitler
a Doña Güicha Negra -con los tornillos de su cabeza oxidados- que era la antíteis de doña Güicha Blanca, la némesis de origen viril igualitiya a la de la etiqueta de aceite Ideal, con su pelo negro liso brillante de mugre como corriente de agua de albañal, hija de un marido más reciente se había dedicado a la cama furtiva con sus rabias atrasadas al que sólo los lunes se le ponía dura, de catadura espesa y buenas carnes, cimarrona embadurnada y alborotada con su tatuaje de Popeye en el hombro izquierdo, con una ánfora transparente blandiendo una rama de espinacas dulces, la tres pies, dos para caminar y uno de altura, la viva casampulga a la que le gustaba el danzón en las noches tiernas de alumbramiento crepuscular del olvido en el Callejón del Conejo (6a calle, entre 9a y 10aavenidas), y no era huevona sino que el sol la apendejaba, la que a medida que bajaba de peso disminuía de altura, y no dejaba que nunca entraran a su casa con el paraguas abierto en verano porque eso traía malos recuerdos de aceituna y, para quitar ese desamparo había que comerse las uñas caminando como ganso con ardor en el culo haciendo hudu, porque había tenido que romper sus zapatos con el cuchillo de Nato el carnicero de la esquina para aliviar la presión que le hacían los juanetes, con los que podía predecir el futuro climático y de paso ventilar las patas con aroma a mantequilla de costal y, pensando que si el Creador no se hubiera echado su siestecita eterna, bien hubiera podido acabar el mundo bien hecho y no a medias como quedó con los huevos de corbata con poder, ira y locura, entre confusiones y desórdenes porque es mejor pensarlo tres veces que dos incluso cuatro y, no pueden decir que no, ya que lo que ven los ojos es la pura realidad tomando en cuenta que las ideas también descansan y sí el croquis no le quedó bien, el boceto tampoco;
Era todo lo contrario de su vecina doña Güicha Blanca y cuando se juntaban hacía averías
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